Misión de la inteligencia política

pag. principal Razón Española

Misión de la inteligencia política

Por Jerónimo Molina Cano

Crítica de la ley del catalán indice  Lo que nos separa

Misión de la inteligencia política

Las épocas crepusculares constituyen siempre un espectáculo soberbio para todo espíritu cultivado, pues lo que debe hacerse, desafiante, se muestra circunstancialmente enredado con aquello que tiene que ser deshecho. Poner orden en el «mare magnum» constituye entonces la misión de la inteligencia, particularmente de la política. Este era, en esencia, el parecer del jurista político español Francisco Javier Conde (1908-1974), cuya preocupación permanente por «averiguar la verdad política de cada hora histórica» le situó en los antípodas del «intelectual denunciante y fotogénico", lapidario enunciado con el que un discípulo suyo, Rodrigo Fernández-Carvajal (1924-1997), solía referirse al antiarquetipo moral del sabio y del político prudente. La abdicación de su vocación de la filosofía política, cuyo juicio obnubiló el falso prestigio de la ciencia política americanizada, una vez que hubo arrumbado la tradición de la política europea (política liberal de la libertad, realismo político), forma parte del paisaje espiritual contemporáneo.

Vadear el atascadero de la vieja política y vindicar las posibilidades del eterno político. Así podría resumirse, en última instancia, la fantástica responsabilidad con la que, a lo largo de este siglo, han pechado los últimos cultivadores europeos del saber político. De Carl Schmitt a Günther Maschke en Alemania. De Vilfredo Pareto a Gianfranco Miglio en Italia. De F. Javier Conde a Gonzalo Fernández de la Mora en España. De Raymond Aron a Julien Freund en Francia. La dimensión objetiva del pensar político constituye el denominador común a todos ellos. En medio de un panorama caracterizado por la contingencia intelectual, rebautizada «pensamiento débil», y por la pretendida quiebra del principio mismo de realidad, llaman poderosamente la atención las apelaciones de estos escritores a una substancia (Substanz) o a una esencia (essence) de lo político, incluso a una regularidad (regolarità) en la política y en sus ciclos. Aunque la recepción de sus ideas ha venido siendo irregular, sobre todo por la uniformidad pretoriana impuesta por el oficialismo, en los ámbitos donde ha tenido lugar ha renacido la independencia de espíritu.

La confusión reinante en los estratos más profundos de nuestro mundo político contrasta vivamente con la desenvoltura con que los intelectuales del momento pontifican sobre la consabida triaca política máxima. Se ha llegado a un acuerdo universal -existe el «consenso», se dice, como si la episteme política hubiese devenido materia opinable- sobre la evolución de los conceptos políticos y el benéfico progreso de las ideas sobre la política. Mas, como quiera que el sesgo de los acontecimientos no se compacede del ideario consensualista pues su discurso no siempre logra limar ciertas angulosidades ideológicas y acallar ciertos ecos, actúa automáticamente la tolerancia desvirtuada de la «corrección política». Todo vale en última instancia. Pero la ilusión de una Arcadia política feliz no es de este mundo. El intelectual condescendiente y superfino equivócase cuando olvida la historia política y justifica «ad usum principi» el sueño irenista de una política sin enemigos, sin poder, sin discrepancia, etcétera. Ufano y venal confunde lo impolítico con la política del logos o política desideologizada. La ligereza de juicio que puede disculparse en el hombre particular y sin canonjías -decía Conde: «Es tal el imperio de los hábitos mentales, que lo difícil es no sucumbir ante ellos, salvar para sí la facultad de escoger y de preguntar»-, no puede perdonarse en otros.

La clarificación del horizonte histórico político no puede ser obra de un hombre sino, en el mejor de los casos, de una generación que no se resigne a ser anterior a sí misma y a repetir complacientemente las consignas que ya han transpuesto el ocaso. En este sentido, la meditación reposada sobre no pocos de los términos políticos que hoy están en boca de todos y de los que se suele usar irreflexivamente hasta el abuso, constituye una tarea urgente, ineludible. Carl Schmitt dejó esbozado este proyecto en las páginas de su libro Teología Política (1922) y algunas otras. También lo intentó entre nosotros F. Javier Conde con su obra Introducción al Derecho político actual (1942). No fueron muchos, ciertamente, los que en aquellos años tuvieron los suficientes arrestos intelectuales para abandonar la prolija temática de la crisis de los Estados demoliberales y demás, tan cara a los polemistas de izquierdas y de derechas. «Lo que está en trance de derrumbarse, escribía Conde en la página 40, es nada menos que el Estado moderno, es decir, no sólo el Estado liberal, sino también el Estado a secas, «lo stato», entendido como forma histórica concreta del mundo moderno». En su opinión, el pensamiento político de la época no estaba propiamente en crisis, sino en descomposición; así pues, emulando a Heidegger, impúsose la tarea de la destrucción del haber actual de la sabiduría política. La ejemplaridad de un pensamiento como el de Conde no ha encontrado continuadores y eso le ha restado la notoriedad que merece. Su altura intelectual puede reconocerse no obstante en la fecundidad de su obra, pareja a la de otros grandes escritores políticos europeos de la segunda mitad del siglo XX, a los que necesariamente ha de recurrir quien tenga la ambición de poner orden en sus ideas.

La misión de los saberes políticos se ha hecho ingente, pues no se trata tan sólo de devolver su precisión a ciertos tópicos y lugares comunes descalibrados, como si del instrumental de un laboratorio se tratase. La inteligencia política europea, sobre todo en ciertos sectores, aparece superada por los acontecimientos; vano resulta el negarlo. Suele pasar inadvertido un problema de fondo: la hemiplejía moral que afecta a la ponderación de los acontecimientos y que predetermina una valoración automática de las ideas, las palabras o las acciones según se esté del lado «correcto» o del otro. Es el eterno problema de la política ideológica: el poder es salvífico si lo tiene el amigo, demoníaco si lo tiene el enemigo. A propósito de la defectuosa comprensión de los acontecimientos políticos europeos que tuvieron lugar en el periodo de entreguerras, pero que se proyectaron hacia el futuro, comprometiéndolo seriamente en algunos casos, Conde reparó en la «ceguera para lo que acontece soterradamente en el interior del campo que se llama a si mismo antitotalitario». Los pactos de silencio e intangibilidad que gravitan sobre el pensamiento político, lo que Freund llamó la administración clerical o ideológica de la justicia, constituyen el mayor obstáculo para despejar el horizonte político.



Jerónimo Molina Cano



 

Crítica de la ley del catalán indice  Lo que nos separa

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.