III ARQUITECTURA TRADICIONAL
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Planta de una vivienda piornalega Esquema General |
La vivienda tradicional responde a dos factores: el primero es el clima; el segundo, el terreno; esto es, la orografía y los materiales disponibles. En Piornal, encontramos un modelo de vivienda típicamente serrana cuyos rasgos principales son la solidez en las formas y la sobriedad en los detalles.
Los inviernos largos y fríos, con intensas nevadas, determinan una construcción compacta, caracterizada por ventanas escasas y menudas. Una ventana se alza sobre la puerta y las otras en las fachadas laterales. En algunas casas la ventana lateral o trasera podía convertirse en una «traspuerta» que permitía el paso a la vivienda mediante una pequeña escalinata. Antaño existieron tímidas solanas o balconadas de madera, al modo de la comarca, pero hoy han desaparecido casi todas. Junto a la puerta, aún se encuentra algún «poyo» donde los vecinos toman el sol de otoño o descansan, a la sombra, en verano.
La fachada presenta una puerta de doble hoja que permite el paso de las caballerías argadas hasta el interior del «patiocasa» o zaguán de la planta baja.
Entre
los materiales empleados, destacan el granito propio del terreno y la madera
de roble o de castaño. La piedra se utiliza tanto para elaborar bloques
pesados como para una mampostería irregular de menores dimensiones. Los
grandes bloques se emplean en puertas, ventanas y esquinazos. La mampostería
menor sirve para complementar el resto de la estructura. La madera se
utiliza en vigas, cubiertas, pisos y puertas.
Como norma general en la planta baja se abre el citado «patiocasa» desde el que se accede a las bodegas, a las cuadras y al burril, pequeño espacio, debajo de las escaleras, utilizado para alojar a la cabra casera o «golosa».
El «patiocasa» suele tener el piso de granito que puede ser el de la propia lancha sobre la que se asienta la vivienda o un enlosado del mismo material. De este espacio surge una sencilla escalera de madera que da acceso al «sobrao» o «sobraillo», pasillo distribuidor del piso principal.
En
el piso principal encontramos la «sala», una amplia estancia que ocupa la parte
más noble de la vivienda, y que, en ocasiones, se abre a una solana de
madera. En el lado más diáfano de la sala, junto a la solana,
se distingue el «hastial», sobre el que reposan los escasos muebles: mesas,
vasares y, si acaso, una alacena o un chinero. En la parte opuesta se abre el
«aposentu» donde descansa la cama de matrimonio. En viviendas amplias, los aposentus
se separan de la sala por cortinas o tabiques.
El suelo, constituido por tablones de roble o de castaño, conforma el techo de la planta inferior; los tabiques son de adobe lucido o también de madera. En las alcobas, sobre los antiguos catres o sobre la madera del piso, se extienden las «jergas», confeccionadas con lienzo y rellenas de paja de centeno. En la parte menos iluminada de la planta, podemos encontrar la «Sala fea» o correol» que puede albergar una pequeña alcoba o un cuarto auxiliar para guardar enseres.
Sobre el suelo de la cocina, se extiende una construcción
de piedra en la que podemos diferenciar la «tiznera» que consiste en una lancha
cuadrada de granito unida al trasuegu» -rampa de piedra, apoyada en la pared
para favorecer la disposición de los leños-. Estos elementos están
escoltados por las «poyatas» y los «murillos». El humo atraviesa el «zardo»
y escapa por la «tejavana» de ripios visibles y a través de un pequeño
ventanuco o un «bujeru», por el que muchas veces entraba la nieve.
El zardo es un entramado de tablillas utilizado para secar
castañas, panizos y otros productos. De los palos del zardo cuelgan las
«llares» que soportan los calderos y las ollas. Las primeras chimeneas de Piornal
se construyeron en casas levantadas en la década de los «veinte» o se
acoplaron sobre casas antiguas por esta época.
En la cocina no han de faltar uno o dos escaños y los utensilios de la lumbre tales como las «estrébedes» y las «estenazas», así como la «cenicera», tinaja semienterrada para vaciar las escorias. En las paredes se apoyan las «espeteras», donde se coloca la vajilla y los «achiperres» necesarios. En una pequeña alacena se guardan, entre otros útiles, el «paperu», que es una vasija con un puchero de barro con aceite para el consumo diario. Las cocinas más amplias tenían un cuarto para guardar tinajas, arcas y otros enseres como la «artesa», donde se amasaba la harina o como la «cernera» que se utilizaba para separar el salvado.
