|
|
|
CUENTOS ARGENTINOS PARA SONREIR
|
|
| |
|
|
|
|
| |
|
|
|
|
|
|
EL CLUB
Eran cuatro amigos. Todas las mañanas se reunìan a tomar cafè en un pequeño bar de vidrieras sucias de grasa y de tiempo. Las mesas y las sillas eran oscuras como oscuro era el dueño, un negro africano venido vaya a saber de que pais.
Estaba Genaro el tano, controlador de colectivos de lìnea; Manolo el gallego, portero de un edificio cercano; Eduardo el flaco, empleado de comercio y Alcides un uruguayo levantador de quiniela.
Era un rito el que llevaban a cabo cada mañana. Cafè, comentarios sobre la actualidad, chanzas recìprocas y luego a sus ocupaciones, algunas legales y otras no.
Un dìa lluvioso el tano llegò al bar blandiendo un periòdico.
-¡Esto es lo que debemos hacer! Dijo con mucho ènfasis.
-¿Què es lo que debemos hacer? Dijeron los tres a coro.
-¡Esto,...esto! El tano señalaba una noticia del diario que desplegò en la mesa y por un instante estuvo al borde de derramar el cafè que contenìan los pocillos.
-¡Cuidado tano! Le advirtiò el flaco. ¡Què hoy estoy con el saco nuevo!
-¡Nuevo con ese brillo en los codos! Retrucò el gallego.
El asunto fue que el tano acaparò la atenciòn de los amigos sobre una noticia que el periòdico publicaba. Ella se referìa a la creaciòn de un nuevo club.
-Eso està bien cuando son unas cuantas personas. ¡Pero nosotros somos cuatro! Dijo el uruguayo
-Tenemos amigos dijo el tano. Es cuestiòn de interesarlos.
-¿Pero un club para què? Preguntò el flaco.
-Social y deportivo. Para reunirnos, jugar a las cartas, ajedrèz, practicar algùn deporte, organizar bailes, fiestas, o para que son los clubes, retrucò el gallego. ¡Si hasta romerìas podrìamos organizar!
-¿Romerìas? Preguntaron los tres a coro.
-¡Andà gallego! Si quieres romerìas vuelvetè a Galicia. Dijo el flaco.
El asunto es que, treinta días mas tarde en un local cedido gentilmente, reunieron catorce personas conocidas y en medio de discusiones, opiniones, argumentos y ponencias quedò fundado el club al que acordaron llamar “Los sudorosos del bajo” y cuya primer comisiòn directiva estaba integrada por los cuatro amigos.
El compromiso fundamental era reunir socios y no pasò mucho tiempo para llegar a tener màs de cien, con una cuota social muy accesible a los pobres recursos que disponìan.
En el primer año de su existencia organizaron algunos bailes, dos competencias deportivas en el barrio y concurrieron en ayuda personal de uno de los socios para reconstruir su casita que un incendio habìa destruìdo.
En una de las reuniones de la comisiòn directiva el gallego dijo:
-Esto asì no funciona.
-¿Què no funciona? Respondieron a coro.
-Un club sin edificio, sin sede social no es un club. Estamos aquì de prestado, no tenemos lugar donde organizar un baile lo tenemos que hacer en la calle, no tenemos un lugar donde jugar a las cartas. ¡No esto no funciona!
-¿Y que podemos hacer?
-Convocar a una asamblea y plantear la situaciòn a los socios.
Así lo hicieron y una mañana de primavera se llevò a cabo. En la misma se decidiò realizar una conscripciòn de socios para aumentar el caudal societario y una contribuciòn extraordinaria para la adquisiciòn de un local donde funcionarìa la sede social.
Pasados sesenta dìas la comisiòn directiva se reuniò para evaluar la marcha del proyecto.
-¡Asì no lo lograremos nunca! Dijo el tano que, por supuesto, era el Presidente
-¡Es que la gente no tiene un duro! Replicò el gallego
-¡Recaudamos poco! Dijo el flaco.
-¡Puede haber otra forma! Dijo el uruguayo
-¿Otra forma? Se escuchò al unísono tres voces.
-Y claro dijo aquèl. Tenemos algo de dinero producto de la recaudaciòn, podemos cuadruplicarlo.
