La diplomacia
La
cumbre de la Habana. Con toda seguridad no producirá
resultado alguno favorable a la libertad del pueblo de
Cuba. Es abrumadora la evidencia de la inmovilidad del
totalitarismo castrista durante los pasados 41 años».
Durante ese período de tiempo, la opinión mundial ha
escuchado a Castro reiterar su negativa a todo reclamo de
apertura democrática. Es más, en los últimos tiempos
los planteamientos de Castro sobre este tema, han
presentado un sesgo crecientemente despreciativo del
proceso democrático. Expresiones públicas tales como la
de no le «da la gana» de dejar el poder, y sus
declaraciones de las últimas horas, muestan hasta el
punto a que ha degenerado su despotismo.
Obviamente, los asistentes a la Cumbre conocen
perfectamente todo esto. Luego la pregunta se impone, es
la de por qué deciden celebrar tan importante reunión
en una nación aherrojada por una dictadura tan férrea
como vetusta.
Primera: en el caso de España, país promotor de este
empeño, se discierne su reavivado deseo de constituirse
en factor decisorio en la política exterior de América
Latina. Esto elevaría su perfil político y poder de
negociación, tanto con la Comunidad Europea como con los
propios Estados Unidos.
Segunda: el interés por parte de gobernante
latinoamericanos, «de apaciguar el descontento de los
elementos extremistas en sus propias sociedades».
Tercera: el deseo de esos propios gobiernos de
«proyectar una imagen supuestamente progresista y
conciliadora, en sus relaciones con la llamada
revolución cubana».
Cuarta: el propósito de un número de países
latinoamericanos de «coincidir con la política de
EE.UU. de pasos calibrados y transición gradual, la
cual, a los efectos prácticos, ha devenido en una
política de acomodo y tolerancia, así como de
concesiones unilaterales a un régimen inconmovible».
Los partícipes en la Cumbre Iberoamericana pretenden que
los acuerdos de la misma puedan doblegar la voluntad del
dictador, conduciéndolo a la tan ansiada transición a
la democracia pluripartidista, y a la economía de
mercado. Desde luego ningún observador razonable
concluirá que tan avezados estadistas pudieran a estas
alturas concebir tamañas esperanzas. Se trata de una
instancia más de un clásico juego diplomático en el
que cada una de las partes pretende una ganancia propia
no cenfesada, a la vez que públicamente se adhieren a un
objetivo o propósito irreal que todos están concordes
en que no habrá de alcanzarse. Esta especie de
«mascarada», es altamente beneficiosa al régimen, y
enumero las causas:
Prtimera: la celebración de la Cumbre Iberoamericana en
La Habana, contribuye al reconocimiento y legitimación
de un régimen cuya imagen pública se ha deteriorado
extraordinariamente por sus continuados desafueros y
desatinos.
Segunda: Esa Cumbre facilita y refuerza el reclamo del
régimen recientemente apoyado por la ONU de que se ponga
punto final al embargo comercial y financiero de EE.UU.
Tercera: las renovadas esperanzas que despierta la Cumbre
de que Castro se avenga a un entendimiento,
implícitamente le concede a su régimen un período
adicional de gracia, esto es, le permita a Castro comprar
tiempo.
Cuarta: el programado foro internacional de La Habana no
puede menos que tener un efecto desalentador y
debilitante sobre la oposición y la dididencia internas,
el cual facilitará el continuismo del régimen.
Resulta alentador que 5 presidentes latinoamericanos
hayan desistido de acudir. Sin embargo, el hecho de que
envíen representantes de sus gobiernos debilita
extraordinariamente su posición y le permite a Castro
alcanzar los objetivos anteriormente señalados.
El reclamo in crescendo de que se ponga fin al embargo de
EE.UU. ha adquirido un nivel ensordecedor. Hace años
venimos señalando el avivamiento de la campaña del
régimen en pro de ese propósito. Como en el caso de la
Cumbre Iberoamericana, muchas naciones apoyan a Castro en
ese empeño por razones de interés propio. Castro se
aprovecha del temor de otros a que se les pueda excluir
del principal mercado del mundo, así como que EE.UU.
pueda ejercer presiones políticas sobre ellos, para así
avanzar su demanda de que EE.UU. se conforme a sus
intereses.
Debe entenderse claramente una vez más, cosa que se ha
repetido hasta la saciedad, que el régimen castrista es
bancarrota, busca con elo la inyección inmediata de
capital y créditos líquidos que le permitan la
supervivencia. La terminación del embargo significa en
términos prácticos acceso a negociaciones con el FMI,
el BM, el BID, y la renegociación y parcial condonación
de la deuda externa cubana, así como la concesión de un
período de gracia de no menos de cinco años, durante
los cuales el régimen recibirá grandes influjos
financieros sin contrapartida de pago por las
obligaciones adquirirdas anteriormente.
