La
desnacionalizacion de España
El
académico y, ex ministro Gonzalo Fernández de la Mora
clausuró el curso de conferencias de la Fundación en el
Hotel Mindanao de Madrid el día 23 de junio de 1998 con
una lección sobre el tema «La desnacionalización de
España». El orador, después de exponer
esquemáticamente la historia del concepto de
«nación», aportó una provisional definición propia.
«Una nación -dijo- es una voluntad colectiva de
protagonismo histórico apoyada en la proximidad
geográfica y en la comunidad de usos y de intereses».
Estos dos tipos de factores objetivos pueden darse
conjunta o separadamente. Y citó el caso de la nación
judía que, durante siglos existió sin cohesión
geográfica. Lo decisivo es que un conjunto de hombres
comparecen en el escenario de la historia universal no
como individuos. sino integrados en una persona moral
colectiva.
A continuación, el conferenciante rebatió el extendido
tópico de que la nación sea un hecho natural, algo
dado, como un río o una montaña. Tal error nace del
hecho de que el lugar de nacimiento es inexorable, y el
nacido no lo puede cambiar. Pero la oriundez no implica
necesariamente una nacionalidad. Son, por ejemplo,
millones los nacidos fuera de los Estados Unidos
convertidos en ciudadanos norteamericanos. Algo análogo
ocurrió cuando se emanciparon los virreinatos
hispanoamericanos y muchos nacidos en la Península se
convirtieron en argentinos o mejicanos.
Una vez expuestas las premisas, Fernández de la Mora
formuló su tesis principal: «Las naciones son hechos
contingentes y, como tales, se producen, evolucionan y
concluyen. Y esos hechos contingentes no son tanto el
resultado de circunstancias materiales objetivas cuanto
de voluntades humanas. Una nación es la consecuencia de
una decisión. Las naciones no nacen, sino que se
hacen».
Y añadió que esas voluntades suelen ser las de una
exigua minoría, a veces la de un líder respaldado por
un pequeño séquito. En apoyo de esta afirmación citó
algunos ejemplos del siglo pasado: la nación argentina
es principalmente la invención de San Martín, la
uruguaya de Artigas, la chilena de O'Higgins, y así
sucesivamente. A estas voluntades elitistas coadyuvan
factores dados o sobrevenidos, como previas subdivisiones
administrativas (las audiencias virreinales) o presiones
internacionales para fragmentar al vecino. Pero lo
esencial de la decisión nacionalizadora es un liderazgo.
Es lógico, puesto que «el acto de voluntad -precisó el
conferenciante- procede siempre de sujetos individuales,
y la yuxtaposición de muchas es lo que metafóricamente
se considera una voluntad co-
lectiva».
Esto supuesto, el Estado nacional es aquella entidad
política cuya base humana se presenta como nación. Este
tipo de configuración institucional es moderno: tiene
sus orígenes a finales del siglo XV y alcanza su
plenitud a partir de la Revolución francesa. El apogeo
de los Estados nacionales corresponde a los siglos XIX y
XX. En las edades antigua y media los protagonistas de la
historia universal no eran Estados nacionales, sino
ciudades e imperios. El conferenciante ilustra con
ejemplos: «Ni Hammurabi, ni Ramsés, ni Pericles, ni
Alejandro Magno, ni Julio César, ni Carlomagno
encabezaban y gobernaban lo que hoy se llamaría una
nación, ni siquiera sus pueblos eran plurinacionales en
sentido estricto; entonces, el vínculo entre el súbdito
y el soberano no era la nacionalidad».
En general, los nacionalismos son manifestaciones de la
ambición de una élite codiciosa de soberanía y de un
egoísmo colectivo inducido a las masas (para nosotros lo
nuestro y lo de los vecinos más débiles). La
calificación moral del egoísmo es necesariamente
negativa por lo que entraña de insolidaridad e incluso
de rapiña. Pero el juicio histórico no es mucho más
favorable. El apogeo de los Estados nacionales coincide
con las dos grandes guerras mundiales, las más atroces
de la Historia, las que han ocasionado más dolor y
destrucción. Como reacción ante tan dura experiencia,
la segunda postguerra mundial se ha caracterizado por el
intento de atenuar la anarquía internacional y de
superar los Estados nacionales mediante unidades
políticas más solidarias y extensas. Un ejemplo
arquetípico es la Unión Europea en construcción.
Fernández de la Mora resume la primera parte de su
conferencia en dos conclusiones. «Una nación es,
principalmente, la consecuencia de una decisión
minoritaria que logra adhesiones masivas y que adquiere
trascendencia política, sobre todo, en la edad
contemporánea». Y en segundo lugar, «el Estado
nacional, a causa de la sangre derramada y de su
inadaptación a una convivencia globalizada, se encuentra
en tan profunda crisis que los europeos están
renunciando a tal forma política».
