LIBROS: Pedro Henriquez Ureña y su tiempo

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LIBROS: Pedro Henriquez Ureña y su tiempo

Comentario de A. Landa al libro de Enrique Zuleta Alvarez

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LIBROS: Pedro Henriquez Ureña y su tiempo

Zuleta Alvarez, Enrique: Pedro Henriquez Ureña y su tiempo, ed. Catálogos, Buenos Aires 1998, 448 págs.



Henriquez Ureña (1884-1946) nació en Santo Domingo, hijo de quien sería Presidente de la República. Los avatares políticos de su país y su talante aventurero le llevaron a los Estados Unidos, luego a México y a Cuba donde modestamente vivió del periodismo, padeciendo los altibajos de revoluciones y aún de la ocupación norteamericana de su isla natal. En 1916 logró estabilizarse como profesor de lengua y literatura españolas en la universidad de Minnesota, ciudad gélida a la que el caribeño no logró adaptarse. En 1924 se le ofreció una cátedra en La Plata y se domicilió en Argentina donde escribiría numerosos ensayos de crítica literaria y su obra póstuma Historia de la cultura hispánica en América (1947). Sus Obras Completas se editaron en diez volúmenes en Santo Domingo entre 1976 y 1980; pero, como lamenta Zuleta, no es la edición que merece el ilustre humanista hispano.

Desde joven conoció la obra de Menéndez Pelayo y, luego, trató al principal discípulo de don Marcelino, el historiador y filólogo Menéndez Pidal que autorizó la edición del trabajo más académico de Ureña, La versificación irregular en la poesía castellana, luego reimpreso. Ecos de sus breves estancias en Madrid son las recopilaciones de artículos, En la orilla. Mi España (1922) y Plenitud de España (1940).

La mayor parte de la existencia de Ureña transcurrió fuera de su patria por lo que trató de no tomar claro partido en las internas luchas mexicanas, cubanas o argentinas. De ahí una ambigüedad oscilante tanto en política interior como exterior. Primero germanófilo, luego anglófilo, y siempre con grandes reservas frente a los Estados Unidos. Amigo de los hispanistas José Vasconcelos y Alfonso Reyes. Lo permamente y lo radical del pensamiento de Ureña es la hispanidad.

Estos son algunos de los textos que subraya Zuleta:«Menéndez Pelayo es el único crítico que puede servir de guía para toda la literatura española y representa el criterio más amplio de nuestro siglo»; «los tesoros de la herencia secular que recibimos del Mediterráneo los cambiábamos ingenuamente por las piedras falsas de cualquier propaganda francesa o alemana o inglesa»; y «la tradición indígena es un pasado muerto sin peso sensible en la vida de nuestras nacionalidades».

Con razón, Ureña propuso que el Día de la Raza se denominara «Día de la cultura hispánica». Y en su discurso del 12 de octubre de 1933 dijo:«Lo que une y unifica esta raza, no real, sino ideal, es la comunidad de cultura, determinada de modo principal por la comunidad de idioma que lleva consigo su repertorio de tradiciones, de
creencias, de actitudes ante la vida, que perduran, sobreponiéndose a cambios, revoluciones y trastornos». Como Ureña era agnóstico y positivista, no quiso hacer suyo el pensamiento de Maeztu sobre la Hispanidad, pero le era deudor.

Zuleta ha escrito esta documentadísima biografía por la que desfilan centenares de nombres de la cultura hispanoamericana de la época. Ya no será posible aproximarse seriamente a la vida y al tiempo de Ureña sin hacerlo a través de este libro del ilustre historiador de las ideas, que fue eminente rector de su Universidad.



A. Landa



 

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