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SIGUEN LOS CUENTOS
 
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¡SE QUEMA EL RANCHO!
Esa noche habìa sido invitado por un grupo de amigos a degustar un asado. Cuando lleguè al lugar, inconfundible por la humareda y el aroma penetrante de carne asada y chorizos a la parrilla, notè que el ambiente de los invitados era mas alegre que de costumbre, producto quizàs – pensè – del consumo de un excelente vino tinto, que alguno de los comensales habìa llevado recièn llegado de una provincia vitivinìcola.
-¡Arrìmese al fogòn! Me invitò con un grito el tucumano.
La reuniòn transcurriò dentro de paràmetros divertidos. Uno de los comensales, el moncho Fernàndez, trasuntaba en su voz y ademanes la importante ingesta de alcohol que habìa sometido a su humanidad. Y entre cuentos verdes, vino, historias, vino, anècdotas, vino, experiencias, màs vino y payasadas la noche se iba consumiendo como un candil. Cuando èste comenzò a apagarse el turco lanzò la invitaciòn:
-¡Vamos todos al cabaret!
Algunos desistieron. Yo seguì la corriente. Èramos cinco los que tomamos esa sabia decisiòn. Nos subimos al automòvil ùltima generaciòn propiedad del turco y allà fuimos.
-¡Vamos a divertirnos con las putas! Dijo el Moncho en el camino.
Llegamos al “cabaret” que no era otra cosa que un rancho a la vera del camino de tierra cerca de la ruta pavimentada. El esqueleto de la construcciòn estaba formado por troncos de àrboles y su techo de paja secada al sol, y en el frente el propietario con ìnfulas yanquis habìa colocado un cartel pizarra en el que se leìa, escrito con tiza,”Dancing”.
Al entrar un ambiente cargado de humo y olor a tabaco me invadiò. Se escuchaba un tango cantado por Gardel que dos percantas lo bailaban entre sì. Las tres restantes corrieron presurosas a atender a los recièn llegados, aseguràndose primero el tipo de vehìculo en que habìamos arribado.
Entre el humo y el alcohol las “chicas” se insinuaban acercando su cuerpo con su pareja de baile en un apriete sensual, mientras trataba de convencerlo que le pagara una copa, la que seguramente no contenìa alcohol, mientras que a los visitantes le ofrecían whisky de muy baja calidad, con sabor a combustible para automòviles.
En eso el moncho tomò a una de las menudas cortesanas por sus axilas y girando ràpidamente le hacìa describir piruetas en el aire, al grito de:
-¡Un molino,...Un molino!
Lo paramos, de lo contrario la pobre muchacha corrìa el riesgo de terminar estampada en alguna de las paredes de adobe, pintadas con cal.
Se tranquilizò por un rato y saliò. Pensè que a respirar el aire nocturno, dado su lamentable condiciòn.
Pero no, reapareciò portando un envase grande de gas butano y un encendedor el que seguramente obtuvo del vehìculo del turco. Con el envase en su mano derecha apretaba el pico y el encendedor en la izquierda, producìa la chispa, a la vez que gritaba:
¡Un lanzallamas....Un lanzallamas!
El dueño del cabarute trataba de pararlo. Las chicas espantadas gritaban..
¡El pelo.. el cabello! ¡Mi vestido!
El dueño fue tras el mostrador y sacò un revolver enorme. El moncho se habìa desprendido la camisa y con su pecho al aire lo desafiaba..
-¡Tirà..tirà!
Tratamos de calmarlo, fue en vano. Tomò el envase y lo dirigiò al techo de paja.
-¡Noo...Noooo! Gritaba el dueño
Se oyò un clic del encendedor...... Tortuga



