Cuando entre jóvenes en edad de merecer surgía la natural atracción, el pretendiente debía pasar por una serie de formalidades establecidas desde antiguo para las relaciones tradicionales. La primera de ellas era la de «hablarse» con la joven pretendida. Para entablar el primer contacto existían muchas oportunidades: visitas, paseos, faenas del campo y, sobre odo, los portales de la iglesia y las fuentes públicas, a cuyo alrededor los mozos intentaban sus primeros escarceos:
Aunque mayor intimidad se producía en los bailes de los domingos, a los que algunos mozos y mozas acudían sin falta desde fincas lejanas. No obstante el cancionero prefería el ambiente seductor de las fuentes:
Sin embargo, los más tímidos recurrían a los amigos y familiares para poner en conocimiento del «otro» sus pretensiones. Los primeros contactos eran «trasporteru», es decir, sin perspectivas definidas y sin el conocimiento oficial de los padres. Algunos podían barruntar que su hija se hablaba con un mozo; pero se hacían los «sansurdos» en tanto no tuviera lugar el ritual «porra aentru, porra juera». Si los padres rechazaban al posible pretendiente o existía algún otro mozo con aspiraciones, podían surgir conflictos.
El tesón mantenido ante posibles rivales o ante la negativa de los padres, se hacía patente con ejemplos como el de un piornalego que pretendía a una chica de Barrionuevo y que no estaba dispuesto a que otro mozo se la arrebatara. Para evitar la ocasión, hizo saber a los mozos del pueblo que: «ninguno juera osao de asomarsi por esa calle a rondar a la su moza porque allí mismo le hincaba el puñal». Como muestra de su resolución grabó, a modo de límite, una cruz bien profunda en una de las piedras esquineras, cruz que todavía puede verse con claridad. No satisfecho con esto, levantó un chozo de piedras y piornos apoyado en la pared, frente a la casa. Allí pasaba las frías noches piornalegas vigilando para que ningún mozo tuviera la osadía de asomarse a la esquina de la cruz. Desde luego ninguno lo hizo y el mozo vio premiada su determinación logrando su objetivo. Esta anécdota, que parece extraída de un poema de Gabriel y Galán, pertenece al costumbrismo cotidiano de años atrás. Todavía entrado el siglo, el puñal era un instrumento más, amén de los musicales, en las rondas nocturnas de mozos. Al grito de «Quién quié jierru» y otros «jipios» y «julibas» se delimitaba el territorio de la pretendida para evitar la competencia y las posibles habladurías respecto al honor de la moza. Para ello el mozo no estaba solo; contaba con sus amigos para enfrentarse, si fuera preciso, a otros grupos. Frecuentemente se producían encuentros y reyertas que concluían sin más trascendencia que la puramente anecdótica.
Al margen de curiosidades, las rondas de mozos transcurrían con normalidad, a pesar del carácter amenazador de algunas coplillas.
IV.3.2 La entrada, «¿porra aentru o porra juera?» Para este trance, el pretendiente, con su mejor amigo y una bota de vino, acudía a la puerta de la casa de los padres de la pretendida. El mozo dejaba una gruesa porra de madera en la puerta y gritaba en voz alta, varias veces si es preciso: «¿porra aentru o porra juera?» Las respuestas «porra aentru», «porra a la escalera» o «porra a la cantarera» indicaban que los padres de la moza aceptaban de buen grado la relación. Por el contrario, si al cabo de unos minutos no se oía nada o se escuchaba «porra juera», sólo quedaba esperar a que durante la posible visita se despejaran un poco las dificultades. Por hospitalidad, el mozo y su acompañante podían ser invitados a subir a la cocina. Una vez cruzados los saludos de rigor, el mozo ofrecía la bota de vino al padre; si éste aceptaba complacido, era buena señal, pero tampoco concluyente; si mostraba reservas, peor todavía. Si tus padres me quisieran subiría a la cocina. Como no me han dicho nada aquí te espero en la esquina A continuación se iniciaba una charla insustancial, que podía prolongarse bastante tiempo, en la que el padre y los mozos intercambiaban «pareceres»: - «Paeci que esti año vieni algu friinu» - «Pos maleju es el vinu esti de hogañu» - «Entra mu bien con un cachinu ántima». El momento decisivo se producía al final de la charla. El protagonismo masculino era reemplazado por la intervención del ama, es decir, de la madre de la pretendida, que corría con la ansiada decisión final. Si se levantaba y sacaba del arca pan, chorizo y queso, los novios respiraban tranquilos. Ya no había más conversación. El mozo había sido aceptado y la «noviería» quedaba formalmente arreglada. IV.3.3 La «noviería»Si bien la pareja comenzaba a «hablarse», no era correcto que lo hiciera en la calle. Por ello el galán adquiría la obligación de visitar la casa de la novia todas las noches. Ésta era una visita poco propicia para el requiebro ya que el mozo debía dar la sensación de seriedad y había de adaptarse a las costumbres de la familia, incluido el «rosario» o la charla al amor de la lumbre. La ausencia injustificada del novio un par de noches consecutivas ponía en entredicho la seriedad de la relación que corría el riesgo de «changarse». Si la causa no era razonable, el novio podía toparse con la justicia particular de la familia ofendida. La familia de la moza esperaba algunos