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El romancero -nombre con el que se denomina a un amplio conjunto de composiciones tradicionales- no se encuadra dentro del ciclo anual. Los romances presentan gran diversidad de estilos y procedencias. El romancero de los últimos siglos versa sobre temas rurales cotidianos, asuntos amorosos, familiares, religiosos, pícaros o moralizantes. Aún sobreviven las composiciones que narran historias de princesas y caballeros, o de reyes que, disfrazados de mendigos, deambulaban por su reino para castigar a los bellacos: Otros, con carácter de crónica, relatan sucesos recientes o episodios bélicos, a modo de «informativos» de la época. El principal factor de difusión del romance fue la literatura de cordel. Los pliegos de ciegos y de los copleros ambulantes posibilitaban el conocimiento de lo acontecido en lejanas tierras, o de lo que le ocurría al mal hijo o a la esposa infiel. Por tanto, la gran mayoria de los romances son conocidas o recordadas, de un modo muy semejante, en casi todos los ambientes rurales. En Piornal podríamos reunir un abundante repertorio de romances, pero no serían tan representativos del folklore local como el resto de las composiciones tradicionales. A modo de ejemplo, presentamos algunas versiones transmitidas por vecinos que las escucharon de sus mayores, en el campo o en la cocina. Sin duda el más significativo y representativo de Piornal es el romance de «La Serrana». La Serrana de la Vera. Partitura y texto. Versión cántabra del texto de La Serrana IV.6 A lobos, a lobos La ubicación de Piornal y su dedicación ganadera hicieron de este predador un enemigo natural con el que había de aprender a convivir. Abundan, sobre este asunto, las historias, dichos y leyendas. Romances como el de «la loba parda» o algunos refranes, encontraban en el ambiente piornalego un medio idóneo de transmisión. Del descuidado vive el lobo. Y además está gordo. En mi casa mando yo y en la sierra el lobo. El ganado lo escojo yo, antes el lobo y primero Dios. Jaras floridas, lobas paridas. A los primeros de Mayo, corre el lobo como el rayo. La presencia del lobo se ha confirmado hasta bien pasada la mitad del siglo. Los piornalegos todavía recuerdan sucesos como el quebranto de veinte reses, cinco cerdos ibéricos o cuarenta cabras, de las que sólo comían dos o tres. En invierno algunos se acercaban a los aledaños del pueblo en busca de desperdicios. Los enfermos que dormían en el sanatorio antituberculoso pasaban las oscuras noches piornalegas escuchando una sinfonía compuesta por los aullidos de lobos, los ladridos de los perros y el lastimero ulular de las aves nocturnas. Poco usuales pero constatados eran los tropiezos con lobos, sobre todo por la noche. En alguna ocasión «agañonaron» el mulo o el borrico de algún paisano que volvía de la finca. Otros episodios, más espeluznantes, narraban casos de personas devoradas, como el del mozo que todas las noches bajaba a Cabrero a ver a su novia y cuyo cuerpo apareció destrozado en el «Alto de la Toma. Los medios empleados para defenderse de los estragos de este predador eran numerosos. Los cabreros llevaban garrotes reforzados en la punta y siempre iban escoltados por «los perros de las cabras», que portaban en el cuello fuertes carlancas protectoras. Cerca de la «Fuente del Esperón» se halla el paraje llamado «La Trampa del Lobo». Allí existía una zanja profunda en la que se metía un chivo o un trozo de carne como cebo. Los lobos que caían en la trampa perecían de inanición o eran rematados por los cabreros. Cuando los daños alcanzaban niveles significativos, entre las gentes del pueblo surgía espontáneo el grito de «a lobos, a lobos», requiriendo de la justicia el oportuno permiso para organizar una batida. Llegado el día, las campanas y las cuernas convocaban a cazadores, cabreros y vecinos. De cada casa acudía un hombre; los que no tenían armas de fuego se presentaban con cayadas y porras claveteadas. Los «resacaores» partían los primeros hasta el punto donde comenzaba la «resaca». Los escopeteros ocupaban los «puestos de aguarde» en la parte opuesta de Tormantos. A una señal, la sierra se llenaba de voces, alaridos, rugidos de cuernas, sones de cencerros y campanillos. A media tarde se reunían todos para cuantificar las piezas cobradas; algunos años ninguna, ya que el lobo hacía gala de su inteligencia desapareciendo de la zona el día de la batida. Los participantes celebraban la conclusión de la cacería con una merienda y un buen vino, de tal manera que el regreso a casa era bullanguero y propicio a la polémica. Las piezas abatidas se acarreaban en las mismas caballerías que habían transportado la merienda y el vino. Una vez en el pueblo se colgaban en los portales de la Iglesia o en el Álamo para que todos los vecinos las contemplaran, mientras se «echaba» otro vino para celebrar el acontecimiento. Si, esporádicamente, algún cabrero abatía un lobo recibía una recompensa oficial y podía ejercer el derecho de limosnear por las casas, mostrando la piel y pidiendo para el «santo lobero». Esta histórica estampa desapareció hacia los años sesenta. En la actualidad, el lobo, ausente por estos lares, es una especie cinegética protegida y su captura se halla debidamente regulada. Pero el legendario recuerdo de su presencia pervivirá por muchos años en el ámbito tradicional de Piornal.
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Feliciano Calle Sánchez. Junio de 1995.
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