-¿Còmo? Preguntò el tano con alguna sospecha.
-¡Apostemos!
-¡Estàs loco! Ese dinero no es nuestro, pertenece a los socios, podemos ir presos, dijo el flaco.
-¡Si lo perdemos estaremos cagados! Dijo el gallego.
-Yo tengo una fija para las carreras de caballos del domingo que no puede perder. El caballo se llama Rocinante es un tapado y puede pagar mucho en el gran premio.
-¡Vàlgame Dios, Rocinante como el jamelgo del Quijote! Dijo el gallego.
Estuvieron hasta altas horas de la noche deliberando y se tomò la decisiòn.
El domingo los cuatro fueron al hipòdromo.
El gran premio lo ganò Rocinante y pagò un sport nunca visto.
El club hoy tiene su sede social, pero con otro nombre.
Se llama Club social y deportivo Rocinante
Tortuga
|
|
| |
|
| |
|
PIPIOLO
Esta historia ocurriò hace ya mucho tiempo. En la època en que, con esa inconsciencia propia de la despreocupaciòn y falta de obligaciones tiene todo joven. Trabajaba yo en una sastrerìa la que tambièn era tienda de artìculos para hombres. El sastre era un hombre canoso, delgado y vivìa solo en un cuartucho que los dueños de la tienda le cedìan sin cargo. Era buen sastre.
Alguien lo bautizò, como en los pueblos acostumbran a hacerlo con todo desconocido que llega al lugar, le llamaban Pipiolo, palabra que hasta el dìa de hoy no le encuentro significado alguno y que en ningùn diccionario de la Real Academia Española figura.
El asunto era que Pipiolo muy temprano, mate y termo en mano, se lo veìa realizar los hilvanes, trabajar con la màquina de coser escuchando en una radio vieja, marcada por el tiempo, tangos de la època.
Eso no tenìa nada de raro, pero un dìa trajo al local una guitarra. Curioso me acerquè a èl
-¡Toquesè algo don Pipiolo!
-¡Estoy templando!
Esto sucediò por lo menos tres veces, o el hombre realizaba un afinamiento profundo del instrumento, o no sabìa tocar. Esa fue mi conclusiòn.
Esa conclusiòn me llevò a comentar el asunto con mis amigos, muy dicharacheros y amigos de las bromas y chanzas, tan inconscientes como yo lo era. Entonces ellos hicieron lo mismo. Sin motivo alguno se acercaban al local y le decìan.
-¡Toquesè algo don Pipiolo!
-¡Estoy afinando!
-¡Un tanguito don Pipiolo!
-¡Estoy templando!
Transcurrieron algunos meses hasta que el tiempo hizo justicia, olvidaron la chanza. Por mi parte mudè de empleo y me olvidè de Pipiolo.
Un dìa veo venir un cortejo fùnebre por la calle principal. Al frente venìa una carroza con coronas de flores y una en particular que me llamò la atenciòn que tenìa forma de guitarra.
-¿Quièn muriò? Preguntè.
-Pipiolo me dijeron.
Reparè que la carroza que contenìa el fèretro decìa Alberto De Martino Q.E.P.D. ese dìa supe cual era su verdadero nombre.
Transcurridos los años visitando un mercado de pulgas estaba interesado en una vitrola antigua y una colecciòn de discos de pasta de setenta y ocho R.P.M cuando reparè en un disco, en èl decìa
“La Cachimba” – Tango – interprete Alberto De Martino
¡Sì sabìa tocar la guitarra!
Tortuga
|
|
CHAU..... A LAS ARMAS
(Nada que ver con la novela de Remarque)
Nunca se supo quien habìa sido el funcionario del gobierno que lo aprobò ni a cuanto habìa ascendido su “comisiòn” para que en ese pueblo perdido, se instalara la sucursal del Banco Nacional.
El hecho es que asì aconteciò.
Funcionaba el mismo en un local que uno de los vecinos rentò a un precio exorbitante para las comodidades y estado que presentaba, con decir poco es que, en los días de lluvia los clientes hacìan fila frente a las cajas con su paraguas abierto, para protegerse de las goteras.
El personal era limitado a las pocas operaciones que realizaba.
“El chueco” era el Contador, asì apodado por su gran parecido y haber nacido en el mismo pueblo que el quìntuple campeòn mundial de automovilismo.
“El Gorriòn” era el Jefe, asì denominado por su insaciable capacidad de pedir siempre cigarrillos, que nunca compraba.
“El curita” era un joven muy devoto y circunspecto.
El otro empleado era “El flaco”, politicòlogo con ìnfulas de lìder siempre opositor al gobierno de turno, sea cual fuere.
Funcionaba el Banco con muy escaso encaje. Tenìa dinero suficiente para atender algunos dìas y, cuando èste comenzaba a escasear, habìa que ir a buscarlo a la ciudad màs cercana en la que funcionaba una casa màs importante.
Para los empleados ese dìa era de jubileo. Claro el Banco no abrìa sus puertas y se realizaba la excursiòn, cosa que aprovechaban algunos para realizar algunas compras y salir de su ostracismo burocràtico.
Era toda una aventura, se les proporcionaba un arma a cada uno, generalmente revólveres que ninguno sabìa si funcionaban y una valija de cuero color marròn de tamaño descomunal y un consiguiente pase visado por la autoridad policial.
Luego tomaban el tren de la mañana y regresaban por la tarde.
Ya en la estaciòn ferroviaria los habitúes de la llegada del tren comenzaban con sus especulaciones
-¿Se les terminò la plata, muchachos?
Era la consabida pregunta en son de chanza que recibìan al verlos cargar esa enorme valija.
Pero el asunto no fue que escaseò el efectivo, sino todo lo contrario. Un fuerte terrateniente llegò al pueblo portando una suma muy importante y lo depositò en el banco y como asì de improvisado era el funcionamiento lo era tambièn el lugar llamado “El tesoro”, donde se guardaba el efectivo.
Asì que el Chueco dijo.
--Hay que ir de pase de fondos, estoy intranquilo con todo este efectivo aquì. No es seguro.
-¿Cuándo vamos? Preguntò el Gorriòn
-Mañana.
Al dìa siguiente la comitiva estaba en la estaciòn ferroviaria esperando la llegada del tren de la mañana.
-¿Otra vez se quedaron sin plata? Preguntò el loco del pueblo que siempre esperaba la llegada del tren por curioso.
-¡A vos que te importa, loco de mierda! Dijo el flaco visiblemente molesto
-¡Chè, es un pobre loquito! El curita intercediò en su defensa.
-¡Que se vaya a la puta que lo pariò!-
-¡Paren muchachos! Dijo el Gorriòn que a pesar de sus problemas era respetado, no tanto por su condiciòn humana sino porque era el Jefe, y a un Jefe hay que obedecerlo, dicho en la jerga burocràtica bancaria, tenga o no tenga razòn.
El asunto es que la comitiva se instalò en el tren y el Curita estaba algo inquieto.
-¿Y si nos asaltan? Yo no se usar un arma
-Tranquilo Curita que no va a pasar nada, mira tienes que hacer asì dijo el flaco sacando el revòlver.
-¡Dejà quieta el arma! El Gorriòn ordenò.
Algunos pasajeros se dieron vuelta a mirarlos, pero no sucediò màs nada.
Al llegar destino hicieron entrega del dinero y el Gorriòn dijo
-No vamos a andar por la ciudad con las armas, mejor las colocamos todas en una bolsa, tenemos casi cinco horas hasta la salida del tren de regreso.
-Eso està bien, aprobò el Curita.
-¿Vienes con nosotros? Preguntò el Flaco.
-No, los encuentro en la Estaciòn.
-¡Este seguro que va a visitar a la madre!
-¿Què madre? Dijo el Gorriòn
-A la madre Iglesia, Jua ...Jua!!..
Quedaron solos y tuvieron la ocurrencia de ir a matar el tiempo que faltaba, a un bar de mala muerte,
frecuentado por gente de baja estofa, prostitutas y marginales, y escuchar unos tangos que un guitarrista de fama cantaba con voz aguardentosa.
Al Gorriòn se le ocurriò que las armas pesaban demasiado y le solicitò al barman que las guardara sin especificar que contenìa el paquete.
Entre copas de vino, tangos y caricias pagas de alguna de las prostitutas llegò el horario de tomar el tren de regreso.
Cuando ya estaban en viaje, medio adormilados por el efecto del alcohol y el cansancio el Gorriòn pronunciò esas palabras que sonaron a un estampido de un rayo.
-¡¡Las armas!!
-¡Que pasa con ellas!
-Me olvidè las armas.
-¿En donde? Preguntò el Curita, que nada sabìa de las andanzas de sus dos compañeros.
-En la confiterìa, mintiò el Flaco
-¡Ahora si que la cagamos!
-¿Qué hacemos?
-Miren dijo el Flaco, mejor que cuando lleguemos hablamos con el Chueco, yo no tengo problemas porque soy soltero, pero tù Gorriòn si se entera tu mujer, la bruja, tenès un divorcio en puerta.
El Curita no entendìa, pero mejor no opinar no sea cosa que al jefe eso le cayera mal.
Cuando llegaron hablaron con el Chueco.
Èste que era un hombre recto y muy solidario con sus empleados manifestò.
-No se hagan problemas muchachos, yo voy a ir en mi automòvil hasta la ciudad a recuperarlas.
Cuando llegò a la ciudad el barman al sorprenderse con el contenido del paquete habìa dado parte a la Policìa.
Esa fue la ùnica entrada del Chueco a un calabozo hasta que se aclarò el asunto veinticuatro horas màs tarde.
Tortuga
|
|
| |
|
| |
|
EL FUNERAL
Muriò Don Fermìn, el bueno.
La propaladora del pueblo lo anunciò como siempre lo hacìa a las once de la mañana, antes de comenzar su programa habitual de mùsica y mensajes comerciales, previo unos acordes de la marcha fùnebre de Mendelsson.
-¿Se enterò Doña Julieta? Muriò Don Fermìn.
Las comadres en el mercado se encargaban de difundir la noticia por si alguien estaba distraìdo y no habìa prestado atenciòn, por lo que a las doce ya todo el pueblo estaba enterado.
-¿Dònde es el velatorio? Era la pregunta frecuente que circulaba pasado el mediodìa.
-Él siempre dijo que querìa que lo velaran en su casa de campo.
Asì que, a la hora de la merienda un desfile incesante de vecinos hacìan fila para hacerle llegar sus pesares a la viuda y los dos hijos varones en la casa de campo cercana a la ciudad.
-¡Cuánto lo siento!
-¡Mi sentido pèsame!
-¿Se da cuenta? ¡ No somos nada!
-¡Pobre, Es increìble, sí vendìa salud!
En la medida que pasaba el tiempo el velatorio se desarrollaba en forma normal, si algo tiene de normal el acompañar a un muerto.
Cuando estaba anocheciendo comenzaron a llegar los influyentes, las autoridades y personajes del pueblo, entre ellos el cura que oficiò un responso.
La viuda no se separaba ni un instante del cajòn acariciando una mano al muerto.
Algunas lloronas la acompañaban y en un aparte un grupo de hombres contaba cuentos verdes.
A la media noche apareciò esa mujer.
-¡Noo, no puede ser, por què te fuiste!
Era la mujer del carnicero.
Media hora màs tarde llegò otra
-¿Por què me dejaste? ¡Si yo te amaba!
Era una viuda propietaria del cabaret del pueblo.
-¡Fermìn, Fermìn ¡ ¿Què haremos sin ti?
Las cuatro prostitutas del citado cabaret
-¡Desgraciado, quien levantarà los pagarès ahora!
Un acreedor por deudas de juego
-¡ Igualitooo! ¡Igualitooo que cuando chupabamos juntos!
El borracho del pueblo màs borracho que nunca.
En un aparte los dos hijos varones de Don Fermìn el bueno, mantenìan una actitud circunspecta ante los vecinos y entre ellos se desarrollaba la siguiente conversaciòn:
-¡Para mì el Mercedes y la casa de la costa!
-¡Yo me quedo con el caballo de carrera y el departamento en la Capital!
Comenzaron a circular los bocadillos y la bebida espirituosa, acompañados de cafè muy fuerte.
