Maeztu, Estados Unidos y el dinero

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Maeztu, Estados Unidos y el dinero

Por Enrique Zuleta Alvarez

Razón e información indice Un crítico de la partitocracia

Maeztu, Estados Unidos y el dinero

El movimiento llamado del 98, representó una crisis en las ideas políticas, sociales y culturales españolas. Fue una etapa difusa y contradictoria y sus principales representantes mantuvieron actitudes tan diversas que sólo por comodidad didáctica se puede utilizar el rótulo de Generación del 98, que ya ha sido rechazado unánimemente por la crítica más rigurosa. Sin embargo, es innegable que hubo un espíritu o mejor dicho un talante, desde el cual a veces se planteó una forma nueva de comprender la realidad nacional y que, en ocasiones, significó un cierto rescate de la tradición, la percepción del paisaje, la revalorización de los elementos populares y la apertura a las nuevas corrientes ideológicas de la modernidad.

Estas ideas se difundieron en Iberoamérica, y sobre todo en la Argentina, donde los escritores de esa época estaban presentes a través de sus libros y, sobre todo, en diarios como «La nación» y «la Prensa». El estudio del movimiento cultural, político y social de las élites del 900 argentino, requiere ahondar en el proceso interno de la recepción de estas ideas así como en el surgimiento de nuevos paradigmas propios de Iberoamérica y nuestro país.





I. RAMIRO DE MAEZTU



Ramiro de Maeztu constituye un caso particular de este grupo de escritores y desde los primeros momentos de su formación intelectual, América, la del Norte y la hispánica, ocuparon un lugar privilegiado en su planteo de la vida española. Nacido en Vitoria el 4 de Mayo de 1874, hizo sus estudios primarios en Cuba y los secundarios en París, pero volvió en 1891 a Cuba, donde tuvo la experiencia de duros trabajos en los ingenios de su padre.

Con una gran vocación intelectual, formó la base de sus pensamientos con la filosofía de Nietzsche, el positivismo de Herbert Spencer, el Socialismo de Marx y el programa político del regeneracionismo de Joaquín Costa. Ramiro de Maeztu hacía un planteo práctico de su misión literaria y desdeñaba la «literatura pura», porque sólo las concebía como una vocación de servicio a la sociedad de su patria y si bien estuvo próximo a los miembros más conspícuos de la que Azorín bautizó como la «Generación del 98», no se consideró a sí mismo como uno de sus integrantes, aunque participó del espíritu regeneracionista, inspirado en el programa de «escuela y despensa» que Costa propuso para educar y desarrollar económicamente a España.

Los «noventayochistas» eran anárquicos y rebeldes. Consideraban fundamental el progreso y muchas veces, en medio de una preocupación esterilizante y contradictoria, aspiraron a superar los vicios y defectos nacionales. Pero Maeztu escapó al escepticismo, la amargura y el encono contra la España que juzgaban decadente, y siempre mantuvo un fuerte sentido de la realidad y un patriotismo que lo impulsaba a una indeclinable responsabilidad con el destino de la península. Como muchos de los hombres de su tiempo, pagó su tributo a la confusión intelectual y al desconcierto y en 1897 se declaraba socialista sin una definición doctrinaria y sólo afirmaba una línea crítica, anticlerical, anti-tradicionalista, anti-conservadora y anti-separatista, junto a la defensa de la unidad nacional. En 1899 apareció su primer libro, Hacia otra España que, como la mayoría de los volúmenes de la obra de Maeztu estaba compuesto por artículos que había escrito por esos años, bajo el signo de las ideas y las preocupaciones indicadas.

II. LA RESIDENCIA EN LONDRES



En 1905 Maeztu viajó a Londres como periodista de la Correspondencia de España y en aquella ciudad también ejerció la corresponsalía de «La Prensa» de Buenos Aires, diario en el cual ya había colaborado anteriormente. Esta residencia en Londres ejercerá una función decisiva en su pensamiento, sobre todo en lo que se refiere a la convergencia de su voluntad de progreso con la idea de tradición. En Inglaterra aprendió Maeztu que el equilibrio armónico de sus fuerzas sociales era el resultado de que jamás se olvidaba el pasado, cuyas lecciones estaban siempre presentes para delinear el ideal de progreso.

El sentido común y el pragmatismo británico lo ayudaron, pues, en su evolución intelectual y en la moderación de los impulsos juveniles, los cuales tomaron un sesgo ideológico nuevo: el de un liberalismo renovado donde se armonizaban la libertad y el orden, crucial en todo pensamiento político. Estas ideas de Maeztu, si bien no fueron desarrolladas posteriormente con la importancia que él mismo les concedía en aquél entonces, dieron lugar al libro que apareció en inglés como Autoridad, libertad y función a la luz de la guerra, en 1916, obra reeditada en 1919, en castellano, como La crisis del humanismo.

