I INVIERNO

En esta época del año ya se sienten en Piornal los rigores propios de la estación. Las intensas lluvias otoñales van dejando paso a las nevadas y al progresivo letargo de la vegetación:

«En diciembre la tierra duerme».

Concluida la recolección de la patata tardía y otras legumbres, la actividad agrícola se centra en el secado de las últimas castañas para su transformación en pilonga. Es el tiempo de recoger la aceituna y llevarla a la almazara para su molturación.

«Por Santa Lucia, sube el aceite a la oliva».

Igualmente, es el momento apropiado para podar e injertar, para plantar arbolillos nuevos, limpiar caños y tornaderos en los prados, arar, quitar maleza y preparar el abonado de los huertos. La «pitarra», recién trasegada, cumple a la perfección alguno de sus cometidos, tales como combatir el frío y animar la convivencia. El mal tiempo impide que el ganado doméstico pernocte al raso como en verano, por lo que, tras el careo por el campo, vuelve al pueblo a resguardarse en la casilla o en la cuadra de la vivienda.

La vida lugareña se centraba en el hogar y en la taberna durante las tardes festivas. La familia se reunía al amor de la lumbre, donde se desarrollaban diferentes actividades domésticas, tales como desgranar las «jabas» secas, aderezar las aceitunas o asar los «carbotes»; se pelaban las patatas para el día siguiente, se comentaban las últimas incidencias locales, se contaban historias, se cantaba y se rezaba.

«Por la Pascua junto al ascua»

La escasez de faenas agrícolas y la abundancia de celebraciones permitían que los compadres, amigos y vecinos se reunieran frecuentemente en «corroblas» para beber vino, charlar o preparar calderetas, carbotes y migas. Este ambiente de holganza daba lugar a que el período invernal fuera conocido como «la primavera de los hombres».

Los domingos por la tarde, la mocedad se reunían en la Plaza Mayor o, si hacía mal tiempo, en el portal de la Iglesia. Allí bailaban y cantaban al son del tamboril, el pandero o la rondalla hasta el anochecer. Antes del toque de oración, las mozas se retiraban presurosas a sus casas para evitar oír el latiguillo sancionador:

«A la moza mala la campana la llama, a la rematá ni campana ni ná».

Los mozos todavía visitaban alguna taberna o tomaban un trago en la «junta» antes de irse a cenar o de acordar alguna ronda para más tarde. Pero la gran celebración que abría el período invernal, al margen de las matanzas, era, sin duda, la Navidad.

 

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© Feliciano Calle Sánchez. Junio de 1995.

 

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