Rectificaciones sobre el origen de la guerra civil

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Rectificaciones sobre el origen de la guerra civil

Por Pío Moa

Arte manierista y amaneramiento indice ¿Qué teólogos?

Rectificaciones sobre el origen de la guerra civil

I. LA MODERACIÓN DE LA CEDA



¿Cuál fue la actitud de la CEDA? Esta cuestión, y la de su (improbable) equiparación con la democracia cristiana posterior a la II Guerra Mundial, han suscitado bastante estudio, ya que es una de las claves de la historia de esos años. Que no era un partido democrático, o no plenamente, lo reflejan frases como éstas de Gil-Robles: «De la facilidad con que pude actuar en el Parlamento han deducido muchos que soy un parlamentarista decidido y contumaz. ¡Qué poco me conocen los que tal dicen! Quienes me veían asistir con ininterrumpida asiduidad a las tareas de la Cámara, intervenir en los debates, promover incidentes, interpelar a los ministros y provocar tumultos no hubieran comprendido la violencia inmensa, la repugnancia casi física que me causaba actuar en un medio cuyos defectos se me revelaban tan palpables. Mi formación doctrinal, mis antecedentes familiares, mi sensibilidad se rebelaban a diario contra el sistema en que me veía obligado a actuar». Aunque no se rebeló. Tomo la cita de S. Carrillo, quien la usa para mostrar la peligrosidad fascista de Gil-Robles, blasonando él, a su vez, de perfecto demócrata1.

Frases como ésta las compensa el líder cedista con otras de sentido opuesto en las que se presenta como un educador de la derecha en el espíritu democrático. Gil-Robles atacó entonces pocas veces de palabra al parlamentarismo, y ninguna de obra. Carrillo, y el PSOE lo atacaron muy reiteradamente de palabra y de obra: no sufrían el vicio del «cretinismo parlamentario» ni las «ilusiones democráticas» como se decía expresivamente en el lenguaje marxista.

La CEDA era, más que un partido, un conjunto de ellos, como su nombre indica (confederación de derechas), y abarcaba diversas posiciones, con el denominador común de la defensa -legalista- de la religión, la propiedad privada, la familia y la unidad española. La orientación doctrinal la marcaba El Debate, su órgano oficioso, muy ligado a la Iglesia. Las ideas sociales de la CEDA se inspiraban en encíclicas papales como la Rerum Novarum de León XIII.

Para realizar su ansiada armonía, los gilroblistas pensaban en un sistema corporatista o corporativista, no bien definido, cifrado en una intervención decisiva del Estado en la vida económica y social. El ideal corporativo sería una evolución necesaria de las democracias en crisis, e integraba a la CEDA en una amplia corriente derechista internacional, que iba desde los fascismos o el corporatismo portugués a tendencias conservadoras británicas y hasta liberales norteamericanas. El diario cedista juzgaba positivamente el New Deal rooseveltiano2. Y tratando de conciliar democracia y corporatismo, El Debate expresaba el deseo de que la evolución española siguiera el camino de la británica3.

En marzo de 1933, en Barcelona, Gil-Robles afirmó su «discrepancia radical del fascismo en cuanto a su programa, en cuanto a las circunstancias en que aparece y en cuanto a la táctica que lo inspira»4.

La CEDA creía defendible su ideario tanto en república como en monarquía, sin especial fervor por ésta, ya que «el 12 de abril no sólo cayó la Monarquía española, cayó todo un sistema social y político que estaba minado en su base, que estaba totalmente podrido». También quería salvaguardar la tradición neutralista hispana ante las contiendas europeas5.

En la CEDA convivían fuerzas diversas, algunas extremistas, así como minorías abiertamente republicanas. Igual que en los demás partidos, las juventudes formaban el sector más radicalizado, con sus lemas autoritarios y gestos de corte o similitud fascista, tan subrayados en muchas historias. Y admite Gil-Robles citándoles: «Somos antiparlamentaristas... el bien común no puede ser interpretado a través de la asamblea elegida por un sufragio universal inorgánico»6. Pero la práctica, ya lo hemos observado, era diferente: ni milicias, ni desfiles de uniforme, ni acciones violentas o sabotajes a las concentraciones de partidos contrarios, ni asesinatos o detenciones ilegales, ni espionaje sobre las ideas.

La CEDA, en fin, sin ser un movimiento democrático, puede considerarse más cerca de serlo que el PSOE e incluso que las izquierdas republicanas.

En tales condiciones, ¿podría funcionar la democracia? Quizá. Una vez establecidas las reglas del juego, la disciplina de las urnas y el control mutuo entre los partidos tienden a consolidar el sistema y a relegar a un nebuloso porvenir las aspiraciones utópicas, hasta marginarlas. El plan de Lerroux de atraer a la CEDA al juego republicano, no parece en absoluto descabellado. Pero la historia siguió otro camino y las reglas fueron rotas, a causa de la ilusión socialista de que había llegado la oportunidad para alcanzar sus ideales de «emancipación proletaria».