días para que la madre del muchacho se presentara, ante la puerta, a dar su consentimiento. De lo contrario, la «noviería» sufría un peligroso parón y el mozo corría el riesgo de ser despedido con despecho. Para «dil dasentil» podía servir cualquiera de las frecuentes rondas en las que la madre entonaba algún cantar o simplemente anunciaba en voz alta: «Escuche uhte bien tía María. Aquí vengu a lo que vengu si uhteh me da la su hija yo le doy el mejor yelnu» Curiosamente, durante la matanza no era procedente la presencia de la novia en casa de los padres del novio. Sin embargo, ésta recibía regalos y bocados selectos de la matanza. El novio, en cambio, había de colaborar activamente en las tareas de la matanza de sus futuros suegros. Igualmente, por la Pascua, el novio debía enviar a su prometida un regalo de calidad, un presente gastronómico o una moneda como símbolo de la deseada prosperidad. Para ello el mozo contaba con la ayuda de su madre que primorosamente le apañaba «la cesta de Pascua». Cuando el novio caía enfermo; es decir, si el mozo «se trocaba» no estaba bien visto que la novia fuera a visitarlo, ni siquiera que pasara por su calle, por larga que fuera la indisposición, como nos relata una octogenaria piornalega: «Cuandu el mi maridu, que antocis eramu noviu, cayo malitu el probi, estuvu sieti mesih pohtrao en cama y yo ni siquiera me asomé a la esquina de la su calle. Ya ehtabamu amonehtau y to, como que hubo que retrasal el casorio y na mah endi abril a dicembri». Curiosamente, si era la novia la afectada, el novio no debía dejar de visitar la casa todas las noches como si nada sucediera, lo que quizá confirma la mayor resistencia de las mujeres ante las enfermedades: «mujer enferma, mujer eterna». El cancionero lo recuerda así:
No obstante, la familia del novio estudiaba escrupulosamente la salud de la pretendida, como canta la conocida copla: No te compres cabra coja pensando que sanará si las buenas se malean con las otras ¿que será? Para desacreditar semejantes ideas se relataban «historias verídicas» como la del mozo que dejó a su novia enferma; la moza sanó, se casó con otro y tuvo varios niños, mientras el «vil» mozo contrajo matrimonio con una mujer de la que no tuvo descendencia y que, además, falleció a los pocos años. Durante la «noviería», los futuros cónyuges no podía pasear juntos por la calle sin la presencia de los segundos novios, personajes que adquirían un notable protagonismo en todas las formalidades previas al casamiento. Después de pedir la entrada en la casa de la novia, llegaba la ocasión de satisfacer «el piso», por parte de los pretendientes forasteros, los cuales debían obsequiar a los mozos viejos del lugar con una arroba de vino. IV.3.4 Los conciertosUna vez transcurrido un tiempo prudencial de «noviería» los padres del mozo acudían a casa de la novia con un «guisau» o una caldereta: -«A la Paz de Dios. Aquí venimu a arreglar la palabra del muchachu» -«Que sea en buena hora y por muchu añu». El vino y otras cosillas corrían a cargo de los anfitriones. El motivo de la reunión, previa a los conciertos, era acordar las fechas de los «amonestorios» y de la boda, además de confirmar definitivamente el futuro enlace. Pero realmente, esta cena servía para que ambas familias fueran conociéndose mejor. Los conciertos anunciaban oficialmente la próxima celebración a toda la comunidad. Por eso se hacían en la víspera del primer «amonestorio», es decir, el sábado que precedía a la lectura del formalismo eclesiástico. La ceremonia del aviso al concierto y a todo lo demás se efectuaba unos días antes. Para ello, los padres de los novios o emisarios elegidos al efecto, se vestían de gala, con capa de vistas o con una elegante anguarina y sombrero calañé. Provistos de un farol, iban recorriendo las calles para detenerse en el portón de las casas. Desde allí llamaban a los amos que, por corrección, debían bajar al patio donde tenía lugar el aviso: -«¡A la buenah nochi, tío Gaspar! Que venimuh a icirli que lo muchachuh van a recogelsi el día venti del que viene y que nos acompañi uhté a la iglesia y a to lo demás». Ante al anuncio caben tres tipos de respuesta: - «Acompañaremu a la iglesia y a to lo demah». - «En la iglesia nos veremu y que sea pa bien». - «Que se cumpla como se desea». La segunda respuesta informaba de la asistencia, únicamente, a la ceremonia religiosa, mientras que en la tercera se declinaba respetuosamente la invitación. Siempre se esperaba respuesta, aunque fuera un «que se cumpla como se desea», desde arriba. Si acaso el invitado era un poco sordo o se lo hacía, se daban unos buenos garrotazos en el portón. La ausencia de respuesta sin motivo o la no asistencia al concierto después de asentir se tenía por ofensa seria, incluso más grave que la de no acudir a la propia boda salvo causa mayor. En el concierto se designaban los padrinos. La costumbre señalaba que los padrinos de bautizo del novio gozaban del derecho de serlo en la boda e incluso, en el bautizo del primer hijo. Este padrinazgo era respetado y mantenido hasta límites poco prácticos, pero implicaba una estrecha conexión entre ambas familias y dotaba a la figura de los padrinos de una relevante posición. En caso de controversia los novios decidían tajantemente.