En otras viviendas, la cocina podía ocupar la última planta. La entreplanta, se dedicaba por entero para la sala y las alcobas. En el hueco de las escaleras se instalaba una repisa con una «jerga» en la que dormían zagales y mozos.
La llanura sobre la que se asienta el casco urbano permite
una expansión circular casi homogénea. El antiguo núcleo
medieval se organizaba alrededor de la iglesia y el antiguo «Camino Real del
Valle a La Vera». Junto a él crecieron, irregularmente, otros grupos
de viviendas que formaron un entramado de calles estrechas con regueros de agua
corriente, rincones ciegos y espaciosas plazas, no habituales entre las poblaciones
de la comarca
Este conjunto se ha transformado de tal manera que los rincones y las plazas han ido adquiriendo un aspecto impersonal. Antaño, las viviendas tradicionales formaban parte del espacio natural, ya que los materiales surgían de la naturaleza y las casas se acoplaban al medio como la vegetación y las rocas. Resultaría conveniente conservar una muestra, al menos, de esta manifestación. De lo contrario, algún día -quizá no lejano-, hayamos de arrepentirnos por haber malogrado lo que en otros lugares mantienen con mimo y reconstruyen con esmero.
El Álamo -como llamamos los piornalegos al olmo de la Plaza de la Iglesia- configura, junto con la fuente y la torre, la clásica estampa de Piornal. Este ejemplar, testigo de numerosas fiestas tales como las de Jarramplas, las Cuartillas o el Ramo de San Roque, fue instalado hacia 1855. Es posible que sustituyera a otro más antiguo, ya que la plantación de olmos en las plazas de los pueblos de España obedece a una disposición de Carlos III. Al contrario de lo sucedido con sus congéneres, este olmo no ha sufrido (primavera de 1994) los daños de la «grafiosis» agresiva que ha destruido casi todos los olmos de Europa. Precisamente por ello, sería conveniente dedicar alguna atención a las medidas preventivas respecto a su conservación. VER NOTA *
Entre otras obras de mayor rango cabe mencionar el «Pozo de la nieve», cuyas ruinas han permanecido visibles hasta hace muy pocos años. En su lugar, hoy día, se levanta un moderno edificio. En otras épocas se desarrolló cierta actividad industrial alrededor de esta obra, especialmente durante los siglos XVII y XVIII, período durante el que la Península sufrió una «Pequeña Era Glacial». La nieve acumulada se convertía en hielo y permanecía entre sus paredes hasta el verano. Por la noche, se extraían los bloques para llevarlos, en carros, a distintos lugares de Extremadura.
Otra obra destacable, cuyas ruinas contrastan con las pequeñas viviendas serranas, es el «Palacio del Obispo», en cuyas paredes todavía permanece el escudo de Gonzalez de Acevedo, que mandó erigir este edificio para disfrutar de las excelencias del clima piornalego durante la época estival. En la Catedral de Plasencia puede contemplarse este mismo escudo en el sepulcro del mencionado obispo. La recoleta Plaza del Palacio será escenario, como veremos, de algunas costumbres tradicionales.
III.3 Construcciones agrarias auxiliares
En las fincas de labor, donde los piornalegos pasaban largas temporadas, se levantaban «borucos» o «tinaos» según el uso y las dimensiones. Estas casillas, de una sola planta y reducido espacio, apenas si tenían más que una estancia y prácticamente eran secaderos de castañas o almacenes de aperos. A la puerta se instalaban parras y «poyos» construidos sobre grandes troncos de castaño; estos detalles las dotaban de un aspecto más hogareño y acogedor. Al margen de estas construcciones, en las proximidades del núcleo urbano, existían cuadras para el ganado o pajares conocidas como «casillas».
Más humildes eran las casas de las majadas que los cabreros y sus familias habitaban durante gran parte del año. Los cabreros también construían, en lugares estratégicos, chozos o pallozas utilizando bloques de granito, y piornos secos para la cubierta.
Por último, era frecuente ver algún «horno» por la serranía. Esta construcción era un refugio fabricado con piedras que servía para resguardarse de tormentas imprevistas. Tenían forma semiesférica y la parte superior estaba rematada con una capa de tierra. En general eran muy pequeños y la entrada consistía en un simple agujero por el que había que agacharse para pasar.
(Esto es lo que se advertía desde las páginas del libro "Entre la Vera y el Valle", escritas a principios de 1994 y publicadas en 1995 poco antes de la triste desaparición de nuestro querido "Alamo" víctima de la citada grafiosis citada) ¿Que pudiera haberse evitado?... De la misma forma, están extinguiéndose otros valores populares como el patrimonio arquitectónico tradicional, que configuran la propia personalidad de un pueblo (Retorno).