Razón e
información
¿Puede
el logos humano operar sin que previamente los sentidos
le hayan suministrado datos acerca de la realidad? ¿Es
capaz de construir conceptos verdaderos desde el total
aislamiento del mundo, desde una plena y definitiva
soledad? Nada demuestra que, como piensan ciertos
idealistas absolutos, lo real sea una creación del
espíritu, y el cosmos sea un producto de nuestra mente.
Al contrario, los conceptos son el resultado de abstraer
experiencias sensoriales y combinarlas lógicamente; los
juicios se hacen mediante esos conceptos; y los
raciocinios se componen de juicios. Toda la actividad
intelectual tiene los datos como apoyatura necesaria.
Hacerse una «composición de lugar» es expresión
coloquial de rico contenido: es la condición para una
opinión fundada y para una conducta razonable. no hay
terapéutica sin previo diagnóstico, ni clase alguna de
proyecto que no se apoye en un conocimiento del campo
sobre el que se va a obrar. La previa información es tan
necesaria al logos que determina su eficacia. ¿Qué
aciertos podrían esperarse del estratega que ignorase
todo sobre las fuerzas en pugna? ¿Qué decisión fecunda
adoptaría un gerente que desconociera todo sobre su
empresa y el mercado? Cuanto menos información, menos
racionalidad. El logos, en la medida en que se
desentiende de la realidad, engendra ensoñaciones y
vaciedades. La historia de la filosofía muestra ejemplos
de construcciones especulativas, como las varias y
sucesivas de Schelling, que parecen puros ejercicios
conceptuales y verbales, no exentos de grandeza, pero
estériles, casi meras curiosidades teóricas.
No es menos desventurada la situación del hombre cuando
razona sobre datos falsos. la historia de la medicina
registra prácticas no ya vanas, sino letales, cuando se
creía en la generación espontánea o en los humores
vitales. La astronomía precopernicana cerraba el acceso
a la realidad cósmica: desde el geocentrismo los cursos
estelares eran imaginarios. Las ficciones del chamanismo
han detenido en estadios culturales primitivos a pueblos
enteros. La ciencia moderna ha progresado sobre la base
de exigir cada vez más datos y más exactos. Los
eminentes avances del conocimiento humano brotan de la
creciente precisión de las experiencias.
El arte es el ámbito de la fabulación y de la empatía.
nadie se engaña ante la estilización cubista, por
ejemplo, de una efigie. Imaginar y pintar como querer es
lo propio del poeta. No hay embaucamiento del logos, sino
apelación a sentimientos sin pretensiones de lógica. No
se discute sobre gustos porque se trata de las mal
llamadas razones del corazón.
El ciudadano que es convocado a votar para la adopción
de decisiones públicas ¿podría hacerlo racionalmente
si su composición de lugar es errada, o ignora el estado
de la cuestión y aún la sustancia de la cuestión
misma? Un voto ignaro desracionaliza el proceso
democrático. El referéndum sobre una compleja
Constitución moderna suele ser una operación retórica
de la clase gobernante. ¿Cuántos votantes han leído el
proyecto legislativo? Y de tan exigua minoría ¿quiénes
poseen la suficiente formación jurídica para medir el
alcance de cada precepto? Un referéndum constitucional
suele ser una ficción masiva.
En niveles políticos inferiores, la racionalidad del
voto resulta altamente problemática. ¿Qué valor tiene
un pronunciamiento acerca de listas de candidatos de los
que nada se sabe? ¿Simplemente adhesión al líder? En
tal caso, el plebiscito presidencialista directo sería
un procedimiento de más densidad lógica. Si se parte
del hecho de que las promesas electorales no se cumplen y
de que el parlamentarismo con disciplina de partido es
teatro ¿cuál es la situación del ciudadano medio? Se
hace su composición de lugar sobre consignas
publicitarias de escasa viabilidad y de veracidad muy
dudosa. Una opinión pública manipulada carece de valor.
En los regímenes absolutos las decisiones políticas
importantes pertenecían a los «arcana imperii», a los
secretos de Estado, mientras el pueblo permanecía como
espectador. Pero en los regímenes de opinión, la
veracidad de la información política es esencial. Allí
donde se engañe al votante, la proclamada democracia es
la máscara de una oligarquía.
El viejo axioma «Nada en el intelecto que, salvo él
mismo, no proceda de los sentidos» tiene una validez
universal. Puede haber cierta racionalidad formal; pero
no racionalidad material desde la ignorancia o el
engaño. Los datos fiables son la condición del
razonamiento correcto. La mente desinformada gira en el
vacío. La actitud adoptada desde una falsa composición
de lugar es casi un juego de azar.
Sólo el logos informado es fecundo. El esencial problema
consiste en el caracter fragmentario del conocimiento, en
la extraordinaria dificultad de agotar la información
disponible y, sobre todo, la posible. De ahí la desazón
humana en el momento de decidir. Pero eso no excusa del
primario deber de informarse y de no mentir..
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