II. LA CARICATURIZACION DE LA CEDA



Esta visión de la CEDA choca de tal modo con opiniones muy divulgadas, que requieren una consideración crítica. Tratar a aquélla de fascista está hoy desacreditado, pero todavía historiadores como W. Bernecker, en su libro Guerra en España (1996), rechazan la tesis de la moderación de la CEDA, defendida por R. Robinson, y prefieren la autoridad de José R. Montero y de P. Preston, que sostienen lo contrario. Montero elaboró un estudio sociopolítico en dos tomos, en los que, desde el marxismo, estigmatiza la identificación de la CEDA con «el modo de producción capitalista» y su supuesta fascistización durante 1934. En los años 60 y 70 proliferaron en España los estudios según metodologías marxistas, o que así se presentaban, y llamados, con cierta mofa, «marxismo cañí». Conviene señalar, no obstante, que la derecha solía mirar esos estudios con respetuoso temor intelectual. Por desgracia, aquella vasta marxistización del pensamiento no dejó ninguna idea u obra de alguna envergadura, declinó sin pena ni gloria y terminó esfumándose entre el polvo levantado por la caída del muro de Berlín. Pero es Preston quien ha mantenido con mayor insistencia la idea de una CEDA fascista, por lo que será tratado aquí con algún detenimiento.

En su obra La destrucción de la democracia en España, el británico apoya la pretendida creencia socialista de que la CEDA tenía peligrosidad similar a la del hitlerismo, y avala a Largo y a Prieto, dejando a Besteiro malparado como iluso o algo peor. Podría creerse que, al igual que en otros contenciosos historiográficos, la visión obtenida dependerá del tipo de citas a que se acuda, o de los datos seleccionados en abono de una u otra tesis, pues en la Historia, es sabido, se encuentra de todo. Pero no parece que éste sea el caso. Más bien da la impresión de que las tesis de La destrucción de la democracia sólo se mantienen a costa de omisiones e ilogismos excesivos.



III. RECTIFICACIONES A PRESTON



Creo haber probado que el PSOE sentía más bien desprecio por la derecha, y que el supuesto miedo a su «nazismo» era un recurso propagandístico. Preston, por contra, señala: «Gil Robles acababa de volver del Congreso de Nuremberg y parecía muy influido por lo que había visto. Sus impresiones aparecieron en el boletín interno de la CEDA, describiendo favorablemente su visita a la Casa Parda, a las oficinas de propaganda nazi y a los campos de concentración y cómo había visto a las milicias mazis adiestrándose. Aunque expresaba vagas reservas sobre los elementos panteístas del fascismo, concretaba los elementos más dignos de emulación en España: su antimarxismo y su odio a la democracia liberal y parlamentaria». Hubo, en efecto, un momento pasajero en que Gil-Robles se planteó si sus juventudes tendrían que «armonizar las nuevas corrientes (nazis) con los principios inmortales de nuestra católica tradición». Pero ese momento se limitó a septiembre de 19337.

Si bien Gil-Robles sentía despego por el régimen parlamentario, nunca se identificó con los métodos nazis, y su actitud hacia Hitler no se deja resumir en «vagas reservas sobre los elementos panteístas». Al desdeñar sus convicciones cristianas, Preston comete el mismo error que si desdeñase las convicciones marxistas en el PSOE, simplemente porque no las compartiese o entendiese. El cristianismo era determinante en la CEDA, y por ello el «panteísmo» nazi constituía un fundamental motivo de distanciamiento.

De los partidos ultras, el hitleriano era el que menos aprecio despertaba en la CEDA. El Debate, contra lo que sugiere La destrucción, no lo tuvo por modelo. De hecho condenó puntos capitales de aquél, cosa que el estudioso británico silencia: la política belicista, el culto a la fuerza, el racismo, la persecución religiosa; y mostraba franca alarma ante el rumbo nazi. El corresponsal del periódico en Berlín, deslumbrado por el dinamismo nazi, advertía no obstante, con ocasión del «Día del partido» en Nuremberg: «La tensión patriótica de esta muchedumbre unánime da miedo»; y pronosticaba una catástrofe europea. La reglamentación alemana del trabajo motivaba en El Debate algo más que reticencia: «¡Qué peligroso resultaba un Estado omnipotente para vigilar los principios morales!». Y el totalitarismo hitleriano le inspiraba comentarios como éste: «No pasa un día sin que las noticias de Alemania aludan a la propagación de un espíritu de violencia en la clase juvenil. La juventud entrega su libertad y su independencia a esa vaga idea nacionalista que la convierte en instrumento servil, en cosa de un Estado opresor y absoluto». Y seguía en tono de gran dureza para concluir lúgubremente: «su más grave consecuencia será el estallido bélico»8. Faltan en El socialista condenas semejantes en relación con la URSS. Importa la fecha del comentario, 29 de septiembre del 34, en vísperas de la insurrección izquierdista, porque excluye claramente los métodos hitlerianos incluso en una situación límite como la que se anunciaba. Y, en efecto, las llamadas de El Debate contra los insurrectos de octubre invocaron la ley, las libertades y la integridad de España. La limitada simpatía de la CEDA por el nazismo provenía sólo de que veía en él un valladar frente a la revolución y al expansionismo soviético, postura muy compartida en las derechas europeas del momento.

Especialmente ominosa suena la referencia a los campos de concentración. Pero los campos se presentaban como instituciones de reeducación por el trabajo, con principios similares a los de la ley de Vagos y Maleantes de Azaña. Era un siniestro engaño, cierto, pero no todavía los campos de exterminio en que se convirtieron durante la guerra mundial. Y también distaban aún mucho de la mortífera explotación del Gulag soviético, que llevaba años funcionando. Al omitir estas diferencias, nada banales, Preston crea en el lector apresurado una impresión falsa, como si Gil-Robles aplaudiera los campos de exterminio.

Debe recordarse que en 1933 y 1934 los actos hitlerianos más brutales estaban todavía inéditos o se habían ejercido, en la Noche de los cuchillos largos, precisamente, contra el ala extrema del propio movimiento nazi, las milicias S.A., lo que podría tomarse como indicio de una tendencia menos fanatizada. Y si bien el nazismo fue desde el principio un régimen cruel y antidemocrático, en aquellos años no podía aun compararse con el régimen soviético. Lenin y Stalin habían apilado ya una gigantesca montaña de cadáveres, y la destrucción de las libertades y derechos humanos en Rusia había sido más profunda y sistemática que en Alemania o en Italia (en esta última, la represión había sido muy poco sanguinaria). Ante estos hechos, la «comprensión» de las derechas europeas -no solo la española- hacia el nazismo resulta mucho más explicable que el abierto entusiasmo de las izquierdas por Stalin. Callar estos aspectos significa hacer ininteligible la época.

La destrucción afirma que ya antes de las elecciones de 1933 «no era difícil encontrar paralelismos (de los sucesos que en Alemania llevaron a Hitler al poder) con la situación española. La prensa católica aplaudía la destrucción de los movimientos socialista y comunista en Alemania. La derecha española admiraba al nazismo por su énfasis en la autoridad, la patria y la jerarquía, todas ellas preocupaciones centrales de la propaganda de la CEDA (...) Justificando la táctica legalista en España, El Debate señalaba que Hitler había llegado al poder legalmente». La campaña electoral cedista resulta, en La destrucción, «técnicamente reminiscente de los procedimientos nazis»9. Todo esto es forzar las cosas. Era y es racionalmente imposible ver paralelismos entre la extrema agresividad y violencia nazis y la posición defensiva, legalista y pacífica de la derecha católica española. La CEDA nunca empleó la mezcla de intimidación, desfiles y mítines de masas con técnicas de auténtica hipnosis colectiva típicos del nazismo. Ni realizó atentados o apedreó a votantes, como sí hicieron los socialistas y la Esquerra, con su saldo de muertos y heridos. Estos datos deben pesar más que las vagas alusiones a «reminiscencias nazis». ¿Qué habría escrito el estudioso británico si las intimidaciones y atentados hubiesen procedido de la derecha y las víctimas fueran socialistas? Habiendo ocurrido al revés, pasa por alto el asunto.

La alusión a la autoridad, la patria y la jerarquía, tampoco es convincente. Esos principios son defendidos, sobre todo en períodos de desorden social, por los movimientos conservadores, sin que ello los asimile al de Hitler. Y, curiosamente, serían socialistas y comunistas los que bien pronto iban a exaltar desmesuradamente dichos valores.

Afirma Preston: «Una considerable sospecha rodeaba las intenciones de la CEDA cuando comenzó la campaña (...) La extrema belicosidad de Gil Robles no era muy tranquilizadora». La extrema belicosidad partió indiscutiblemente de los socialistas, la Esquerra y otros; Gil-Robles fue el único que llamó a la paz y la concordia en la contienda electoral. Y el PSOE, poco intranquilizado por la CEDA, cuyo éxito no esperaba, lanzó sus dardos más bien contra Lerroux. Insiste el historiador: «Quedaba claro que la CEDA estaba dispuesta a ganar a costa de todo»10. ¿Que será este «todo»? La masiva votación obtenida sorprendió a la CEDA tanto como a las izquierdas, y Gil-Robles no la buscaba: anunció que no deseaba un éxito «imprudente», actitud refrendada cuando en vez de explotar su victoria se contentó con apoyar a Lerroux, al que había superado en apoyo popular y diputados. Cosa que, dicho sea de pasada, vino muy bien al PSOE y a la Esquerra para organizar su insurrección.

Sumándose a juicios extremistas, Preston califica de «injusto»11 el resultado electoral para el PSOE, porque, aunque este partido mantuvo (más o menos) sus votos de 1931, bajó de 113 a 60 diputados. Olvida que la ley electoral promotora de semejantes injusticias había tenido los mismos efectos para la derecha en 1931; y que se trataba de una ley impuesta por la izquierda en pleno y contra la opinión de la derecha. Es difícil ver la injusticia. Además el PSOE no mantuvo sus electores en sentido proporcional, porque el electorado de 1933 duplicaba al de 1931, debido al sufragio femenino, y por tanto un partido necesitaba duplicar sus votos para mantener la misma fuerza política.

En esa línea sugiere el historiador que las elecciones habrían sido amañadas, destacando denuncias menores hechas por la izquierda y olvidando las denuncias sobre violencias izquierdistas. Aunque hubo pactos electorales para todos los gustos, La destrucción se fija en los de la derecha con los radicales, definiendo a estos últimos como «grandes maestros de la falsificación electoral»12. Pero el gobierno que presidió las elecciones era de centro izquierda y presidido por Martínez Barrio, un radical de izquierda hostil a la CEDA, y sobre cuya honradez nadie ha arrojado sombras. No hay duda razonable de que los votos del Partido Radical y los demás fueron genuinos. Nadie les hubiera consentido falsear significativamente los comicios, por mucha «maestría» que quiera suponérseles.

Las reacciones antidemocráticas a estas elecciones por parte de casi todos los partidos de izquierda tampoco ocupan el espacio debido en La destrucción, con ser decisivas para la historia de aquellos tiempos.

Este breve muestrario de omisiones y desvirtuaciones creo que indica el precio a pagar por sortear a ultranza una versión historiográfica mal enfocada.

El muestrario podría alargarse mucho. Señalaré sólo otro ejemplo. El congreso de las juventudes de la CEDA en El Escorial, en abril de 1934, en La destrucción, «un gesto amenazante», «un gesto antirrepublicano» dentro del supuesto estilo nazi. Lo probarían los gritos de «¡Jefe, jefe!» que acogieron a Gil Robles, y las frases de éste: «Somos un ejército de ciudadanos (...) dispuestos a dar la vida por nuestro Dios y por nuestra España (...) El poder vendrá a nuestras manos (...) Nadie podrá impedir que imprimamos nuestro rumbo a la gobernación de España». Suena más o menos a fascismo. Pero la cosa cambia al completar las frases: «Somos un ejército, de ciudadanos, no un ejército que necesite uniformes y desfiles militares», «Somos los más firmes defensores de la legalidad establecida». Al exaltar el patriotismo español, el Jefe advirtió: «No temo que en España este movimiento nacional derive por cauces violentes; no creo que (...) pretenda resucitar la Roma pagana o haga la exaltación morbosa de los valores de la raza». Estas apelaciones a la paz y la legalidad, y contra el racismo, omitidas en La destrucción, no son lenguaje nazi e indican algo muy distinto de lo que Preston da a entender. No menos demostrativo fue el ambiente en que Gil-Robles habló, una concentración juvenil fácilmente inflamable, y más después de los ataques que había sufrido desde la izquierda: «Hemos tenido todas las dificultades: agresiones, bombas, huelgas generales, amenazas y coacciones de todo género», dijo Gil-Robles, y no exageraba. Hechos así caldeaban los ánimos y los tornaban propicios a las reacciones furiosas. Pese a ello, la CEDA se mantuvo sobria y moderada. El observador puede preguntarse sobre la reacción del PSOE ante un hostigamiento tal a sus mítines. Nada de ello, con su evidente importancia, es siquiera insinuado por Preston13.

La ausencia, en fin, de un peligro fascista la revela el mismo Preston al citar del Cuaderno de la Pobleta una charla de Azaña con Fernando de los Ríos, en enero del 34, triunfante ya en el PSOE la línea insurreccional: «Me hizo relación de las increíbles y crueles persecuciones que las organizaciones políticas y sindicatos padecían por obra de las autoridades y de los patronos. La Guardia Civil se atrevía a lo que no se había atrevido nunca. La exaperación de las masas era incontenible. Les desbordaban. El Gobierno seguía una política de provocación, como si quisiera precipitar las cosas. ¿En qué pararía todo? En una gran desgracia, probablemente. Le argüí en el terreno político y en el personal. No desconocía la bárbara política que seguía el Gobierno ni la conducta de los propietarios con los braceros, reduciéndolos al hambre. Ni los desquites y venganzas que, en otros ramos del trabajo, estaban haciéndose. Ya sé la consigna. «Comed República» o «que os dé de comer la República». Pero todo esto y mucho más que me contara, y las disposiciones del Gobierno, y la política de la mayoría de las Cortes, que al parecer no venía animada de otro deseo que el de deshacer la obra de las Constituyentes, no aconsejaba, ni menos bastaba a justificar, que el Partido Socialista y la UGT se lanzasen a un movimiento de fuerza». Azaña aconsejó a De los Ríos meter en razón a las masas, con vistas a ganar las próximas elecciones. Y Preston arguye con cierta candidez: «Es difícil ver, dada la intransigencia de los patronos, cómo podía la dirección socialista pedir a sus seguidores que fueran pacientes». Al parecer, las masas gastaron una pesada broma a la dirección socialista, empujándola casi a empellones a sublevarse para luego dejarla sola en su revuelta14.

Este relato lo considera Preston «revelador en extremo»; y lo es, aunque no en el sentido que él cree. Azaña encubre sus posiciones de 1934, menos legales y pacíficas de lo que él indica en el Cuaderno de la Pobleta; pero también descubre mucho. A sus denuncias de la «increíble y cruel» conducta de la Guardia Civil cabría objetar que, con todo, no hubo bajo los gobiernos reaccionarios matanzas como las del bienio azañista (San Sebastián, Sevilla, Arnedo, Casas Viejas y otras). No hablemos de la supuesta consigna «¡Comed república!». Nótese que Azaña y De los Ríos fustigan a un gobierno radical, no derechista, pero que estaría creando los motivos esgrimidos por el PSOE para justificar su rebelión... contra la derecha. Pese a tales desmanes, Azaña exhorta encarecidamente a su interlocutor a permanecer en la vía legal, con lo que demuestra no creer en una amenaza para las libertades ni, por tanto, en un peligro fascista.

Descartando, pues, ese imaginario peligro, la política democrática -aunque no la revolucionaria- de las izquierdas sólo podía consistir en unirse y preparar los comicios venideros, como insistía Azaña (y como, por lo demás, terminaron haciendo, aunque ya en un ambiente envenenado por el golpe de octubre, y con un programa no democrático de frente popular). De hecho, nada convendría más a la izquierda que aquellas -de ser generales- tropelías de la derecha contra los obreros, pues con ellas la CEDA haría el trabajo a sus enemigos para las siguientes elecciones. Sin duda hubo desmanes patronales, que la izquierda explotó muy a fondo y que perjudicaron seriamente a la derecha, cuyos líderes eran muy conscientes del daño.

Muchos patronos actuaron de forma abusiva bajo los gobiernos radicales, y no sólo en regiones pobres como Andalucía o Extremadura, sino en la más rica Cataluña. El historiador A. Balcells recoge en su Cataluña contemporánea el testimonio de Carles Cardó, canónigo de la catedral de Barcelona y hombre próximo a la Lliga: «Al día siguiente de la victoria de las derechas (...) los fabricantes de cierta cuenca fluvial de Cataluña rebajaron los salarios (...) alegando aquel vulgar "Ya hemos ganado", que les dejaba en una talla moral inferior a la de sus operarios. Los casos de represalias contra aparceros y rabassaires son numerosos. Sabemos de un solo pueblo de las tierras tarragonesas en que se hicieron más de 300 DESNONAMENTS, bien entendido que afectaron todas a familias afiliadas a partidos de orden, las cuales han votado en bloque por el Frente de Izquierdas» (Cardó escribe poco después de las elecciones de febrero de 1936). Y narra otros hechos similares15.

Apenas concluida la primera vuelta de las elecciones, El Debate advertía: «La anarquía a breve plazo prevé el corresponsal de L'Echo de Paris en el supuesto de que las derechas (...) quisieran abusar de su victoria y caer en pasados errores. Nos parece que el corresponsal ha visto las cosas con claridad, y que la razón le acompaña en sus previsiones». Y llamaba a una conducta prudente, evitando el revanchismo y el «catastrofismo» de los monárquicos. En un artículo del boletín CEDA, el mismo año, Gil-Robles acusaba a los patronos explotadores y vengativos: «A los que ahora se lamentan de lo que está ocurriendo, yo he de preguntarles: ¿pero es que creéis que no tenéis vosotros más culpa que el señor Largo Caballero?», y otro número del Boletín les trataba de «cómplices de la revolución»16.

Pero los atropellos patronales no fueron ni con mucho tan generales ni su influjo tan decisivo como cuenta la propaganda. En 1936 no será la derecha, sino el centro, el que caiga por tierra, mientras que la CEDA ganará votos.

Si el peligro de fascismo era falso, ¿lo era el revolucionario? Cree Preston que sólo después de las elecciones de noviembre de 1933 recuperó Largo Caballero «el tono revolucionario que había adoptado antes en el cine Pardiñas y en la Escuela de Verano de Torrelodones», cuando aquel tono había ido in crescendo, y lo usaban también Prieto y El Socialista, portavoz del partido. O afirma que a finales de año la «retórica» de Largo «no iba (...) acompañada de intenciones revolucionarias serias. No se hicieron planes concretos para un levantamiento y, en diciembre (...), los socialistas permanecieron ostentosamente fuera de un intento de insurrección de la CNT»17. Las intenciones eran tan serias que ya los socialistas se armaban, y Prieto y Largo batallaron con Besteiro. Aducir la abstención del PSOE en la sangrienta insurrección -no «intento» de ella- anarquista de diciembre, supone olvidar algo tan elemental como que el PSOE excluía la improvisación ácrata y que, en el plan socialista, sería el PSOE el que arrastrase a la CNT. Tampoco fue la «retórica» de Largo una reacción al «injusto» fracaso electoral, como dice el autor, cuya idea de lo «justo» y de la democracia en este terreno admite discusión. Y al definir como «estridente retórica revolucionaria» la actitud de la Juventud Socialista (con sus atentados, asesinatos, entrenamiento y agitación violentos), amplía insospechadamente el significado de la retórica. Como vemos, la hipercrítica de Preston hacia la CEDA, se trueca en ingenuidad ante el PSOE.

