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HISPANIA, Campaña del año 211 a.C.

 

Nombrado C. Claudio Nerón como nuevo comandante de los ejércitos romanos en Hispania, se le dio la opción de reclutar en Capua, en donde hasta entonces había servido, y de entre sus tropas, a los 6.000 infantes y 300 jinetes que considerase mas apropiados con los que poco después se embarco en Pozzuoli y desde allí y por vía marítima navegando hasta Tarraco, en donde varo la flota para sumar de ese modo la marinería a sus tropas terrestres. Recibió el ejercito de Hispania de manos de T. Fonteyo y L. Marcio e inmediatamente se puso en movimiento contra el enemigo.

Por aquel entonces, Asdrúbal Barca mantenía sus reales en el territorio de los oretanos, hacia donde se dirigió C. Claudio Nerón, acampado como estaba el cartaginés, enfilando un desfiladero, fue copado por el romano, quien desplegó su ejercito frente a este, cerrando la retirada del púnico el mismo desfiladero por el que solo se podrían retirar lentamente unas fuerzas como las suyas, cosa imposible del todo al encontrarse las posiciones romanas a tiro de piedra. En esta ocasíón se puso de manifiesto la llamada perfidia púnica cuando Asdrúbal entablo conversaciones con Claudio Nerón en las que le aseguraba que si le dejaba retirarse indemne se replegaría seguidamente hasta África abandonando así la península, el romano entusiasmado por el triunfo que se abría ante el acepto la propuesta, quedaron así al día siguiente para firmar el tratado, consignar por escrito todos los detalles como la entrega de las fortalezas etc. etc. Esa misma noche, mientras el romano dormía tranquilamente, Asdrúbal puso en marcha a la parte mas pesada de su ejercito para que abandonase el campo a través del desfiladero, cosa que se hizo con diligencia a lo largo de esa interminable noche, A la mañana siguiente mantenía Asdrúbal el numero de tropas suficiente como para simular que disponía todavía del ejercito en pleno, esperando ganar tiempo acudió de nuevo a continuar la entrevista con Claudio Nerón, entrevista que se dilato con la firma de acuerdos y discusiones interminables sobre aspectos secundarios de la rendición, con esto gano Asdrúbal una noche mas en la que saco a otra parte de su ejercito. Al día siguiente de nuevo la misma tónica y la misma perdida de tiempo y así día tras día y noches en que las fuerzas cartaginesas se evaden delante de las narices de sus enemigos, de esta forma y cuando ya quedan pocos cartagineses, el mismo Asdrúbal lleva con poca diligencia los pocos compromisos adquiridos con el romano y dejando las conversaciones en un punto muerto una mañana amaneció el día con una densa niebla que cubría el campo de batalla, el barcida envió a un mensajero al campo enemigo anunciandole que por motivos religiosos los cartagineses tenían ese día como inhábil, por lo que no podían continuar con las conversaciones hasta el día siguiente, ardid este del que tampoco sospecho el romano, aprovechando por fin el cartaginés para sacar el resto de su ejercito por el desfiladero y dejando a los romanos de un palmo de narices al escampar la niebla y dejar a la vista a los ojos de todo el ejercito la visión de un campamento totalmente vacío.

Persiguió C. Claudio Nerón al ejercito de Asdrúbal quien se negaba a entablar batalla, seguramente esperando reunirse con los otros generales cartagineses de la península, tan solo se entablaron ligeras escaramuzas entre la retaguardia de uno y las avanzadillas del otro. Al parecer el romano llego a un punto en el que decidió dar por terminada la campaña para no exponerse a encontrarse con todas las fuerzas enemigas reunidas contra el o bien por que al carecer de aliados no podía internarse indefinidamente en el territorio enemigo (bien es cierto que el ejercito romano era numéricamente exiguo, quizás 15.000 hombres o 20.000 como mucho). De esta forma, las tropas romanas volvieron al norte del Ebro y se acuartelaron en Tarraco. Esta campaña ni había servido para traer a la alianza a nuevos o viejos aliados ni para levantar la moral del ejercito, debatidos estos asuntos en Roma se decidió mandar un nuevo comandante en jefe con nuevos refuerzos que pusiesen fin definitivamente a la desorientación con que se llevaban los asuntos de Hispania desde la muerte de los dos escipiónes.

Publio Cornelio Escipión recibió de manos del estado un contingente de 10.000 soldados y 1.000 jinetes así como unos 400 talentos para los gastos del ejercito, se sumo a el como ayudante el propretor M. Junio Silano. A bordo de una flota de 30 quinquirremes el ejercito partió de Ostia hacia la península costeando la Etruria, Liguria y Galia, en donde recibió una escolta naval de 4 navíos massiliotas hasta Ampuriae, en donde desembarco. El ejercito ahora se dirigió hacia Tarraco a pie y la flota costeando el litoral. Una vez allí, despidió a los barcos massiliotas y se dedicó a la reorganización de los intereses romanos al norte del Ebro, entrevistandose con los regulos de la tribus aliadas y las que habían acudido hasta allí a entrevistarse con el. Reviso el estado de las tropas a las que animo e intento dar confianza (1) al tiempo que mostraba su admiración y agradecimiento a L. Marcio, responsable de que los romanos no hubiesen sido expulsados de Hispania después de la derrota y muerte de los dos escipiónes. Claudio Nerón fue relevado de su mando por Silano y finalmente los ejércitos acuartelados en sus campamentos de invierno, concluía así el año 211 a.C.

 

 

Notas.

(1) En este momento los historiadores nos tratan de hacer ver a que bajo nivel había llegado la moral de las tropas destinadas en Hispania. Uno de los puntos en que se apoyo Escipión para devolverles la confianza en en la falta de cohesión entre los generales enemigos, cuyas disputas personales parece que habían impedido a estos cualquier acción conjunta contra los romanos que quedaban en la península. Escipión les hizo ver que esa falta de unidad trabajaría ahora en su favor, pues seria posible combatir contra estos por separado pues entre ellos no había mas que rencillas y enfrentamientos. Esto nos quiere decir que la estrategia cartaginesa de esperar al enemigo y concentrarse para batirlo era en esencia la correcta y ante la cual, bien desarrollada, no tenían los romanos por el momento defensa.

 

 

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