Alfredo Sánchez
Bella
Cuando
conocí a Alfredo Sánchez Bella, a finales de los años
setenta, su estrella política no es que fuera
declinante, sino que podría decirse propiamente que
estaba extinguida. Atrás había quedado una trayectoria
apretada de cargos: vicesecretario del Consejo Superior
de Investigaciones Científicas (1940-1941), director del
Instituto de Cultura Hispánica (1946-1956), embajador de
España en la República Dominicana (1957-1959), Colombia
(1959-1962) e Italia (1962-1969), y ministro de
Información y Turismo (1969-1973), por referir sólo los
más destacados. También se habían volatilizado
operaciones intelectuales del calado del Centro Europeo
de Documentación e Información (CEDI), nacido en los
primeros cincuenta, que él había impulsado y dirigido,
auténtica cabeza de puente para la «ofensiva europea»
del franquismo, esto es, la operación de trabar una red
conservadora que en su momento sirviera al designio de
desmontar las objeciones políticas a la integración de
España en las nuevas instituciones europeas. Por
entonces, más allá de sus actividades empresariales,
sólo presidiría después y según mis recuerdos por no
mucho tiempo el Círculo de Bellas Artes.
Fue precisamente allí donde le ví por primera vez. Juan
Vallet había recibido de él el encargo de convocar a
algunos amigos para cenar con el profesor húngaro
residente en Estados Unidos Thomas Molnar, de paso por
Madrid, y allí acudí, junto con Enrique Zuleta,
Estanislao Cantero, Francisco José Fernández de la
Cigoña y otros reclutados directamente por Alfredo
Sánchez Bella. Demasiados comensales para llevar una
única conversacion, éste se empeñaba en hacer callar a
los díscolos para escuchar al invitado. Lo que, si bien
intencionado, resultaba difícil y aun un tanto molesto,
pues daba la impresión de estar ante un oráculo. Tuve
ocasión de exprimir al oráculo, pues sentado junto a su
esposa, que no sabía el francés en que se desenvolvía
la conversación, hablaba en inglés conmigo y con
Enrique Zuleta, razón por la que terminé acompañando
al matrimonio a su hotel, donde proseguimos la charla.
Sin embargo, el trato del anfitrión me resultó más
superficial, poco más que los autoritarios
requerimientos al silencio durante la cena. Andando el
tiempo mi amistad con Molnar y Sánchez Bella sería
entrañable, mientras que ellos, sin enfado alguno,
sufrirían algún distanciamiento. Las palabras que me ha
escrito el primero con motivo del fallecimiento del
segundo, como siempre agudas, muestran hasta qué punto
había sabido penetrar su alma: «Don Alfredo siempre me
ha dado la impresión de un príncipe-banquero, digamos
un banquero del Renacimiento, con lo que lleva consigo de
mecenas y de gran práctico de la política. La misma
competencia con la que discutía los asuntos más
diversos, de la explotación del petróleo mejicano al
papel de los jesuitas en el Concilio. A principios de los
ochenta le encontré con frecuencia en Nueva York.
Almorzábamos juntos y él me desvelaba los últimos
«secretos» de ecclesia y polis (y también del mundo de
los negocios) en Europa. Las noticias eran con frecuencia
sombrías, pero en nuestro amigo el espíritu y la fe
impedían todo pesimismo. Su generosidad se extendía
sobre todo, romano, madrileño, hispanoamericano... