II PRIMAVERA
Poco
a poco los rigores del invierno van desapareciendo. A un día luminoso
le sucede otro más cálido. Atrás quedan las copiosas nevadas,
pero las escarchas aún pueden sorprendernos.
«Marzo varía siete veces al día».
«Nieve marcelina, se la llevan en las patas las gallinas».
El hombre de campo reconoce el equinoccio de la primavera por el santoral:
«El esposo de María hace las noches iguales al día».
A primeros de abril florecen los cerezos en las bajas laderas, pero el roble serrano no se cubre de brotes hasta primeros de mayo, como ocurre con la flor del brezo y del piorno. El tapiz herbáceo luce un color verde intenso que contribuirá a conseguir el mejor queso del año, como bien saben los cabreros.
«El queso de abril, pa'mí,
el de mayo pal' amo
y el de junio pa' tó el mundo»
Apenas despunta la primavera se deshacen las boyadas. Las vacas campean libres por el monte y las cabras, excepto las «caseras», se resguardan en rediles y majadas. Los mulos se quedan al raso en el «prao». Vuelven las aves migratorias para nidificar en los lugares de costumbre; la cigüeña en «La Torre» y la golondrina en el hueco del alero.
El «Álamo» se reviste de botones que se abrirán en tiernos foliolos siempre que el tiempo colabore. Se siembran los cereales de primavera, comienzan las necesarias tareas de escarda y «cura» y los huertos cobran vida de nuevo.
Por San Jorge maduran las primeras cerezas, pero es a partir de San Isidro y, sobre todo, por San Antonio cuando tiene lugar la cerecera. Los días lluviosos y fríos retrasan la maduración además de echar a perder la cereza temprana.
A primeros de junio -por las, casi siempre «mojadas», Ferias de Plasencia-, se inicia la siega de la cebada y de los prados más tempraneros; se siembra la patata tardía y se bina la temprana. La intensa actividad agraria de este período hace que las celebraciones queden reducidas a las Alboradas, a la Pasión, a la Cruz de Mayo y al día de San Antonio.