Maeztu, Estados
Unidos y el dinero
El
movimiento llamado del 98, representó una crisis en las
ideas políticas, sociales y culturales españolas. Fue
una etapa difusa y contradictoria y sus principales
representantes mantuvieron actitudes tan diversas que
sólo por comodidad didáctica se puede utilizar el
rótulo de Generación del 98, que ya ha sido rechazado
unánimemente por la crítica más rigurosa. Sin embargo,
es innegable que hubo un espíritu o mejor dicho un
talante, desde el cual a veces se planteó una forma
nueva de comprender la realidad nacional y que, en
ocasiones, significó un cierto rescate de la tradición,
la percepción del paisaje, la revalorización de los
elementos populares y la apertura a las nuevas corrientes
ideológicas de la modernidad.
Estas ideas se difundieron en Iberoamérica, y sobre todo
en la Argentina, donde los escritores de esa época
estaban presentes a través de sus libros y, sobre todo,
en diarios como «La nación» y «la Prensa». El
estudio del movimiento cultural, político y social de
las élites del 900 argentino, requiere ahondar en el
proceso interno de la recepción de estas ideas así como
en el surgimiento de nuevos paradigmas propios de
Iberoamérica y nuestro país.
I. RAMIRO DE MAEZTU
Ramiro de Maeztu constituye un caso particular de este
grupo de escritores y desde los primeros momentos de su
formación intelectual, América, la del Norte y la
hispánica, ocuparon un lugar privilegiado en su planteo
de la vida española. Nacido en Vitoria el 4 de Mayo de
1874, hizo sus estudios primarios en Cuba y los
secundarios en París, pero volvió en 1891 a Cuba, donde
tuvo la experiencia de duros trabajos en los ingenios de
su padre.
Con una gran vocación intelectual, formó la base de sus
pensamientos con la filosofía de Nietzsche, el
positivismo de Herbert Spencer, el Socialismo de Marx y
el programa político del regeneracionismo de Joaquín
Costa. Ramiro de Maeztu hacía un planteo práctico de su
misión literaria y desdeñaba la «literatura pura»,
porque sólo las concebía como una vocación de servicio
a la sociedad de su patria y si bien estuvo próximo a
los miembros más conspícuos de la que Azorín bautizó
como la «Generación del 98», no se consideró a sí
mismo como uno de sus integrantes, aunque participó del
espíritu regeneracionista, inspirado en el programa de
«escuela y despensa» que Costa propuso para educar y
desarrollar económicamente a España.
Los «noventayochistas» eran anárquicos y rebeldes.
Consideraban fundamental el progreso y muchas veces, en
medio de una preocupación esterilizante y
contradictoria, aspiraron a superar los vicios y defectos
nacionales. Pero Maeztu escapó al escepticismo, la
amargura y el encono contra la España que juzgaban
decadente, y siempre mantuvo un fuerte sentido de la
realidad y un patriotismo que lo impulsaba a una
indeclinable responsabilidad con el destino de la
península. Como muchos de los hombres de su tiempo,
pagó su tributo a la confusión intelectual y al
desconcierto y en 1897 se declaraba socialista sin una
definición doctrinaria y sólo afirmaba una línea
crítica, anticlerical, anti-tradicionalista,
anti-conservadora y anti-separatista, junto a la defensa
de la unidad nacional. En 1899 apareció su primer libro,
Hacia otra España que, como la mayoría de los
volúmenes de la obra de Maeztu estaba compuesto por
artículos que había escrito por esos años, bajo el
signo de las ideas y las preocupaciones indicadas.
II. LA RESIDENCIA EN LONDRES
En 1905 Maeztu viajó a Londres como periodista de la
Correspondencia de España y en aquella ciudad también
ejerció la corresponsalía de «La Prensa» de Buenos
Aires, diario en el cual ya había colaborado
anteriormente. Esta residencia en Londres ejercerá una
función decisiva en su pensamiento, sobre todo en lo que
se refiere a la convergencia de su voluntad de progreso
con la idea de tradición. En Inglaterra aprendió Maeztu
que el equilibrio armónico de sus fuerzas sociales era
el resultado de que jamás se olvidaba el pasado, cuyas
lecciones estaban siempre presentes para delinear el
ideal de progreso.
El sentido común y el pragmatismo británico lo
ayudaron, pues, en su evolución intelectual y en la
moderación de los impulsos juveniles, los cuales tomaron
un sesgo ideológico nuevo: el de un liberalismo renovado
donde se armonizaban la libertad y el orden, crucial en
todo pensamiento político. Estas ideas de Maeztu, si
bien no fueron desarrolladas posteriormente con la
importancia que él mismo les concedía en aquél
entonces, dieron lugar al libro que apareció en inglés
como Autoridad, libertad y función a la luz de la
guerra, en 1916, obra reeditada en 1919, en castellano,
como La crisis del humanismo.