Dice de Gil-Robles: «levantaba sospechas por haber colaborado con la dictadura de Primo de Rivera». La actividad política de aquél en tiempos de Primo fue insignificante. En cambio Largo Caballero, consejero de estado con el dictador, no levanta sospecha alguna. O da fe a la frase socialista de «cuando en España no había legislación social, se pagaban salarios misérrimos y todos los conflictos los resolvía la Guardia Civil». ¿Ocurriría tan triste situación antes de 1931 con el PSOE como única izquierda permitida y amparada por la dictadura? O cita como un hecho: «El cincuenta por ciento de la población de Sevilla se acostaba con hambre todas las noches»... y en la página siguiente da por bueno el testimonio de Bowers cuando afirma no haber hallado desórdenes en todo el país. ¿Es verosímil que viviendo grandes masas en condiciones tan insoportables, no hubiese algún que otro disturbio? Pero había mucha menos hambre y muchos más disturbios de los que indica el libro. En la huelga campesina del 34 acepta sin crítica las versiones de M. Nelken o de Ramos Oliveira. Y así sucesivamente18.

Para entender la época, también es imprescindible comparar la actitud de la CEDA con la del PSOE con respecto a los dos grandes totalitarismos de entonces. Si la derecha católica repudiaba la violencia, el racismo y las concepciones estatales nazis, el PSOE aprobaba las ideas y el terror soviéticos. Como en el resto de Europa, en España apenas preocupaba a los socialistas el inmenso cúmulo de vícticas del régimen comunista y la asfixia total de las libertades en la URSS. La excepción era Besteiro, casi el único en advertir con espanto que la revolución sumergiría a España en un baño de sangre. Largo y Prieto aceptaban el terror como una necesidad histórica. He aquí una muestra típica de esta postura en La vida penal en Rusia, del intelectual socialista Jiménez de Asúa, tenido por moderado. Jiménez pone por las nubes el sistema soviético. Conocedor de cómo se aplicaban las leyes en la URSS, censura suavemente «las arbitrariedades de los órganos administrativos» (la GPU), pero advierte que la crítica al stalinismo, «permitida en el área limitada de lo abstracto, se paraliza frente al fenómeno concreto de un pueblo que ha removido desde los cimientos al capote su organización vital», por lo que elude cuidadosamente «caer en el frenesí crítico», ya que «en horas de revolución, la serenidad no puede exigirse»19. Y frente a la necesidad histórica y los costes del progreso, los demás argumentos desfallecían entre los marxistas, y no solo entre ellos. Una actitud frecuente en ámbitos izquierdistas republicanos y masones lo reflejan estas palabras atribuidas a López Ochoa: «El comunismo no es para nosotros un coco, somos partidarios del progreso humano (...) Quién sabe si yo podría ser tan buen general del Ejército rojo como del republicano»20. Lógicamente, la angustia de Besteiro, aún más acentuada, afectaba también a la CEDA, que tenía muy presente la experiencia soviética. En verdad, la revolución rusa, reciente en 1934, había estremecido al mundo, como titulaba John Reed su célebre reportaje, y sus consecuencias, desarrollo y expansionismo mundial, provocaban pesadillas en los conservadores. Pero el autor de La destrucción, que sobrevalora en mucho el supuesto miedo del PSOE al fascismo, desestima el miedo, mucho más fundado y razonable, de la CEDA a la revolución social.

Tan frecuentes desvirtuaciones indican que el libro de Preston debe partir de un enfoque irreal. Y, en efecto, éste aparece al comienzo de la obra: «Durante la II República, los partidos parlamentarios de la izquierda introdujeron una serie de reformas que amenazaban directamente la estructura económica y social existente en España antes de 1931. Las actividades tanto de la derecha legalista como de la llamada catastrofista entre 1931 y 1939 fueron ante todo la respuesta a esas ambiciones reformistas de la izquierda (...) Este libro es un examen del papel jugado por el partido socialista en la organización del desafío reformista, de la resistencia decidida a la reforma llevada a cabo por los representantes políticos de la oligarquía (...) y de los efectos del conflicto subsiguiente en el movimiento socialista y en el régimen democrático español»21.

