La partitocracia en retroceso

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La partitocracia en retroceso

Por J.L. Núñez

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La partitocracia en retroceso

Al término de la II guerra mundial, el casi obsceno pacto entre democristianos y marxistas, instauró en la Italia, recién ocupada por el ejército norteamericano (que había repuesto a las mafias en Nápoles y Sicilia), una partitocracia, que es una forma degenerativa de la democracia. En las partitocracias, las oligarquías o cúpulas partidistas monopolizan la representación política gracias a las candidaturas cerradas y la prima a los partidos más votados. Al mismo tiempo, producen la fusión de poderes mediante el control del ejecutivo desde el Gobierno, del legislativo desde la mayoría, y del judicial a través del nombramiento de magistrados1.

El modelo italiano no se extendió a los países del bloque comunista, hoy encabezado por China, ni a las Américas de tradición presidencialista, ni a las monarquías absolutas afroasiáticas; pero influyó en Europa y, sobre todo, en España, que en 1978 recibió una forma radical de partitocracia, complicada por los autonomismos.

Después de décadas de descomposición, la partitocracia quebró en Italia con la aparición del empresario S. Berlusconi, que asumió la dirección de un movimiento populista, y la práctica extinción de la hasta entonces hegemónica democracia cristiana. Ya nada sería lo mismo en Roma.

Aunque De Gaulle evitó que Francia se constituyera como una partitocracia, se produjo el descrédito de los partidos y apareció el populista J.M. Le Pen, que en las últimas elecciones obtuvo el 15% de los sufragios; pero no la correspondiente representación parlamentaria por el pacto de los otros partidos para cerrarle el paso mediante restricciones de la ley electoral.

En Hispanoamérica se produjo la intervención militar para evitar la cubanización comunista de Chile y probablemente de todo el cono sur (Guevara en Bolivia, tupamaros y montoneros en Uruguay y Argentina, etc.) si bien el general Pinochet, a quien el rencoroso postmarxismo no perdona la derrota, acabó restableciendo el presidencialismo tradicional chileno, después de reconstruir el orden social y económico de su país.

En Perú otro populismo, presidido por A. Fujimori, demolió el viejo sistema de partidos y, apelando directamente a las masas, ha ganado dos elecciones sucesivas.

En Austria, el populismo nacionalista de J. Haider ha roto el duopolio partitocrático y, en las últimas elecciones generales, ha obtenido el 25% de los votos.

En la inestable Rusia de Yeltsin, dos populismos, uno de inspiración comunista y otro nacionalista, pretenden salvar al país de la corrupción mafiosa y de la descomposición territorial. Allí el modelo adoptado no fue una partitocracia, sino un cierto presidencialismo de marxistas reciclados y voraces.

En Venezuela, un soldado, H. Chavez, ha derrotado electoralmente a todos los viejos partidos y se propone fundar un nuevo Estado de perfiles aún no definidos por la activa Asamblea Constituyente. Otro populismo que se abre paso con mayoritario apoyo de las masas.

Hay casos análogos, como el de Singapur.

En España, la partitocracia instaurada en 1978 no sólo se ha mantenido con su sistema de listas cerradas y bloqueadas, y la disciplina de voto en ayuntamientos, autonomías y Cortes, sino que, mediante leyes orgánicas, ha sometido al poder judicial, que ha pasado a depender de las oligarquías partidistas. Todo intento de crear movimientos de independientes fue ahogado por el duopolio establecido hasta que apareció el Grupo Liberal Independiente que capitanea el polémico empresario, inasequible al desaliento, J. Gil. Su gestión como alcalde de Marbella le ha llevado al control de Ceuta donde ha obtenido el 38% de los votos. En las últimas elecciones municipales, el Gil, presente en 13 municipios, ha logrado 88.000 votos (en Marbella el 53% y en Estepona el 40%). Los demás partidos han unido sus fuerzas mediáticas, políticas y judiciales para aniquilar al Gil. Incluso se ha cuestionado la independencia de un juez por haber sentenciado a favor de Gil. No hay precedentes en la política española de una ofensiva tan total como la desencadenada contra la nueva y modesta formación. Pero el reciente movimiento populista no parece rendirse y se propone concurrir en toda España a las próximas elecciones generales para recoger el voto abstencionista y el defraudado. ¿Un reflejo español del general fracaso de las partitocracias? La demonización mediática del personaje ¿conseguirá evitar el alza populista que se insinúa? En Venezuela, los medios de comunicación de masas y la vieja clase política coaligados no lograron impedir el triunfo populista.

De momento, el Gil ha conducido a que los partidos mayoritarios se unan para cerrarle el paso, una unión de la que, hasta ahora, no han sido capaces ni para evitar la desintegración autonómica. ¿Será un principio de entendimiento y de futura reacción frente a la ya tan avanzada desnacionalización de España?



J.L. Núñez



 

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