Resuelto este pormenor se pasaba a la segunda parte de la ceremonia, el reparto del pan y del queso. Antes, la novia debía «dar el sí», bien alto y claro. No faltaba el familiar chistoso que obligaba a repetir el «sí», más de una vez, a la tímida moza. «Ohhhh, po si paecía que no iba a dar el sí y casi me tieni atronao entoavía». Con el primer grito de «¡Viva la novia!» se ofrecía la «ración» que consistía en un cuarterón de pan y un trozo de queso. El padrino partía el pan en cuarterones y los repartía entre los asistentes en una banasta. La madrina iba detrás con los cuarterones de queso en una bandeja. El pan había sido cocido por la mañana por los familiares o incluso por la propia novia como nos lo recuerda la copla de una canción de «amonestorio»: «Y te fuiste a hablar con el novio y dejaste el pan en el horno. Cuando fuiste ya estaba quemao Se te estuvo muy bien empleao» Nadie podía rechazar su ración ni dejarla sin terminar. Si alguno no había asistido, por una causa razonable, la recibía en su domicilio. Los gastos corrían por cuenta de los padres de ambos prometidos. Si el concierto era muy numeroso o no se podía cocer el pan en Piornal había que traerlo del Valle o de La Vera. Alguna mujer lo recuerda todavía: «El mi padri, ¡que era mu recio él! ¿no, nu?, se subió un costal dendi el Valle con cuarenta panis de dos libras, nevandito; y con fiebri y tó; ¡sin paral ni ná de ná en el camino!. El decía que asina mataba la calentura» IV.3.5 El día del «amonestorio»Durante este día se cumplía con una serie de formalidades cuyo propósito era presentar la pareja ante la sociedad local, además de anunciar de forma concluyente el feliz evento. Las amonestaciones se leían después del Ofertorio de la Misa Mayor. En ciertas épocas, se entendía la ausencia de la novia a esta ceremonia como una muestra de recato femenino. Durante la mañana, antes de la misa, los padres anunciaban a los amigos y transeúntes la invitación al desayuno. En este convite se ofrecía a los asistentes una copa de aguardiente con torrillos, perrunillas y otros dulces caseros. Después de la misa, la novia debía cumplir con la mocedad del pueblo mediante el reparto de la «cuartilla» de vino. «Vamuh en ca'tio Borrego que da la muchacha una cuartilla». Para esta ocasión, el segundo novio debía tener liados los cigarrillos desde la noche anterior. Este amigo del novio corría con los gastos secundarios que se originaban en adelante, como las cuerdas para los guitarreros. Al mediodía padrinos y amigos se reunían en casa de los padres del novio, donde organizaban una alborotada comitiva que, después, se dirigía a casa de la novia, la cual esperaba, acompañada de la segunda novia, a que terminaran los cantares para unirse a la comitiva que retornaba a casa del novio. Esta era la primera ocasión en que la que los novios podían exhibirse juntos, en público, sin la presencia de los segundos novios. También era la primera vez que la novia acudía a casa del novio y comía en su compañía. Al llegar al portal, la madre del mozo intercambiaba con la joven una invariable fórmula de acogida: - «Bienvenida seas y que vengas muchos años a la mi casa» - «Y usted que lo conozca con salud» La novia estrenaba un vestido para este día que volvería a usar en la tornaboda. Los pañuelos podían ser de cien colores. El guardapiés, rojo o azul con bordados, puntillas y calados diversos. Debajo del guardapiés, la futura esposa lucía unas vistosas enaguas que debía mostrar con orgullo mientras danzaba al son de la jota de «amonestorio». «Date la vuelta con aire que se te vean los picos de tus enaguas que se blanquean» Concluida la ceremonia, la madre del mozo hacía entrega de la «cuanilla» a la novia. Este presente consistía en un gran cesto de castaño que llevaba tarras de especias, toallas, pañuelos de seda, una docena de cubiertos, la rueca, el huso, madejas de lino en rama y otros regalos, acordes con los recursos de la familia. Finalizada la comida y el festejo, se regresaba cantando a casa de la novia. La madrina, engalanada con vistosas prendas, iba exhibiendo la cuanilla delante de la ronda.
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Feliciano Calle Sánchez. Junio de 1995.
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