Las reformas en cuestión son las llamadas sociales, así como los estatutos de autonomía, la reforma del ejército o la separación de la Iglesia y el estado. Pero no se descubre en ellas un grave trastorno para las estructuras sociales. La reforma agraria, tenida por la más demoledora para las bases de la oligarquía, fue abordada sin convicción y con timidez por las izquierdas, no porque temiesen a las derechas, por entonces muy débiles políticamente, sino por una mezcla de inseguridad sobre sus efectos, desconfianza entre los partidos, e ineptitud. El gobierno reaccionario salido de las elecciones del 33 no sólo mantuvo dicha reforma, sino que la aceleró, y el partido fascista de José Antonio exigía un fuerte impulso al reparto de tierras. También mantuvieron los radicales las instituciones del primer bienio. Siguieron actuando los «jurados mixtos» establecidos por el PSOE para regular la contratación colectiva e incluso fue admitida en ocasiones una «ley de Términos Municipales» a la que otorgaban los socialistas valor desmesurado, y que molestaba a las derechas, pero también perjudicaba a miles de trabajadores, y era saboteada por los republicanos de izquierdas, para exasperación de Largo.

Otra reforma clave fue la de las autonomías regionales, aunque sólo Cataluña logró su estatuto mientras duró el régimen. El pronunciamiento de Sanjurjo en 1932 tuvo como uno de sus motivos el de impedir el estatuto catalán. Pero este pronunciamiento fue desatentido por casi toda la derecha, y más tarde los gobiernos reaccionarios mantuvieron el estatuto. Lo mantuvieron incluso, y esto es decisivo, tras la intentona de Companys en octubre del 34, cuando fue suspendido, pero no abolido. En realidad un buen sector de la derecha defendía la manera tradicional de gobernarse España, con fueros que otorgaban a diversas regiones un amplio autogobierno, y podía ver en las autonomías una actualización de aquella forma de estado. La oposición a los estatutos no se dirigía contra el principio en sí, sino más bien contra el separatismo de sectores de la Esquerra, y del PNV y el consiguiente peligro de disgregación nacional. También a las izquierdas, en especial al PSOE, les inquietaban las autonomías, por motivos semejantes y por otros doctrinales (liberales o marxistas): retrasaron cuanto pudieron el estatuto vasco y marginaron el gallego.

La reforma del ejército levantó ampollas en grupos castrenses, pero era moderada y con sus principios las derechas podían estar de acuerdo, y lo estaban la mayoría de los militares. Por supuesto, no fue abolida por Lerroux, ni cuando Gil-Robles se encargó del ministerio de la Guerra, en 1935. Como tampoco hubo marcha atrás en la separación de la Iglesia y el Estado. La expulsión de los jesuitas o la prohibición de enseñar para las órdenes religiosas, si bien concebidas por Azaña como una garantía para la república, quebrantaron la enseñanza, vulneraron el principio de la igualdad ciudadana y provocaron la indignación de una considerable masa popular, no solo ni principalmente de la oligarquía.

Sólo minorías de la derecha se opusieron cerril y destructivamente a unas reformas que ni siquiera contaban con un claro consenso en los republicanos. Si bien la CEDA tenía otras ideas que la izquierda sobre cómo afrontar la crisis de los tiempos, pensaba realizarlas en un proceso lento y constitucional. Y que las reformas distaban de amenazar seriamente al conjunto de la derecha, lo prueba la actitud de los radicales y de los cedistas en el poder.

No fueron, pues, las reformas, sino su aplicación irregular, inhábil y agresiva para gran parte de la sociedad -como reconocerían luego diversos políticos izquierdistas-, lo que sembró el descontento, y no sólo, ni mucho menos, entre los oligarcas. La reforma militar llegó con aires de humillación al ejército, con arbitrariedades políticas y subversión en los cuarteles. La reforma agraria se rodeó de exaltaciones extremistas y de medidas como la instalación de braceros sin respeto a los derechos de propiedad, para alarma de propietarios grandes y pequeños. En Cataluña y Vasconia, los nacionalistas cultivaban una propaganda vejatoria para la opinión española, sin reciprocidad por parte de ésta. El laicismo venía coreado por una agitación en extremo ofensiva para los creyentes, y por atentados, incendios y destrucciones. Cabe señalar la singularidad de que quienes quemaban templos y asaltaban centros políticos y periódicos derechistas, acusaran a sus víctimas de fanatismo e intolerancia. Debe reconocerse que, de haber sido los católicos españoles la mitad de intolerantes de como suele presentárseles, estos actos habrían levantado oleadas inmediatas de disturbios y represalias, y en muchos países sin duda habría ocurrido así.

Y debe recordarse que, al caer Primo de Rivera, la monarquía buscó la vuelta al constitucionalismo, el cual, por su propia dinámica, tendría que llevar a cabo reformas parejas a las republicanas. Con la república las reformas quizá se aceleraron, pero es difícil que con la monarquía no se hubieran abierto paso igualmente. En definitiva, sólo si la derecha hubiera reaccionado de modo subversivo a las reformas -lo que sólo hizo una pequeña minoría- se habrían convertido éstas en el problema decisivo del régimen. La cuestión clave fue, insistamos en ello, la de la democracia: ¿iba a evolucionar el régimen por medio de las elecciones y las libertades, o bien por la imposición violenta de unos partidos sobre otros?

