El pensamiento
político de Silio
La
crisis de 1898 puede ser definida como una crisis de
identidad nacional, caracterizada por el derrumbe de los
valores con que hasta entonces se había estructurado la
sociedad. Los valores en que se asentaba el concepto de
nación española y el régimen político se hundieron y
no se veía claro el futuro1. Posteriormente, el impacto
de la Gran Guerra iba a favorecer la edificación en
nuestro suelo, como ocurrió en el resto de Europa, de un
nuevo sistema sociopolítico de carácter corporativo,
consistente en la articulación de nuevos mecanismos de
transacción de los intereses sociales organizados, en
detrimento de un parlamentarismo cada vez más debilitado
y acosado por la emergencia de nuevos retos políticos y
sociales, como los representados por el bolchevismo, el
sindicalismo revolucionario o el fascismo2. Así, la
crisis de entreguerras iba a configurarse en la sociedad
española como producto de la interacción entre los
factores característicos de la coyuntura internacional
-el desafio de la revolución rusa, la crisis del
capitalismo liberal devenido en corporativo, etc- junto a
los factores puramente endógenos, como era la crisis de
la conciencia nacional, el auge de los localismos y de
los nacionalismos periféricos.
La obra y la actividad política de César Silió y
Cortés (1865-1944) resulta inseparable de esta coyuntura
histórica; y representa el engarce de las dos grandes
crisis de la sociedad española contemporánea, la de
identidad nacional y la sociopolítica, vinculadas a las
fechas emblemáticas de 1898 y 1917/1931.
I. EL HOMBRE Y SU FORMACION
César Silió y Cortés nació en la localidad
vallisoletana de Medina de Rioseco el 18 de abril de
1865. Su padre, Eloy Silió, fue uno de los
representantes más característicos de la burguesía de
Valladolid: fundador de la Tejera Mecánica, miembro de
la Junta Directiva de la Cámara de Comercio
Vallisoletana, accionista de El Aguila y de la Sociedad
Industrial Castellana, así como fundador de los
Círculos Obreros Católicos3.
Silió estudió la carrera de Leyes en la Universidad de
Valladolid y en la Central, licenciándose en derecho
civil y canónico. Una vez terminados sus estudios, se
incorporó al Colegio de Abogados de Valladolid y, para
ejercitarse en la práctica profesional fue pasante en el
despacho de Angel María Alvarez Taladriz, criminalista
adscrito a la escuela positivista italiana de Lombroso,
Ferri y Garofalo. La influencia de estos autores fue muy
importante en su formación intelectual. En sus primeras
publicaciones sobre criminología, Silió se autodefinió
como un «positivista crítico», cuyo objetivo era
«armonizar la perspectiva materialista y determinista de
la escuela positiva con los dogmas del catolicismo
tradicional4.
En ese sentido, Silió sometió a una crítica radical
los supuestos del iusnaturalismo. Desde su perspectiva,
tanto el jurista como el criminalista no podían partir
de conceptos apriorísticos, sino del estudio de las
causas, de los datos empíricos que suministraban la
antropología, la historia, la sociología, la geografía
y demás ciencias positivas: «El clasicismo muere y el
positivismo gana terreno cada día. El estudio directo de
los hechos reales y efectivos tal cual la vida los ofrece
o los presenta, desde seres efectivos y reales, no
soñados por la creadora fantasía, que estos hechos
realizan y de la sociedad en cuyo seno todos juntos se
mueven y batallan»5. Así, el crimen podía ser
considerado como «un fenómeno natural», consecuencia
tanto de las anomalías individuales, como de factores de
carácter social o fisico-geográfico6. Silió otorgaba
prioridad a los factores antropológicos a la hora de
interpretar fenómeno de la criminalidad. Y, como
Lombroso, defendió la teoría del atavismo de los
criminales: «Tal es el hombre criminal; físicamente, un
ser en quien se advierten con frecuencia anomalías,
raras por el contrario entre los hombres que viven
honrada y libremente; en la moral, cuanto hay de bajo, de
odioso y repugnante, habita sin protesta en su alma y lo
conduce a la pendiente del delito»7. A ese respecto, los
factores sociales eran secundarios. Concretamente, el
robo podía ser explicado como «natural producto de la
codicia y la vagancia»8. Y es que, a su juicio, la
principal causa de los delitos no era otra que la
inadaptación del individuo al organismo social: «Los
factores antropológicos, inherentes a la persona del
delincuente, son el coeficiente primero del delito»9.
Tal diagnóstico llevaba implicita una concepción
orgánica de la sociedad. De acuerdo con la perspectiva
positivista -y también con la católica- existía una
clara analogía entre la sociedad y el organismo. La
sociedad en sus varias formas un sistema orgánico, un
todo que es más que las partes, y que representa un
consenso universal de sus miembros. Ambos, sociedad y
organismo, son agregados celulares sometidos a la
necesidad de mantenerse en la lucha por la existencia. Y
era aquí donde radicaba la posibilidad de aplicar a los
organismos sociales las leyes biológicas estructurales y
evolutivas: «Es una ley biológica que preside la
evolución de los organismos todos, la supervivencia de
los más aptos en la eterna lucha por la existencia a que
están sujetos los seres de la Creación en su infinita
variedad, desde aquellos simplicísimos que apenas
aparecen animados por el soplo misterioso de la vida,
hasta el hombre, resumen de cuanto late, bulle y se agita
en el Universo; y esta misma Ley, inviolable,
indestructible, escrita por Dios en el gran código de la
Naturaleza, rige igualmente en la vida de las ideas»10.