El borracho, que se mantuvo calmo, cuando comenzò a recibir otras dosis de alcohol
volviò al lado del cajòn.
-¡Igualitoo! ¡Està igualito a cuando dormìamos la mona!
Ya de mañana llegaron algunos vecinos màs esta vez acompañados por sus niños, los que comenzaron a jugar a las escondidas y uno de ellos en el apuro por llegar primero a la piedra hizo tambalear el cajòn con tal mala suerte que, si no lo sostiene un visitante, el mismo hubiese caìdo al suelo con el muerto adentro.
Cerca del mediodìa comenzaron las acciones previas a la inhumación.
Entraron al cuarto del velatorio los de la funeraria y la viuda en ese momento se separò del cajòn, sin que hubiese derramado una làgrima en todo el tiempo.
Luego de colocar el cajòn, ya cerrado en el coche fùnebre de cabecera y las flores en el siguiente se ordenò el cortejo seguido primero por los familiares directos, luego todos los que acompañaron a Don Fermìn el bueno a su ùltima morada.
Al llegar al Cementerio la viuda y los hijos permanecieron un instante en su vehìculo.
Entonces el cajòn fue llevado por las amantes, las prostitutas, los amigos, y al frente el borracho que recitaba con voz altisonante
-¡Ya viene el cortejo...! ¡ Ya viene el cortejo...!
Luego hubo que pronunciar unas palabras de despedida y el encargado fue el polìtico local en un encendido discurso relatando las bonanzas y la personalidad de Don Fermìn
-Està bien que lo haga un polìtico dijo uno de los hijos,
-¡Ellos estàn acostumbrados a mentir!
Terminò el discurso expresando
-¡Siempre te recordaremos, Don Fermìn.....EL BUENO!
-¡SÌ, BUENO!, ¡BUENO!
Dijo la viuda que hasta entonces no habìa pronunciado una palabra
-¡BUENO, BUENO, BUENO..!
-¡!BUEN HIJO DE PUTA ERA!!
Tortuga
|
|
| |
|
| |
|
BAÑADO EN......
Esta historia ocurre en dos pueblos muy cercanos. Uno era el pueblo cabecera del Partido y estaba ubicado en la costa del mar Atlàntico. El otro era un pueblo mediterràneo.
Los habitantes del pueblo costero eran orgullosos de su condiciòn, la de ser cabecera y vivir frente al mar, en cambio los del mediterràneo lo eran por dedicarse a la producciòn agrìcola.
Ademàs los costeros se ufanaban de ser muy cultos, ello por la influencia del turismo que año tras año llegaban a sus playas a recrear su descanso, que abundaba en personas y personajes de todas las nacionalidades.
En cambio los mediterràneos constantemente hacìan gala del mantenimiento de las tradiciones culturales.
Tambièn existìa, una rivalidad deportiva que tenìa su mayor manifestaciòn en los encuentros futbolìsticos que año tras año se disputaban entre los equipos de los pueblos, y una polìtica, dado que en època de contiendas electorales generalmente los triunfadores, eran de partidos polìticos opuestos, tanto en uno o en otro.
En este contexto vivìan Josè y Ana. Josè en el mediterràneo y Ana en el costero.
Josè era un jòven que habìa nacido en el campo. Alto, algo morocho y delgado. Sus estudios se limitaban al ciclo primario y era muy buen deportista.
Ana, rubia, delgada era muy culta con estudio secundarios completos y sus predilecciones apuntaban a la pintura la poesìa y por supuesto la playa, por eso siempre se la veìa bronceada.
Se conocieron en una fiesta popular.
Fue en la època en que se festejaba la fundaciòn del pueblo costero.
Josè habìa concurrido con un grupo de amigos en busca de diversiòn, baile y alguna chica que le llamara la atenciòn.
Reparò en Ana no bien llegò al baile con el que se cerraban los festejos, y se animò a invitarle a bailar. Quiso romper el hielo con una pregunta inteligente y solo le saliò:
-¿Còmo te llamas?
-Ana ¿Y tù?
-¿Estudias o trabajas?
-Ambas cosas.
Asì comenzò la relaciòn. Hablaron y bailaron toda la noche, èl de sus cosas, su vida y el deporte, ella de sus estudios, sus ambiciones y “su playa” como la denominaba.