No, las reformas no eran lo bastante radicales o temibles como para que la derecha terminara por sublevarse y correr un serio riesgo de ser aplastada. Si al final se rebeló, en 1936, fue por otras causas, como veremos con detalle en El derrumbe de la IIRepública. el peligro para ella fue el ambiente creado y la marcha revolucionaria de la CNT, del PCE y, sobre todo, del PSOE y de la Esquerra. Se produjo, y no por las derechas, un creciente socavamiento de la legalidad, y una amenaza revolucionaria a cada paso más concreta. A ella respondió la derecha radicalizándose, si bien muy lentamente. Hasta el alzamiento de 1936, la CEDA no ocasionó ninguna crisis seria del régimen, y salvó a éste de la de octubre de 1934. Hasta finales de 1933, y excepto la «sanjurjada», las crisis fermentaron en las izquierdas mismas: alzamientos anarquistas, bolchevización y ruptura del PSOE con la ley, etc. El «golpe» de la CEDA consistió en ganar un alto número de votos. Y desde entonces fueron las izquierdas las que siguieron vulnerando sin tregua la legalidad.

La sobrevaloración del impacto de las reformas se combina en La destrucción con una doctrina implícita, reminiscente de un marxismo desleído, cuyos resultados vienen contenidos en el planteamiento: lucha de clases entre los partidos de «la oligarquía» y los que representaban a «la clase obrera» y a «las clases populares». Preston cree en esas representatividades. Aunque bien podría dudar. El vasto sostén popular al principal partido de la «oligarquía» debiera suscitarle incertidumbre pero, si lo hace, la supera de modo simple: «En un régimen democrático la ventaja numérica habría jugado normalmente a favor del partido de la clase trabajadora (...) Sin embargo, para finales de 1933, Acción Popular había demostrado que unos amplios recursos financieros y una propaganda hábil también podía conseguir apoyo popular»22. Así, el influjo cedista provendría de una propaganda manipuladora, engrasada con chorros de dinero. El PSOE, de suyo se entiende, a nadie manipulaba y sería con toda naturalidad «el partido de los trabajadores». Pero ¿cómo explicar que millones de personas se dejasen embaucar por una oligarquía tan cruel, oscurantista y explotadora como la que él describe, de la cual tenía la gente larguísima experiencia práctica? ¿Cómo es que esa gente no seguía a los partidos que naturalmente la representaban e iluminaban acerca de sus intereses, partidos muy fuertes, con grandes recursos financieros y dueños, durante dos años largos, de los resortes del poder? Por otra parte, los anarquistas también se decían representantes del pueblo trabajador, despreciaban a la república por antipopular y antiobrera, y la hostigaban a fondo. ¿Por qué no da Preston el mismo crédito a su propaganda que a la del PSOE, cuando la CNT tenía entre los obreros no menos respaldo que la UGT? Problemas básicos que La destrucción, lamentablemente, deja de lado.





IV. CONCLUSIÓN



En resumen, la cuestión del origen de la guerra civil puede plantearse así: ¿surgió la guerra del cerrilismo y las conspiraciones derechistas contra las reformas, o del impulso revolucionario del PSOE y antidemocrático de las izquierdas burguesas? Los hechos examinados indican que fue lo segundo, y que la CEDA se inquietaba por una amenaza revolucionaria que, al revés que la fascista, era auténtica y no fraguada por la propaganda. El PSOE profetizó que la lucha de clases escindiría inexorablemente al país entre los partidarios de la dictadura proletaria y los de la burguesa o «fascista», y calculó que ellos, los proletarios eran los más fuertes. La profecía tendía a cumplirse por sí sola: en la medida en que la agitación social tomara cariz revolucionario, la derecha sería empujada a posiciones extremas. Sin embargo, y a despecho de esa enorme presión izquierdista, así como de los esfuerzos de atracción de la extrema derecha, la CEDA eludió la tentación dictatorial.

Debe admitirse, pues, que el principal partido de la derecha respetó las reglas del juego mejor que sus contrincantes, y que propugnó reiteradamente la concordia, o al menos una suavización de las tensiones que volvían irrespirable la política. La fascistización de un amplio sector derechista, invocada por la teoría del PSOE y por las argucias justificativas de la Esquerra, no iba a producirse en España hasta meses después de las elecciones de 1936, y en circunstancias muy especiales. En conjunto la actitud cedista fue tolerante y paciente en grado sumo. Es difícil que en cualquier país un potente sector social hubiera soportado sin rebelarse un acoso como el sufrido por la parte del pueblo representada en la CEDA.

Cabe especular, finalmente, sobre si la contención de la CEDA ayudó a la paz. Quizás tuvo, precisamente, el efecto contrario, dado que su moderación fue juzgada como debilidad y cobardía por muchos de sus enemigos, estimulando los ímpetus de la revolución. Pero en cuanto a esto no puede haber seguridad.



Pío Moa



 

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