Desarrollo de la fiesta

I.3.3.2 Rasgos comunes en las fiestas de invierno


La vejación pública.

Quevedo nos habla de «la obispa» y «las emplumadas»1, reminiscencias del castigo que recibían herejes, brujas, alcahuetas y hechiceras, que eran sacadas a vergüenza sobre un asno, desnudas, cubierta de plumas y con un capirote en la cabeza llamado «coriza» o «mitra», mientras los niños les iban arrojando nabos y hortalizas. El gorro cónico, clásico elemento vejatorio, ha sido utilizado hasta no hace mucho en las escuelas para castigar a los niños díscolos o torpes, como nos recuerda el dicho «tonto de capirote».

Enrique Casas 2 cita «la fiesta de los locos»: el 28 de diciembre los monaguillos escogían al más joven de ellos y lo llevaban al palacio episcopal para que, desde el balcón, metido en un tonel, administrara las bendiciones y pronunciara un discurso. A continuación, se sentaba en la silla del obispo y administraba los oficios, predicaba, confirmaba y era asistido debidamente por el resto de sus compañeros, como lo hacían con el obispo el resto del año.

Caro Baroja 3 nos habla de manifestaciones similares a la anterior como el «día del obispillo» y otras parecidas como la siguiente: «Los sacristanes y monaguillos revestían de sacerdote con casulla al más moderno de ellos. Después le introducían la cabeza en la pila bautismal y le untaban con miel, asegurándole que antes del año llegaría a ser obispo. Luego le paseaban alrededor de la iglesia montado en el burro concejil, al que habían paramentado con vistosos cintajos y flores y, cantando coplas grotescas, le llevaban a casa del cura quien si era hombre serio limitábase a abrazar al neófito; pero si tenía buen humor, le mandaba azotar para que fuese purificado y saliese obispo cuanto antes .

Este mismo autor recoge otros casos3:«En Oviedo, hacia el año de 1867, un pobre hombre era paseado por las calles con un felpudo a modo de casulla, la cara pintarrajeada y un enorme sombrero, sobre unas angarillas mientras la canalla le arrojaba huevos, tronchos de verdura, etc.., y cuando estaba hecho una especie de tortilla lo precipitaban en una alberca de la plaza; y en Galicia, concretamente en Laza, era un tipo de máscara especial la que podía ser objeto de revolcones en el barro, encerronas»

En el traje de la «Botarga de los casados» de Robledillo (Guadalajara) se dibujan el sol, la luna y las estrellas. Esta botarga se defiende del acoso infantil con una porra de olivo, mientras recorre el pueblo llamando a las puertas de las casas para desear salud, buenas cosechas y prosperidad a sus moradores. A las mujeres les roza en los labios con una naranja y arroja ceniza y matorrales entre las gentes, de igual forma que lo hacían los «corcones» del carnaval piornalego.

En los ejemplos citados se repite toda la simbología formal apreciable en los gorros, las plumas, los paseos a caballo, las porras, las visitas a las viviendas y, sobre todo, el escarnio callejero por parte de los niños. Dichos símbolos se encuentran presentes, de una u otra forma, en el personaje y en la celebración de Jarramplas. No deja de resultar curiosa la coincidencia de la «batalla nabal»4 descrita por Quevedo y la tradición del festejo piornalego.

 

1 Francisco de Quevedo: «La Vida del Buscón». Cap. I y II.

2 Gaspar Enrique Casas: «Ritos agrarios». «Folklore campesino español»

3 Julio Caro Baroja: «El carnaval»

4 Obviamente refererida a la munición de nabos.



Sometimiento a los símbolos religiosos.

En todos los festejos de este carácter observamos el respeto que estos enigmáticos personajes deben mostrar ante las figuras religiosas. Caminan de espaldas sin apartar la mirada de los respectivos santos, se arrodillan y hacen reverencias.

Jarramplas cumple este ritual ante San Sebastián: debe participar en todos los actos litúrgicos, camina hacia atrás mirando al Santo. En definitiva, muestra ante el pueblo que sus poderes y prácticas están sometidas a la potestad eclesiástica.

A lo largo de la historia, la danza ha constituido un modo de expresión del culto religioso. Actualmente, en zonas remotas de nuestra geografía, se conservan celebraciones en las que participan nueve danzantes y en las que, siempre, uno de ellos ostenta el protagonismo y la autoridad, dentro del grupo y ante la gente.

