LIBROS: Salvar
la memoria. Una reflexión sobre las víctimas de la
guerra civil
Martín
Rubio, Angel David: Salvar la memoria. Una reflexión
sobre las víctimas de la guerra civil, ed. FES, Badajoz
1999, 190 págs.
Martín Rubio lleva años estudiando el tema de su
última obra y ha publicado innovadores trabajos sobre la
represión republicana en Badajoz y Zaragoza («Razón
Española», vol. XXII, pág. 169 y vol. XXIII, pág. 45)
así como el libro Paz, piedad, perdón y verdad (ed.
Fénix, Madrid 1997). Para ello ha investigado
directamente y ha presentado elaboraciones estadísticas
propias que han aclarado y completado las dos obras
básicas que son la de A. Montero, Historia de la
persecución roja en España (1961, 2ª ed. 1999) y la de
R. Salas Larrazábal, Pérdidas de la guerra (1977).
Desde el punto de vista historiográfico, la
IIRestauración se ha caracterizado por la satanización
de la era de Franco y por la apología de la
II Rep
blica. Esta doble operación propagandística se está
realizando desde el libro, la monografía y los medios de
comunicación de masas. El objetivo final es llevar al
ánimo de los españoles que la IIRepública fue una
especie de paraiso democrático, que el alzamiento
cívico-militar de 1936 fue un gigantesco error, y que la
era de Franco fue absolutamente negativa. Para llegar a
tales conclusiones, que están en frontal contradicción
con los hechos históricos, se ha recurrido a la
manipulación y a la falsificación de modo sistemático
y a un despótico monopolio de los medios de
comunicación que impide las réplicas para restablecer
la verdad.
Los decisivos libros de Montero y de Salas, así como los
trabajos de Martín Rubio, Alfaya y otros, han tratado de
ser contrarrestados recientemente por una serie de
artículos claramente sectarios cuyas conclusiones rayan
en el absurdo. Afirman los apologistas de la etapa roja
que los millares de asesinatos no fueron ordenados por
las autoridades, sino ejecutados por incontrolados. Esta
débil excusa la refuta Martín Rubio citando, entre
otros ejemplos que encogen el ánimo, las matanzas de
Paracuellos del Jarama organizadas por el Comité oficial
que alentaba Carrillo, las sacas de las cárceles
madrileñas autorizadas por los servicios penitenciarios,
el oficialista funcionamiento público de las chekas en
Madrid, Barcelona y otras ciudades de la zona
republicana, así como el caso de Cantabria donde las
matanzas fueron dirigidas por el Comisario de Policía,
el socialista Manuel Neila y su equipo oficial, o la
carnicería de 270 personas en Barbastro y alrededores
con la anuencia de las autoridades.
Arguyen los apologistas, que los asesinatos se realizaron
en el apasionado clima de una guerra civil. Pero Martín
Rubio recuerda las quemas de conventos en 1931, las
matanzas en Asturias en 1934, y las series de homicidios,
saqueos y actos de violencia realizados antes de la
guerra y denunciados por Calvo Sotelo y por Gil Robles en
el Congreso de los diputados. La iniciativa de la
persecución religiosa y del terror correspondió a
elementos republicanos, especialmente a los socialistas y
comunistas que finalmente, por inspiración de Azaña, se
aliaron en el agresivo Frente Popular que determinó la
guerra civil.
¿Cuáles son las cifras? en ambas zonas hubo represión,
si bien en la zona nacional mediante Consejos de guerra y
tribunales ordinarios, mientras que en la zona
republicana actuaban las chekas, los comités y los
llamados Tribunales populares sin la menor garantía
jurídica. En lugar del tópico millón de muertos, Salas
estableció las cifras de este modo: 137.000 caídos en
el frente, 58.000 en la represión nacional y 72.000 en
la represión republicana; total 267.000. Los apologistas
de la República han intentado rebajar las víctimas de
la represión en su zona a 50.000. Martín Rubio analiza
provincia por provincia y se aproxima a las cifras de
Salas al estimar en más de 60.000 los muertos por
represión en la zona republicana. La represión en zona
nacional que los apologistas republicanos han llegado a
cifrar en 200.000 personas sin prueba alguna, Martín
Rubio las establece en torno a las 80.000 personas, más
de 50.000 en el curso de la guerra.
Un solo homicidio es un hecho lamentable. Pero en las
guerras siempre hay muertos. Las alegaciones
justificatorias o difamatorias de los apologistas de la
II República se estrellan contra las investigaciones de
Martín Rubio y las depuradas estadísticas que presenta
sobre datos precisos.
El hecho irrebatible es que la España de la II
República fue un regimen de inseguridad ciudadana y, que
después del inicio de la guerra, en la zona republicana
imperaron el caos, la crueldad y el terror.
Esta investigación es una pieza importante en la
historiografía de la guerra de España que no pretende
exculpar a nadie, sino restablecer los hechos en su
realidad local. Quizás por eso no compara los datos
españoles con los de otras guerras civiles como la
nuestra de sucesión, la norteamericana, la francesa, la
rusa o las recientes, por ejemplo de Laos, Uganda o
Colombia. Tal paralelo, corregido por los parámetros
demográficos y cronológicos, permitiría situar el
coste humano de nuestro conflicto en el contexto
histórico universal.
J.L. Núñez
|