LIBROS: En el
umbral del tercer milenio
Diego,
Enrique de: En el umbral del tercer milenio, ed. Eunsa,
Madrid 1998, 278 págs.
El autor es un columnista que ha reunido en este volumen
una pluralidad de textos políticos con reiteraciones y
glosas; pero con un fuerte común denominador: el repudio
del estatismo y el colectivismo, y la defensa del libre
mercado y la propiedad privada. Esta posición merece
aplausos en un momento en que, increiblemente, resucitan
la socialdemocracia y ciertos marxismos reciclados.
Sin embargo, el autor para desarrollar sus tesis, no ya
antitotalitarias sino simplemente antintervencionistas,
utiliza una gran violencia verbal y acumula las
descalificaciones. Por ejemplo, Hegel es tachado de
«charlatán grandielocuente», y Nietzsche de «teórico
del genocidio y el asesinato». Los epítetos con que se
despacha a estadistas, pensadores e ideologías no
estrictamente liberales son de similar agresividad. Hay
en estas páginas un contraste entre la libertad y la
tolerancia propugnadas, y la belicosidad del estilo. Otra
paradoja es la acre denuncia del adversario, a veces
caricaturizado, en lugar de la razonable comprensión.
El movimiento actual constantemente fustigado es el
islamismo en sus diversas versiones políticas más o
menos integristas. Tal condena no revela un conocimiento
suficiente de lo que acontece entre los hombres del
Corán.
Además del libre mercado y la propiedad privada, el
autor propugna una democracia plebiscitaria (gracias a la
informática) y, sobre todo, un gobierno mundial cuyo
instrumento armado no sea el gendarme estadounidense,
sino una Nato renovada. Esa fuerza militar tendría el
derecho de intervenir allí donde aparezca el disidente
como en Haití, Kuwait, Bosnia, etc. Y surge, entre otras
muchas, la pregunta: ¿También en China? La fórmula
sería la de la gran violencia planetaria contra las
violencias locales. En la raíz de esa antinomia se
encuentra la gran cuestión filosófica, no abordada en
este libro, que el Derecho exige coacción y que ambos
exigen el Estado. El pacifismo total y la absoluta
libertad no son simplemente utópicos, son imposibles.
«Libertas», «ius» y «vis» son inseparables.
Rechazo del aborto y gran apología del hiperabortista
Clinton por su política exterior y su adoptado
neoliberalismo.
Entre las ideas programáticas que asume De Diego,
quizás la menos realista sea la exigencia de la libre
circulación de personas a través de las fronteras (p.
255). Imaginémonos nuestra costa meridional convertida
en abierta para el discreccional desembarco de africanos.
¿Qué saldría de los propuestos plebiscitos españoles
con tan ingente masa de heterogéneos emigrantes, muchos
de ellos integristas islámicos?
Incluso algo tan valioso como la libertad no puede
elevarse a valor supremo. La libertad se subordina al
bien. Desconocer tal axioma lógico es el riesgo de los
apasionados entusiasmos liberales. Al fondo, reaparecen
la Bastilla y lo demás.
A. Landa
|