El pensamiento político de Silio

pag. principal Razón Española

El pensamiento político de Silio

Por Pedro Carlos González Cuevas

Un crítico de la partitocracia indice La historia como arma política

El pensamiento político de Silio

La crisis de 1898 puede ser definida como una crisis de identidad nacional, caracterizada por el derrumbe de los valores con que hasta entonces se había estructurado la sociedad. Los valores en que se asentaba el concepto de nación española y el régimen político se hundieron y no se veía claro el futuro1. Posteriormente, el impacto de la Gran Guerra iba a favorecer la edificación en nuestro suelo, como ocurrió en el resto de Europa, de un nuevo sistema sociopolítico de carácter corporativo, consistente en la articulación de nuevos mecanismos de transacción de los intereses sociales organizados, en detrimento de un parlamentarismo cada vez más debilitado y acosado por la emergencia de nuevos retos políticos y sociales, como los representados por el bolchevismo, el sindicalismo revolucionario o el fascismo2. Así, la crisis de entreguerras iba a configurarse en la sociedad española como producto de la interacción entre los factores característicos de la coyuntura internacional -el desafio de la revolución rusa, la crisis del capitalismo liberal devenido en corporativo, etc- junto a los factores puramente endógenos, como era la crisis de la conciencia nacional, el auge de los localismos y de los nacionalismos periféricos.

La obra y la actividad política de César Silió y Cortés (1865-1944) resulta inseparable de esta coyuntura histórica; y representa el engarce de las dos grandes crisis de la sociedad española contemporánea, la de identidad nacional y la sociopolítica, vinculadas a las fechas emblemáticas de 1898 y 1917/1931.





I. EL HOMBRE Y SU FORMACION



César Silió y Cortés nació en la localidad vallisoletana de Medina de Rioseco el 18 de abril de 1865. Su padre, Eloy Silió, fue uno de los representantes más característicos de la burguesía de Valladolid: fundador de la Tejera Mecánica, miembro de la Junta Directiva de la Cámara de Comercio Vallisoletana, accionista de El Aguila y de la Sociedad Industrial Castellana, así como fundador de los Círculos Obreros Católicos3.

Silió estudió la carrera de Leyes en la Universidad de Valladolid y en la Central, licenciándose en derecho civil y canónico. Una vez terminados sus estudios, se incorporó al Colegio de Abogados de Valladolid y, para ejercitarse en la práctica profesional fue pasante en el despacho de Angel María Alvarez Taladriz, criminalista adscrito a la escuela positivista italiana de Lombroso, Ferri y Garofalo. La influencia de estos autores fue muy importante en su formación intelectual. En sus primeras publicaciones sobre criminología, Silió se autodefinió como un «positivista crítico», cuyo objetivo era «armonizar la perspectiva materialista y determinista de la escuela positiva con los dogmas del catolicismo tradicional4.

En ese sentido, Silió sometió a una crítica radical los supuestos del iusnaturalismo. Desde su perspectiva, tanto el jurista como el criminalista no podían partir de conceptos apriorísticos, sino del estudio de las causas, de los datos empíricos que suministraban la antropología, la historia, la sociología, la geografía y demás ciencias positivas: «El clasicismo muere y el positivismo gana terreno cada día. El estudio directo de los hechos reales y efectivos tal cual la vida los ofrece o los presenta, desde seres efectivos y reales, no soñados por la creadora fantasía, que estos hechos realizan y de la sociedad en cuyo seno todos juntos se mueven y batallan»5. Así, el crimen podía ser considerado como «un fenómeno natural», consecuencia tanto de las anomalías individuales, como de factores de carácter social o fisico-geográfico6. Silió otorgaba prioridad a los factores antropológicos a la hora de interpretar fenómeno de la criminalidad. Y, como Lombroso, defendió la teoría del atavismo de los criminales: «Tal es el hombre criminal; físicamente, un ser en quien se advierten con frecuencia anomalías, raras por el contrario entre los hombres que viven honrada y libremente; en la moral, cuanto hay de bajo, de odioso y repugnante, habita sin protesta en su alma y lo conduce a la pendiente del delito»7. A ese respecto, los factores sociales eran secundarios. Concretamente, el robo podía ser explicado como «natural producto de la codicia y la vagancia»8. Y es que, a su juicio, la principal causa de los delitos no era otra que la inadaptación del individuo al organismo social: «Los factores antropológicos, inherentes a la persona del delincuente, son el coeficiente primero del delito»9.