Concebida la sociedad como un organismo, ha de defenderse
de sus enemigos: los criminales, los delincuentes, los
anarquistas; todos aquellos, en fin, que pretenden
subvertir las bases del orden social: «Aún dando como
nosotros damos por sentado que el hombre es un ser libre,
las múltiples limitaciones de esta libertad de una
parte; la absoluta imposibilidad de graduar la pena por
los grados mismos de esa libertad imponderable; lo
dificil y aún lo imposible de la distinción entre actos
libres y no libres, y la necesidad de la defensa social,
son motivos más que suficientes para que se abandone el
criterio de la escuela clásica y se afirme el
fundamentalmente defensivo de la penalidad, que es a la
vez reacción inevitable del organismo social contra el
delito, y manifestación última de la lucha por la
existencia que rige la vida de los individuos y la vida
de las colectividades»11 Por ello, Silió criticaba,
junto a la permisividad de las leyes penales, el juicio
por jurado, «institución santificada en las altares de
la libertad por demócratas del día e incapaz de
resistir, tal como es aquí en España, al menos, el más
ligero examen ante el tribunal de la ciencia»12.
Junto a la escuela positivista italiana, es perceptible
la influencia del sociólogo francés Gabriel Tarde, en
quien vió al principal representante de la «nueva
ciencia» sociológica13. La genética de los usos
sociales desarrollada por Tarde fue recogida por el
vallisoletano en varias de sus obras. Como en Tarde,
Silió tiene por base el binomio invención-imitación,
donde el elemento realmente importante corresponde al
hombre eminente, pensador, soldado, político. Toda
sociedad vive en un estado permamente de imitación que
es un estado no racional. Se imita por la fuerza del
prestigio, no por propio razonamiento. Las clases
inferiores imitan a las superiores: «Los grandes
cambios, las transformaciones profundas van asociadas
siempre al hombre prestigioso que dirige, congrega,
empuja al pueblo comunicándole su fe y sus entusiasmos,
y precedidas siempre de un brote fecundísimo de ideas,
enunciadoras de mil deseos antes dormidos y de mil ansias
antes no expresadas»14. En directa relación con esta
perspectiva, Silió recogió igualmente las aportaciones
del sociólogo Gustave Le Bon sobre la psicología de las
multitudes. Como el francés, Silió veía en las masas
una serie de peligrosas predisposiciones hacia la
violencia y el entusiasmo político, que debían ser
canalizadas por las élites.Intelectualmente, la multitud
es siempre inferior al individuo, pero moralmente puede
ser buena o mala, cobarde o heroica; todo depende de su
determinación o propensión y de la capacidad de las
mino-rías directoras: «La multitud es el gran
colectivo, lo opuesto, en cierto modo, al ser individual;
es el monstruo voluntarioso, apasionado que arrolla, sin
vacilar, cuantos obstáculos estorban o entorpecen su
carrera triunfal (
) Pero la multitud no es un ser
acéfalo: sobre la masa abigarrada (
) se alzan
siempre unas cabezas que dirigen»15.
Esta secularizada perspectiva positivsta intentaba
enlazarse, por parte de Silió, con los supuestos del
conservadurismo católico español, lo que él llamaría
«la ideología españolista», cuyos máximos
representantes eran, a su juicio, Balmes, Donoso Cortés,
Cánovas del Castillo, y Menéndez Pelayo. Esta posición
ecléctica puede verse no sólo en su posterior
producción historiográfica, sino en su concepción del
hecho nacional. Aquí la influencia de Taine es
igualmente manifiesta. La ciencia política no podía
considerarse en términos estrictamente universales, sino
que era preciso atender al proceso singular de formación
de cada pueblo. Cada nación se ha constituido a través
de las determinaciones del medio físico, geográfico y
de las costumbres; lo que venía a dar una imagen
peculiar de cada pueblo, de cada nación: el «carácter
nacional». «La raza, el territorio, el aire, el cielo,
el género de vida, cuanto interviene en la formación
del carácter nacional, se refleja en las obras
producidas en cada una de esas agrupaciones en que la
humanidad se subdivide
»16. El «carácter
nacional» se identifica con una tradición específica.
La Patria era «la difusión del alma propia, que se
detiene en las lindes del solar reducido en que la vista
se espacía de ordinario, donde reposan las cenizas, de
padres y abuelos, sobre la cual se destaca la vieja torre
de la Iglesia que escuchó sus plegarias y que fue
testigo de su fe, ora se extiende hasta las remotas
fronteras abarcándola todo en su solo amor, todo
orgullo»17. La tradición española se identificaba
básicamente con la Monarquía y la religión
católica18. Sin embargo, no nos encontramos ante un ente
estático. La nación no es solo la tierra y los muertos,
o las instituciones tradicionales; es igualmente un ente
que se proyecta, siguiendo las directrices de los
individuos egregios y de las minorías conscientes, en un
programa de quehaceres propios que permiten conseguir
toda una serie de bienes -utilidad, bienestar, riqueza,
civilización; tal es su perspectiva conservadora y
modernizadora, a la vez. «Si fuera permanente,
invariable, el genio de una raza, y omnímodo el poder de
la tradición, no veríamos nunca propagarse de una a
otras naciones las ideas, las modas y las prácticas, ni
morir instituciones que un día merecieron respetuosa
sumisión y ferviente culto (
) La idea nueva y la
idea tradicional son una misma cosa después de todo,
contemplada en dos momentos diferentes: la una es el ser
que nace; la otra es el ser cuya cabeza orla de canas la
venerable ancianidad»19. Y, en ese sentido, no dudaba en
criticar ciertos aspectos de la visión tradicional de
España, a la que acusaba de «fomentadora de vanidades
indolentes»20.
