III VERANO
El solsticio de verano fue siempre una fecha trascendente en el calendario social-agrario. Los días comienzan a disminuir, al reves que el calor y la sequía, que por el contrario, aumentan cada semana que pasa.
«Por mucho que quiera ser, ¡ En Julio ! ¿que ha de llover?»
El exceso de agua no favorece ni a la vid ni al olivo, cuyos racimos y flores pueden malograrse; así como tampoco produce beneficio alguno a la cosecha de cereal, otrora abundante. La siega del centeno y las faenas de acarreo, trilla y aventado se prolongaban hasta bien entrado el verano.
«Agua por San Juan quita vino, aceite y pan»
«Julio calorero, llena bodega y granero»
«El agua de nube fastidia la era pero apaña la rastrojera»
En la actualidad, la abundancia de agua raja y deteriora la cereza que está en proceso de maduración. Además, la humedad hace crecer malas hierbas en los sembrados y favorece la aparición de enfermedades que hacen precisos los trabajos de «curas» y escardas. Peores efectos puede provocar el combustible originado al agostarse la abundante hierba crecida con las lluvias, dado que incrementa notablemente el riesgo de incendios.
Pero si el agua en demasía puede resultar inoportuna, el calor y la sequía debilitan a los árboles y secan los acuíferos. Los riegos en huertos, frutales y otras plantaciones ocupan el tiempo durante el verano:
«Julio normal, seca el manantial»
«agua de cielo no quita riego».
En Piornal el calor acaba pronto. Después de «la Virgen», no son raros los días frescos, lluviosos e incluso con niebla, muy convenientes para mitigar la sequía y preparar una buena otoñada; aunque, algunos años, a mediados de agosto puede despedirse el calor veraniego:
«Cuando San Roque vuelve la espalda, el tiempo cambia»
«Para que la otoñada sea derechera, por San Bartolomé las aguas primeras»
«Para San Bartolomé, tormentas ha de haber»
Hasta las fiestas de San Roque se cogían patatas tempraneras y hacia finales de septiembre, las «migueleñas», como su nombre indica,
III.1 San Juan Bautista. 24 de junio
Quizá no resulte casual que los pueblos que celebran festejos invernales, festejen también el inicio del buen tiempo y la maduración de las cosechas, A esto puede obedecer que San Juan sea el titular de la parroquia piornalega. La celebración de este día ha ido declinando hasta verse eclipsada por la creciente actividad de la temporada cerecera.
Todavía en los años sesenta se celebraba Misa Mayor y procesión con el Santo. Las mozas con pretendiente formal recibían un regalo de su futura suegra, generalmente un pañuelo de raso blanco, que lucían el día de San Roque y en otras festividades.
Durante la noche de San Juan, mozos y mozas salían juntos al campo a encender una gran hoguera y a cortar un hermoso roble. Las jóvenes alumbraban con teas y farolillos para que antes del amanecer quedara instalado en la Plaza «el Pinchote de San Juan». El fuste se subastaba entre los vecinos en beneficio del Santo y de la fiesta, que concluía con vaquilla y baile. La costumbre de la subasta ya había caído en desuso a mediados de siglo y el «pinchote» pasó a ser una cucaña, al igual que en otros lugares.
Otra costumbre de esta noche era «la enramá»: rama de cerezo o ramillete de «sayugo» que los mozos colocaban en la balconada de las novias y de las mozas galanteadas. Algunas jóvenes acostumbraban a dormir en la solana para recibir en el rostro la saludable «luna sanjuaniega». Pero también la noche se prestaba a bromas y desquites de mozos desairados. No era extraño ver como la puerta de alguna moza presuntuosa amanecía engalanada con ramos de ortigas o de zarzas. Bajo la ventana de las mozas calabaceras se escuchaban coplas y requiebros de este tipo:
«A la tu ventana he puesto
un ramo de peras verdes
para que te desayunes
horuza, moñu de liendris»
Otra broma frecuente era colocar a la puerta de alguna casa un «zahumerio» como el de las matanzas. Algunos mozos desdeñados esparcían una carga de heno seco a la puerta de la moza, operación con la que pretendían poner en entredicho su juventud y fertilidad.
La madrugada de San Juan, antes de salir el sol, era el momento señalado para recoger hierbas medicinales y «mágicas»: cebolla «almorrana», malva, verbena... La cebolla «almorrana», frecuente por estas laderas, se colocaba debajo de la cama para curar esta dolencia y favorecer la circulación en general. También se usaba un emplasto de esta cebolla, picada y cocida para curar los dolores articulares que producían las fiebres de malta: mal endémico de pueblos ganaderos. El «sayugo» o saúco gozaba de propiedades curativas ante todo tipo de heridas, llagas, inflamaciones y catarros.
El agua, como elemento purificador, cobraba gran protagonismo en esta fecha con prácticas como la de lavarse el rostro, al amanecer, con el agua de un manantial o de una fuente clara con el fin de evitar el envejecimiento prematuro y la aparición de arrugas.
«Mañanita de San Juan
cuando las zorras madrugan,
el que borracho se acuesta
con agua se desayuna.»
Si las prácticas curativas tenían una fecha simbólica, esta no era otra que la de San Juan. A título de curiosidad podemos comentar la siguiente:
III.2.1 El paso por el roble
Si de un matrimonio normal nacía un niño quebrado, es decir afectado de una hernia ventral, el padre y la madre debían acudir con el bebé a un bosque de robles durante la noche de San Juan. Elegían un rebollo joven y bien formado. En su fuste abrían una hendidura vertical que quedaba sujeta mediante dos cuñas de madera preparadas de antemano. Al alba, el padre y la madre, situados a cada lado del árbol, se pasaban una y otra vez al bebé desnudo a través de la abertura, en tanto recitaban unas fórmulas, durante tres veces seguidas y sin confundirse:
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Toma el niño Maria Quebrado te lo doy Trae el niño José Que ha de sanar hoy |
Trae José Toma María Quebrado te lo doy Sano me lo envias |
La ceremonia debía cumplirse mientras el sol salía por el horizonte y sin habérselo comunicado a nadie. Durante el trayecto de ida y vuelta, los padres no podían hablar ni saludar a las gentes con las que se cruzaran ya fueran conocidas o desconocidas.
Este ritual ha sido practicado hasta hace poco tiempo con niños que sanaron de sus hernias en pocos días. Resulta de interés, sin entrar en más consideraciones, por su simbolismo relacionado con los antiguos cultos a la vegetación y a la naturaleza.