Tal diagnóstico llevaba implicita una concepción orgánica de la sociedad. De acuerdo con la perspectiva positivista -y también con la católica- existía una clara analogía entre la sociedad y el organismo. La sociedad en sus varias formas un sistema orgánico, un todo que es más que las partes, y que representa un consenso universal de sus miembros. Ambos, sociedad y organismo, son agregados celulares sometidos a la necesidad de mantenerse en la lucha por la existencia. Y era aquí donde radicaba la posibilidad de aplicar a los organismos sociales las leyes biológicas estructurales y evolutivas: «Es una ley biológica que preside la evolución de los organismos todos, la supervivencia de los más aptos en la eterna lucha por la existencia a que están sujetos los seres de la Creación en su infinita variedad, desde aquellos simplicísimos que apenas aparecen animados por el soplo misterioso de la vida, hasta el hombre, resumen de cuanto late, bulle y se agita en el Universo; y esta misma Ley, inviolable, indestructible, escrita por Dios en el gran código de la Naturaleza, rige igualmente en la vida de las ideas»10. Concebida la sociedad como un organismo, ha de defenderse de sus enemigos: los criminales, los delincuentes, los anarquistas; todos aquellos, en fin, que pretenden subvertir las bases del orden social: «Aún dando como nosotros damos por sentado que el hombre es un ser libre, las múltiples limitaciones de esta libertad de una parte; la absoluta imposibilidad de graduar la pena por los grados mismos de esa libertad imponderable; lo dificil y aún lo imposible de la distinción entre actos libres y no libres, y la necesidad de la defensa social, son motivos más que suficientes para que se abandone el criterio de la escuela clásica y se afirme el fundamentalmente defensivo de la penalidad, que es a la vez reacción inevitable del organismo social contra el delito, y manifestación última de la lucha por la existencia que rige la vida de los individuos y la vida de las colectividades»11 Por ello, Silió criticaba, junto a la permisividad de las leyes penales, el juicio por jurado, «institución santificada en las altares de la libertad por demócratas del día e incapaz de resistir, tal como es aquí en España, al menos, el más ligero examen ante el tribunal de la ciencia»12.

Junto a la escuela positivista italiana, es perceptible la influencia del sociólogo francés Gabriel Tarde, en quien vió al principal representante de la «nueva ciencia» sociológica13. La genética de los usos sociales desarrollada por Tarde fue recogida por el vallisoletano en varias de sus obras. Como en Tarde, Silió tiene por base el binomio invención-imitación, donde el elemento realmente importante corresponde al hombre eminente, pensador, soldado, político. Toda sociedad vive en un estado permamente de imitación que es un estado no racional. Se imita por la fuerza del prestigio, no por propio razonamiento. Las clases inferiores imitan a las superiores: «Los grandes cambios, las transformaciones profundas van asociadas siempre al hombre prestigioso que dirige, congrega, empuja al pueblo comunicándole su fe y sus entusiasmos, y precedidas siempre de un brote fecundísimo de ideas, enunciadoras de mil deseos antes dormidos y de mil ansias antes no expresadas»14. En directa relación con esta perspectiva, Silió recogió igualmente las aportaciones del sociólogo Gustave Le Bon sobre la psicología de las multitudes. Como el francés, Silió veía en las masas una serie de peligrosas predisposiciones hacia la violencia y el entusiasmo político, que debían ser canalizadas por las élites.Intelectualmente, la multitud es siempre inferior al individuo, pero moralmente puede ser buena o mala, cobarde o heroica; todo depende de su determinación o propensión y de la capacidad de las mino-rías directoras: «La multitud es el gran colectivo, lo opuesto, en cierto modo, al ser individual; es el monstruo voluntarioso, apasionado que arrolla, sin vacilar, cuantos obstáculos estorban o entorpecen su carrera triunfal (…) Pero la multitud no es un ser acéfalo: sobre la masa abigarrada (…) se alzan siempre unas cabezas que dirigen»15.

Esta secularizada perspectiva positivsta intentaba enlazarse, por parte de Silió, con los supuestos del conservadurismo católico español, lo que él llamaría «la ideología españolista», cuyos máximos representantes eran, a su juicio, Balmes, Donoso Cortés, Cánovas del Castillo, y Menéndez Pelayo. Esta posición ecléctica puede verse no sólo en su posterior producción historiográfica, sino en su concepción del hecho nacional. Aquí la influencia de Taine es igualmente manifiesta. La ciencia política no podía considerarse en términos estrictamente universales, sino que era preciso atender al proceso singular de formación de cada pueblo. Cada nación se ha constituido a través de las determinaciones del medio físico, geográfico y de las costumbres; lo que venía a dar una imagen peculiar de cada pueblo, de cada nación: el «carácter nacional». «La raza, el territorio, el aire, el cielo, el género de vida, cuanto interviene en la formación del carácter nacional, se refleja en las obras producidas en cada una de esas agrupaciones en que la humanidad se subdivide…»16. El «carácter nacional» se identifica con una tradición específica. La Patria era «la difusión del alma propia, que se detiene en las lindes del solar reducido en que la vista se espacía de ordinario, donde reposan las cenizas, de padres y abuelos, sobre la cual se destaca la vieja torre de la Iglesia que escuchó sus plegarias y que fue testigo de su fe, ora se extiende hasta las remotas fronteras abarcándola todo en su solo amor, todo orgullo»17. La tradición española se identificaba básicamente con la Monarquía y la religión católica18. Sin embargo, no nos encontramos ante un ente estático. La nación no es solo la tierra y los muertos, o las instituciones tradicionales; es igualmente un ente que se proyecta, siguiendo las directrices de los individuos egregios y de las minorías conscientes, en un programa de quehaceres propios que permiten conseguir toda una serie de bienes -utilidad, bienestar, riqueza, civilización; tal es su perspectiva conservadora y modernizadora, a la vez. «Si fuera permanente, invariable, el genio de una raza, y omnímodo el poder de la tradición, no veríamos nunca propagarse de una a otras naciones las ideas, las modas y las prácticas, ni morir instituciones que un día merecieron respetuosa sumisión y ferviente culto (…) La idea nueva y la idea tradicional son una misma cosa después de todo, contemplada en dos momentos diferentes: la una es el ser que nace; la otra es el ser cuya cabeza orla de canas la venerable ancianidad»19. Y, en ese sentido, no dudaba en criticar ciertos aspectos de la visión tradicional de España, a la que acusaba de «fomentadora de vanidades indolentes»20.