A los quince dìas se vieron nuevamente.
-Te voy a mostrar mi ùltima pintura, dijo Ana.
En el atelier donde concurrìa, le mostrò un òleo.
-Se llama Tango
-¿Y que significa?
-Es un patio de un conventillo con el cafishio y las percantas.
-¿No entendès?
-No sè, esas caras
-Es neo-realismo.
-¿Què es eso?
-¡ Còmo puedes ser tan rùstico!
Rùstico, esa palabra no le gustò a Josè, le cayò como una patada al estòmago.
-¿Me quieres decir bruto?
-¡No rùstico!
Al llegar a su casa de regreso lo primero que hizo Josè fue el consultar un diccionario.
Rùstico: Perteneciente al campo o concerniente a èl – Tosco, rudo, grosero.
-¡Ah No! Se dijo, ¡Que se cree esa pendeja mal parida!
La ùltima vez que la vio fue cuando se desarrollò el encuentro futbolero entre los dos pueblos.
Estaba entre las muchas chicas bullangueras, tras del arco que defendìa el arquero del equipo costero. Él jugaba por el otro equipo.
Faltaban cinco minutos para finalizar el partido y estaban empatados uno a uno cuando el colorado enviò un centro al medio del àrea penal y Josè con un impecable remate de cabeza logrò convertir el gol, que a la postre darìa cifras definitivas al encuentro.
Finalizado, èl se acercò a la tribuna.
-¡Nosotros seremos rùsticos, pero somos mejores! Le gritò a Ana.
Luego escuchò de ella esas palabras que lo marcarìan por toda su vida...
¡¡Andà, NEGRO BAÑADO EN CUNETA!!
Tortuga
|
|
| |
|
| |
|
EL CONDE
La villa del Conde estaba a orillas de un gran lago al norte de Italia.
Cuando llegó, los setos de oloroso espino que había a ambos lados de las puertas de la villa tenían las espinas más largas y agresivas que jamás había visto. Las mismas puertas estaban formadas por barrotes de hierro sumamente apretados. Era obvio que allí no deseaban la entrada de nadie.
Mirando través de los barrotes se veía un bosque de olivos y cipreses y un camino empedrado de losas grises. Se vislumbraban multitud de flores trepadoras, de madreselva y glicina. Se oía el canto de los pájaros procedente de aquel fresco follaje, y más lejos el murmullo de agua corriente.
Al llegar al edificio principal de la villa, el Conde salió a recibirlo.
Era un hombre espigado, canoso y ademanes refinados. Vestía con elegancia ropa deportiva.
-Bienvenido, dijo en un perfecto español, ya hace mucho que lo espero y estaba muy ansioso por conocerlo y poder compartir con usted algunos días..
Llamó a uno de sus sirvientes el que lo acompañó a hasta su habitación. La misma era espaciosa y con un amplio ventanal que desembocaba en un balcón poblado de glicinas. La vista desde el balcón era hermosa, una superficie azul se extendía hasta perderse de vista, desapareciendo hacia el horizonte entre lejanas cadenas montañosas, algunas cimas estaban cubiertas de nieve y las laderas estaban sembradas por todas partes de pequeñas aldeas, entre las cuales se cruzaban los hilillos de las carreteras.
Acomodó sus pertenencias y luego de ducharse bajó al amplio comedor donde se hallaba el Conde acompañado de una hermosa mujer. Éste la presentó como su esposa y le invitaron a tomar el té.
Las primeras conversaciones lo fueron de temas circunstanciales, mientras un mucamo muy elegante servìa el tè en porcelana China. Él notò que la mujer no proferìa palabra alguna.
-¡Otra mujer sojuzgada! Pensò.
El Conde le invitò a dar un paseo, cosa que aceptò gustoso.
La villa, le explicó, era una residencia de vacaciones, había deporte de vela, baños de sol, paz y tranquilidad. El lago tenía sus hoteles de turismo en la costa occidental, pero la villa estaba situada en la oriental, mucho más tranquila.
-Mis abuelos habían edificado la villa hace ya mucho tiempo, cuando los terrenos estaban más baratos. La gente entonces era más primitiva, vivían de la pesca, de la fruta y de las aceitunas, ahora viven de los turistas, son como caníbales dijo el Conde sonriendo.
