La diplomacia

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La diplomacia

Por Prof. Dr. Antonio Jorge

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La diplomacia

La cumbre de la Habana. Con toda seguridad no producirá resultado alguno favorable a la libertad del pueblo de Cuba. Es abrumadora la evidencia de la inmovilidad del totalitarismo castrista durante los pasados 41 años». Durante ese período de tiempo, la opinión mundial ha escuchado a Castro reiterar su negativa a todo reclamo de apertura democrática. Es más, en los últimos tiempos los planteamientos de Castro sobre este tema, han presentado un sesgo crecientemente despreciativo del proceso democrático. Expresiones públicas tales como la de no le «da la gana» de dejar el poder, y sus declaraciones de las últimas horas, muestan hasta el punto a que ha degenerado su despotismo.

Obviamente, los asistentes a la Cumbre conocen perfectamente todo esto. Luego la pregunta se impone, es la de por qué deciden celebrar tan importante reunión en una nación aherrojada por una dictadura tan férrea como vetusta.

Primera: en el caso de España, país promotor de este empeño, se discierne su reavivado deseo de constituirse en factor decisorio en la política exterior de América Latina. Esto elevaría su perfil político y poder de negociación, tanto con la Comunidad Europea como con los propios Estados Unidos.

Segunda: el interés por parte de gobernante latinoamericanos, «de apaciguar el descontento de los elementos extremistas en sus propias sociedades».

Tercera: el deseo de esos propios gobiernos de «proyectar una imagen supuestamente progresista y conciliadora, en sus relaciones con la llamada revolución cubana».

Cuarta: el propósito de un número de países latinoamericanos de «coincidir con la política de EE.UU. de pasos calibrados y transición gradual, la cual, a los efectos prácticos, ha devenido en una política de acomodo y tolerancia, así como de concesiones unilaterales a un régimen inconmovible».

Los partícipes en la Cumbre Iberoamericana pretenden que los acuerdos de la misma puedan doblegar la voluntad del dictador, conduciéndolo a la tan ansiada transición a la democracia pluripartidista, y a la economía de mercado. Desde luego ningún observador razonable concluirá que tan avezados estadistas pudieran a estas alturas concebir tamañas esperanzas. Se trata de una instancia más de un clásico juego diplomático en el que cada una de las partes pretende una ganancia propia no cenfesada, a la vez que públicamente se adhieren a un objetivo o propósito irreal que todos están concordes en que no habrá de alcanzarse. Esta especie de «mascarada», es altamente beneficiosa al régimen, y enumero las causas:

Prtimera: la celebración de la Cumbre Iberoamericana en La Habana, contribuye al reconocimiento y legitimación de un régimen cuya imagen pública se ha deteriorado extraordinariamente por sus continuados desafueros y desatinos.

Segunda: Esa Cumbre facilita y refuerza el reclamo del régimen recientemente apoyado por la ONU de que se ponga punto final al embargo comercial y financiero de EE.UU.

Tercera: las renovadas esperanzas que despierta la Cumbre de que Castro se avenga a un entendimiento, implícitamente le concede a su régimen un período adicional de gracia, esto es, le permita a Castro comprar tiempo.

Cuarta: el programado foro internacional de La Habana no puede menos que tener un efecto desalentador y debilitante sobre la oposición y la dididencia internas, el cual facilitará el continuismo del régimen.

Resulta alentador que 5 presidentes latinoamericanos hayan desistido de acudir. Sin embargo, el hecho de que envíen representantes de sus gobiernos debilita extraordinariamente su posición y le permite a Castro alcanzar los objetivos anteriormente señalados.

El reclamo in crescendo de que se ponga fin al embargo de EE.UU. ha adquirido un nivel ensordecedor. Hace años venimos señalando el avivamiento de la campaña del régimen en pro de ese propósito. Como en el caso de la Cumbre Iberoamericana, muchas naciones apoyan a Castro en ese empeño por razones de interés propio. Castro se aprovecha del temor de otros a que se les pueda excluir del principal mercado del mundo, así como que EE.UU. pueda ejercer presiones políticas sobre ellos, para así avanzar su demanda de que EE.UU. se conforme a sus intereses.

