IV OTOÑO
La duración del día, igual a la de la noche durante el equinoccio de otoño queda recogido en el siguiente dicho:
«Por San Mateo, tanto veo como no veo»
. A partir de esta fecha se abre un período de escasas celebraciones y mediana actividad agraria. La principal ocupación durante este tiempo es la recolección de las castañas que pueden ser «migueleñas» o «martinicas». Por San Martín concluye la recolección de la patata tardía, la más apreciada de todas porque debe durar hasta el verano.
El otoño es desapacible y ventoso: las nieblas se acantonan en la sierra y los períodos lluviosos pueden prolongarse durante semanas. En Piornal se han llegado a registrar precipitaciones mensuales extraordinarias tales como los 1.407 l/m2 en octubre del año 1951 o como la media del mes de noviembre que se aproxima a los 700 mm. Por «el Pilar» pueden presentarse las primeras heladas y no son raras, a final de noviembre, las primeras nieves:
«Por todos los Santos, la nieve en los altos,
por San Andrés, la nieve en los pies».
Si las lluvias son tempranas y copiosas la uva corre el riesgo de malograrse. Por el contrario, el agua viene muy bien para la recuperación de los frutales, para la sementera de otoño, para el rebrote de los pastos, y para la carga de manantiales y acuíferos. El ganado transtermitente retorna a cuarteles más cálidos donde permanecerá durante el invierno.
La vendimia doméstica suele estar concluida hacia «el Pilar». Es tiempo de pitarra y de reparaciones en viviendas para afrontar el invierno. Las mujeres pasan las tardes hilando el lino, bordando o cosiendo prendas. Hacia finales de otoño se inicia el período de festejos de bodas que puede prolongarse hasta la primavera.
IV.1 Por «los Santos»
A primeros de noviembre, zagales y mozos acostumbraban a «juntar los Santos»; es decir, reunían las viandas que sus familiares les habían preparado y, si el tiempo lo permitía, salían a merendar al campo, a cumplir con la costumbre de «asar los carbotes».
Por estas fechas los quintos solían organizar «furrionas» -meriendas a base de caldereta, chorizo y migas- que solían coincidir con el sorteo o con la despedida. Como en estas reuniones era de fundamento la presencia de un buen caldo de pitarra, se aprovechaba la ocasión para «echar el vino». Para ello se invitaba a un hermano o un zagalón, ya crecido, que anduviera deseoso de costear su admisión con un par de cántaros. De este modo se ganaba el derecho al trato con la mocedad y el privilegio de «ir de ronda» y al baile.