En algunos países de Europa, afirmaba Maeztu, se había logrado el orden social y político y un adelanto económico y cultural que faltaba en España. Ese equilibrio, esa convivencia civilizada debía ser conquistada si se quería superar el aislamiento chino e incorporarse a las naciones superiores. Maeztu preconizaba una «europeización de España», que no significaba una desnaturalización de lo hispánico ni se basaba en el complejo de inferioridad que entonces y ahora aquejaba a muchos españoles, ansiosos de vivir su realidad a la manera de Inglaterra, Alemania o Francia; pero era el horizonte de un programa alcanzado mediante la coexistencia civilizada en el orden y en el trabajo.

En 1911 pasó una temporada en Alemania y en Marburgo -cuna del neokantismo- siguió cursos de Herman Cohen y Nicolai Hartmann. Allí se encontró con Ortega y Gasset, su amigo de los años juveniles que consideraba entonces a Don Ramiro como su «hermano mayor», a quien dedicaría en 1914 «con gesto fraternal» su libro Meditaciones del Quijote y del cual se distanciaría años más tarde, no sin declarar, en un brindis de 1910, que le debía a Maeztu nada menos que su inclinación a los estudios de filosofía.





III. DE ESPAÑA A ESTADOS UNIDOS



Cuando Ramiro de Maeztu regresó a España en 1919, la encontró en una conmoción social que evidenciaba su fracaso político. Pero sus ideas y él mismo habían cambiado profundamente, había vuelto al catolicismo y en la corriente ideológica que primaba en Europa después de la Guerra Mundial, viró hacia posiciones autoritarias y tradicionalismos: desde los autores del pensamiento político del Siglo de Oro español hasta Oswald Spengler y Charles Maurras, sin que podamos detenernos ahora en los matices y los rasgos de su nueva actitud.

Desde el punto de vista sociológico, es importante señalar el cambio que experimentó su visión de la burguesía, a la cual había condenado por su incapacidad para solucionar los problemas españoles, pero a la cual, ahora, veía como la base del proceso de modernización y progreso material necesario para sacar a España de su marasmo.

En estas circunstancias, apareció otro de los núcleos centrales de su pensamiento: el tema de América dentro del cual cabe examinar su nueva visión del poder y, sobre todo, de la riqueza y el dinero que forman su base material. La obra de Max Weber sobre la influencia del protestantismo en el surgimiento del espíritu capitalista, estaba en su hora de mayor prestigio, y muchos otros autores impulsaban una renovación profunda en la consideración de éste y otros temas análogos. A la luz de estas ideas, Maeztu comprendió por qué los anglosajones habían descubierto que sin el cumplimiento de los deberes mundanos -política, economía- no hay salvación posible para el alma. Ambos mundos deben tener una conexión sustancial.

En esta coyuntura biográfica y a raíz de su creciente prestigio literario, había publicado en 1925 su libro Don Quijote, Don Juan y la Celestina- fue invitado a los Estados Unidos para dictar conferencias en uno de los centros más prestigiosos del hispanismo norteamericano: el Middlebury College, situado en Vermont, durante los meses de junio y julio de 1926. En esa experiencia le impresionó el molde sólido forjado por los primeros americanos para encauzar la avalancha de inmigrantes, de origen racial y social heterogéneo.

Los nuevos americanos imitaban a los antiguos, por donde se adivinaba que había un elemento tradicional en la sociedad norteamericana, que no se sospecharía en una comunidad moderna y donde un Estado central aglutinaba toda la nación con un sentido religioso de la cultura y la política. Las magníficas universidades, por ejemplo, eran el fruto de la confianza en la eficacia de las instituciones dedicadas al mejoramiento del hombre. Pero esta confianza que tiene un objeto mundano, es, en última instancia, de origen religioso. Esfuerzo terrenal y esperanza trascendente. La donación de dinero como un símbolo de la realización humana.

Otra de sus conclusiones se refería a la diferencia que hay entre la gente que, en España y en los Estados Unidos, se ocupa de las cosas materiales. Mientras que los hispánicos que se dedicaban a los negocios sólo eran espíritus ávidos de ganancias, desprovistos de cualquier otro interés superior, en los Estados Unidos abundaban los hombres de calidad que no encontraban deleznable entregarse a ocupaciones que, en Hispanoamérica, se consideran indignas. Aunque también era verdad que la necesidad de conquistar una realidad vasta y rebelde había lanzado a la lucha por lo material a los mejores; quienes de ese modo se alejaban de las Universidades y de las tareas del espíritu. Algo de esto había en el descrédito del «intelectual» en los Estados Unidos.