II. DIAGNOSTICO DE UNA DERROTA



Su actividad intelectual no fue obstáculo para el desarrollo de una amplia labor empresarial y política. A la situación heredada de su familia, Silió sumó su propia actividad económica; y logró incrementar su patrimonio. Con el tiempo, presidió «La Cerámica» y «Cervezas El Aguila», además de ser consejero del Banco Hispano-Austro-Húngaro, del Banco de Madrid y de Santillana de Electricidad21.

Pero su vida política se inició en las instituciones locales vallisoletanas, siendo concejal y diputado provincial dentro de la corriente gamacista. A lo largo de esta etapa, su interés se centró en los problemas demográficos y de higiene pública que azotaban a la capital castellana: «Valladolid pierde anualmente -dirá en una conferencia- 1041 vidas que podría conservar. La muerte roba a nuestra población batallones cada año». El grueso de la responsabilidad recaía en «la inacción inexplicable de las autoridades y poderes que debieran establecer y reglamentar la higiene pública»22.

Al mismo tiempo, Silió participó, en 1893, en la fundación de «El Norte de Castilla», junto a Santiago Alba, compañero de estudios en la Facultad de Derecho y casado con su prima Enriqueta Delibes. Silió aportó veinticinco mil pesetas, la mitad del capital que debía invertirse en la compra23. Las orientaciones divergentes que adoptaron sus propietarios tras la crisis de 1898, llevaron a la ruptura y a la salida a Silió del diario en 1901.

El desastre de 1898 supuso para el vallisoletano un motivo capital de reflexión política, intelectual e incluso histórica. Su posterior militancia maurista y sus proyectos regeneracionistas son producto directo de la apabullante impresión de decadencia que siguió a la derrota del 98. Para Silió, el Desastre inaguró «una crisis aguda de patriotismo», a la que era preciso poner término24. Su visita, como corresponsal de «El Norte de Castilla», a la Exposición de París fue la primera ocasión que tuvo para reflexionar sobre las causas de la derrota militar ante los Estados Unidos. Silió quedó verdaderamente asombrado al contemplar la pujanza industrial, política y económica de Francia, Gran Bretaña y Alemania. La insignificacia español, en cambio, le dejó consternado: «He vuelto de París tan admirado del hermosísimo imponderable alarde que la Exposición significa, como entristecido y confuso del papel que allí hacemos. Aunque me duela mucho la confesión, habré de decirlo: no somos europeos». La Exposición había sido para España «un nuevo latigazo recibido en la cara», «una verguenza». Sus secciones españolas reflejaban el atraso en que se encontraba la nación. Eran la imagen de una sociedad subdesarrollada, anclada en glorias pretéritas, donde estaba ausentes los valores característicos de la burguesía y de las clases medias: «Nuestro Palacio es un estanque: los tapices, las armaduras, las paredes hablan de nuestra historia, del pasado, de la leyenda de oro que habíamos convenido en abandonar (…) El extranjero que en él entre saldrá diciendo cuanto más: ¡ah!… ¡qué España esta del siglo XVI!… ¡que grande era! Pero… ¿y la España de hoy? ¿No hay hoy España?»25.

¿Cuáles eran las razones de esta situación? Armado con las herramientas del organicismo, de la sociología positivista y del conservadurismo católico, Silió iba a intentar dar una respuesta a esta interrogante.

Siguiendo las teorías de Tarde, Silió estimaba como una de las causas la ausencia de un hombre ejemplar, capaz de mover a los demás a seguirle e imitarle. «No hay multitud sin jefe, y solo vive la multitud mientras conserva una cabeza que la guíe»26. Por ello, la circunstancia española no podía ser considerada como consecuencia directa de una tara innata del «genio nacional» hispano, y es que, como sabemos, para Silió, la existencia de un sustrato étnico configurador de la nación no era un dato especialmente significativo; el problema radicaba en la ausencia de una minoría dirigente digna de tal nombre, capaz de dar forma a la colectividad mediante mecanismos correlativos de ejemplaridad, es decir, «por ausencia total de dirección, por falta de fe, de iniciativas, de ejemplos provechosos de nuestras clases superiores»27. De esta forma, el vallisoletano adelanta, en su diagnóstico, algunas de las tesis desarrolladas por José Ortega y Gasset en su España invertebrada28.

El atraso global y la invertebración de la sociedad española se reflejaban igualmente en la influencia del movimiento anarquista en importantes sectores de la clase obrera. Para Silió, el anarquismo no pasaba de ser «una secta de criminales fanáticos», cuyo único objetivo era el retorno «al estado salvaje» y «la destrucción universal». Pero su mera presencia implicaba la existencia de «un profundo transtorno de la economía social». Por todo ello, debía ser combatido no sólo mediante la represión policial, sino con una política de reforma social destinada a erradicar «las desigualdades irritantes». Otro de los factores de decadencia nacional era el escaso nivel demográfico de la sociedad española. España era «el país de la mortalidad indisculpable»; y ello era consecuencia del «abandono incalificable de los preceptos de la higiene» por parte no sólo de los poderes públicos, sino de los particulares.