LA QUINTA
LA QUINTA

Hoy me invadiò la nostalgia, me despertè pensando en mis años de niño y me llenè de recuerdos.
Recuerdos felices por cierto. Felices de haber pasado mucho tiempo en la quinta, (así la denominaban) lugar de residencia de mi abuela.
Estaba ubicada a unas pocas cuadras de donde comenzaba el pavimento, del casco urbano de aquel pueblo. Ya, transitando por el camino de tierra, a cien metros se divisaba la enorme casa, cosa que, cuando mi madre me llevaba con mi hermano a pasar unos dìas, me ponìa enormemente feliz.
Cuando trasponìa la entrada pintada de blanco, una glorieta con glicinas en flor me daba la bienvenida con aroma y color. Mas allà de la casa se veìan los galpones, el taller mecànico y un depòsito de maq uinaria en desuso. A la izquierda se hallaban los àrboles frutales y la huerta colmada de hortalizas. Al fondo el corral de aves y luego una pequeña extensiòn de campo labrado.
La casa contaba con una galerìa vidriada, despensa, cocina, un comedor oval grande, cinco dormitorios y un baño amplio. Se hallaba elevada del nivel del suelo y poseìa un sòtano.
Era llegar y comenzar a disfrutar, ya que la abuela habìa preparado el desayuno: galleta, tostadas, dulce de leche y manteca casera y leche recièn ordeñada con cocoa.
Luego a retozar. La primer visita era al taller mecànico, donde un tìo se afanaba en realizar las reparaciones de rodados o maquinaria agrìcola. Era otro mundo, entre el olor a aceite o grasa, me quedaba hipnotizado viendo el ir y venir de aquèl en ese concierto de fierros y motores.
Otro de mis preferidos lugares era el depòsito de maquinaria en desuso. Allì habìa tractores viejos, arados oxidados y hasta un camiòn inutulizado. Subìa a ellos y me imaginaba conducièndolos haciendo onomatopeya del ruido del motor. Tambièn obligada era la visita al corral de aves, donde gallinas, patos y pavos sufrían los ataques y correrìas de un visitante inesperado. ¡Pobres animales! Los traumas que les debo haber causado.
Habìa un lugar que visitaba con miedo, era el sòtano, me parecìa tenebroso. Si bien era el depòsito de frutas y verduras almacenados, como tambièn jamones, chorizos y vinos, me asustaba, sobre todo tener que apartar constantemente telas de araña que tapizaban el lugar. ¡Què no darìa ahora por tener un lugar bien provisto como estaba!
La huerta tambièn era motivo de regocijo y aventura. Bajo la atenta mirada del cuidador, un negro llamado Cirilo, recorrìa la misma y alguna fruta recièn arrancada solìa hacer las delicias de mi paladar.
Todo era magnìfico y màs cuando habìa algún motivo para festejar. Allí se reunìa la numerosa familia de mi madre.
¡Claro! Llegaban los primos tan traviesos e indios como yo. Atentos estábamos cuando llenaban el tambor de botellas de naranjada con barras de hielo para que se mantuvieran frescas, pensando en el festìn sibarita que nos darìamos màs tarde.
Otra cosa que me emocionaba ese dìa era que se limpiaba el gran tanque australiano, ubicado junto al molino de viento. Chapuzones, al por mayor, una càmara de tractor inflada y demostraciones de habilidad acuàtica estaban a la orden del día tratando de impresionar a quien ocasionalmente eran los compañeros de nado o aventura, o màs bien a las primas por esa cuestiòn de pavonearse frente al otro sexo, tan vieja como la existencia humana.