II. DIAGNOSTICO DE UNA DERROTA
Su actividad intelectual no fue obstáculo para el
desarrollo de una amplia labor empresarial y política. A
la situación heredada de su familia, Silió sumó su
propia actividad económica; y logró incrementar su
patrimonio. Con el tiempo, presidió «La Cerámica» y
«Cervezas El Aguila», además de ser consejero del
Banco Hispano-Austro-Húngaro, del Banco de Madrid y de
Santillana de Electricidad21.
Pero su vida política se inició en las instituciones
locales vallisoletanas, siendo concejal y diputado
provincial dentro de la corriente gamacista. A lo largo
de esta etapa, su interés se centró en los problemas
demográficos y de higiene pública que azotaban a la
capital castellana: «Valladolid pierde anualmente -dirá
en una conferencia- 1041 vidas que podría conservar. La
muerte roba a nuestra población batallones cada año».
El grueso de la responsabilidad recaía en «la inacción
inexplicable de las autoridades y poderes que debieran
establecer y reglamentar la higiene pública»22.
Al mismo tiempo, Silió participó, en 1893, en la
fundación de «El Norte de Castilla», junto a Santiago
Alba, compañero de estudios en la Facultad de Derecho y
casado con su prima Enriqueta Delibes. Silió aportó
veinticinco mil pesetas, la mitad del capital que debía
invertirse en la compra23. Las orientaciones divergentes
que adoptaron sus propietarios tras la crisis de 1898,
llevaron a la ruptura y a la salida a Silió del diario
en 1901.
El desastre de 1898 supuso para el vallisoletano un
motivo capital de reflexión política, intelectual e
incluso histórica. Su posterior militancia maurista y
sus proyectos regeneracionistas son producto directo de
la apabullante impresión de decadencia que siguió a la
derrota del 98. Para Silió, el Desastre inaguró «una
crisis aguda de patriotismo», a la que era preciso poner
término24. Su visita, como corresponsal de «El Norte de
Castilla», a la Exposición de París fue la primera
ocasión que tuvo para reflexionar sobre las causas de la
derrota militar ante los Estados Unidos. Silió quedó
verdaderamente asombrado al contemplar la pujanza
industrial, política y económica de Francia, Gran
Bretaña y Alemania. La insignificacia español, en
cambio, le dejó consternado: «He vuelto de París tan
admirado del hermosísimo imponderable alarde que la
Exposición significa, como entristecido y confuso del
papel que allí hacemos. Aunque me duela mucho la
confesión, habré de decirlo: no somos europeos». La
Exposición había sido para España «un nuevo latigazo
recibido en la cara», «una verguenza». Sus secciones
españolas reflejaban el atraso en que se encontraba la
nación. Eran la imagen de una sociedad subdesarrollada,
anclada en glorias pretéritas, donde estaba ausentes los
valores característicos de la burguesía y de las clases
medias: «Nuestro Palacio es un estanque: los tapices,
las armaduras, las paredes hablan de nuestra historia,
del pasado, de la leyenda de oro que habíamos convenido
en abandonar (
) El extranjero que en él entre
saldrá diciendo cuanto más: ¡ah!
¡qué España
esta del siglo XVI!
¡que grande era! Pero
¿y la España de hoy? ¿No hay hoy España?»25.
¿Cuáles eran las razones de esta situación? Armado con
las herramientas del organicismo, de la sociología
positivista y del conservadurismo católico, Silió iba a
intentar dar una respuesta a esta interrogante.
Siguiendo las teorías de Tarde, Silió estimaba como una
de las causas la ausencia de un hombre ejemplar, capaz de
mover a los demás a seguirle e imitarle. «No hay
multitud sin jefe, y solo vive la multitud mientras
conserva una cabeza que la guíe»26. Por ello, la
circunstancia española no podía ser considerada como
consecuencia directa de una tara innata del «genio
nacional» hispano, y es que, como sabemos, para Silió,
la existencia de un sustrato étnico configurador de la
nación no era un dato especialmente significativo; el
problema radicaba en la ausencia de una minoría
dirigente digna de tal nombre, capaz de dar forma a la
colectividad mediante mecanismos correlativos de
ejemplaridad, es decir, «por ausencia total de
dirección, por falta de fe, de iniciativas, de ejemplos
provechosos de nuestras clases superiores»27. De esta
forma, el vallisoletano adelanta, en su diagnóstico,
algunas de las tesis desarrolladas por José Ortega y
Gasset en su España invertebrada28.
El atraso global y la invertebración de la sociedad
española se reflejaban igualmente en la influencia del
movimiento anarquista en importantes sectores de la clase
obrera. Para Silió, el anarquismo no pasaba de ser «una
secta de criminales fanáticos», cuyo único objetivo
era el retorno «al estado salvaje» y «la destrucción
universal». Pero su mera presencia implicaba la
existencia de «un profundo transtorno de la economía
social». Por todo ello, debía ser combatido no sólo
mediante la represión policial, sino con una política
de reforma social destinada a erradicar «las
desigualdades irritantes». Otro de los factores de
decadencia nacional era el escaso nivel demográfico de
la sociedad española. España era «el país de la
mortalidad indisculpable»; y ello era consecuencia del
«abandono incalificable de los preceptos de la higiene»
por parte no sólo de los poderes públicos, sino de los
particulares.