Ese cuadro sería muy similar en sus resultados
benéficos para el régimen, al del subsidio recibido de
la URSS por cerca de 30 años. Tal como fue el caso en el
pasado con el citado subsidio soviético, Castro no
movilizaría los nuevos fondos para la diversificación y
desarrollo de la economía cubana o para el asentamiento
de la soberanía e independencia nacionales, sino para
sus propósitos de carácter ideológico y político.
En definitiva, esos recursos servirían para sufragar los
aparatos militar y represivo, la burocracia estatal, el
Partido Unico y los gasgos de la cúpula, así como los
empeños propagandísticos y diplomáticos de Castro en
el exterior.
No olvidemos que el astronómico subsidio soviético por
cerca de tres décadas no consiguió siquiera la
terminación de la política de racionamiento impuesta
por el gobierno al pueblo de Cuba. ¿Por qué esperar que
la estrategia y política del régimen habría de variar
en el caso de un subsidio del mundo occidental?
Es interesante observar para aquellos que han venido
sosteniendo que la abrogación del embargo privaría a
Castro de su argumento favorito para justificar el
fracaso económico del régimen, que en primer lugar, el
susodicho argumento no fue esgrimido por Castro durante
casi 30 años de subsidios soviéticos. Por el contrario,
entonces se mofaba del mismo. Como hemos afirmado en
numerosas ocasiones, si el embargo fuera revocado, Castro
aludiría inmediatamente al impacto negativo que el mismo
supuestamente hubo de producir sobre la economía cubana.
Repetimos, Castro descubriría súbitamente que el
embargo fue nocivo para la Isla, cuando anteriormente,
para ensalzar a la URSS, insistía en su inutilidad. Por
demás, como ya el régimen ha hecho, reclamaría no
menos de $100.000 millones por los daños y perjuicios
que ya ha alegado el embargo causó. De no concedérseles
esas compensaciones -cosa que obviamente no podría
suceder- la nueva cohartada castrista quedaría
establecida, esto es, el embargo ha provocado un daño
tal a la economía cubana, que de no recibirse $100.000
millones de EE.UU. en justo pago de reparaciones, sería
imposible corregirlos.
Además, para aquellos revestidos de un manto legal
riguroso que recaman la aplicación del principio de
libre comercio (incluyendo en el mundo actual los
servicios financieros) al amparo de las antiguas
costumbres y principios del derecho internacional de
Vitoria, Suárez, Vattel y Grocio (ius gentium
voluntarium intercivitates) se les debe responder que en
la tradición ampliamente establecida por Hobbes,
Spinoza, Kant y Hegel, dichas costumbres y principios se
observan sólo en tanto en cuanto no perjudiquen los
intereses propios de las naciones-estados que se niegan a
comerciar.
En los períodos históricos moderno y contemporáneo
marcados por el surgimiento de los estados nacionales, la
agenda interna de los mismos toma precedencia sobre
obligaciones internacionales derivadas de la ley natural
y del principio Pacta Sunt Servanda. En un plano menos
esotérico, habríamos de preguntarnos por qué los
escrúpulos legalistas de los que objetan, no los
aplicaron en los casos del embargo a Sudáfrica, Libia,
Irán, Iraq y Haití, entre otros. Sería interesante
conocer la respuesta a esta pregunta.
Finalmente, en cuanto al llamado argumento humanitario
esgrimido por sus defensores para reclamar el
levantameinto del embargo, la respuesta es tan sencilla
como diáfana: aquellos que desean en realidad adyudar al
pueblo de Cuba lo pueden hacer en forma perfectamente
legal por medio de los canales establecidos para el
envío asistencial de ayuda humanitaria. De esta forma se
beneficia el pueblo sin proveer directamente los recursos
al régimen. A aquellos otros que propugnan anular el
embargo con el supuesto propósito de promover la
sociedad civil en Cuba mediante la venta de insumos
económicos a productores independientes en la Isla, debe
recordárseles que en Cuba no existe en realidad un
sector privado con base legal propia y con los mecanismos
institucionales indispensables para su funcionamientos.
Sólo hay tolerancia ocasional y arbitraria por un
decreciente número de los llamados empleados por cuenta
propia, que sobreviven en onerosas condiciones
marginales.
Prof. Dr. Antonio Jorge
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