Como uno de los primos era màs pudiente era el que traía la pelota de fútbol. ¡Por cierto que era el màs malo jugando! ¿Pero quièn se atrevìa a decìrselo? A lo mejor de rencoroso se llevaba la pelota. Asì que esos días de fiesta la pasaba entre demostraciones de habilidad acuàtica y fùtbolera.
Otra cosa era la comida que se servìa, habìa de todo: asado de vaca al asador, corderos, comida frìa, pasteles, tortas, todo regado con naranjada a voluntad.
Luego de la comida, mientras los grandes bailaban, jugaban a la taba o se prendìan en algùn partido de fùtbol de solteros versus casados, junto con los primos comenzaban las correrìas por donde se nos ocurriera.
En una de esas fiestas no tuve mejor ocurrencia que hacer una parodia de una pelìcula que recièn habìa visto, la misma se llamaba “La venganza del ahorcado”. Busquè una soga y la pasè por una rama saliente de un pino enorme, hice el nudo corredizo y lo pasè por mi cuello, previo pararme en un cajòn de frutas. ¡Nunca sabrè el motivo porquè mi hermano me sacò el cajòn! Ya ciànotico un tìo corriendo ante los gritos de mi madre desesperada que habìa presenciado la escena, logrò cortar la soga. La vergüenza me acompañò tres meses, ese fue el tiempo que demandò que desaparecieran las huellas de la herida que me habìa quedado en el cuello y la herida en mi orgullo personal cada vez que algùn compañero, -o compañera- de escuela, me preguntaba ¿Què te pasò?.
Una de las mayores travesuras las hice en compañía de un primo. Juntamos caca de gallina del gallinero y embadurnamos todos los picaportes de la casa, luego nos fuimos a la huerta.
Desde allí escuchàbamos los gritos y llamados. Creo que hubiese preferido que la tierra me tragara antes de escuchar los retos que la abuela me propinò. Los dijo en Gallego, no entendì muy bien, tampoco a un tìo que lo hizo en Vasco, pero sì a mis padres que me hablaron en un Argentino muy conocido.
Otra de mis grandes macanas fue la de haberme apropiado de un rifle de aire comprimido que mis tìos guardaban celosamente. Con èl salí a tratar de cazar algunas perdices que habìa visto en el campo lindero. Caminaba por el mismo y algunas levantaron su corto vuelo. Como no las encontraba quietas o caminando intentè dispararles al vuelo. ¡Craso error! No-solo era imposible darles con un solo plomo, sino que, uno de ellos fue a parar al ojo de una yegua vieja que habìa venido a pasar sus ùltimos días en ese lugar. Desde entonces la llamaron ¡La tuerta!. Y ni hablar de lo que a mí me pasò, tres meses sin jugar fùtbol ¡Se dan cuenta que castigo más horroroso! Creo que a lo largo de la vida ha sido lo que màs me ha dolido, por el castigo recibido y por la suerte de aquel animal.
La ùltima oportunidad que recuerdo haber estado en esa quinta, fue para un fin de año, con toda la familia reunida en derredor de mi abuela, como una matriarca. Yo ya no era un niño, pero era sorprendente el cariño y amor que ella despertaba no-solo en mi sino en todos los que allì estaban.
Estaba ella al final del ciclo vivido y creo que con esas demostraciones debe haber tenido una muerte feliz, sabedora que pasò por este mundo dejando su huella.
Hace poco tiempo pasè ex profeso por las cercanìas de la casa recordando momentos felices vividos.
Creo que el espìritu de mi abuela aun vive allí.
Eso no muere nunca