Mayor importancia y transcendencia poseía, sin embargo,
la emergencia de los nacionalismos periféricos, al
socaire de la crisis del 98. A juicio del vallisoletano,
esta aparición se debía a la debilidad de la capacidad
directora de los poderes públicos y a la escasa
representatividad del sistema político, es decir, «al
divorcio grande, total, entre el Gobierno y los
gobernados». La nación era concebida por Silió como un
sistema surgido por agregación de unidades inferiores,
que se integran en torno a una colaboración común,
nacida de la «imitación» y de la interacción entre
sus diversos componentes. En ese sentido, tanto el
nacionalismo vasco como el catalán suponían un intento
regresivo de detener el proceso de articulación
orgánica de las distintas unidades sociales en un nivel
superior de integración: «Su victoria sería algo más
que una disgregación de un gran pueblo que no debe
morir, que vivirá, mal que les cuadre a algunos
extraviados; sería un verdadero salto atrás en nuestra
histórica evolución (
) El separatismo no es sólo
un crimen de lesa-patria, es la negación de progreso».
Silió consideraba imposible tomar ideológicamente en
serio el nacionalismo vasco, cuyas divagaciones
historicistas y etnológicas tan solo podían provocar
«risa» e «indignación». Se trataba, además, de un
movimiento político abiertamente regresivo, cuya
idealización de las formas de vida rurales, del pasado
pre-industrial y de la raza vasca suponían un claro
obstáculo a la modernización social y económica de
aquella región. Frente a la brutal franqueza del
bizkaitarrismo, el nacionalismo catalán se mostraba
«menos descarado y radical», pero su actitud ante el
resto de la nación española resultaba cuando menos
equívoca y, en cualquier caso, «tan escasa de
apariencia de grato y dulce deber impuesto por el
corazón mismo, que ni nos satisface, ni es posible que
satisfaga a ningún español». Por otra parte, su
insistencia en factores de carácter cultural o
lingüístico diferenciadores era, de cara a la
legitimación de cualquier proceso independentista, por
completo irrelevante. No obstante, el vallisoletano en
modo alguno se mostraba partidario de una centralización
a ultranza, que juzgaba «una adulteración desdichada
del centralismo francés». Y, por ello, propugnaba una
reforma de la vida local, que suprimiera la influencia
del caciquismo29.
Todos estos problemas exigían una decisión por parte de
los individuos egregios y de las minorías conscientes,
capaces de articular una moral nacional y de llevar a
cabo lo que él llamaba la «revolución desde arriba».
«Una dirección nueva, ejercitada sabiamente desde el
poder, que corrigiera con mano fuerte los malos hábitos
y fomentara aquellas inclinaciones de cuya práctica y
cultivo deriva la grandeza de los pueblos modernos»30.
Y, en ese sentido, su posterior adhesión al maurismo fue
consecuencia de la propia coherencia de sus
planteamientos políticos.
II. LA REFORMA INTELECTUAL Y MORAL: EL MAURISMO
A la muerte de Germán Gamazo, Silió encontró en
Antonio Maura, a quien posteriormente dedicó una
significativa biografía, el líder ejemplar capaz de
llevar a cabo la solución de los problemas que acuciaban
la sociedad española. Así lo expresó en una carta
ditirámbica enviada al político mallorquín: «¡Ojalá
todos los políticos pensaran como Usted! ¡Entonces sí
que sería fácil que esta pobre nación se levantara y
caminase hacia adelante!»31.
Elegido por vez primera diputado en 1903, por Valladolid,
circunstancia que pudo repetir en las seis elecciones
posteriores hasta 1918, Maura vió en Silió a su hombre
de confianza en la política vallisoletana,
convirtiéndole en jefe del partido conservador local
hasta la ruptura del mismo en 1913. A lo largo de esta
etapa, el panorama político de Valladolid fue muy claro:
los escaños electorales se repartieron mayoritariamente
entre los seguidores de Santiago Alba y los de Silió,
con notoria ventaja de los primeros, que supieron
controlar mejor los resortes. Liberales y conservadores
optaron por una política de pacto en los temas
fundamentales. Silió fue uno de los adalides de esta
posición, aunque en algún momento se quejó a Maura de
la clara hegemonía del albismo en la provincia: «Es
cierto -señalaba en una carta- que en varias ocasiones
hemos coincidido teóricamente en la conveniencia de una
política local y provincial que serenase los espíritus
y apaciguara rencores y querellas que a todos dañan:
pero también lo es -y Alba sabe que de ello estoy
dolido- que en la práctica cotidiana los que se titulan
albistas, para llamarse de algún modo, aprovechan e
inventan ocasiones en que molestamos y solo se acuerdan
de la concordia en aquellos pleitos en que se ven
perdidos»32.