En algunos países de Europa, afirmaba Maeztu, se había
logrado el orden social y político y un adelanto
económico y cultural que faltaba en España. Ese
equilibrio, esa convivencia civilizada debía ser
conquistada si se quería superar el aislamiento chino e
incorporarse a las naciones superiores. Maeztu
preconizaba una «europeización de España», que no
significaba una desnaturalización de lo hispánico ni se
basaba en el complejo de inferioridad que entonces y
ahora aquejaba a muchos españoles, ansiosos de vivir su
realidad a la manera de Inglaterra, Alemania o Francia;
pero era el horizonte de un programa alcanzado mediante
la coexistencia civilizada en el orden y en el trabajo.
En 1911 pasó una temporada en Alemania y en Marburgo
-cuna del neokantismo- siguió cursos de Herman Cohen y
Nicolai Hartmann. Allí se encontró con Ortega y Gasset,
su amigo de los años juveniles que consideraba entonces
a Don Ramiro como su «hermano mayor», a quien
dedicaría en 1914 «con gesto fraternal» su libro
Meditaciones del Quijote y del cual se distanciaría
años más tarde, no sin declarar, en un brindis de 1910,
que le debía a Maeztu nada menos que su inclinación a
los estudios de filosofía.
III. DE ESPAÑA A ESTADOS UNIDOS
Cuando Ramiro de Maeztu regresó a España en 1919, la
encontró en una conmoción social que evidenciaba su
fracaso político. Pero sus ideas y él mismo habían
cambiado profundamente, había vuelto al catolicismo y en
la corriente ideológica que primaba en Europa después
de la Guerra Mundial, viró hacia posiciones autoritarias
y tradicionalismos: desde los autores del pensamiento
político del Siglo de Oro español hasta Oswald Spengler
y Charles Maurras, sin que podamos detenernos ahora en
los matices y los rasgos de su nueva actitud.
Desde el punto de vista sociológico, es importante
señalar el cambio que experimentó su visión de la
burguesía, a la cual había condenado por su incapacidad
para solucionar los problemas españoles, pero a la cual,
ahora, veía como la base del proceso de modernización y
progreso material necesario para sacar a España de su
marasmo.
En estas circunstancias, apareció otro de los núcleos
centrales de su pensamiento: el tema de América dentro
del cual cabe examinar su nueva visión del poder y,
sobre todo, de la riqueza y el dinero que forman su base
material. La obra de Max Weber sobre la influencia del
protestantismo en el surgimiento del espíritu
capitalista, estaba en su hora de mayor prestigio, y
muchos otros autores impulsaban una renovación profunda
en la consideración de éste y otros temas análogos. A
la luz de estas ideas, Maeztu comprendió por qué los
anglosajones habían descubierto que sin el cumplimiento
de los deberes mundanos -política, economía- no hay
salvación posible para el alma. Ambos mundos deben tener
una conexión sustancial.
En esta coyuntura biográfica y a raíz de su creciente
prestigio literario, había publicado en 1925 su libro
Don Quijote, Don Juan y la Celestina- fue invitado a los
Estados Unidos para dictar conferencias en uno de los
centros más prestigiosos del hispanismo norteamericano:
el Middlebury College, situado en Vermont, durante los
meses de junio y julio de 1926. En esa experiencia le
impresionó el molde sólido forjado por los primeros
americanos para encauzar la avalancha de inmigrantes, de
origen racial y social heterogéneo.
Los nuevos americanos imitaban a los antiguos, por donde
se adivinaba que había un elemento tradicional en la
sociedad norteamericana, que no se sospecharía en una
comunidad moderna y donde un Estado central aglutinaba
toda la nación con un sentido religioso de la cultura y
la política. Las magníficas universidades, por ejemplo,
eran el fruto de la confianza en la eficacia de las
instituciones dedicadas al mejoramiento del hombre. Pero
esta confianza que tiene un objeto mundano, es, en
última instancia, de origen religioso. Esfuerzo terrenal
y esperanza trascendente. La donación de dinero como un
símbolo de la realización humana.
Otra de sus conclusiones se refería a la diferencia que
hay entre la gente que, en España y en los Estados
Unidos, se ocupa de las cosas materiales. Mientras que
los hispánicos que se dedicaban a los negocios sólo
eran espíritus ávidos de ganancias, desprovistos de
cualquier otro interés superior, en los Estados Unidos
abundaban los hombres de calidad que no encontraban
deleznable entregarse a ocupaciones que, en
Hispanoamérica, se consideran indignas. Aunque también
era verdad que la necesidad de conquistar una realidad
vasta y rebelde había lanzado a la lucha por lo material
a los mejores; quienes de ese modo se alejaban de las
Universidades y de las tareas del espíritu. Algo de esto
había en el descrédito del «intelectual» en los
Estados Unidos.