Tortuga





EL CURA
EL CURA

Este gallego recièn llegado de España, habìa sido destinado por la curia a la iglesia del pueblo.
Al principio no fue bienvenido. Ello sucediò porque cometiò el error de realizar una ácida crìtica a la persona que habìa sido su predecesor, el que ahora ocupaba un cargo importante dentro de la burocracia eclesiástica.
Pero al pasar los días fue ganando la simpatía de los fieles, sobre todo porque en las mañanas tomaba su bicicleta, se levantaba la sotana, se ataba la misma con una soga fina a la cintura y cantando pasodobles salía a recorrer el pueblo, saludando a todo el que se hallara al paso con un
-¡Buen día, hermosa mañana nos ha enviado el Señor!
Comenzò a frecuentar el club, en el que se reunìan personajes propios del lugar- entre ellos un gordo dicharachero y bonachòn- que poco tenìan que ver con la religiòn.
Y así fue que en una de esas tardes hubo en el club una memorable partida de truco entre el gordo y el cura. Al comenzar el gordo le advirtiò.
-Mire padre que esto es un juego de mentiras
-Dios me ayuda a ganar sin mentir, dijo el cura
No bien comenzada la partida hubo un lance por parte del sacerdote
-¡Envido!
-¡No mienta padre, que es pecado!
-Yo no peco chaval, ¡Si quieres saberlo acepta!
Y asì entre chanzas y socarronerías llegaron muy parejos cerca del final en la que el gordo ganò cantando una flor en los siguientes tèrminos
Cuando San Pedro muriò
toda la gente decìa
¡Pobrecito San Pedro,
que FLOR de bolas tenìa
-¡¡Eres un desgraciado chaval!! ¡Irrespetuoso y hereje! dijo el cura arrojando las cartas sobre la mesa, a la par que el gordo se reìa a las carcajadas a mandíbula batiente, cosa que tambièn hacìan los parroquianos asistentes a la singular partida
La cosa es que, al domingo siguiente, el gordo y gran parte de los asistentes a esa partida, estaban en la iglesia escuchando misa.
Visitò los colegios del lugar e instò a los chicos a acercarse a la parroquia organizàndolos en grupos juveniles. Asì formò un conjunto de guitarras y coro que cantaban en los oficios religiosos y en las reuniones periòdicas que tenìa con la juventud se tocaban problemas inherentes como la droga, el alcoholismo.
En vísperas de Navidad guardaba celosamente algunas botellas de vino sagrado que regalaba a sus amigos.
No era muy bien visto por las damas de la parroquia, generalmente pertenecientes a los estamentos sociales màs elevados de ese pueblo y a las que este cura, no les dedicaba la atenciòn que lo habìa hecho su predecesor, motivo por el cual se sentìan desplazadas. Entre ellas se tejían murmuraciones, y desconfiaban de su relación con la juventud.
Pero en general, se puede decir que la mayorìa del pueblo respondía con una presencia cada vez más numerosa, en los oficios religiosos. Pero ello acontecìa por la calidad de los sermones en los que tocaba temas de mucha actualidad como la delincuencia, la droga, la situación económica y la política.
Entre el grupo juvenil ligado a la parroquia había una joven rubia, que era hija única de una de las damas de sociedad y que, al tener muchos problemas familiares por incomprensión y falta de cariño, pasaba largo tiempo en el confesionario escuchando los sabios consejos que el sacerdote, impartía.
Algunos del grupo juvenil, celosos de tal situación, comenzaron a divulgar el rumor de que el cura se había enamorado de la jovencita.
Esto fue aprovechado por las damas e inmediatamente obtuvieron una entrevista con el obispo, en la que el cura anterior hizo de puente `para el logro.
Entre conciàbulos y reuniones secretas confeccionaron una carta en la que pidieron el relevamiento del cura por actitudes indecorosas.
Algunos amigos trataron de interceder en favor, pero, la sentencia estaba ya firmada.
Lo destinaron a un pueblo lejano, vacío, solitario.
En su lugar llego otro, previo ser aprobado por la comisión de damas de la parroquia.
Recuerdo los ùltimos dos sermones, finalizaban....
-¡Señor! Perdònalos, no saben lo que hacen
-¡El que estè libre de pecado, que arroje la primera piedra!