A lo largo de su etapa parlamentaria, Silió perteneció
a importantes comisiones, entre ellas las que
intervinieron en los presupuestos, el orden público, la
modificación del código de comercio, etc. Igualmente,
fue uno de los más entusiastas defensores del proyecto
de reforma de la administración local auspiciado por
Maura; y que consideraba como la justa respuesta al
fracaso de «la política centralista, absorbente,
envilecedora, que apartó a tantas gentes del ejercicio
de la ciudadanía y convirtió la cosa pública, por la
osadía de los ambiciosos, que eran los menos, y el
cobarde abandono de los más en patrimonio de gremios o
mesnadas». A ese respecto, el vallisoletano defendió el
proyecto de la acusación de reaccionarismo, por su
introducción del voto corporativo. A su entender,
aquella medida no planteaba una crítica trascendente al
liberalismo, ni modificaba sustancialmente su concepción
de la sociedad ni de la representación política. La
concepción organicista, tal y como la entendía Maura,
era tan sólo un elemento complementario de la
representación individual, que debía traer consigo la
incorporación de los grupos sociales y económicos hasta
entonces ausentes de la vida política: «Pescadores,
labriegos, industriales, comerciantes, obreros,
asociaciones económicas y de cultura, que no sean
artificios ni ficciones, sino modalidades y realidades
vivas en cada Municipio, formarán parte de los
ayuntamientos y ejercerán saludable acción en su
vida». Las medidas propugnadas por Maura pondrían,
así, fin al «parlamentarismo municipal», sistema
fracasado y falto de crédito popular, que el nuevo
sistema corporativo se encargaría de superar: «La
totalidad de los concejales a legislar, a decidir; al
alcalde y sus adjuntos a regir, a administrar»33.
No obstante, el objeto principal de sus preocupaciones
era el tema de la educación, lo que él llamaba la
«pedagogía nacional». Desde una perspectiva
ideológica como la suya fuertemente influida por la
sociología positivista, lo fundamental era conseguir un
consenso nacional, a través de ideas comunes que se
imponen a los individuos haciendo converger sus intereses
y actividades. Las formas sociales no eran totalidades
naturales inconscientes, como los organismos biológicos.
Su conexión se apoyaba en la conciencia y era producida
por ideas comunes; y eran estas ideas las que mantenían
unidos a los hombres en sociedad, produciendo la
cooperación. En este sentido, Silió era por completo
opuesto a las doctrinas pedagógicas de la Institución
Libre de Enseñanza y de las escuelas nacionalistas y
laicas. Así, el 14 de diciembre de 1906, Silió apoyó,
junto a Sánchez Guerra y La Cierva, una proposición
incidental en la que se instaba al Congreso a que
declarase que «la propaganda que se hace en las escuelas
laicas de Barcelona es contraria a la Constitución y a
las leyes y debe ser, por tanto, reprimida por el
gobierno». Silió defendió esta proposición
advirtiendo que en la capital catalana existía un
auténtico vivero de anarquistas y leyó textos de la
Escuela Moderna, en los que se ponía en cuestión los
fundamentos del orden social, moral y religioso. El
discurso, que tuvo una gran resonancia en el Congreso y
en la prensa, fue contestado ese mismo día por el
ministro de Instrucción Pública, Amalio Gimeno, liberal
muy influído por las doctrinas de los institucionistas;
y, al día siguiente, por el líder republicano Alejandro
Lerroux34.
Al año siguiente, con Maura ya en el poder, Silió fue
nombrado subsecretario de Instrucción Pública y Bellas
Artes, bajo la dirección del ministro Faustino
Rodríguez Sampedro; y continuó enviando informes a
Maura sobre el desarrollo de las escuelas racionalistas y
laicas en Barcelona35. A lo largo del «gobierno largo»
de Maura, la Institución Libre de Enseñanza sufriría
graves dificultades, sobre todo en lo referente al
control de la Junta de Ampliación de Estudios. A los
institucionistas, la España gobernada por los
conservadores de Maura se les antojaba «una España
envilecida»36.
La escuela para Silió debía ser el instrumento de
consolidación de la política nacional emprendida por
Maura. El nacionalismo era el proyecto político llamado
a conseguir la mayor eficacia social; y, por ello, el
sistema de enseñanza era el elemento clave para
imponerlo:«Una pedagogía nacional, bien dirigida y
persistentemente continuada, obraría el milagro de
renovar nuestra alma y, renovándola, tendríamos lo
demás por añadidura: cultura, riqueza, poder, confianza
en el propio valer y en los propios medios». Su modelo
de enseñanza era de claro signo «humanístico», en el
sentido weberiano del término, es decir, encaminado,
sobre todo, a cultivar un determinado modo de vida, que
implica unas particulares actitudes y comportamientos,
con el fin de crear una auténtica elite dirigente.
Admirador del modelo británico, Silió pretendía crear,
en el ámbito español, un paralelo de gentleman, «el
tipo supremo de ciudadano y de clase directora». En ese
sentido, Silió, que solía citar como fuente de
autoridad a «Agathon», pseudónimo del joven
maurrasiano Henri Massis y del hijo de su maestro Gabriel
Tarde, Alfred, figuras descollantes del nacionalismo
conservador francés, se mostraba ferviente partidario de
la enseñanza clásica y confesional. Y no sólo porque
en España el catolicismo era «consustancial con nuestra
historia», sino igualmente por su mayor eficacia social.
La Iglesia católica contribuía decisivamente a mantener
el orden social y político reforzando el orden
simbólico: «(
) No hay educación moral posible
sin el cimiento de una fe, de una Iglesia, de una
confesión religiosa». Laicismo equivalía a
relativismo, internacionalismo, intelectualismo,
pesimismo, es decir, todas las doctrinas, ideologías y
filosofías que perseguían «la disgregación
atomística del núcleo nacional, que solo puede mantener
vigoroso una constante disciplina social puesta al
servicio de un ideal alentador»37.
