Los últimos
estandartes del rey
Los
comuneros de la sierra de Huanta en Ayacucho (Perú) son
conocidos con el nombre de Iquichanos por el pueblo de
San José de Iquicha. Ellos desde tiempo fueron amantes
del Rey, a quien consideraban como un padre común, un
enviado de Dios que se convirtió para ellos en el Inca
Católico. Por esto el vínculo de vasallaje que los
unía a la corona estaba potenciado por una poderosa
relación sacral.
La conmoción que significó el ocaso de la Monarquía
Católica en las Pampas de Quinúa se evidenció desde el
primer momento. El signo visible de esto lo tenemos al
observar que inmediatamente después de la batalla de
Ayacucho (9-IX-1824) las guerrillas indígenas realistas
ajusticiaron al Teniente Coronel Medina quien, como
mensajero, llevaba a Lima los partes de esa victoria para
Simón Bolívar.
Partiendo de este hecho, se inició un movimiento de
resistencia indígena contra la República, contra el
«infame gobierno de la patria» como ellos decían. Por
esta razón las represalias no se hicieron esperar; «En
castigo por su militancia realista, la provincia de
Huanta fue grabada en 1825 con un impuesto de 50.000
pesos por orden del Libertador» (Méndez: 1992, p. 23).
Esta militancia leal y persistente era de vieja data y
había sido reconocida en 1821, cuando el Virrey La Serna
le otorgó a la ciudad un escudo con una divisa que
rezaba «jamás desfalleció».
La conmoción que representaba el cuestionamiento del
régimen republicano lo apreciamos claramente cuando el 6
de agosto de 1826, segundo aniversario de la Batalla de
Junín, dos escuadrones de patrióticos «Húsares de
Junín» se sublevaron en Huancayo y marcharon para
unirse con los monárquicos de Huanta. Como consecuencia
de este suceso se originó una represión indiscriminada
contra las comunidades Iquichanas.
La situación se hizo tan crítica que el Mariscal Santa
Cruz, encargado del mando, tuvo que salir en secreto de
Lima (17-VII-1827) a pacificar la región, para lo cual
dio en Huanta un indulto general que reforzaba una Ley de
Pacificación, que había sancionado el Congreso
(14-VII-1827). Un nuevo indulto dado por el Presidente La
Mar meses después evidencia que en realidad la
pacificación era aparente.
El problema era de principio, la República era
considerada por los andinos como enemiga de su pueblo y
de su Fe. Así, las comunidades siguieron a Antonio
Navala Huachaca, un nativo que había jurado defender a
su Rey, y la Fe Católica. Tan grande fue su fidelidad y
firmeza en el combate, que durante la Guerra de
Separación, el Virrey lo recompensó ascendiéndolo al
alto rango de Brigadier General de los Reales ejércitos
del Perú.
Tal era la personalidad del caudillo que el campesinado
huantino llegó a identificarse absolutamente con su
líder y su causa, proclamándolo en las montañas y en
los desfiladeros andinos a gritos de Navala Victoria!!! y
que eran respondidos por un Mamacha Rosario!!! en
recuerdo de Nuestra Señora.
Lo cierto es que en Huanta el Estado Republicano fue
realmente abolido por Huachaca que desde su Castillo, sus
tribunales y sus cabildos administraba el poder nombrando
a sus delegados o alcaldes, así como organizando
diezmeros1 que recaudaban fondos para la causa de «Su
Majestad Católica».
Pero esto no fue lo único: «Este seudo Estado llegó a
disponer la movilización de mano de obra para la
"refacción de puentes y caminos" y más
sorprendente aún, sus atribuciones abarcaron
reglamentación del orden público, estableciendo
patrones éticos de conducta para los individuos bajo su
jurisdicción». (Méndez: 1991, p. 183).