La importancia de las cosas materiales se traslucía también en la valoración del ideal democrático con su culto de la dicha material y el igualitarismo, al cual se oponía el ideal que Maeztu llamaba republicano, encarnado en la actitud superior, aristocrática, de los intelectuales de Nueva Inglaterra. La democracia tendía a nivelar por lo mediocre, y sus consecuencias eran negativas en el orden de la cultura. Pero indudablemente también había hecho desaparecer peligros como el de la lucha de clases. Asimismo, la fuerza creciente y amenazadora de su potencialidad parecería equilibrarse, en parte, con la desconfianza norteamericana en el poder estatal centralizado.

Advirtió Maeztu que los Estados Unidos eran el escenario de una lucha entre aquella concepción democrática originada en la frontera del oeste, y la corriente del medio Oeste, que pugnaba por adaptar la democracia a la vida industrial y económica, una forma de vida social y política que implicaba la restricción de las libertades nacidas al aire libre y salvaje de la frontera. Quedaba, sin embargo, en pie, la concepción democrática y un espíritu que conservaba la vivencia de la conquista.

La ambición de horizontes siempre abiertos, confería a la democracia norteamericana, un mesianismo notable. Los norteamericanos creían que les pertenecía el infinito de la tierra y así como la libertad era el infinito para el individuo y la democracia era el infinito para la sociedad, el imperialismo era el infinito para los Estados Unidos.Insistió en la necesidad de que los hispanoamericanos conocieran bien a los Estados Unidos, que era el pueblo más rico y poderoso de la tierra, y que quienes lo ignoraban no conocían la naturaleza del poder y de la riqueza y no sospechaban la gravedad de esta ignorancia.

Era injusto limitarse a la crítica del utilitarismo norteamericano, mientras que lo importante era el concepto de servicio social que había hecho posible un ejercicio de la libertad que equilibraba un impulso que podía volverse avasallador y brutal. Maeztu subrayaba la primicia otorgada a los deberes sociales que atemperaban y condicionaban la exigencia de la libertad. Esta observación era esencial para considerar la actividad económica, inseparable de la política. Se la reconocía en su dignidad propia, era fatal que se empobreciera y se debilitara; lo cual conllevaba el decaimiento de la sociedad donde funcionaba.

Maeztu advirtió muchos problemas de la vida norteamericana, tales como el despoblamiento del campo, el crecimiento desmesurado de sus ciudades, la debilidad del ideal teológico, y la amenaza de una sociedad cada vez más exigente y compleja para la firmeza de los lazos familiares. pero su progreso ya no se detenía porque el impulso inicial había sido formidable y era urgente que los pueblos hispánicos prestaran atención al espíritu descubridor, creador, pionero, organizador, de los Estados Unidos.





IV. EL SENTIDO REVERENCIAL DEL DINERO



Uno de los temas que más interesó a Maeztu en esta consideración de los Estados Unidos y siempre en relación con su filosofía del poder político, fue el del dinero.La riqueza era índice de una capacidad para aprovechar la materia y la organización racional del trabajo para apoderarse y dominar la Naturaleza, y era una de las claves del poder norteamericano. El dinero surge de una actividad productora que le confiere a la riqueza una dignidad superior que está ausente de los países hispánicos, donde el dinero es algo que se persigue con ánimo pecaminoso y conciencia de culpa. En Norteamérica la relación entre la vida moral y la vida económica explica la famosa «superioridad de los anglosajones».

Al considerar el proceso de emancipación política en los Estados Unidos y en hispanoamérica, Maeztu hallaba que en el Norte apareció, desde el primer momento, el motivo económico de la empresa política. Entre nosotros, por el contrario, primaron las razones políticas. «El Norte pelea por el poder del dinero; el Sur por el dinero del poder», decía en una frase que encierra un profundo sentido psicológico y político.

Para superar el resentimiento que implicaba la descalificación de los Estados Unidos por ser el país del dólar, Maeztu acuñó el concepto del sentido reverencial del dinero y lo analizó en un artículo del mismo título publicado en el «ABC» de Madrid, en 1933, pero está aludido directa e indirectamente en muchísimos textos más de su vastísima obra.

A Maeztu le parecía deleznable criticar el poderío norteamericano con invocaciones al aparente desprendimiento de los bienes terrenales que se suponía en otros pueblos. Todos los que buscaban la riqueza estaban también animados por la codicia, pero la diferencia con los norteamericanos era que éstos ponían en su conquista una intensidad y una tenacidad que, en sí mismas, eran valores espirituales y, por lo tanto, se transmitían al uso de la riqueza.