Una de ellas es la de los «Ramajeros» y el «Gracioso» de Nuñomoral, en pleno corazón de las Hurdes. El día uno de febrero, los protagonistas suben a la sierra a cortar un árbol que adornaran con cintas de colores y roscones: es la fiesta del «Ramo de San Blas». El «Gracioso» y «los danzantes», ataviados con castañuelas y cencerros que hacen sonar constantemente, bailan a las puertas de la iglesia apuntando al sacerdote con las porras de forma amenazadora. En otros momentos, se arrodillan, se santiguan o hacen reverencias ante el Santo. Los «Ramajeros» recorren las aldeas próximas pidiendo donativos en las casas. La gente ofrece patatas, aceitunas, castañas, patas de cerdo y hasta cabritos, en tanto, el grupo canta coplas que aluden a la expulsión de los males del pueblo y desean al obsequiante toda clase de parabienes para sus tierras y su ganado. Con parte de los alimentos recogidos se prepara una comida comunal. El «Gracioso» lleva encima una piel de cabra y en la cabeza un gorro semejante al de los obispos. En el atuendo de los ramajeros, en los palos y en las cintas encontramos la combinación de los colores rojo, verde y amarillo.

En Valverde del Majano (Segovia) al líder de los danzantes se le conoce como el «Zorra». Este personaje reparte «zambombazos» a la gente que se arremolina alrededor; para ello lleva una gruesa batuta -herencia refinada de una porra- de la que cuelga una tripa de vaca. Los niños le temen y los mayores se ubican en último término como muestra de respeto a su sólida autoridad.

El líder de los danzantes puede identificarse con los zagarrones y las botargas. Tal relación se hace patente incluso en las letras de algunos cantares, como en la coplilla que entonan los danzantes de tierras sorianas:

«Y Martín de Antón, zapatero, mondonguero, albañil y zagarrón»

En la región existen otras danzas de análoga factura, por ejemplo, el «Baile ante el Altísimo» del pueblo de Portaje. Los danzantes siguen las evoluciones del «Guiador», mientras todos bailan sin dejar de mirar hacia la imagen religiosa. Esta danza, sensiblemente transformada, se adaptó para las fiestas cacereñas en honor de la Virgen de la Montaña.

En Piornal aún se recuerdan dos tipos de danzas relacionadas con Jarramplas: una era practicada por los hombres, individualmente, con una pequeña imagen de San Sebastián; otra por un grupo de mozas ante el santo, en la puerta de la iglesia y en la procesión.

Petición vecinal y reparto de pan o comida comunal.

Es frecuente que las botargas y zagarrones repartan entre los vecinos panes, dulces, migas u otros alimentos sencillos. Jarramplas visita las casas con el objeto de recaudar fondos para la celebración y para sufragar las tradicionales migas que ofrece a la comunidad. La petición y el reparto del pan simboliza el espíritu de cohesión de las antiguas comunidades. Jarramplas reparte las migas al pueblo en la madrugada del día veinte de enero: el momento más frío, del día más frío del año.

La «Botarga de Montarrón», que sale el día de San Sebastián, llama a las puertas del vecindario para participar con los vecinos de la tradicional «Caridad», que consiste en el reparto de una rebanada de pan amasado con anisillos, un poco de queso y un trago de vino.

El «Zagarrón de Alarilla» viste un traje de colores rojo, amarillo y verde y se defiende del acoso infantil con una porra. Este zagarrón llama a las casas de los vecinos a los que reparte cañamones tostados y desea buenos augurios. Lleva una máscara demoníaca de la que se despoja dócilmente cuando está frente a la imagen del santo correspondiente.

Los mismos elementos se repiten en la «Botarga de Humanes», la cual lleva un traje de retales rojo, amarillo y verde. Este personaje es perseguido por los chavales, de los que se defiende con una porra. Pide por las casas mientras desea salud para las personas y para los animales domésticos.

En el abulense pueblo de Hoyo de Pinares, el día de San Sebastián, los mozos recorrían las casas de los vecinos y se llevaban los alimentos que encontraban a la vista; es decir, arramplaban con todo, estuviera o no destinado para ellos como, probablemente, hicieran en tiempos arcaicos, los sacerdotes de otras religiones. Los mayordomos de las fiestas populares cumplen con este mismo ritual, aunque de un modo más formalizado.

Durante el antruejo o en ciertos días del invierno, los mozos de algunos pueblos del Valle llevan a cabo rituales análogos, como llevarse las gallinas que ven por la calle, trepar a las solanas para llevarse los pimientos puestos a secar o salir de ronda para pedir alimentos a los vecinos.

