Genocidio de
Casas Viejas
En este
mes de enero se cumple el LXVII aniversario del primer
genocidio de la II República. Entonces sin respetar las
mínimas garantías del derecho, ni las normas de la
Constitución de 1931, se asesinó a unos campesinos de
la forma más cruel en la aldea de Casas Viejas, situada
a la derecha del río Barbate, nombre que se hizo
desaparecer para tratar de ocultar la matanza.
Los medios de comunicación, entonces existentes, relatan
así los hechos:
El día 11, los cenetistas de Casas Viejas izaron la
bandera rojinegra y cercaron la casa-cuartel de la
guardia civil. A las cinco de la tarde llegaron fuerzas
de la Guardia Civil y guardias de asalto que lograron
romper el cerco y hacer huir a los aldeanos. Sin embargo,
un grupo de tres hombres, dos mujeres y un chico se
encerraron en una choza dispuestos a hacer frente a la
fuerza pública. El grupo lo dirigía Curro Cruz,
militante libertario, apodado Seisdedos. Los intentos de
rendirlos fracasaron, con un saldo de un guardia herido y
apresado, y la unión de los rebeldes de un preso enviado
para parlamentar. El director de Seguridad, dio la orden
de enviar una compañía de guardias de asalto, al mando
del capitán Rojas Feigenspan. La orden de Menéndez fue
tajante: ni heridos ni prisioneros cuando se hiciera
fuego. En la madrugada del día 12 llegó la expedición
de Rojas, que, ante la resistencia de los encerrados,
recurrió a las bombas de mano. Como no diera resultado,
se procedió al incendio de la choza con gasolina. Una
mujer y un chico pudieron escapar; otra mujer y un hombre
murieron abatidos a tiros, mientras los demás perecían
abrasados.
Más tarde, se registró el pueblo y se fusiló a 14
personas sospechosas de haber intervenido en la
rebelión, sin juicio y por simples sospechas.
En el tiempo en que ocurrían los sucesos era ministro de
la Guerra Azaña, el responsable de Casas Viejas, y así
lo entendió la II República al procesarle por la
imputación de uno de los implicados que le acusaba de
haber dado la orden de «tiros a la barriga», que
equivalía a la muerte.
Tres años más tarde, por las fuerzas de orden público
era asesinado el Jefe de la Oposición Sr. Calvo Sotelo.
Era difícil llegar más lejos en el crimen de Estado.
El genocidio de Casas Viejas ha sido ocultado por ciertos
historiadores «orgánicos» y sorprende que los
admiradores de la II República, tan amigos de honrar a
los brigadistas, que por orden de Stalin, vinieron a
combatir en la guerra de 1936, no se preocupen de la
situación económica en que se encuentren los familiares
de los asesinados y torturados sin juicio ni acusación,
tres años antes en Casas Viejas, por las fuerzas de
orden público a las órdenes del Gobierno republicano,
¿Quizás por su condición de españoles?
Emilio Parrondo
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