Razón de la
muerte
La
existencia de todos los vivientes es temporalmente
limitada, tiene un comienzo y un final, ocupa un
fragmento relativamente despreciable en la cronología
cósmica. La peculiaridad del hombre no consiste en una
mayor o menor brevedad; tampoco en que él se muere,
mientras que los individuos de las demás especies
simplemente se extinguen. Quien haya asistido a la
agonía del corzo herido o a la del perro doliente no
puede caer en el oscuro narcisismo de creer que sentirse
morir es una exclusiva humana. La gran diferencia es que
el hombre, en todo momento, sabe que morirá y tiende a
programar su trayectoria en función de una caducidad
indeseada, pero inexorable. Es difícil sostener que la
vida como tácito o expreso «ars moriendi» sea una
superioridad felicitaria de nuestra especie.
La muerte es la fuente más caudalosa de angustia porque
es un mal supremo e inevitable. La mente arbitra
infinidad de tácticas evasivas; pero efímeras y
parciales. También asuntivas y frontales, aunque
minoritarias. «No hay nada más que un paso entre yo y
la muerte» (I Sam. 20,3), se lee en uno de los libros
veterotestamentarios. Como telón de fondo de todos los
avatares vitales, yertas cenizas.
Desde el punto de vista del individuo, la caducidad es un
absurdo: cuando se ha acumulado más experiencia, más
saber y más bienes, hay que extinguirse; después de
superados tantos obstáculos para ganar en longevidad,
esa ancianidad esforzadamente alcanzada resulta
vestíbulo del acabamiento. Autoconstruido y, pronto
derribado. El poderosísimo instinto de conservación es
contradicho, brutal y paradójicamente, por la muerte;
una aparente antinomia de la naturaleza.
Pero desde la perspectiva de la vida en general, la
muerte de los individuos no es ninguna aberración, es
una exigencia lógica. En la Tierra, la paleontología
demuestra que la vida se inicia bajo formas muy simples,
y evoluciona hacia configuraciones de complejidad
creciente, la última y más capaz, el hombre de hoy.
No es sólo la cruel ley de la selva o economía de la
nutrición: la necesaria muerte de unos para sostener a
otros. Es que las mutaciones genéticas se producen en el
momento de la reproducción. La evolución requiere una
serie casi infinita de generaciones que se sucedan y se
seleccionen compitiendo para la cópula y sobreviviendo
ante circunstancias hostiles. Los menos aptos carecen, a
la larga, de viabilidad. Poco tiempo después de surgido
el hombre actual, su predecesor, el de Neanderthal,
desapareció de nuestro planeta, probablemente eliminado
por el homínido superior. Si con la transitoriedad de la
vida se plantean, como en China, problemas epocales de
superpoblación ¿cuál sería la situación terráquea
si no hubiera muerto ninguno de los vivientes nacidos?
¿Dónde brota-rían las semillas? ¿Habría solar para
trillones de insectos, y aire para billones de pájaros?
¿Cabrían los humanos en los continentes? La respuesta
sería un híbrido de pesadilla y ciencia ficción.
La evolución, es decir, el proceso irreversible y
unidireccional que engendra innovación, diferenciación
y niveles más elevados de organización, exige la muerte
de los individuos. Cada sucesión abre una posibilidad de
perfeccionamiento, sólo excepcionalmente logrado. El
árbol de la vida arraiga sobre cadáveres; también, a
escala más reducida, el Imperio. El absurdo biológico
sería la inmortalidad de los cuerpos. Como seres
encarnados hemos de asumir la densa fundamentación
racional de la propia finitud somática.
¿Seres lógicamente para la muerte? En modo alguno. El
hombre es un ser para construir su propia vida, sea cual
fuere su duración. Ningún otro viviente posee tal
capacidad de autoconfiguración biográfica. Nos hacemos
a nosotros mismos un personal perfil histórico
irrepetible. El existir humano es una creación
continuada, es la espléndida oportunidad de hacerse más
valioso por las obras. En esa dramática carrera, la
muerte es un estímulo. La suma de esfuerzos personales
eminentes engendra la cultura, que es la maravillosa
prótesis con que los hombres salen del estado de
naturaleza y, zigzagueantes, progresan.
Y también seres biológicamente para la vida,
transitoriamente la propia; pero, a la larga, para la
vida en general, que continúa después de cada individuo
y que tiende a evolucionar, hasta ahora si no azarosa, al
menos misteriosamente. Pero se inicia la era en que los
procesos evolutivos podrán ser racionalizados. La
próxima gran gesta del logos será perfeccionar no sólo
accidental, sino esencialmente el cuerpo en el que se
inserta.
La razón impone la conclusión de que la muerte,
subjetivamente absurda, tiene sentido objetivo.
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