Pudiera suceder que Jarramplas, en su día, tuviera el privilegio de llevarse algunas viandas de las casas donde entraba. Algún comentario nos ha llegado sobre la presencia de Jarramplas en la cocina. De hecho, la acepción del término «arramplar» se entiende como la acción de tomar, con derecho, todo lo que hay a la vista sin pudor alguno.


Símbolos de fertilidad y culto a la vegetación.

En el traje de Jarramplas hallamos elementos relacionados con la fecundidad como la cola de caballo, los cuernos y el desaparecido árbol bordado en la chaqueta, así como el rabo de tela. Otra característica, frecuente en los festejos invernales, es el protagonismo de muchachas jóvenes y de niños. La munición que los muchachos emplean contra Jarramplas no son piedras sino precisamente vegetales y, en ocasiones, nieve, todos ellos elementos representativos de la fertilidad del campo.

El mismo día de San Sebastián se celebran en Acehuche las «Carantoñas», curioso festejo cargado de simbolismos. La Carantoña encarna la naturaleza salvaje y el animal fecundador. En la procesión, los personajes de las Carantoñas se vuelven para mirar altivamente al Santo pero cuando se acercan a éste muestran una actitud de respeto. Como en otras fiestas, aparecen los vegetales, los árboles y los papeles de colores relacionados con jóvenes muchachas. Igualmente, otras botargas y zagarrones desarrollan ceremonias relativas a la fecundidad tales como frotar una naranja contra los labios de las mozas, a las que persigue hasta dentro de sus casas con evidentes connotaciones sexuales que, fuera del contexto festivo, serían consideradas inmorales.

En el mismo momento en que el sacerdote alza la sagrada forma durante la misa, el zamorano Zancarrón de Montamarta eleva una oblea de pan especial pinchada en una horquilla que forma parte de su estrafalario atuendo. El zancarrón, según Caro Baroja, 4 es una figura que debía asegurar la fertilidad de los campos.


E
xpulsión del invierno:

Gaspar Enrique Casas explica los ritos de inversión de esta manera «Nos parece responden a un plan de provocación a la naturaleza, a una mofa de las leyes morales, para obligarla a subvertir sus leyes meteorológicas o dicho más claro, se pretende invertir las reglas de conducta para que la naturaleza invierta, en reciprocidad, las estaciones dándole al campo temperaturas benignas, ya entrado el invierno y fogosidad al sol languideciente» 5.

A partir del solsticio de invierno comienzan a crecer los días pero el momento álgido del invierno tiene lugar entre la segunda quincena de enero y los primeros días de febrero, fechas en las que se acumulan las fiestas de esta naturaleza.

No deja de resultar significativo que en la hora más oscura y fría del día veinte de enero tenga lugar el sobrecogedor acto de las alboradas. Precisamente a las doce de la mañana del día veinte de enero tiene lugar el otro momento culmen de la fiesta. El rito principal coincide con el cenit solar, mientras que las alboradas se desarrollan a partir de las doce de la noche, cuando el sol se encuentra más alejado. Es como si la celebración encerrara en un solo día la clave de todo el año o de toda una generación. El pueblo se congrega y reza ante la ausencia del sol, y festeja el triunfo del mismo.

En otros latitudes encontramos manifestaciones similares: según relata Frazer, en Bohemia, un muchacho vestido de hombre salvaje es acosado por las calles del pueblo hasta que, simbólicamente, se le da caza y muerte. Al día siguiente, colocan en unas parihuelas a un muñeco similar al Hombre Salvaje y lo llevan a una laguna donde es arrojado al agua.

Sobre este tipo de manifestaciones, comenta Frazer 6: «La muerte y la traída del verano, en algunos casos por lo menos, son sólo como otra forma de la muerte y resurrección del espíritu de la vegetación en primavera, que vemos instituido en la muerte y resurrección del hombre salvaje.»

El día de Santa Agueda, las alcaldesas y las mujeres de Zamarramala forman un corro alrededor de un pelele masculino y, entre cánticos, celebran su consunción en el fuego. Al margen del actual significado, esta celebración conserva toda la simbología de los ritos de expulsión del invierno: el fuego -imagen del Sol- y las mujeres -que encarnan la fertilidad- «exorcizan» al invierno representado, como en otras ocasiones, por el elemento masculino. Otras manifestaciones comunes tales como el reparto de alimento o la petición de presentes a los hombres -que deben pagar peaje por pisar el pueblo durante ese día- confirma el carácter del rito.