El pueblo cercano estaba coronado por un castillo de rojas piedras. Sus empinadas callejuelas de guijarros eran tan estrechas que los tejados de las casas casi se rozaban, dejando apenas un espacio para colgar la ropa puesta a secar. Todas las calles desembocaban en el lago, la superficie azul de éste se veía desde todas las esquinas y las calles hormigueaban de vida. Todos los transbordadores venían atestados de gente y los cafés siempre estaban llenos.
Parecía extraño que la villa estuviera tan tranquila cuando regresaron.
La mañana siguiente amaneció frío y ventoso. Èl había pensado siempre en una Italia bañada por el sol cálida y perezosa, pero la lluvia y el viento libraban un continuo combate sobre el lago.
Las persianas batían fuertemente, ráfagas de viento se arrastraban por el suelo, levantando las alfombras y afuera los olivos se agitaban como un mar color verde plateado. El lago estaba blanco con la espuma de las olas, pero a su pesar seguía siendo azul como una joya que conservara su propio color.
Cuando bajó a desayunar el Conde estaba haciendo lo mismo. Le relatò que habìa salido temprano bajo una tenue llovizna.
-Era casi agua en suspensión, a medias de evaporar, que maneja la ventolina y lo empapa a uno, como quiera que trate de defenderse, porque no sólo cae, sino que flota en el aire y azota por los cuatro costados con el suave flagelo de su humedad.
Saliò a dar un paseo por la villa, solo. Una tormenta se acercaba.
El viento anunciaba su llegada, que se dejaba entrever entre los últimos àrboles, a modo de oscuras y ampulosas nubes que venian cargadas de agua.
La hierba se inclinaba al vaivén del viento, quien vociferaba un canto con un ritmo continuo.
La tierra vibraba bajo sus pies. Nacian los primeros brotes de hongos junto a los cipreses que dominaban el paisaje, refugiados bajo una tenue luz, creada por una espesa capa de nubes blancas que cubrìan todo el cielo.
En el regazo de los más grandes árboles se divisaban mantos de hojas, las cuales caìan sin cesar, desde lo alto, a modo de ofrendas, y teñían el ambiente de cierta melancolía.
Los sonidos que impregnaban este inmenso silencio envolvían el lugar de una cálida soledad, que se manifestaba en toda una gama de colores, desde los tonos grisáceos y oscuros hasta los rojizos y verdes.
Y el aroma, ese aroma inconfundible a tierra mojada que el viento acerca al olfato como preanunciandosè.
Difícilmente visibles eran las flores o tallos en el extenso sendero que se abrìa bajo sus pies, de un intenso color verde, que contribuía a la parquedad del paisaje.
En la caminata hizo un alto en un pequeño refugio, y cuando estaba tratando de sacudir algunas gotas de su impermeable escuchò una voz a sus espaldas.
-Mal dìa tenemos hoy. Y seguramente no mejorarà.
Era la mujer del Conde.
-¿Pero, què hace usted sola en este lugar?
-Huyo, escapo, me libero de todo el tedio que significa vivir aquì.
-¿No es feliz en este lugar?
-El lugar no hace la felicidad. Uno puede tener todo lo mejor, pero si no hay amor, la felicidad nunca se alcanza.
-¿Y por què no se marcha?
-Realmente he pensado en hacerlo muchas veces. No tengo donde ir, no hay hijos, familia ni afectos que me esperen. No es por la situaciòn econòmoca que me quedo aquì, yo tengo muchos ahorros, es porque no tengo quien se interese, pero la vida en este lugar se me hace insoportable
Al dìa siguiente èl emprendìa el regreso.
Cuando enfilò con su vehìculo por el camino de salida de la villa hacia la carretera una mujer con una maleta le pidiò que lo llevara. Era la esposa del Conde camino a su libertad.
Habìan transcurrido apenas cinco kilòmetros de su viaje cuando otro vehìculo con las luces encendidas y sonando insistentemente la bocina insistiò en que se detuviera. Lo hizo y bajò del automòvil.
Del otro el Conde hizo lo propio.
-¡Gracias! Yo le habìa anticipado que lo estaba esperando.
