La política partitocrática

pag. principal Razón Española

La política partitocrática

Por Angel Maestro

Los últimos estandartes del rey indice  La partitocracia en retroceso

La política partitocrática

Andrés Ollero que, además de catedrático de Filosofía del Derecho, es diputado del Pp, ha intervenido en el veraniego curso escurialense de la Universidad de Madrid sobre el tema «De la retórica clásica a la práctica actual» el pasado 18 de agosto. Entre otras amenas cosas, dijo:

«La política es teatro», un teatro en el que todo vale y en el que se ocupa un papel determinado. «No importa lo que te diga tu conciencia o cuál sea tu opinión, tú, antes de votar algo debes saber cuál es la opinión de tu partido y la debes acatar. Y no pasa nada, la política es así, esas son las reglas del juego. Por ejemplo, tú debes estar siempre en contra de lo que diga la oposición, diga lo que diga, y pienses lo que pienses».

Según Ollero, los debates o las reuniones parlamentarias son pura pantomima. «Nadie puede pensar que un debate vaya a modificar una decisión previamente adoptada», afirmó. Y este es el motivo por el cual el hemiciclo del Congreso de los Diputados esté normalmente semivacío. «En algún momento tendremos que trabajar, no lo voy a hacer en el avión», señaló.

Calificó de teatral y «oligárquico» el funcionamiento interno de los partidos políticos. «Todos sabemos -señaló- que las decisiones en los partidos se toman entre, como mucho, dos personas y que los demás poco pintamos».

«¿Con este panorama, me dirán que qué es lo que hace un catedrático como yo metido en la política?», se preguntó el propio Ollero. «Pues intentar hacer cosas que tienes en la cabeza sin importarte que para llevarlas a cabo, que alguna vez se consigue, tengamos que hacer teatro».

En este teatro de la política el escenario por antonomasia es la televisión. «Es fácil de comprobar, toda la tribu Hermida hoy en día tiene una alcaldía», señaló.

Narró cómo vivió el último debate sobre el estado de la Nación. La escena no tiene desperdicio. «Yo me senté en mi escaño cuando habló el presidente del Gobierno. Me quedé allí sentado mientras contestó el jefe de la oposición, entre otras cosas porque cuando los jabalíes están interviniendo debe de haber un toma y daca, porque si no los otros nos barren. Lógicamente cuando sale el señor Anguita, se produce la estampida general; allí no queda ni su padre. Yo fui el primero que me fui, y no por nada, sino porque a Anguita le puedo ver por televisión mientras trabajo en mi despacho. Estuve allí trabajando hasta las diez y media de la noche. Cuando terminé, ya estaba cansado, se me ocurrió pensar: «en el hemiciclo no debe de estar ni su padre, por lo cual si voy ahora voy a chupar cámara como un loco». Pues efectivamente, llegué al hemiciclo, me senté en la fila de asientos contiguos al del presidente del Gobierno, y luego me dijeron que estuve saliendo en la televisión toda la noche. Parecerá una tontería, pero me vino de miedo».

En torno a la sinceridad giró otra de las cuestiones que se plantearon durante el debate: ¿Puede la sinceridad acabar con la carrera de un político? Ejemplos: Vidal-Quadras, Herrero Rodríguez de Miñón, Fernando Suárez. «Son cosas normales dentro de la política», opinó Ollero.

El testimonio del profesor Ollero no aporta ninguna novedad sustantiva, el panorama lo describió anticipadamente entre nosotros Fernández de la Mora en su ya clásico libro La partitocracia (ed. Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1977). Pero hay que admirar un cierto coraje en el hecho de enfrentarse con el despotismo de las consignas imperantes y decir la verdad. En este caso, el universitario prevaleció sobre el diputado.

Pero el panorama descrito no es válido para toda la política, sino para la partitocrática. Cuando se construía el gran monasterio filipino y España era la señora del orbe, la gobernación ¿tenía algún parecido con la miserable imagen que ofrece Ollero? Nuestras Cortes tradicionales no eran el gran guiñol a que las han reducido la Constitución de 1978 y la legislación electoral. El Congreso de los Estados Unidos o las Asambleas suizas son cámaras no exentas de dignidad.

¿Por qué los diputados, como coloquialmente reconoció el disertante, «pintan poco»? Porque no deben el escaño a su representatividad, sino a la designación digital de las cúpulas partidistas que los han incluido en las listas cerradas y bloqueadas. Porque la disciplina de partido impide expresar las personales opiniones. Porque la cualidad principal que se exige a un candidato es la docilidad, y se condena al ostracismo a quien adopte posiciones propias.

El actual Congreso de los diputados es una costosa ficción que con ventaja podría ser sustituida por una mesa en la que tomaran asiento los siete representantes de los grupos parlamentarios que votarían con el peso cualificado de su número de diputados. Ni siquiera haría falta el debate elitista: el orden del día y a votar. Con unos minutos de reunión mensual se despacharía lo que ahora ocupa sesiones maratonianas y retóricas donde los plúmbeos discursos son leídos y los resultados anunciados.

Lo que es mediocre teatro es la política partitocrática repuesta en España por la II Restauración, no la gran Política. Y ese teatro, ni siquiera divierte al gran público.



Angel Maestro



 

Los últimos estandartes del rey indice  La partitocracia en retroceso

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.