Silió tardó bastante tiempo en tener la oportunidad de
intentar llevar a la práctica sus proyectos
pedagógicos. Al producirse la crisis de octubre de 1913,
con el gobierno presidido por el estadista mallorquín,
del que también formaron parte otros maurista, como
Antonio Goicoechea y Angel Ossorio. Al frente del
ministerio, Silió intentó plasmar en leyes su proyecto
educativo. Su medida más importante y discutida fue el
Real Decreto de 21 de mayo, en el que se establecía la
primera base de la autonomía universitaria. Las
directrices del Decreto, en cuya elaboración
intervinieron Laureano Díaz Canseco y Adolfo Bonilla
Sanmartín38, eran la autonomía administrativa, la
consideración de la Universidad como instituto
profesional y de los estatutos por las universidades,
reservando al Estado la alta inspección de las
directrices básicas de los planes de estudio y de la
función examinadora del grado con la consiguiente
expedición del título39.
El Decreto fue recibido muy desfavorablemente por el
grueso de la intelectualidad liberal y el pleno de la
Institución Libre de Enseñanza. Manuel Bartolomé
Cossío le acusó de «impulsiva precipitación», tanto
en la forma como en el contenido; de abstracto en sus
presupuestos esenciales y, sobre todo, de no suscitar ni
excitar «la autonomía de pensamiento en las
universidades». El socialista Julián Besteiro expresó
su temor de que, mediante las medidas propugnadas por
Silió, la universidad fuese puesta a merced de las
fuerzas católicas. El claustro universitario se
manifestó contrario al proyecto, acusándole de otorgar
a «instituciones extrauniversitarias el derecho a
conceder las certificaciones a que se refiere el
decreto». La protesta iba firmada por Blas Cabrera,
García Morente, Cossío, Rey Pastor, Menéndez Pidal,
Besteiro, etc40.
Pero el vallisoletano tan sólo estuvo tres meses al
frente de Instrucción Pública, porque, formadas las
Cortes con mayoría conservadora, pero no maurista, la
famosa discusión sobre el acta de Coria hizo que el
gobierno fuese derrotado, provocando la crisis total.
Al cabo del tiempo, Silió animó a Maura, ante la crisis
social y política agravada por los desastres militares
en Africa, a que presidiera un nuevo gobierno: «No tengo
la ridícula pretensión de influir en sus decisiones.
Unicamente digo que honradamente creo que el factor
prestigio está con Usted, no en los demás que puedan y
quieran o no acompañarle»41.
Silió retornó al Ministerio de Instrucción Pública en
el nuevo gobierno Maura, formado tras el desastre de
Annual. En esta ocasión, consiguió que fueran aprobados
los estatutos universitarios, lo que fue muy bien
recibido por la opinión católica, que vió en ello «la
iniciación de una época memorable en la historia del
progreso nacional, por cuanto supone el acabamiento de un
sistema funesto y aspira a ser el punto de partida de una
nueva era cultural»42.
Medidas significativas de Silió en su nueva etapa de
ministro fueron igualmente la declaración del Día de
Santo Tomás como fiesta oficial del estudiante y la
apertura de un concurso para premiar con setenta y cinco
mil pesetas al autor de «El Libro de la Patria», cuyo
modelo serían los elaborados por Amicis y Mantengazza,
en Italia, o Bruno, en Francia, «al par dechados de
belleza literaria y eficaces incubadores de
patriotismo». El leit motiv de aquella obra no podía
ser otro que «socializar el mayor número de individuos
lo más intensamente posible, dentro del grupo nacional
en que conviven, a fin de que este grupo pueda afrontar
la competencia de los grupos extraños o rivales». Al
mismo tiempo y en ese mismo sentido, Silió propugnaba
una política de fomento y protección de los monumentos
nacionales.43
Caído Maura, el vallisoletano continuó, a ruegos de su
jefe político, al frente del ministerio, en el gobierno
presidido por Sánchez Guerra, pero dimitió tres semanas
después de su constitución, en protesta por la
suspensión del estado de excepción en Barcelona. A su
salida del gobierno, sus iniciativas fueron arrinconadas,
con gran disgusto de los sectores católicos, que
atribuyeron la responsabilidad de la suspensión a la
Institución Libre de Enseñanza, «los enemigos de la
Universidad, que son los que acaparan el presupuesto de
Instrucción Pública y disfrutan del monopolio de los
ensayos pedagógicos»44.
A diferencia de otros mauristas, como Ossorio y Gallardo
o el Conde de Vallellano, que abandonaron su antigua
militancia política para colaborar en la fundación del
Partido Social Popular, Silió permaneció, junto a
Goicoechea, al lado de Maura, negándose a militar en el
nuevo movimiento político45. En sus intervenciones
públicas, el vallisoletano no escatimó críticas a los
partidos y al régimen parlamentario, mostrándose
abiertamente pesimista en relación a la supervivencia
del régimen constitucional: «Porque -señalaba- el
Parlamento, que debiera ser cauce por el que discurrieran
aguas fertilizantes ya hace tiempo se viene convirtiendo
en cloaca y vertedero de inmundicias»46. Por ello,
llegó a considerar el advenimiento de la Dictadura como
un «episodio inevitable»47.
IV. LA DICTADURA
Sin embargo, este diagnóstico no supuso, al menos en un
primer momento, una condena global del sistema
parlamentario o del régimen liberal. Su actitud ante la
Dictadura no estuvo libre de contradicciones. Frente a la
actitud de Calvo Sotelo, Vallellano y otros mauristas,
Silió, como Goicoechea, aceptó muy tardíamente la
colaboración con Primo de Rivera. Su fidelidad maurista
estuvo en la base de sus disensiones. A su entender,
Maura y Primo de Rivera eran dos personalidades
antitéticas e inconciliables: «Maura, tras madura
reflexión sedimentada en su conciencia, caminaba de modo
rectilíneo. Primo de Rivera, guiado por la intuición,
impulsivo, navegaba en constantes bordadas y rápidos
virajes
»48.