La importancia de las cosas materiales se traslucía
también en la valoración del ideal democrático con su
culto de la dicha material y el igualitarismo, al cual se
oponía el ideal que Maeztu llamaba republicano,
encarnado en la actitud superior, aristocrática, de los
intelectuales de Nueva Inglaterra. La democracia tendía
a nivelar por lo mediocre, y sus consecuencias eran
negativas en el orden de la cultura. Pero indudablemente
también había hecho desaparecer peligros como el de la
lucha de clases. Asimismo, la fuerza creciente y
amenazadora de su potencialidad parecería equilibrarse,
en parte, con la desconfianza norteamericana en el poder
estatal centralizado.
Advirtió Maeztu que los Estados Unidos eran el escenario
de una lucha entre aquella concepción democrática
originada en la frontera del oeste, y la corriente del
medio Oeste, que pugnaba por adaptar la democracia a la
vida industrial y económica, una forma de vida social y
política que implicaba la restricción de las libertades
nacidas al aire libre y salvaje de la frontera. Quedaba,
sin embargo, en pie, la concepción democrática y un
espíritu que conservaba la vivencia de la conquista.
La ambición de horizontes siempre abiertos, confería a
la democracia norteamericana, un mesianismo notable. Los
norteamericanos creían que les pertenecía el infinito
de la tierra y así como la libertad era el infinito para
el individuo y la democracia era el infinito para la
sociedad, el imperialismo era el infinito para los
Estados Unidos.Insistió en la necesidad de que los
hispanoamericanos conocieran bien a los Estados Unidos,
que era el pueblo más rico y poderoso de la tierra, y
que quienes lo ignoraban no conocían la naturaleza del
poder y de la riqueza y no sospechaban la gravedad de
esta ignorancia.
Era injusto limitarse a la crítica del utilitarismo
norteamericano, mientras que lo importante era el
concepto de servicio social que había hecho posible un
ejercicio de la libertad que equilibraba un impulso que
podía volverse avasallador y brutal. Maeztu subrayaba la
primicia otorgada a los deberes sociales que atemperaban
y condicionaban la exigencia de la libertad. Esta
observación era esencial para considerar la actividad
económica, inseparable de la política. Se la reconocía
en su dignidad propia, era fatal que se empobreciera y se
debilitara; lo cual conllevaba el decaimiento de la
sociedad donde funcionaba.
Maeztu advirtió muchos problemas de la vida
norteamericana, tales como el despoblamiento del campo,
el crecimiento desmesurado de sus ciudades, la debilidad
del ideal teológico, y la amenaza de una sociedad cada
vez más exigente y compleja para la firmeza de los lazos
familiares. pero su progreso ya no se detenía porque el
impulso inicial había sido formidable y era urgente que
los pueblos hispánicos prestaran atención al espíritu
descubridor, creador, pionero, organizador, de los
Estados Unidos.
IV. EL SENTIDO REVERENCIAL DEL DINERO
Uno de los temas que más interesó a Maeztu en esta
consideración de los Estados Unidos y siempre en
relación con su filosofía del poder político, fue el
del dinero.La riqueza era índice de una capacidad para
aprovechar la materia y la organización racional del
trabajo para apoderarse y dominar la Naturaleza, y era
una de las claves del poder norteamericano. El dinero
surge de una actividad productora que le confiere a la
riqueza una dignidad superior que está ausente de los
países hispánicos, donde el dinero es algo que se
persigue con ánimo pecaminoso y conciencia de culpa. En
Norteamérica la relación entre la vida moral y la vida
económica explica la famosa «superioridad de los
anglosajones».
Al considerar el proceso de emancipación política en
los Estados Unidos y en hispanoamérica, Maeztu hallaba
que en el Norte apareció, desde el primer momento, el
motivo económico de la empresa política. Entre
nosotros, por el contrario, primaron las razones
políticas. «El Norte pelea por el poder del dinero; el
Sur por el dinero del poder», decía en una frase que
encierra un profundo sentido psicológico y político.
Para superar el resentimiento que implicaba la
descalificación de los Estados Unidos por ser el país
del dólar, Maeztu acuñó el concepto del sentido
reverencial del dinero y lo analizó en un artículo del
mismo título publicado en el «ABC» de Madrid, en 1933,
pero está aludido directa e indirectamente en
muchísimos textos más de su vastísima obra.
A Maeztu le parecía deleznable criticar el poderío
norteamericano con invocaciones al aparente
desprendimiento de los bienes terrenales que se suponía
en otros pueblos. Todos los que buscaban la riqueza
estaban también animados por la codicia, pero la
diferencia con los norteamericanos era que éstos ponían
en su conquista una intensidad y una tenacidad que, en
sí mismas, eran valores espirituales y, por lo tanto, se
transmitían al uso de la riqueza.
