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SONIDO Y FURIA DE LAS PALABRAS
Rolando Gabrielli
Las palabras suelen ser el sonido y la furia. Musicalidad de
algunas,asperezas de otras, pero si son bien dichas tienen un eco propio al oído
de quien las escucha.
Palabras diarias, sin nubes, ni sueños, no por repetidas, menos
verdaderas.
Las palabras tienen un desafío y es con la página en blanco. Los impresos hoy, e indudablemente mañana, en el siglo digital ya iniciado, no
tienen más alternativa que conmover con el conocimiento y las palabras.
La revolución sigue estando en la palabra, que es la que comunica con
mayor sorpresa, capacidad y permanencia en el tiempo, profundidad
inclusive en la razón.
La publicidad que a veces es sólo imagen, está también impregnada en
palabras y sólo ellas pueden traducirla, darle un significado a los
mensajes, al marketing de cada día.
Se pueden iniciar con un ligero buenos días, matinal, abierto, con olor
a tostadas y un barniz de mantequilla.
Las palabras tienen color como los días. El poeta enfant terrible,
Arthur Rimbaud, bautizó a las vocales con un colorido singular, y sin
ellas, no hay palabras.
Algunas son luminosas, como un día a pleno sol, estallan de felicidad,
auguran buenos tiempos y van de boca en boca, sin que casi nadie las
pronuncie, lejos de la nube que trae lluvia y el gris de la tempestad.
Yo me quedo con las que huelen a primavera, no traen un envase
especial, zumban silenciosas o rompen cristales, pero son ellas mismas, nunca
cambian de personalidad o parecer, francas a decir basta, ni aturden, ni
se jactan de ser las más espléndidas.
Las hay negras y grises, locas viajeras, como salidas de un túnel,
expulsadas por una locomotora a carbón, repletas de toxinas afiebran la
propia lengua que las expulsa.
Populares, novedosas, fundacionales, definitivas, que llegaron para
quedarse, marcar con su significado un tiempo, una época imborrable.
La palabra Sputnik nos volvió la mirada hacia el cielo en una esquina
de nuestra infancia, repleta de sueños y estrellas brillantes.
Jeans, vitaminas y cremallera, ocuparon un especial y largo tiempo en
nuestras vidas y siguen siendo el pan de cada día este fin de siglo.
Palabras que no se las ha llevado el viento, sino han hecho ruido en el
común de las gentes, como debe ser el lenguaje cuando está vivo y forma
parte del corazón del pueblo.
Píldora es una palabra mágica que comenzó a inquietar a las madres con
hijas adolescentes, pero la palabrita oblada vagaba de boca en boca
para quedarse y dejarse usar con su presencia tácita y real, sobre la
mesita de noche, en el botiquín, en la clásica cartera de una cita furtiva.
No me trago esa píldora o no me dores la píldora, frases alrededor de
este símbolo girando con su propia aureola y significado.
El bikini nos despojó de todo rubor y fue un nuevo comienzo para los
cuerpos moldeados con la mano de Miguel Angel Buonarotti, en las cálidas
playas del
Caribe o en la costa francesa, donde estuviera la fémina frente al mar.
La palabra Democracia—más de cal que de arena—un verdadero festín en
este siglo que ha pretendido cobijarla como su varita mágica en medio de
la tempestad política y la violencia larvaria, institucionalizada de la
pobreza y del propio Estado. Ella es cenicienta frente al mercado:
ícono y deidad de nuestro tiempo.
Se defiende como puede, a veces nos parece un gato de espalda; un
sastre que no encuentra una aguja en el pajar; una espada de doble filo y
una
golondrina que no se cansa de hacer verano.
Palabras, palabras que arrojan luces o inflaman el ambiente, verdaderos
dardos o reconfortantes bálsamos, amigas de la transparencia,
pérfidas,retóricas, perfumadas o malolientes, por algo respiran en nuestra
garganta hasta brotar parcas o en cascadas.
Cortina de hierro y perestroika, tan opuestas y en un mismo lugar,
brotadas para significar, dejar huella y volver el tiempo historia y
memoria.
Estrés y tiempo libre, hijas de este siglo, divorciadas de la realidad
y definitivamente presentes, Aterrizaje lunar, sólo una realidad hace
algunas décadas. Hoy archivada en el lenguaje cotidiano.
Tarjeta de crédito se ha transformado en una palabra casi un miembro,
un órgano, parte vital del diario vivir y sufrir del hombre de esta
época llamada moderna. Sin ella es como si hasta los sueños fallaran. Tiene
la nociva consistencia del plástico y la duración que respalda nuestro
esfuerzo, porque la magia está en equilibrar: cuanto ganas, tanto
gastas.
Doping, sex, fax, van y vienen las palabras y no hay quien las
contenga, ellas quieren significar, poner su granito de arena en la
comunicación, participar, en una palabra, del diálogo diario.
Beat, hippie, single, ellas forman su propia generación, le dan forma y
contenido a la existencia y se consagran en grandes titulares cada día.
Llegan a estremecer inclusive a la sociedad, a la que le imponen un
sello, una especie de partida de nacimiento.
Internet, reina de su propia Babel, princesa única de lo instantáneo,
Alicia pequeña en tus grandes maravillas, quieres estar en todas partes
mi diosa, deja que Penélope teja tu hilo hacia nuevos laberintos y si
en verdad vas a emprender un viaje, que sea a Itaca.
¿Quién no identifica hasta ahora a los hippies con las flores, el amor
y la paz como estilo de vida de una generación y época?.
Palabras, paroles, words, lápidas sobre el enemigo, epitafios para la
posteridad, sentencias de por vida, prisioneras del amor y la venganza,
simples saludos, epistolares e íntimas, convertidas en decretos, reinas
por los siglos de los siglos en las páginas de Heráclito, Shakespeare,
Dante Alighieri, Joyce, Kafka, Hemingway, Martí, Eliot, Neruda, Villon,
Cervantes,
Vallejo, Rulfo, Borges y tantos otros que saben que las palabras nunca
salen de vacaciones, siempre nos aguardan más allá del silencio.
Algunas están destinadas a derrotar el tiempo, si fuera preciso. Otras ya no
existen y algunas están por nacer.
Yo digo, la palabra amor, devuélvemela.©2005
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