Tortuga



CLOTA
CLOTA


La pedía en cada oportunidad que se le presentara.
-¡Dale Papà, a mi hermano se la compraste, y yo no tengo bicicleta!
-Tienes que esperar hasta que cumplas los 14 años, tu hermano recièn la tuvo cuando llegò a esa edad.
Un dìa memorable llegò. Era una bicicleta azul celeste con llantas cromadas y manubrio deportivo. La bautizò Clota.
Lo primero que hizo es ir a buscar sus amigos que, por supuesto, todos ya tenìan bicicleta desde hacia un tiempo y ufano la mostrò como si fuera el tesoro hallado màs magnifico de todos los tiempos. Desde ese dìa fue su compañera. Su testigo de aventuras. Su comunicaciòn con el resto del mundo. Su medio de llegar a todos los lados que antes no podìa. ¡Su libertad!.
Claro, en esa poblaciòn costera pequeña era el medio de locomociòn por excelencia. Asì denominaban los turistas que verano tras verano concurrìan a descansar a “El País de la bicicleta”. Y èl, pese a ser nativo del lugar quería sentirse parte de la horda veraniega, como todos los jòvenes.
Asì, ya en la Primavera comenzaba la preparaciòn de Clota para que lo ayudara a vivir un intenso verano. Era sometida a una limpieza general, engrase, aceite lustrada y ¡Estaba lista! entonces comenzaba el entrenamiento. Con los jòvenes muchahos del pueblo realizaba raides por los lugares cercanos, por la playa, por los senderos, por los mèdanos, por las plantaciones.
Era comùn verlos - a èl y Clota – en los amaneceres dejar una huella efìmera en la arena que el mar con su voracidad se encargaba de borrar.
Todo estaba muy bien en su vida, pero una mañana tuvo una distracciòn. Había colocado un dispositivo en la rueda delantera, consistente en un broche y un cartón que al pasar los rayos por èl, asemejaba el ruido de un motor, y entretenido en observar su funcionamiento no reparò en un automòvil circulando de frente. Tres dìas màs tarde se despertò de la conmonciòn cerebral en el hospital, y preguntò.
-¿Clota està bien?
No, no era asì, pero nada le dijeron en ese momento. El amor de su vida se hallaba bastante maltrecho y sus padres carentes de dinero no podìan hacer nada, menos mal que un tìo se hizo cargo de la reparaciòn y cuando le dieron el alta mèdica, Clota estaba reluciente, como recièn hecha.
El accidente pareciò que hubiera sido un aviso del destino, un aviso sobre cambios en su vida, en sus amores. No porque dejara de querer a su bicicleta, sino porque se enamorò perdidamente de una pelirroja a la que cargaba sentada en el manubrio y llevaba a recorrer los distintos lugares, sobre todo a la playa.
Parecìa que Clota se habìa puesto celosa, cuando subìa con su recièn amor le costaba arrancar y èl decìa...
-¡Vamos Clota, fuerza!
Hasta que un dìa la pelirroja tuvo que partir y la bicicleta volviò a ser la de antes, pero èl no, esa partida lo sumiò en una profunda melancolìa, se volviò huraño, serio y taciturno. Ya no salìa con sus amigos a las bicicleteadas y permanecìa el mayor tiempo del dìa en su casa, meditando, recordando. Asì permaneciò durante un tiempo hasta que un dìa tomò su bicicleta y saliò,
Se dirigiò a un promotorio de la costa y tomando la bicicleta la arrojò al mar diciendo
-¡Por tu culpa, ..por tu culpa!


Tortuga



LA BOTELLA
Amanece, el cielo aun tiene un color azul pàlido, como de algùn modo velado todavìa, cansado. Gris verdoso es el paisaje, el mar de nàcar esta muy quieto, terso. Desde la ventana de mi casa en la playa, puedo observar la gloria de ver la salida del gran Dios sol, chorreando con sus largos dedos sabios sus rayos, seleccionando cosas y personas.
Salgo a la playa y emprendo mi caminata diaria por la orilla. Se han despertado todos los pàjaros del mundo y las gaviotas revolotean a mí alrededor graznando, ¿ Qué me diràn?
Imagino que quieren indicarme el camino que debo tomar, pienso ¡No se molesten, siempre es el mismo!
El aroma a yodo y sal me fortalece y apuro el paso en busca de un reflejo que observo mas adelante. El agua apenas es una delgada piel sobre la arena y el mar terso aparenta la fràgil docilidad de la hermosura.
Estoy cerca del reflejo, se trata de una botella. Pienso que en su interior el sol guarda su luz para utilizarlo en los días fríos de invierno. ¡No, solo es el reflejo! Pero al detenerme a examinarla reparo que guarda un papel. ¡Emocionado comienzo su lectura!
“A quien pueda interesar:”
“Estoy desesperado. Tengo a mi familia enferma y me he quedado sin trabajo. Este es el” “ùltimo adiòs, ya que he probado¡ todo, todo! No me queda otra cosa que abandonar este” “mundo cruel e infame.”
“Juan Solìs.”
Finalizaba la esquela con una direcciòn allende el Atlàntico. Vuelvo presuroso sobre mis huellas en la arena y voy pisando cada uno de mis pasos, como si quisiera borrar la felicidad que momentos antes me embargara. Ahora son huellas màs profundas, debe ser por el peso
adicional que traigo en mi alma.
Me encuentro con el gordo, el pescador, con quien comparto algunas charlas mañaneras a la orilla del mar
-¿Què te ocurre? Me dice, ante la evidencia de mi desesperaciòn.
-¡Mira! Lo encontrè en mi caminata; Respondo mostrando el mensaje y la botella.
-¡Uy! Es del lugar vive un primo.
-Le podemos escribir para saber que pasò.
Regresamos a mi casa. El gordo inmediatamente se dedica a enviar un e-mail a su primo.
Pasadas unas horas nos llegò la respuesta. El primo respondiò que a Juan Solìs le habìa ocurrido una tragedia, su mujer e hijo habìan muerto de una enfermedad y a èl una poderosa marejada lo habìa llevado cuando se hallaba contemplando el mar desde el malecòn.
Ya mis caminatas no son placenteras, lo hago como un sonàmbulo mirando siempre el mar,
tengo la impresiòn que en algùn momento Juan Solìs saldrà del agua con sus ropas empapadas y su cuerpo cubierto de algas para decirme.
-¡ No llegaste a tiempo!