Mayor importancia y transcendencia poseía, sin embargo, la emergencia de los nacionalismos periféricos, al socaire de la crisis del 98. A juicio del vallisoletano, esta aparición se debía a la debilidad de la capacidad directora de los poderes públicos y a la escasa representatividad del sistema político, es decir, «al divorcio grande, total, entre el Gobierno y los gobernados». La nación era concebida por Silió como un sistema surgido por agregación de unidades inferiores, que se integran en torno a una colaboración común, nacida de la «imitación» y de la interacción entre sus diversos componentes. En ese sentido, tanto el nacionalismo vasco como el catalán suponían un intento regresivo de detener el proceso de articulación orgánica de las distintas unidades sociales en un nivel superior de integración: «Su victoria sería algo más que una disgregación de un gran pueblo que no debe morir, que vivirá, mal que les cuadre a algunos extraviados; sería un verdadero salto atrás en nuestra histórica evolución (…) El separatismo no es sólo un crimen de lesa-patria, es la negación de progreso». Silió consideraba imposible tomar ideológicamente en serio el nacionalismo vasco, cuyas divagaciones historicistas y etnológicas tan solo podían provocar «risa» e «indignación». Se trataba, además, de un movimiento político abiertamente regresivo, cuya idealización de las formas de vida rurales, del pasado pre-industrial y de la raza vasca suponían un claro obstáculo a la modernización social y económica de aquella región. Frente a la brutal franqueza del bizkaitarrismo, el nacionalismo catalán se mostraba «menos descarado y radical», pero su actitud ante el resto de la nación española resultaba cuando menos equívoca y, en cualquier caso, «tan escasa de apariencia de grato y dulce deber impuesto por el corazón mismo, que ni nos satisface, ni es posible que satisfaga a ningún español». Por otra parte, su insistencia en factores de carácter cultural o lingüístico diferenciadores era, de cara a la legitimación de cualquier proceso independentista, por completo irrelevante. No obstante, el vallisoletano en modo alguno se mostraba partidario de una centralización a ultranza, que juzgaba «una adulteración desdichada del centralismo francés». Y, por ello, propugnaba una reforma de la vida local, que suprimiera la influencia del caciquismo29.

Todos estos problemas exigían una decisión por parte de los individuos egregios y de las minorías conscientes, capaces de articular una moral nacional y de llevar a cabo lo que él llamaba la «revolución desde arriba». «Una dirección nueva, ejercitada sabiamente desde el poder, que corrigiera con mano fuerte los malos hábitos y fomentara aquellas inclinaciones de cuya práctica y cultivo deriva la grandeza de los pueblos modernos»30.

Y, en ese sentido, su posterior adhesión al maurismo fue consecuencia de la propia coherencia de sus planteamientos políticos.





II. LA REFORMA INTELECTUAL Y MORAL: EL MAURISMO



A la muerte de Germán Gamazo, Silió encontró en Antonio Maura, a quien posteriormente dedicó una significativa biografía, el líder ejemplar capaz de llevar a cabo la solución de los problemas que acuciaban la sociedad española. Así lo expresó en una carta ditirámbica enviada al político mallorquín: «¡Ojalá todos los políticos pensaran como Usted! ¡Entonces sí que sería fácil que esta pobre nación se levantara y caminase hacia adelante!»31.

Elegido por vez primera diputado en 1903, por Valladolid, circunstancia que pudo repetir en las seis elecciones posteriores hasta 1918, Maura vió en Silió a su hombre de confianza en la política vallisoletana, convirtiéndole en jefe del partido conservador local hasta la ruptura del mismo en 1913. A lo largo de esta etapa, el panorama político de Valladolid fue muy claro: los escaños electorales se repartieron mayoritariamente entre los seguidores de Santiago Alba y los de Silió, con notoria ventaja de los primeros, que supieron controlar mejor los resortes. Liberales y conservadores optaron por una política de pacto en los temas fundamentales. Silió fue uno de los adalides de esta posición, aunque en algún momento se quejó a Maura de la clara hegemonía del albismo en la provincia: «Es cierto -señalaba en una carta- que en varias ocasiones hemos coincidido teóricamente en la conveniencia de una política local y provincial que serenase los espíritus y apaciguara rencores y querellas que a todos dañan: pero también lo es -y Alba sabe que de ello estoy dolido- que en la práctica cotidiana los que se titulan albistas, para llamarse de algún modo, aprovechan e inventan ocasiones en que molestamos y solo se acuerdan de la concordia en aquellos pleitos en que se ven perdidos»32.