Debe entenderse claramente una vez más, cosa que se ha repetido hasta la saciedad, que el régimen castrista es bancarrota, busca con elo la inyección inmediata de capital y créditos líquidos que le permitan la supervivencia. La terminación del embargo significa en términos prácticos acceso a negociaciones con el FMI, el BM, el BID, y la renegociación y parcial condonación de la deuda externa cubana, así como la concesión de un período de gracia de no menos de cinco años, durante los cuales el régimen recibirá grandes influjos financieros sin contrapartida de pago por las obligaciones adquirirdas anteriormente.

Ese cuadro sería muy similar en sus resultados benéficos para el régimen, al del subsidio recibido de la URSS por cerca de 30 años. Tal como fue el caso en el pasado con el citado subsidio soviético, Castro no movilizaría los nuevos fondos para la diversificación y desarrollo de la economía cubana o para el asentamiento de la soberanía e independencia nacionales, sino para sus propósitos de carácter ideológico y político.

En definitiva, esos recursos servirían para sufragar los aparatos militar y represivo, la burocracia estatal, el Partido Unico y los gasgos de la cúpula, así como los empeños propagandísticos y diplomáticos de Castro en el exterior.

No olvidemos que el astronómico subsidio soviético por cerca de tres décadas no consiguió siquiera la terminación de la política de racionamiento impuesta por el gobierno al pueblo de Cuba. ¿Por qué esperar que la estrategia y política del régimen habría de variar en el caso de un subsidio del mundo occidental?

Es interesante observar para aquellos que han venido sosteniendo que la abrogación del embargo privaría a Castro de su argumento favorito para justificar el fracaso económico del régimen, que en primer lugar, el susodicho argumento no fue esgrimido por Castro durante casi 30 años de subsidios soviéticos. Por el contrario, entonces se mofaba del mismo. Como hemos afirmado en numerosas ocasiones, si el embargo fuera revocado, Castro aludiría inmediatamente al impacto negativo que el mismo supuestamente hubo de producir sobre la economía cubana. Repetimos, Castro descubriría súbitamente que el embargo fue nocivo para la Isla, cuando anteriormente, para ensalzar a la URSS, insistía en su inutilidad. Por demás, como ya el régimen ha hecho, reclamaría no menos de $100.000 millones por los daños y perjuicios que ya ha alegado el embargo causó. De no concedérseles esas compensaciones -cosa que obviamente no podría suceder- la nueva cohartada castrista quedaría establecida, esto es, el embargo ha provocado un daño tal a la economía cubana, que de no recibirse $100.000 millones de EE.UU. en justo pago de reparaciones, sería imposible corregirlos.

Además, para aquellos revestidos de un manto legal riguroso que recaman la aplicación del principio de libre comercio (incluyendo en el mundo actual los servicios financieros) al amparo de las antiguas costumbres y principios del derecho internacional de Vitoria, Suárez, Vattel y Grocio (ius gentium voluntarium intercivitates) se les debe responder que en la tradición ampliamente establecida por Hobbes, Spinoza, Kant y Hegel, dichas costumbres y principios se observan sólo en tanto en cuanto no perjudiquen los intereses propios de las naciones-estados que se niegan a comerciar.

En los períodos históricos moderno y contemporáneo marcados por el surgimiento de los estados nacionales, la agenda interna de los mismos toma precedencia sobre obligaciones internacionales derivadas de la ley natural y del principio Pacta Sunt Servanda. En un plano menos esotérico, habríamos de preguntarnos por qué los escrúpulos legalistas de los que objetan, no los aplicaron en los casos del embargo a Sudáfrica, Libia, Irán, Iraq y Haití, entre otros. Sería interesante conocer la respuesta a esta pregunta.

Finalmente, en cuanto al llamado argumento humanitario esgrimido por sus defensores para reclamar el levantameinto del embargo, la respuesta es tan sencilla como diáfana: aquellos que desean en realidad adyudar al pueblo de Cuba lo pueden hacer en forma perfectamente legal por medio de los canales establecidos para el envío asistencial de ayuda humanitaria. De esta forma se beneficia el pueblo sin proveer directamente los recursos al régimen. A aquellos otros que propugnan anular el embargo con el supuesto propósito de promover la sociedad civil en Cuba mediante la venta de insumos económicos a productores independientes en la Isla, debe recordárseles que en Cuba no existe en realidad un sector privado con base legal propia y con los mecanismos institucionales indispensables para su funcionamientos. Sólo hay tolerancia ocasional y arbitraria por un decreciente número de los llamados empleados por cuenta propia, que sobreviven en onerosas condiciones marginales.



Prof. Dr. Antonio Jorge



 

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