El capitalismo norteamericano es expansivo y amenaza,
lógicamente, con extenderse a otros países. Pero estos
no po-drían defenderse si no afrontaban la tarea de
fortalecerse en el orden económico y político. La
lección de Maeztu es, en este como en otros puntos, de
una actualidad evidente: «La mejor defensa contra el
imperialismo económico de un pueblo políticamente tan
poderoso como los Estados Unidos consiste en el
fortalecimiento económico de los pueblos amenazados».
No obstante advertir las deficiencias de Hispanoamérica,
Maeztu tenía una gran confianza en el porvenir de
nuestras tierras; optimismo que, sin embargo, no debía
llevarnos a descuidar la edificación del futuro. El
cambio en la mentalidad hispánica era esencial pues
permitiría la ulterior transformación económica.
Maeztu pedía un ascetismo del dinero, si se admite la
paradoja. Si el dinero se volcaba a la producción de
mayores bienes se acabaría la cuestión social, y este
sentido superior transformaba y elevaba el ideal
norteamericano a un nivel superior al crudo materialismo.
El dinero no se buscaba solamente por los placeres y
goces que el mismo podía proporcionar sino porque su
poder era, en verdad, espiritual.
Apenas aparecieron los artículos en la prensa de España
y de América, surgieron críticas adversas de una gran
cantidad de lectores. Los intelectuales porque las ideas
de Maeztu chocaban con el esteticismo y el individualismo
exacerbado que los definía, y los católicos porque
sostenían que eran ideas protestantes. Contra todos
ellos Maeztu sostuvo que entre los vascos, los catalanes,
y aun los valencianos, existía el mismo espíritu, que
los había hecho más progresivos que el resto de los
españoles. En Francia y en Bélgica, -países no
protestantes-, también se daba el mismo concepto del
dinero.
Maeztu iba más lejos: en la misma doctrina católica
encontraba que la materia estaba animada por el alma y la
resurreción de la carne equivalía al reconocimiento de
la inmortalidad de la materia. Su gran anhelo era
conciliar el ideal mundano con el ultramundano, y el
sentido reverencial del dinero era la fórmula que
definía dicho sentido espiritual. También era
espiritual la unidad del cuerpo con el alma.
Otra lección importante que deducía de estas ideas se
refería el sentido del socialismo, cuyos programas
habían sido incapaces de dar a los obreros todos los
beneficios que resultaban, como de una cooperación en
favor de la mayor producción de bienes. La lucha de
clases, por otra parte, ahuyenta al capital de la
industria y debe intervenir el Estado con riesgo de la
libertad. Había que persuadir a patronos y obreros de la
necesidad de aumentar los factores de la producción,
disminuyendo la mano de obra mediante la aplicación del
utilaje industrial moderno.
El sentido reverencial del dinero y la insistencia en que
los pueblos hispánicos cambiaran de actitud en materia
de economía, finanzas, comercio, agricultura e
industria, tuvo un sentido moral como ejercicio del
poder, que reaparece de contínuo en sus escritos. Es un
misterio, en sí mismo, pero el hombre debe buscar que
armonice con el saber y el amor. Enemigo del mani-
queísmo que rechaza la materia por corrompida y
corruptora, Maeztu afirmaba un sentido espiritual del
factor económico para evitar que dominara indebidamente
las demás actividades humanas.
El poder es algo superior que supone en el pueblo que lo
alcanza, voluntad y perseverancia singulares, y cuando se
logra dominando a la naturaleza y no a otros hombres,
reviste una dignidad cultural y moral, porque es una
cantera inagotable de bienes y recursos. El poder resulta
de la aplicación del ingenio, la inventiva y la
organización del trabajo productivo: estaba penetrado de
un esencial sentido ético. Sin embargo, estas y otras
ideas hallarán su coronación en una visión de la
religión, la cultura y la política engarzada en la
historia de Hispanoamérica que encuentra su formulación
cabal hacia el final de su vida y en su obra de madurez:
Defensa de la hispanidad (1934).
V. CONCLUSIÓN
Maeztu advirtió que muchos de los problemas de los
Estados Unidos guardaban una estrecha relación con los
de Hispanoamérica; y en general, con los de todos los
países de Occidente. Su imponente presencia en los
asuntos internacionales contemporáneos, así como el
hecho de constituir el campo insoslayable para las
experiencias sociales y políticas de nuestro tiempo,
hacían de los Estados Unidos un tema de preocupación
inevitable para el hombre actual. Su teoría del sentido
reverencial del dinero y su vinculación con el problema
del poder político mantienen, pues, toda su relevancia
en la hora presente, cuando es imperativo vincular toda
realidad social y política con la presencia de Estados
Unidos.
Enrique Zuleta Alvarez
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