A lo largo de su etapa parlamentaria, Silió perteneció a importantes comisiones, entre ellas las que intervinieron en los presupuestos, el orden público, la modificación del código de comercio, etc. Igualmente, fue uno de los más entusiastas defensores del proyecto de reforma de la administración local auspiciado por Maura; y que consideraba como la justa respuesta al fracaso de «la política centralista, absorbente, envilecedora, que apartó a tantas gentes del ejercicio de la ciudadanía y convirtió la cosa pública, por la osadía de los ambiciosos, que eran los menos, y el cobarde abandono de los más en patrimonio de gremios o mesnadas». A ese respecto, el vallisoletano defendió el proyecto de la acusación de reaccionarismo, por su introducción del voto corporativo. A su entender, aquella medida no planteaba una crítica trascendente al liberalismo, ni modificaba sustancialmente su concepción de la sociedad ni de la representación política. La concepción organicista, tal y como la entendía Maura, era tan sólo un elemento complementario de la representación individual, que debía traer consigo la incorporación de los grupos sociales y económicos hasta entonces ausentes de la vida política: «Pescadores, labriegos, industriales, comerciantes, obreros, asociaciones económicas y de cultura, que no sean artificios ni ficciones, sino modalidades y realidades vivas en cada Municipio, formarán parte de los ayuntamientos y ejercerán saludable acción en su vida». Las medidas propugnadas por Maura pondrían, así, fin al «parlamentarismo municipal», sistema fracasado y falto de crédito popular, que el nuevo sistema corporativo se encargaría de superar: «La totalidad de los concejales a legislar, a decidir; al alcalde y sus adjuntos a regir, a administrar»33.

No obstante, el objeto principal de sus preocupaciones era el tema de la educación, lo que él llamaba la «pedagogía nacional». Desde una perspectiva ideológica como la suya fuertemente influida por la sociología positivista, lo fundamental era conseguir un consenso nacional, a través de ideas comunes que se imponen a los individuos haciendo converger sus intereses y actividades. Las formas sociales no eran totalidades naturales inconscientes, como los organismos biológicos. Su conexión se apoyaba en la conciencia y era producida por ideas comunes; y eran estas ideas las que mantenían unidos a los hombres en sociedad, produciendo la cooperación. En este sentido, Silió era por completo opuesto a las doctrinas pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza y de las escuelas nacionalistas y laicas. Así, el 14 de diciembre de 1906, Silió apoyó, junto a Sánchez Guerra y La Cierva, una proposición incidental en la que se instaba al Congreso a que declarase que «la propaganda que se hace en las escuelas laicas de Barcelona es contraria a la Constitución y a las leyes y debe ser, por tanto, reprimida por el gobierno». Silió defendió esta proposición advirtiendo que en la capital catalana existía un auténtico vivero de anarquistas y leyó textos de la Escuela Moderna, en los que se ponía en cuestión los fundamentos del orden social, moral y religioso. El discurso, que tuvo una gran resonancia en el Congreso y en la prensa, fue contestado ese mismo día por el ministro de Instrucción Pública, Amalio Gimeno, liberal muy influído por las doctrinas de los institucionistas; y, al día siguiente, por el líder republicano Alejandro Lerroux34.

Al año siguiente, con Maura ya en el poder, Silió fue nombrado subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, bajo la dirección del ministro Faustino Rodríguez Sampedro; y continuó enviando informes a Maura sobre el desarrollo de las escuelas racionalistas y laicas en Barcelona35. A lo largo del «gobierno largo» de Maura, la Institución Libre de Enseñanza sufriría graves dificultades, sobre todo en lo referente al control de la Junta de Ampliación de Estudios. A los institucionistas, la España gobernada por los conservadores de Maura se les antojaba «una España envilecida»36.

La escuela para Silió debía ser el instrumento de consolidación de la política nacional emprendida por Maura. El nacionalismo era el proyecto político llamado a conseguir la mayor eficacia social; y, por ello, el sistema de enseñanza era el elemento clave para imponerlo:«Una pedagogía nacional, bien dirigida y persistentemente continuada, obraría el milagro de renovar nuestra alma y, renovándola, tendríamos lo demás por añadidura: cultura, riqueza, poder, confianza en el propio valer y en los propios medios». Su modelo de enseñanza era de claro signo «humanístico», en el sentido weberiano del término, es decir, encaminado, sobre todo, a cultivar un determinado modo de vida, que implica unas particulares actitudes y comportamientos, con el fin de crear una auténtica elite dirigente. Admirador del modelo británico, Silió pretendía crear, en el ámbito español, un paralelo de gentleman, «el tipo supremo de ciudadano y de clase directora». En ese sentido, Silió, que solía citar como fuente de autoridad a «Agathon», pseudónimo del joven maurrasiano Henri Massis y del hijo de su maestro Gabriel Tarde, Alfred, figuras descollantes del nacionalismo conservador francés, se mostraba ferviente partidario de la enseñanza clásica y confesional. Y no sólo porque en España el catolicismo era «consustancial con nuestra historia», sino igualmente por su mayor eficacia social. La Iglesia católica contribuía decisivamente a mantener el orden social y político reforzando el orden simbólico: «(…) No hay educación moral posible sin el cimiento de una fe, de una Iglesia, de una confesión religiosa». Laicismo equivalía a relativismo, internacionalismo, intelectualismo, pesimismo, es decir, todas las doctrinas, ideologías y filosofías que perseguían «la disgregación atomística del núcleo nacional, que solo puede mantener vigoroso una constante disciplina social puesta al servicio de un ideal alentador»37.