El capitalismo norteamericano es expansivo y amenaza, lógicamente, con extenderse a otros países. Pero estos no po-drían defenderse si no afrontaban la tarea de fortalecerse en el orden económico y político. La lección de Maeztu es, en este como en otros puntos, de una actualidad evidente: «La mejor defensa contra el imperialismo económico de un pueblo políticamente tan poderoso como los Estados Unidos consiste en el fortalecimiento económico de los pueblos amenazados».

No obstante advertir las deficiencias de Hispanoamérica, Maeztu tenía una gran confianza en el porvenir de nuestras tierras; optimismo que, sin embargo, no debía llevarnos a descuidar la edificación del futuro. El cambio en la mentalidad hispánica era esencial pues permitiría la ulterior transformación económica.

Maeztu pedía un ascetismo del dinero, si se admite la paradoja. Si el dinero se volcaba a la producción de mayores bienes se acabaría la cuestión social, y este sentido superior transformaba y elevaba el ideal norteamericano a un nivel superior al crudo materialismo. El dinero no se buscaba solamente por los placeres y goces que el mismo podía proporcionar sino porque su poder era, en verdad, espiritual.

Apenas aparecieron los artículos en la prensa de España y de América, surgieron críticas adversas de una gran cantidad de lectores. Los intelectuales porque las ideas de Maeztu chocaban con el esteticismo y el individualismo exacerbado que los definía, y los católicos porque sostenían que eran ideas protestantes. Contra todos ellos Maeztu sostuvo que entre los vascos, los catalanes, y aun los valencianos, existía el mismo espíritu, que los había hecho más progresivos que el resto de los españoles. En Francia y en Bélgica, -países no protestantes-, también se daba el mismo concepto del dinero.

Maeztu iba más lejos: en la misma doctrina católica encontraba que la materia estaba animada por el alma y la resurreción de la carne equivalía al reconocimiento de la inmortalidad de la materia. Su gran anhelo era conciliar el ideal mundano con el ultramundano, y el sentido reverencial del dinero era la fórmula que definía dicho sentido espiritual. También era espiritual la unidad del cuerpo con el alma.

Otra lección importante que deducía de estas ideas se refería el sentido del socialismo, cuyos programas habían sido incapaces de dar a los obreros todos los beneficios que resultaban, como de una cooperación en favor de la mayor producción de bienes. La lucha de clases, por otra parte, ahuyenta al capital de la industria y debe intervenir el Estado con riesgo de la libertad. Había que persuadir a patronos y obreros de la necesidad de aumentar los factores de la producción, disminuyendo la mano de obra mediante la aplicación del utilaje industrial moderno.

El sentido reverencial del dinero y la insistencia en que los pueblos hispánicos cambiaran de actitud en materia de economía, finanzas, comercio, agricultura e industria, tuvo un sentido moral como ejercicio del poder, que reaparece de contínuo en sus escritos. Es un misterio, en sí mismo, pero el hombre debe buscar que armonice con el saber y el amor. Enemigo del mani-
queísmo que rechaza la materia por corrompida y corruptora, Maeztu afirmaba un sentido espiritual del factor económico para evitar que dominara indebidamente las demás actividades humanas.

El poder es algo superior que supone en el pueblo que lo alcanza, voluntad y perseverancia singulares, y cuando se logra dominando a la naturaleza y no a otros hombres, reviste una dignidad cultural y moral, porque es una cantera inagotable de bienes y recursos. El poder resulta de la aplicación del ingenio, la inventiva y la organización del trabajo productivo: estaba penetrado de un esencial sentido ético. Sin embargo, estas y otras ideas hallarán su coronación en una visión de la religión, la cultura y la política engarzada en la historia de Hispanoamérica que encuentra su formulación cabal hacia el final de su vida y en su obra de madurez: Defensa de la hispanidad (1934).





V. CONCLUSIÓN



Maeztu advirtió que muchos de los problemas de los Estados Unidos guardaban una estrecha relación con los de Hispanoamérica; y en general, con los de todos los países de Occidente. Su imponente presencia en los asuntos internacionales contemporáneos, así como el hecho de constituir el campo insoslayable para las experiencias sociales y políticas de nuestro tiempo, hacían de los Estados Unidos un tema de preocupación inevitable para el hombre actual. Su teoría del sentido reverencial del dinero y su vinculación con el problema del poder político mantienen, pues, toda su relevancia en la hora presente, cuando es imperativo vincular toda realidad social y política con la presencia de Estados Unidos.



Enrique Zuleta Alvarez



 

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