Tortuga







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EL RICO


Las riquezas y los honores son pasajeros y no significan felicidad. Se puede ser dichoso solo con arroz como alimento, agua como bebida y el propio brazo como almohada (Confucio)



Su vida no fue muy esforzada que digamos.
Hijo ùnico de un gran terrateniente pampeano, en su juventud su responsabilidad era estudiar y por supuesto tener las mejores notas ya que habìa recibido por educaciòn aquello que debìa ser el mejor.
-¡Tú no has nacido para servir, sino para ser servido!
Era la sentencia màs escuchada en su casa expresada por su padre, a la que agregaba consideraciones sobre la diferencia social que existìa entre èl y el resto de los alumnos.
Èl cumpliò, cursò sus estudios primarios y secundarios con las mejores notas que se hayan registrado en los establecimientos de los cuales fue alumno
Distinto fue cuando comenzò la Universidad. Su carrera predilecta era Filosofía, pero le tocò hacerlo en un època convulsionada, y como la moda era el marxismo –leninismo, abrazò a esa idea revolucionaria.
Se lo vio encabezar marchas, manifestaciones, revueltas, choques y generalmente era el principal, al que todos seguían.
Decìa en sus alocuciones frecuentes que habìa nacido para ser un lìder revolucionario y que a èl lo impulsaba un sentimiento de igualdad social.
Muy adentro de su inconsciente, esa rebeldìa tìpica en su juventud era la respuesta que estaba dando a su progenitor, aunque èl no lo sabìa.
Cuando obtuvo el doctorado sus ideas sufrieron un vuelco fundamental. Ahora era fascista y todo lo relacionado con el marxismo era despreciable.
-¡A esos zurdos hay que matarlos a todos!
Era su frase preferida. Aparte se hizo partidario polìtico de una agrupaciòn neofascista
Su vida personal tambièn sufriò un vuelco. Se casò con una mujer de extirpe linaje; atràs quedaron sus sentimientos de estudiante y novias pobres que le entregaron muchos momentos de felicidad, ahora su medida era la posiciòn social y la riqueza.
Y asì fue formando su vida, entre fiestas de amigos adinerados, reuniones culturales, asistiendo a todo aquello que significara trascender en el orden social y sobre todo cuando tenìa la seguridad de que alguna revista de moda estaba presente, para tomarse unas fotos compartiendo lo que la “alta sociedad” hacìa.
Un dìa caminando por el centro comercial una pobre mujer se acercò.
-¡Por favor, señor! ¿No tendrìa unas monedas? Hace dìas que no me alimento.
-¡Trabaje, si quiere comer!
-¡Pero, no hay trabajo, señor!
-¡Trabajo hay! Lo que pasa es que ustedes son haraganes.
-¡Señor, le suplico!
-¡ Afuera, vàyase!
-Dios quiera que usted pase las necesidades que yo tengo y no encuentre ayuda
Sentenciò la mujer
No fue instantáneo. A los pocos dìas las cosas le comenzaron a ir mal. Primero fueron unos malos negocios, luego descubrir que era engañado por su mujer, posteriormente la pèrdida de un hijo y por ùltimo la venta de las propiedades para afrontar el cùmulo de deudas contraìdas.
Al final la bancarrota.
Hoy se lo puede ver con un abrigo, otrora fino, convertido en harapo pidiendo limosna en la puerta de una iglesia diciendo....
-¿ No tendrìa unas moneditas?