Luego le estampò un largo beso en la boca.....
Tortuga
|
|
| |
|
| |
|
EL PESCADOR
Ese dìa se les ocurriò ir a pescar a los mèdanos.
-Yo no tengo equipo, dijo Ignacio.
-¡No importa!, Lo vemos al gordo que seguramente te prestarà uno, respondiò Facundo.
-¡Nosotras tambièn vamos¡ Dijeron a coro las dos mujeres.
El Gordo, al verlos llegar se le ocurrió.
¡Ahora si, ya están iguales, dos a dos, sino las mujeres corrían con ventaja!, Y era Facundo el que pagaba las consecuencias.
Riéndose de la salida del Gordo que gustosamente prestó su equipo de pesca, fueron hacia el Sur, los cinco en el jeep, ya que el gordo se adicionò a la excursiòn, sorteando médanos, arroyos, algunas gaviotas y avutardas que sobrevolaban o se estacionaban en la playa. Pararon cuando divisaron un pingüino que, empetrolado, apenas podía caminar. Las mujeres lo bañaron y limpiaron con agua dulce que llevaban en un bidón y luego, gozoso, lo vieron entrar nuevamente al mar, zambulléndose bajo las olas.
En el mismo lugar que, el pingüino entrara al mar, se quedaron a pescar. Facundo lo hacia con ayuda de Aldana e Ignacio con la de Inacayal,
-¡Ignacio, ayúdame!.
Ignacio corrió presuroso al ver que la caña de Facundo se había doblado hasta casi tocar su punta con el suelo arenoso. Ambos tomaron la caña y con gran esfuerzo efectuaron varios cañazos y la pieza cedió un poco, luego comenzaron a recoger a golpes de caña y en varios momentos estuvieron a punto de perder los aparejos.
-¿Qué es, una ballena? Dijo Ignacio.
-¡Tiburón, y grande! Respondió Facundo
Facundo con el agua a la cintura entró para engancharlo con un bichero. Aldana le gritaba.
-¡Ten cuidado!
-¡Sì, cuidado! Como un eco el gordo advertìa.
Ya en la playa, luego del gran esfuerzo, vieron que la pieza era un tiburòn Escalandrùn de aproximadamente dos metros de largo.
¡Eh! Pavada de bicho, ¡Te desvirgaste, Facundo!, Ahora si que podes decir que son un pescador, dijo el gordo
Siguieron pescando un tiempo màs.
El gordo tenìa una mala costumbre. Cuando estaba de pesca y sentìa necesidades imperiosas, acostumbraba a entrar en el agua hasta la cintura, bajarse los pantalones de baño y hacer en el mar sus cosas. Eso ocurriò, cuando se escucho un alarido de dolor, seguido de un insulto.
-¡Ayyyyyy!.....¡¡La reputa madre que lo pariò!!
Facundo e Ignacio corrieron presurosos, temiendo lo peor.
-¿Què pasa? Preguntaron al unìsonono.
-¡Una aguaviva, una aguaviva..!
-¡¡Donde!!
-¡¡Acà en mi pene!!
Una medusa de grandes proporciones se habìa prendido de los genitales del Gordo, quien trataba de sacarla echando agua y arena, hasta que lo logrò.
Facundo e Ignacio no paraban de reirse a mandibula batiente.
-¡No-se rìan boludos, que esto arde mucho!
Màs risas.
-¡Chè, no le digan a las mujeres!
Ignacio se descompuso de la risa.
Volvieron donde las mujeres, el gordo caminaba como un autòmata con las piernas abiertas.
-¿Què pasò? Preguntò Aldana
-Nada, nada. Respondiò el gordo
Cruzaron y ataron el tiburón sobre el capot del jeep y volvieron cantando.
Al llegar al club de pesca hicieron sonar insistentemente la bocina.
Dejaron el tiburón y el Gordo, caminando como un robot, lo colgó de un gancho, justo a la entrada al club, con un letrero que mencionaba el afortunado que lo había pescado.
Ese dìa le cambiaron el seudònimo.
No fue màs el gordo, ahora le llaman “El ardoroso”
Tortuga
tortuga
|
|
|
| |
|
| |
|