4 Julio Caro Baroja: «El Carnaval».

5 Enrique Casas Gaspar: Ritos ....

6 James Frazer: «La rama dorada».


Trajes, máscaras y colores.

En general, botargas y zaharrones presentan un aspecto demoníaco o monstruoso y exhiben elementos como cuernos, rabos, melenas, visibles dientes o enormes narices. La indumentaria suele componerse de dos partes: una interna de color blanco y otra externa en la destacan los colores mencionados. El rojo y el amarillo aluden al sol, mientras que el verde es fácilmente identificable con la vegetación. Estos colores aparecen en todos los trajes de zarragones, colachos, danzantes, diablos, graciosos y en otras manifestaciones como en las fiestas en las que el árbol ocupa un lugar central.

En el vecino pueblo de Navaconcejo se celebra el «Taraballo» el mismo día de San Sebastián. La indumentaria del Taraballo -traje blanco y desaparecida máscara- es más bien carnavalesca y favorable a la burla por parte de la chiquillería que, hasta hace pocas décadas, arrojaba verduras y naranjas al personaje que se defendía del acoso infantil con una cincha de cuero. En la procesión, el taraballo camina de espaldas, humildemente, frente al santo.

En ciertas aldeas de Portugal, especialmente de las zonas montañosas, se conservan algunos zagarrones -semejantes a los nuestros-, que exhiben en su indumentaria los colores citados. Los elementos comunes en las fiestas de invierno sobrepasan, incluso, el ámbito europeo. A este respecto sería interesante investigar acerca de la similitud de algunas costumbres folklóricas de los países del Nuevo Mundo con éstas fiestas de invierno. En Colombia se conservan algunas danzas alrededor de un árbol sagrado y una deidad central. En estos rituales descubrimos, de nuevo, los colores referidos que, curiosamente, son los que componen la bandera colombiana.

Algunos zagarrones muestran una considerable similitud con Jarramplas, tanto en su forma como en su actividad, especialmente el «Zangarrón» de Sanzoles (Zamora) que sale a la calle con un traje de jirones multicolores, va tocando un pandero y pide presentes a los vecinos. Los chavales, desde lejos, le arrojan manzanas y productos vegetales.



I.3.4 Conclusiones.

En la actualidad, la fiesta de Jarramplas es una manifestación de identidad local relacionada con la festividad de San Sebastián. Sus probables fundamentos, cualesquiera que fueren, poco tienen que ver con el sentido que hoy día ha adquirido la celebración.

Sabemos que existieron festejos dedicados al culto de las divinidades agrarias. Estos ritos, procedentes de ceremonias de expulsión del invierno y de culto al sol y a la vegetación, se desarrollaban entre el solsticio de invierno y los primeras calendas del año, es decir, durante el mes de enero.

Arriba: Jarramplas a mediados de siglo.   Observa que la fuente era mas larga y el «Álamo» tenía un templete de piedra

Con la expansión de la Iglesia Católica, estas prácticas pasaron a ser consideradas paganas e incluso heréticas, por lo que hubieron de adaptarse o transformarse en otro tipo de festejos como los de carnaval. Además, la Iglesia supo asumir para sí estas ceremonias, y redirigió el culto hacia conmemoraciones cristianas, entre las que destacan las fechas de San Antón, San Sebastián, San Blas y Las Candelas, período en el que el invierno alcanza su punto álgido.

Desde el punto de vista eclesiástico,los protagonistas de los ritos de invierno -autoridades de las religiones consideradas «paganas»- fueron identificados con poderes oscuros o diabólicos y pasaron a ser objeto del escarnio y de la vejación popular, aunque conservaron matices de su primitiva dignidad.

Con estas consideraciones podemos preguntarnos si la fiesta de Jarramplas no es una lejana reminiscencia de estos ritos de fertilidad y expulsión del invierno. Desde luego, el personaje debe mostrar públicamente sumisión a las divinidades cristianas, a la vez que es objeto de la burla de la chiquillería, como era habitual en la edad media con los personajes considerados paganos, herejes o brujos.

Esta interpretación resulta consecuente con el sentido religioso de la fiesta. En la actualidad, Jarramplas implora, por medio de San Sebastián, la bendición divina y el favor para las gentes, igual que los ancestrales druidas y sacerdotes «paganos» invocaban la protección y el amparo de sus divinidades en el marco de sus propias creencias. Por lo tanto, no resulta casual que la fiesta de Jarramplas haya llegado hasta nuestros días íntimamente ligada a una celebración religiosa.

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© Feliciano Calle Sánchez. Junio de 1995.


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