En este mismo orden de cosas, existía un Ejército
Iquichano de rifles, lanzas y hondas que estaba muy bien
organizado en Guerrillas y Columnas de Honderos, todos
uniformados2 y con una oficialidad bien disciplinada. Al
lado de la infantería estaba también la caballería
denominada Los Lanceros de Santiago conocidos por su
bravura (Cavero: 1953, p.183). Este ejército si bien
tenía una estructura regular era apoyado por mujeres y
jóvenes constituyendo en sí una verdadera cruzada
popular.
El caudillo andino en una carta al Prefecto republicano
manifestaba su crítica al nuevo régimen diciendo:
«Ustedes son más bien los usurpadores de la religión,
de la Corona y del suelo patrio... ¿Qué se ha obtenido
de vosotros durante tres años de vuestro poder? la
tiranía, el desconsuelo y la ruina en un reino que fue
tan generoso. ¿Qué habitante, sea rico o pobre, no se
queja hoy? ¿En quién recae la responsabilidad de los
crímenes? Nosotros nos cargamos semejante tiranía»3.
El 12 de Noviembre de 1827, los iquichanos
sorpresivamente tomaron Huanta después de una débil
resistencia del batallón «Pichincha» al mando del
huidizo, sargento mayor Narciso Tudela (Cavero: 1953,
p.197). Los iquichanos estaban dirigidos por su caudillo,
el «General Huachaca», y por los comandantes de las
fuerzas guerrilleras, entre los que destacaban el vasco
francés Nicolás Soregui, Francisco Garay, Francisco
Lanche, Tadeo Chocce, tratado de excelentísimo coronel,
Prudencio Huachaca, hermano del caudillo, y el
presbítero Mariano Meneses, Capellán del ejército
iquichano.
En las alturas de Iquicha se había alzado nuevamente el
estandarte monárquico. Sus planes eran de la mayor
envergadura, tomar Huanta, liberar Huamanga y
Huancavelica, y por fin, la «Restauración del Reino»4,
extirpando a los republicanos, proclamando un ideario
contrarevolucionario y antiliberal, el que se ve apoyado
por clérigos como: «el padre Pacheco, llamado en
documentos oficiales el Apostata y el sacerdote Navarro,
quienes acostumbrados a enardecer los ánimos y a
convencer a las masas desde el púlpito, cambian los
hábitos clericales por la casaca de guerrilleros para
dirigir los combates con sable en mano y pistola de
chispa al cinto» (Cavero: 1953, p.197).
En estos cruzados de Dios, vemos al bajo clero ortodoxo
dirigiendo la logística de los indígenas excluídos,
mientras eran acusados y excomulgados por el alto clero
liberal por «apostasía», y ello por haberse alejado de
la sumisión burocrática que significaba patronato
republicano.
Ante los sucesos de Huanta, el prefecto de Ayacucho,
Domingo García Tristán, preparó la defensa de la
capital departamental constituyendo una alianza defensiva
entre los gremios y oficios de la ciudad, conocidos como
"cívicos" y los Andahuaylinos y Morochucos,
comunidades históricamente enemigas de los huantinos.
En la mañana del 29 de noviembre de 1827, se produjo el
esperado ataque a Ayacucho, donde el ejército campesino
iquichano izaba sus banderas con la cruz de Borgoña a
gritos de ¡Viva el Rey! Pero los Morochucos y
Andahuaylinos, bien armados y en número de 2000 lograron
contener el ataque y contrarrestarlo en la Pampa de
Arcos.
Inmediatamente, después del asalto a Ayacucho, el
coronel Francisco Vidal, ocupó la ciudad de Huanta y se
lanzó a la persecución de los indígenas, que se
habían refugiado en las alturas después de producirse
la ocupación de la ciudad5. Lo dramático de estos
acontecimientos fue relatado, poco tiempo después de los
sucesos, por el comerciante alemán Heinrich Witt, quien
escribía en su diario:
«Las tropas del gobierno tomaron nuevamente, posesión
de la ciudad y si se puede creer a los huantinos se
portaron peor de lo que lo habían hecho los indios, no
sólo saquearon las casas, sino que ni siquiera
respetaron la iglesia, de donde se llevaron las vasijas
sagradas hechas de plata, estatuas de ángeles del mismo
valioso metal, flecos de oro y plata, en resumen, todo lo
de valor. Un oficial fue acusado de haber enviado a
Huamanga no menos de nueve mulas cargadas de cosas
robadas» (Witt: 1992, p.232).