Tortuga
LAS ZAPATILLAS

LAS ZAPATILLAS

-¡Todas las mañanas la misma historia! Pensaba.
-¡Me hacen levantar temprano, con este frìo, para ir a la estaciòn del tren!
-¿ Por lo que me dan? Solo unas pocas monedas.
-Dicen ellos, mis padres, que eso ayuda al puchero, que a veces me dan de comer.
Asì cavilaba Mario, Marito para los amigos.
-Si al menos me dejaran ir a jugar como antes.
-¡Eso estaba bien para un chico de mi edad!
-¡Ir al potrero, a reunirme con mis amigos y jugar esos partidos de fùtbol de rompe y raja!
-¡Pero no! ¡Eso terminò! Me dijeron
-El viejo perdiò el laburo y todos debemos ayudar.
Con sus zapatillas viejas, gastadas, sin cordones, sus piernas y pies eran los que màs
sufrìan el frìo de ese inclemente invierno, seguìa concentrado mientras se dirigìa a la estaciòn ferroviaria, como lo hacìa todos los dìas desde hace tres años.
-¡Hasta el colegio me sacaron!
-¡Y todo por unas mugrosas monedas que el viejo me saca antes de ir a casa para mandarse unos tintillos en el bar!
-¡No eso està mal! Los chicos debemos estar jugando.
Como siempre se ubicò muy cerca de la boleterìa en donde los pasajeros al verlo, tan desvalido, con ropa harapienta y carita suplicante, algunas monedas del vuelto le dejaban, no tanto por bondad, sino por comodidad. Era mas fàcill dàrselas al niño que guardarlas.
El empleado ferroviario que despachaba los boletos tenìa una pìcara complicidad con Marito, Generalmente, trataba de dar el cambio con la mayor cantidad de monedas de baja denominaciòn que pudiera, y eso molestaba a los pasajeros que ante la eventualidad, se desprendìan de algunas.
Pero ese dìa, serìa distinto
-¿No tienes frìo? Le preguntò una mujer muy mayor.
Èl no respondiò. Le habìan enseñado que no debìa hablar con personas extrañas.
-¿Què querrà esta vieja? Pensò, y viò en sus ojos una expresiòn de infinita dulzura. Se animò.
--Sí, mucho, sobre todo en mis pies.
-¡Tambien con esas zapatillas! Ven, le dijo yo te comprarè unas nuevas.
No lo podìa creer. ¡Zapatillas nuevas!
Lo llevò a una zapatillerìa ubicada frente a la estaciòn.
-¡Quiero que al niño le calcen las mejores zapatillas que tengan! Dijo la mujer con tono imperativo.
Eligiò unas zapatillas que luces al pisar se encendìan.
-¡Yà, cuando las vean mis amigos! ¡Se van a morir de la envidia! Fabulaba esperanzado en ese encuentro.
Recogiò las zapatillas viejas y pidiò un diario para envolverlas.
-¡Esas debes tirarlas a la basura! Dijo la mujer.
-Noo, a lo mejor le sirven a alguno de mis hermanitos.
Cuando volviò a la estaciòn lo primero que hizo fue mostrar sus zapatillas nuevas al empleado ferroviario.
-¡Pavada de zapatillas te has conseguido! Dijo èste.
A la mañana siguiente Marito volviò a la estaciòn, ya no llevaba las zapatillas nuevas, habìa vuelto a calzar las viejas, sucias y derruìdas zapatillas de siempre.
El empleado extrañado le preguntò por las nuevas.
-Mi padre las vendiò, porque dijo que hace falta el dinero.

Tortuga






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