Ante la división del maurismo en relación a la
Dictadura y a su nuevo partido, la Unión Patriótica,
Silió redactó, junto a otros correligionarios, una
carta en la que se consultaba a Maura sobre el camino a
seguir. En su respuesta, el líder conservador se mostró
contrario a la Dictadura y descalificó a la Unión
Patriótica49. La censura prohibió la circulación de la
carta y Primo de Rivera llegó a exigir a Maura una
rectificación de algunos de los puntos de la carta, cosa
que no hizo. Meses después, Maura envió al
vallisoletano y a otros mauristas de su confianza un
apunte confidencial, donde se perfilaban las líneas
generales de una reforma constitucional, cuya novedad
más significativa era la elección de un segundo grado
de presidente del gobierno, consultándoles su opinión
al respecto50. En su respuesta, Silió se mostraba
todavía como un conservador liberal. Juzgaba
«radicalísimas» las reformas propugnadas por su jefe
político; pero se mostraba de acuerdo con ellas en lo
fundamental. Creía que no podía prescindirse de los
partidos políticos; y se mostraba a favor del
presidencialismo, porque, según él, «la experiencia ha
acreditado ya suficientemente que la Corona es incapaz de
mantener en el Gobierno a los mejores servidores del bien
público; que las Cortes se sienten más solicitadas por
el afán de mando y de botín, casi único motor de los
partidos y los grupos políticos, que por su cometido
fundamental de legislar al servicio de la nación». No
obstante, defendía el mantenimiento de las prerrogativas
del monarca; y de que la formación de la cámara popular
partiese de «la doble representación individual y
corporativa»51.
Sin embargo, los éxitos de la Dictadura matizaron, una
vez muerto Maura, las críticas de Silió, al igual que
las de otros mauristas, como Goicoechea; y ambos
aceptaron colaborar en la redacción del proyecto
constitucional auspiciado por el Dictador. Y fue
nombrado, junto a Goicoechea, Maeztu, La Cierva, Víctor
Pradera, Gabriel Maura, etc, miembro de la Sección
Primera de la Asamblea Nacional Consultiva encargada de
la elaboración del nuevo texto constitucional. En sus
intervenciones, Silió mostró un sensible cambio en sus
convicciones políticas. Ahora, se mostraba partidario no
de una mera reforma constitucional, sino de un nuevo
régimen político, basado en una cámara legislativa
única, integrada por representantes elegidos por
sufragio universal y corporativo, a la par; y un Consejo
del Reino, compuesto por miembros natos, nombrados por el
rey o elegidos por las corporaciones. Las facultades de
la cámara única se verían reducidas al «conocimiento,
discusión votación de los proyectos de ley que someta a
su aprobación el Poder Ejecutivo y de las proposiciones
que por propia iniciativa patrocine en los casos y formas
determinadas por las leyes y el reglamento de la
cámara». El Consejo del reino podría ser oído por el
gobierno «como elemento técnico en la preparación de
los proyectos de ley»; tendría conocimiento de los
proyectos de ley aprobados por la cámara legislativa
«con facultad de devolverlos con su informe para que se
desista o sean de nuevo examinados, antes de someterlos a
la sanción del Monarca»; además, asesoraría al rey
«para el ejercicio del derecho de veto y en las crisis
ministeriales que se produzcan» y podría en algunos
casos designar nuevo Presidente del Consejo de
Ministros52.
El proyecto constitucional, que finalmente, en sus
líneas generales, coincidió con las propuestas
elaboradas por Goi-
coechea, Gabriel Maura y Silió, no llegó ni tan
siquiera a discutirse53. A la caída de la Dictadura,
incluso se olvidó su existencia. Por todo ello, el
balance de la experiencia primorriverista fue, para el
vallisoletano, abiertamente negativo: «Erró mucho la
Dictadura; erró, sobre todo, al prolongarse
innecesariamente y desaprovechar los momentos en que fue
posible desaparecer con decoro y con autoridad»54.
En los estertores del régimen monárquico, Silió
participó, al lado de Gabriel Maura, Goicoechea, Montes
Jovellar y otros antiguos mauristas, en la generación
del llamado Centro Constitucional, cuya figura más
significativa era Francesc Cambó; y que no llegó a
cuajar como fuerza política a causa de la enfermedad del
político catalán y de la rápida caída de la
Monarquía55.
V. FRENTE A LA REPUBLICA
Sin el menor asomo de duda, Silió percibió el
advenimiento de la II República como el preludio seguro
y cierto de una auténtica revolución social, que no
perseguía tan sólo cambiar al rey para que todo
siguiera igual, sino liquidar las bases de la sociedad,
tanto a nivel económico como simbólico. «Hubo
revolución en la calle y quedó impreso el sello,
trazado el primer rumbo de la República, víctima de la
masa, condenada a vejar y destruir para halago de la
masa. La turba esperaba una revolución que se había
prometido de mil maneras y la necesitaba56. La
Constitución republicana había nacido para servir a ese
«sectarismo audaz» y no podía ser asumida, en
consecuencia, por las derechas. Los proyectos de reforma
agraria resultaban tan utópicos como contraproducentes.