La diferencia con el proceder republicano estuvo, como
dice Cavero, en que: «Los iquichanos pelean,
únicamente, contra los soldados armados, contra ellos
pero nunca hicieron daño a personas indefensas ajenas al
conflicto, ni arrancharon las propiedades de sus enemigos
ni incendiaron los pueblos, se limitaron a prender fuego
a los edificios que sirvieron de cuarteles a sus
contrarios como sucedió con el Cabildo de Huanta, pero
los expedicionarios, usualmente llamados Pacificadores
fueron mil veces más sangrientos y crueles porque
después de vencer la resistencia de los guerrilleros
masacraron a los indígenas sin discriminación de
ninguno y fusilaron a los prisioneros sin previo proceso
de ninguna clase». (Cavero: 1953, p.57)
Después de la caída de Huanta comenzó la fase
irregular de la campaña conocida como guerrillera o de
los castillos de Iquicha porque las cumbres andinas
sirvieron como fortalezas para la resistencia monárquica
del campesinado indígena. El coronel Vidal organizó una
campaña de contramontoneras para reprimir y exterminar a
los «fanáticos» que sostenían la tradición como
ancestral derecho a su auto-determinación.
El más notable suceso de esta etapa, fue el combate de
Uchuraccay (25-VIII-1828), donde el comandante Gabriel
Quintanilla al mando de los bien armados «cívicos»
enfrentaron a los valerosos iquichanos equipados sólo de
lanzas y hondas por un lapso de 2 horas. En este combate
cayó valientemente Prudencio Huachaca y el sargento
mayor Pedro Cárdenas, entre otros, así mismo el
capitulado Valle que falleció pocos días después. No
habiendo podido capturar al general Huachaca, los
vencedores se ensañaron con su esposa e hijos, los
llamados cadetes, quienes fueron hechos prisioneros y
remitidos a Ayacucho.
Poco después se produjo el último combate contra las
fuerzas gubernamentales en Ccano. Habían transcurrido
siete cruentos meses y los republicanos habían logrado
«controlar» a las fuerzas indígenas. Se había
capturado a Sorequi, Garay, Ramos, al Padre Pacheco y al
presbítero Meneses. Pero el indomable Huachaca, como su
pueblo no había sido sometido, seguía cabalgando en su
caballo alazan tostado de nombre «Rifle»' y era seguido
por su séquito, yendo de «castillo» en «castillo» y
resistiendo a los liberales.
Entre 1828 y 1838, los iquichanos se mantuvieron al
margen de la política pero conservando su orden cerrado
y añorando la restauración de su deseado Rey. Del Pino
dice sobre este último año que: «En 1838, Huanta o los
iquichanos se encariñaron con la causa de la
Confederación. El Protector Gran Mariscal Santa Cruz, en
su tránsito por aquel lugar, obsequió un vestido de
general a un indio Huachaca confiriéndole tan alta clase
por el conocimiento de su audacia y porque era el primero
que representaba la ferocidad de su raza». (Del Pino:
1955, p.29)
En este hecho, vemos una evidencia de la idea imperial,
es decir, pluri-étnica y poliárquica de la
Confederación Perú-Boliviana, la cual respetaba una
heterogeneidad que atentaba contra de la identidad
criollo-nacional que postulaba la burguesía costeña.
Esta Confederación venía a significar en nuestra
historia la continuación del Imperio por otros medios6.