Silió tardó bastante tiempo en tener la oportunidad de intentar llevar a la práctica sus proyectos pedagógicos. Al producirse la crisis de octubre de 1913, con el gobierno presidido por el estadista mallorquín, del que también formaron parte otros maurista, como Antonio Goicoechea y Angel Ossorio. Al frente del ministerio, Silió intentó plasmar en leyes su proyecto educativo. Su medida más importante y discutida fue el Real Decreto de 21 de mayo, en el que se establecía la primera base de la autonomía universitaria. Las directrices del Decreto, en cuya elaboración intervinieron Laureano Díaz Canseco y Adolfo Bonilla Sanmartín38, eran la autonomía administrativa, la consideración de la Universidad como instituto profesional y de los estatutos por las universidades, reservando al Estado la alta inspección de las directrices básicas de los planes de estudio y de la función examinadora del grado con la consiguiente expedición del título39.

El Decreto fue recibido muy desfavorablemente por el grueso de la intelectualidad liberal y el pleno de la Institución Libre de Enseñanza. Manuel Bartolomé Cossío le acusó de «impulsiva precipitación», tanto en la forma como en el contenido; de abstracto en sus presupuestos esenciales y, sobre todo, de no suscitar ni excitar «la autonomía de pensamiento en las universidades». El socialista Julián Besteiro expresó su temor de que, mediante las medidas propugnadas por Silió, la universidad fuese puesta a merced de las fuerzas católicas. El claustro universitario se manifestó contrario al proyecto, acusándole de otorgar a «instituciones extrauniversitarias el derecho a conceder las certificaciones a que se refiere el decreto». La protesta iba firmada por Blas Cabrera, García Morente, Cossío, Rey Pastor, Menéndez Pidal, Besteiro, etc40.

Pero el vallisoletano tan sólo estuvo tres meses al frente de Instrucción Pública, porque, formadas las Cortes con mayoría conservadora, pero no maurista, la famosa discusión sobre el acta de Coria hizo que el gobierno fuese derrotado, provocando la crisis total.

Al cabo del tiempo, Silió animó a Maura, ante la crisis social y política agravada por los desastres militares en Africa, a que presidiera un nuevo gobierno: «No tengo la ridícula pretensión de influir en sus decisiones. Unicamente digo que honradamente creo que el factor prestigio está con Usted, no en los demás que puedan y quieran o no acompañarle»41.

Silió retornó al Ministerio de Instrucción Pública en el nuevo gobierno Maura, formado tras el desastre de Annual. En esta ocasión, consiguió que fueran aprobados los estatutos universitarios, lo que fue muy bien recibido por la opinión católica, que vió en ello «la iniciación de una época memorable en la historia del progreso nacional, por cuanto supone el acabamiento de un sistema funesto y aspira a ser el punto de partida de una nueva era cultural»42.

Medidas significativas de Silió en su nueva etapa de ministro fueron igualmente la declaración del Día de Santo Tomás como fiesta oficial del estudiante y la apertura de un concurso para premiar con setenta y cinco mil pesetas al autor de «El Libro de la Patria», cuyo modelo serían los elaborados por Amicis y Mantengazza, en Italia, o Bruno, en Francia, «al par dechados de belleza literaria y eficaces incubadores de patriotismo». El leit motiv de aquella obra no podía ser otro que «socializar el mayor número de individuos lo más intensamente posible, dentro del grupo nacional en que conviven, a fin de que este grupo pueda afrontar la competencia de los grupos extraños o rivales». Al mismo tiempo y en ese mismo sentido, Silió propugnaba una política de fomento y protección de los monumentos nacionales.43

Caído Maura, el vallisoletano continuó, a ruegos de su jefe político, al frente del ministerio, en el gobierno presidido por Sánchez Guerra, pero dimitió tres semanas después de su constitución, en protesta por la suspensión del estado de excepción en Barcelona. A su salida del gobierno, sus iniciativas fueron arrinconadas, con gran disgusto de los sectores católicos, que atribuyeron la responsabilidad de la suspensión a la Institución Libre de Enseñanza, «los enemigos de la Universidad, que son los que acaparan el presupuesto de Instrucción Pública y disfrutan del monopolio de los ensayos pedagógicos»44.

A diferencia de otros mauristas, como Ossorio y Gallardo o el Conde de Vallellano, que abandonaron su antigua militancia política para colaborar en la fundación del Partido Social Popular, Silió permaneció, junto a Goicoechea, al lado de Maura, negándose a militar en el nuevo movimiento político45. En sus intervenciones públicas, el vallisoletano no escatimó críticas a los partidos y al régimen parlamentario, mostrándose abiertamente pesimista en relación a la supervivencia del régimen constitucional: «Porque -señalaba- el Parlamento, que debiera ser cauce por el que discurrieran aguas fertilizantes ya hace tiempo se viene convirtiendo en cloaca y vertedero de inmundicias»46. Por ello, llegó a considerar el advenimiento de la Dictadura como un «episodio inevitable»47.





IV. LA DICTADURA



Sin embargo, este diagnóstico no supuso, al menos en un primer momento, una condena global del sistema parlamentario o del régimen liberal. Su actitud ante la Dictadura no estuvo libre de contradicciones. Frente a la actitud de Calvo Sotelo, Vallellano y otros mauristas, Silió, como Goicoechea, aceptó muy tardíamente la colaboración con Primo de Rivera. Su fidelidad maurista estuvo en la base de sus disensiones. A su entender, Maura y Primo de Rivera eran dos personalidades antitéticas e inconciliables: «Maura, tras madura reflexión sedimentada en su conciencia, caminaba de modo rectilíneo. Primo de Rivera, guiado por la intuición, impulsivo, navegaba en constantes bordadas y rápidos virajes…»48.