* * *
A continuación, el conferenciante concentra su atención
en España. Nuestra nación es la consecuencia de
esfuerzos milenarios. Roma acabó con el tribalismo y
creó la provincia Hispania. A la caída del Imperio, los
visigodos rehicieron una unidad peninsular con elementos
góticos y latinos. Los reinos cristianos hubieron de
reconquistar la Península para la occidentalidad, y los
Reyes Católicos culminaron y consolidaron la unidad
nacional sobre una base religiosa que exigió la
expulsión de mahometanos y judíos. A pesar de las
tensiones (germanías, comunidades, Portugal, Cataluña,
etc.) se mantiene la unidad nacional. Felipe V de Borbón
importó de su natal Francia la centralización
administrativa y trató de homogeneizar jurídicamente la
pluralidad anterior, heredera del medievo; pero también
aceptó desnacionalizaciones como las del Rosellón y
Gibraltar. Las Cortes de Cádiz tomaron de los
revolucionarios franceses la reactualizada idea de
«nación» y a ella consagraron el primer título de la
Constitución liberal de 1812. Así se llegó, tras
nuevos accidentes, como el cantonalismo y el carlismo, a
la II República que en el año 1931 definió a España
en su Constitución no como un Estado nacional, sino
«integral», inno-vación profesoral que dentro del
título I «Organización nacional», permitió la
descentralización en regiones autónomas de las que, en
rigor, sólo se constituyó la catalana, pronto anulada
por el Gobierno republicano tras la revolución de 1934,
que fue el prólogo de la guerra civil. «Es evidente
-concluye el conferenciante- que, a pesar de las
tensiones externas e internas, nunca completamente
superadas, una serie de trascendentales decisiones
políticas, desde los Escipiones hasta ayer, configuraron
a España como una nación».
¿Qué ha acontecido desde 1975 en esta II Restauración?
se preguntó el conferenciante. Y respondió: «Pues que
no se ha cesado de adoptar decisiones desnacionalizadoras
en contra del esforzado legado histórico y de la
consigna de Franco en su testamento político:
"Mantened la unidad de las tierras de España,
exaltando la rica multiplicidad de sus regiones, como
fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria"».
«No estamos -añadió-ante un suceso natural como un
terremoto, sino ante una voluntad política
desnacionalizadora que invierte el tenso y plurisecular
esfuerzo unificador». Y argumentó esta interpretación
con una serie de datos frecuentemente pospuestos o
disimulados, pero evidentes.
El primero de esos datos es que antes de que se
promulgase la Constitución de 1978 se aprobaron, por
simple Real Decreto de la Corona con el sólo refrendo
del presidente Suárez, quince autonomías, la primera de
ellas la de Cataluña. En el preámbulo del Real Decreto
de 29 de noviembre de 1977 se decía: «no se impide que
fórmulas parecidas puedan emplearse en supuestos
análogos en otras regiones» lo que equivalía a invitar
a provincias y regiones a la dispersión. No era un azar
histórico, era una expresa voluntad desnacionalizadora,
dictada desde la cúpula del Estado.
El segundo es que, como consecuencia de pactos con
grupúsculos separatistas, y del hecho consumado de las
preautonomías, los constituyentes aprobaron -«contra mi
voto», precisó el orador- el artículo segundo de la
Constitución donde, entre una contradictoria retórica
unitiva para tranquilizar a los ingenuos, se proclamó
nada menos que la existencia de «nacionalidades» en
plural. Y todo el título VIII se empleó en establecer
las prácticamente ilimitadas competencias de las
llamadas «comunidades autónomas». No fue pues un
azaroso accidente, sino la más solemne voluntad, la de
los constituyentes, la que aceleró el proceso
desnacionalizador.
El tercero fue la ratificación, modificación o
concesión de los 17 Estatutos de autonomía ahora
vigentes, otras tantas trascendentales decisiones
desnacionalizadoras puesto que expresamente se admitió
la existencia de diversas nacionalidades dentro del
Estado. Tampoco fueron imposiciones como la
deshispanización del Rosellón, sino actos de voluntad
política interna, o sea, puras decisiones políticas.
El cuarto se subdivide en multitud de decisiones
gubernamentales de «transmisión de competencias».
Cuando esas competencias suponen policías autonómicas,
tribunales supremos propios, control de puertos,
privilegios fiscales, babelización peninsular y
expulsión de la lengua unificadora, presencia regional
en la política exterior, y diálogos sobre
autodeterminación o cosoberanía es que no se trata del
desarrollo de la ambigua Constitución de 1978, sino de
su interpretación innovadora y extensiva, es decir, de
una constante voluntad política de progresiva
desnacionalización de España.
La originaria decisión desnacionalizadora se viene
instrumentando con series de decisiones (la última la
del «indefensor» del pueblo) sin límite conocido,
multiplicadas por la subasta autonómica y, finalmente,
radicalizadas por las amenazas de retirar el apoyo
parlamentario. Hay que reconocer que el corrupto Gobierno
socialista llegó a un punto en que prefirió convocar
unas elecciones que le arrebataron el poder antes de
seguir cediendo a la desnacionalizadora intimidación
autonómica.
«España no se deshace, -concluyó el conferenciante-
sino que es deliberadamente deshecha desde el poder
político, y yo no creo que esa sea la voluntad de la
mayoría de los españoles. Estamos llegando al punto en
que se debería convocar un referéndum para preguntar a
todos si quieren renacionalizar a España o continuar su
desnacionalización hasta la fragmentación que algunos
reclaman y que ahora casi nadie contradice con rotunda
claridad».
Estas fueron las palabras finales de Fernández de la
Mora: «No me resigno a que sean los eurócratas de
Bruselas los que, por intereses centroeuropeos,
intervengan para impedir una recaida en las divisiones,
los taifismos y los cantonalismos que en el pasado
estuvieron a punto de ocasionar, como en el año 711, una
pérdida de España. Frente a los involutivos que deciden
desnacionalizar, hemos de esforzarnos en renacionalizar
para ocupar el lugar europeo que merecen nuestro gran
pasado y nuestra legítima ambición de españoles
totales. Antes que un problema de ser o no ser, es
cuestión de querer o no querer».
Boletín de la F.N.F.F.
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