Esta defensa del derecho a la diversidad y la tradición
es lo que podría haber querido sostener el reaccionario
García del Rio, en el texto del diario
«Perú-Boliviano» que nos presenta Cecilia Méndez en
su excepcional ensayo La República sin Indios y, donde
el articulista critica a los legisladores de la
burguesía porque: «se olvidaron de que cada pueblo
encierra en sí el germen de su legislación, que no
siempre lo más perfecto es lo mejor». (Méndez: 1992,p
35)
Mas la Confederación estaba sentenciada a muerte por la
anglófila burguesía de Chile, que aliada con los
«emigrados peruanos» la ahogaron en sangre. Así
ocurrieron las primeras invasiones chilenas y la Batalla
de Yungay, tras la cual vino su disolución el 20 de
febrero de 1839.
Para marzo de 1839, el General Huachaca y los indígenas
iquichanos estaban nuevamente en armas contra una
«restauración» criolla, ahora sostenida por las
ballonetas extranjeras. Por ello el ejército católico
se despertó de su sueño guerrero para sitiar nuevamente
Huanta que estaba ocupada por el batallón chileno
«Cazadores».
Ante esta grave situación el Prefecto de Ayacucho,
Coronel Lopera, envió de refuerzo al batallón chileno
«Valdivia» que rompió el asedio y comenzó una cruel
expedición en las punas contra la «indiada».
En junio de 1839, se produjo el combate de
Campamento-Oroco, donde el general Huachaca sorprendió a
los «expedicionarios» y en medio de una tempestad los
obligó a una retirada desastrosa. El contingente
republicano para vengar la humillación infringida:
«...hizo una verdadera carnicería de hombres, sin
distinguir ancianos, niños, ni mujeres y de ganados»
(Cavero: 1953,p.218)
En este contexto incierto, el Prefecto Lopera propició
un acuerdo con las fuerzas iquichanas para encontrar una
salida negociada al conflicto. Por esto, en noviembre de
1839, se firmó el Convenio de Yanallay, entre el
Prefecto y el Jefe iquichano, Tadeo Chocce. Así con un
tratado de paz y no con una rendición acababa la Guerra
de Iquicha. Terminaba la resistencia iquichana, que
sostuvo su caudillo, el Gran General Huacacha, pero este
no firmó el pacto; pues prefirió internarse en las
selvas del Apurímac antes de ceder su monarquismo ante
los que creía «anticristos» republicanos.
Cuando en 1896, los Partidos Civilista y Demócrata
decretaron una contribución sobre la sal afectando los
derechos históricos de los huantinos, ellos respondieron
como siempre con la tradición monárquica como
privilegio diciendo que: «...desde los tiempos del rey
jamás habían pagado por la sal, que Dios la había
creado de los cerros para los pobres y con la sal se
habían bautizado...» (Husson: 1992, p.133).
Bibliografía
1. Altuve-Febres, Fernán. Los Reinos del Perú. Lima
l996.
2. Cavero, Luis E. Monografía de la Provincia de Huanta.
Editoral Rímac. Lima, 1953.
3. Cotler, Julio. Clases, Estado y Nación en el Perú.
IEP. Lima, 1978.
4. Del Pino, Juan José. Las Sublevaciones Indígenas de
Huanta (1827-36). Aguilar Editoral. Huanta, 1955.
5. Fowler, Luis. Monografía del Departamento de
Ayacucho. Imprenta Torres Aguilar. Lima, 1924.
6. Husson, Patrick. De la Guerra a la Rebelión. CBC.
Cuzco, 1992.
7. La Faye, Jacques, Mesías, Cruzados y Utopías. FCE.
México, 1992.
8. Méndez, Cecilia. Los campesinos, la independencia y
la iniciación de la república. En Poder y Violencia en
los Andes. CBC. Cuzco, 1991.
- La República sin indios. En Tradición y Modernidad en
los Andes. CBC. Cuzco, 1992.
9. Rioja, Juan. -México Martir. Editoral Revista
Católica. Texas, 1935.
10. Witt, Henrich. Diario 1824-90. Un Testimonio personal
sobre el Perú del Siglo XIX. Vol. 1. Lima, 1991 .
Fernán Altuve-Febres
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