Ante la división del maurismo en relación a la Dictadura y a su nuevo partido, la Unión Patriótica, Silió redactó, junto a otros correligionarios, una carta en la que se consultaba a Maura sobre el camino a seguir. En su respuesta, el líder conservador se mostró contrario a la Dictadura y descalificó a la Unión Patriótica49. La censura prohibió la circulación de la carta y Primo de Rivera llegó a exigir a Maura una rectificación de algunos de los puntos de la carta, cosa que no hizo. Meses después, Maura envió al vallisoletano y a otros mauristas de su confianza un apunte confidencial, donde se perfilaban las líneas generales de una reforma constitucional, cuya novedad más significativa era la elección de un segundo grado de presidente del gobierno, consultándoles su opinión al respecto50. En su respuesta, Silió se mostraba todavía como un conservador liberal. Juzgaba «radicalísimas» las reformas propugnadas por su jefe político; pero se mostraba de acuerdo con ellas en lo fundamental. Creía que no podía prescindirse de los partidos políticos; y se mostraba a favor del presidencialismo, porque, según él, «la experiencia ha acreditado ya suficientemente que la Corona es incapaz de mantener en el Gobierno a los mejores servidores del bien público; que las Cortes se sienten más solicitadas por el afán de mando y de botín, casi único motor de los partidos y los grupos políticos, que por su cometido fundamental de legislar al servicio de la nación». No obstante, defendía el mantenimiento de las prerrogativas del monarca; y de que la formación de la cámara popular partiese de «la doble representación individual y corporativa»51.

Sin embargo, los éxitos de la Dictadura matizaron, una vez muerto Maura, las críticas de Silió, al igual que las de otros mauristas, como Goicoechea; y ambos aceptaron colaborar en la redacción del proyecto constitucional auspiciado por el Dictador. Y fue nombrado, junto a Goicoechea, Maeztu, La Cierva, Víctor Pradera, Gabriel Maura, etc, miembro de la Sección Primera de la Asamblea Nacional Consultiva encargada de la elaboración del nuevo texto constitucional. En sus intervenciones, Silió mostró un sensible cambio en sus convicciones políticas. Ahora, se mostraba partidario no de una mera reforma constitucional, sino de un nuevo régimen político, basado en una cámara legislativa única, integrada por representantes elegidos por sufragio universal y corporativo, a la par; y un Consejo del Reino, compuesto por miembros natos, nombrados por el rey o elegidos por las corporaciones. Las facultades de la cámara única se verían reducidas al «conocimiento, discusión votación de los proyectos de ley que someta a su aprobación el Poder Ejecutivo y de las proposiciones que por propia iniciativa patrocine en los casos y formas determinadas por las leyes y el reglamento de la cámara». El Consejo del reino podría ser oído por el gobierno «como elemento técnico en la preparación de los proyectos de ley»; tendría conocimiento de los proyectos de ley aprobados por la cámara legislativa «con facultad de devolverlos con su informe para que se desista o sean de nuevo examinados, antes de someterlos a la sanción del Monarca»; además, asesoraría al rey «para el ejercicio del derecho de veto y en las crisis ministeriales que se produzcan» y podría en algunos casos designar nuevo Presidente del Consejo de Ministros52.

El proyecto constitucional, que finalmente, en sus líneas generales, coincidió con las propuestas elaboradas por Goi-
coechea, Gabriel Maura y Silió, no llegó ni tan siquiera a discutirse53. A la caída de la Dictadura, incluso se olvidó su existencia. Por todo ello, el balance de la experiencia primorriverista fue, para el vallisoletano, abiertamente negativo: «Erró mucho la Dictadura; erró, sobre todo, al prolongarse innecesariamente y desaprovechar los momentos en que fue posible desaparecer con decoro y con autoridad»54.

En los estertores del régimen monárquico, Silió participó, al lado de Gabriel Maura, Goicoechea, Montes Jovellar y otros antiguos mauristas, en la generación del llamado Centro Constitucional, cuya figura más significativa era Francesc Cambó; y que no llegó a cuajar como fuerza política a causa de la enfermedad del político catalán y de la rápida caída de la Monarquía55.





V. FRENTE A LA REPUBLICA



Sin el menor asomo de duda, Silió percibió el advenimiento de la II República como el preludio seguro y cierto de una auténtica revolución social, que no perseguía tan sólo cambiar al rey para que todo siguiera igual, sino liquidar las bases de la sociedad, tanto a nivel económico como simbólico. «Hubo revolución en la calle y quedó impreso el sello, trazado el primer rumbo de la República, víctima de la masa, condenada a vejar y destruir para halago de la masa. La turba esperaba una revolución que se había prometido de mil maneras y la necesitaba56. La Constitución republicana había nacido para servir a ese «sectarismo audaz» y no podía ser asumida, en consecuencia, por las derechas. Los proyectos de reforma agraria resultaban tan utópicos como contraproducentes. Los estatutos de autonomía suponían un intento de parcelación «en minifundios geográfico-políticos, desmenuzando el monolito nacional en Estados autónomos y casi independientes». La legislación laicista en materia de enseñanza abría el paso a la desnacionalización y desmoralización de la sociedad española. Los ataques a la aristocracia tradicional privaban al conjunto de la sociedad de un referente simbólico de ejemplaridad. «El contagio imitativo de la invención -reiteraba Silió, siguiendo a Tarde- no se produce intensamente sino a partir de la cima social. Es propio de la propagación imitativa que emite el superior al inferior»57.