Los estatutos de autonomía suponían un intento de
parcelación «en minifundios geográfico-políticos,
desmenuzando el monolito nacional en Estados autónomos y
casi independientes». La legislación laicista en
materia de enseñanza abría el paso a la
desnacionalización y desmoralización de la sociedad
española. Los ataques a la aristocracia tradicional
privaban al conjunto de la sociedad de un referente
simbólico de ejemplaridad. «El contagio imitativo de la
invención -reiteraba Silió, siguiendo a Tarde- no se
produce intensamente sino a partir de la cima social. Es
propio de la propagación imitativa que emite el superior
al inferior»57.
A lo largo del período republicano, Silió militó en el
partido monárquico Renovación Española, bajo la
dirección de Antonio Goicoechea, ocupando el cargo de
vocal, junto a Ramiro de Maeztu, Pedro Sainz Rodríguez,
Honorio Maura, etc58. Y consiguió ser elegido, gracias
al apoyo activo del conjunto de las derechas, miembro del
Tribunal de Garantías Constitucionales59.
No fue, sin embargo, la actividad política su único
objeto de interés en aquellos momentos. Muy en la línea
de los teóricos neotradicionalistas de «Acción
Española», y haciéndose eco de las profecías de
Oswald Spengler y Nicolai Berdiaev, Silió presagiaba el
advenimiento de una «Nueva Edad Media», de entre las
ruinas de la sociedad liberal. Esta convicción se puso
de manifiesto en una serie de estudios biográficos
dedicados a las figuras carismáticas de Alvaro de Luna e
Isabel La Católica. De tal guisa, el vallisoletano
elaboró una suerte de interpretación cíclica de la
historia como sucesión de períodos «constructivos» y
de períodos «críticos». «En los primeros se afirma
la resolución juvenil, se crea y se edifica. En los
segundos, se analiza y destruye». Y, a ese respecto,
existían evidentes analogías entre el período
republicano y la época de Alvaro de Luna. «Los
castillos de la nobleza, semilleros entonces de
rebeldía, tienen hoy su representación, adecuada a la
hora que vivimos, en los pendones y banderías sociales y
políticas que luchan por la dominación»60. En ese
sentido, el Condestable de Castilla fue, como Primo de
Rivera, un dictador fracasado, cuyo proyecto político
había consistido en «afirmar el poder del Rey y abatir
el de la desmandada nobleza, no con otros caballeros como
él, sino con gente de estirpe real, emparentada, muy de
cerca, con su señor don Juan II»61. Isabel La
Católica, sin embargo, consiguió llevar a cabo la
«revolución desde arriba» que Alvaro de Luna había,
en cierta forma, planteado; pero que fue incapaz
consolidar políticamente: «Lo hizo con arte
insuperable; pero lo pudo hacer porque el pueblo capaz de
concentrarse y elevarse, existía»62. Su ejemplo
marcaba, pues, el camino a seguir, tras doscientos años
de «liberalismo enciclopedista»63.
El estallido de la guerra civil sorprendió al político
vallisoletano en su finca de Molledo, mientras redactaba
la biografía de la Reina Católica. En poder del Frente
Popular la localidad santanderina, Silió estuvo
confinado allí hasta la llegada de las tropas de Franco.
El viejo político conservador, aunque totalmente
identificado en un primer momento con el nuevo Caudillo,
temió, como otros políticos monárquicos, una excesiva
mímesis del régimen político nacido de la guerra civil
con respecto a los sistemas fascistas. Su actitud ante
los falangistas, en los que veía una masa tan
demagógica como inexperta, fue muy recelosa: «La
función más difícil -advertía- es la de gobernar, y
no creo que se haya dado nunca el caso de un gobernante
digno de tal nombre a quien le faltase experiencia».
«Nadie se entregue a sueños hiperbólicos que nuestra
antigua grandeza pueda resucitar al conjuro mágico de
una retórica imperialista»64. Lejos de aquellas
peligrosas innovaciones totalitarias, el nuevo Estado
debía seguir las líneas generales de la «ideología
españolista», cuyos máximos representantes eran, como
ya sabemos, Balmes, Donoso, Menéndez Pelayo
y
Cánovas del Castillo, de quien Silió pretendía dar una
interpretación contrarrevolucionaria, tradicionalista y
antiliberal; su contenido podía resumirse en
Catolicismo, Monarquía, régimen corporativo y
paternalismo social:«Nuestra revolución ha sido
contrarrevolución antimarxista, y nuestras soluciones,
impregnadas de espíritu verdaderamente cristiano, que
excluye de manera tajante la explotación del hombre por
el hombre, ha de ser también antimarxista: de fusión y
hermandad de los más cultos, más ricos, más diestros o
más fuertes, con los más iletrados, más pobres, menos
hábiles o más débiles; no de cambio de tiranía y
dominación»65.
Nombrado académico de Ciencias Morales y Políticas, en
sustitución de Antonio Zozaya, en diciembre de 1940, su
discurso de ingreso, que fue contestado por Antonio
Goicoechea, versó sobre Maquiavelo y el maquiavelismo en
España, donde sometió a crítica los principios
secularizadores de la modernidad, a los que contrapuso la
concepción tradicional católica del Estado defendida
por Mariana y Quevedo66.
Finalmente, César Silió falleció en Madrid el 17 de
octubre de 1944, a los setenta y nueve años. Con él
moría toda una etapa de la historia de la derecha
española. Sus ideas y trayectoria política fueron
reflejo de la problemática y las contradicciones del
conservadurismo liberal español; y resultó ser,
además, expresión de las motivaciones y
condicionamientos, aún no suficientemente estudiados, de
una de las variantes del nacionalismo español a lo largo
del siglo.
Pedro Carlos González Cuevas
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