A lo largo del período republicano, Silió militó en el partido monárquico Renovación Española, bajo la dirección de Antonio Goicoechea, ocupando el cargo de vocal, junto a Ramiro de Maeztu, Pedro Sainz Rodríguez, Honorio Maura, etc58. Y consiguió ser elegido, gracias al apoyo activo del conjunto de las derechas, miembro del Tribunal de Garantías Constitucionales59.

No fue, sin embargo, la actividad política su único objeto de interés en aquellos momentos. Muy en la línea de los teóricos neotradicionalistas de «Acción Española», y haciéndose eco de las profecías de Oswald Spengler y Nicolai Berdiaev, Silió presagiaba el advenimiento de una «Nueva Edad Media», de entre las ruinas de la sociedad liberal. Esta convicción se puso de manifiesto en una serie de estudios biográficos dedicados a las figuras carismáticas de Alvaro de Luna e Isabel La Católica. De tal guisa, el vallisoletano elaboró una suerte de interpretación cíclica de la historia como sucesión de períodos «constructivos» y de períodos «críticos». «En los primeros se afirma la resolución juvenil, se crea y se edifica. En los segundos, se analiza y destruye». Y, a ese respecto, existían evidentes analogías entre el período republicano y la época de Alvaro de Luna. «Los castillos de la nobleza, semilleros entonces de rebeldía, tienen hoy su representación, adecuada a la hora que vivimos, en los pendones y banderías sociales y políticas que luchan por la dominación»60. En ese sentido, el Condestable de Castilla fue, como Primo de Rivera, un dictador fracasado, cuyo proyecto político había consistido en «afirmar el poder del Rey y abatir el de la desmandada nobleza, no con otros caballeros como él, sino con gente de estirpe real, emparentada, muy de cerca, con su señor don Juan II»61. Isabel La Católica, sin embargo, consiguió llevar a cabo la «revolución desde arriba» que Alvaro de Luna había, en cierta forma, planteado; pero que fue incapaz consolidar políticamente: «Lo hizo con arte insuperable; pero lo pudo hacer porque el pueblo capaz de concentrarse y elevarse, existía»62. Su ejemplo marcaba, pues, el camino a seguir, tras doscientos años de «liberalismo enciclopedista»63.

El estallido de la guerra civil sorprendió al político vallisoletano en su finca de Molledo, mientras redactaba la biografía de la Reina Católica. En poder del Frente Popular la localidad santanderina, Silió estuvo confinado allí hasta la llegada de las tropas de Franco. El viejo político conservador, aunque totalmente identificado en un primer momento con el nuevo Caudillo, temió, como otros políticos monárquicos, una excesiva mímesis del régimen político nacido de la guerra civil con respecto a los sistemas fascistas. Su actitud ante los falangistas, en los que veía una masa tan demagógica como inexperta, fue muy recelosa: «La función más difícil -advertía- es la de gobernar, y no creo que se haya dado nunca el caso de un gobernante digno de tal nombre a quien le faltase experiencia». «Nadie se entregue a sueños hiperbólicos que nuestra antigua grandeza pueda resucitar al conjuro mágico de una retórica imperialista»64. Lejos de aquellas peligrosas innovaciones totalitarias, el nuevo Estado debía seguir las líneas generales de la «ideología españolista», cuyos máximos representantes eran, como ya sabemos, Balmes, Donoso, Menéndez Pelayo… y Cánovas del Castillo, de quien Silió pretendía dar una interpretación contrarrevolucionaria, tradicionalista y antiliberal; su contenido podía resumirse en Catolicismo, Monarquía, régimen corporativo y paternalismo social:«Nuestra revolución ha sido contrarrevolución antimarxista, y nuestras soluciones, impregnadas de espíritu verdaderamente cristiano, que excluye de manera tajante la explotación del hombre por el hombre, ha de ser también antimarxista: de fusión y hermandad de los más cultos, más ricos, más diestros o más fuertes, con los más iletrados, más pobres, menos hábiles o más débiles; no de cambio de tiranía y dominación»65.

Nombrado académico de Ciencias Morales y Políticas, en sustitución de Antonio Zozaya, en diciembre de 1940, su discurso de ingreso, que fue contestado por Antonio Goicoechea, versó sobre Maquiavelo y el maquiavelismo en España, donde sometió a crítica los principios secularizadores de la modernidad, a los que contrapuso la concepción tradicional católica del Estado defendida por Mariana y Quevedo66.

Finalmente, César Silió falleció en Madrid el 17 de octubre de 1944, a los setenta y nueve años. Con él moría toda una etapa de la historia de la derecha española. Sus ideas y trayectoria política fueron reflejo de la problemática y las contradicciones del conservadurismo liberal español; y resultó ser, además, expresión de las motivaciones y condicionamientos, aún no suficientemente estudiados, de una de las variantes del nacionalismo español a lo largo del siglo.



Pedro Carlos González Cuevas



 

Un crítico de la partitocracia indice La historia como arma política

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.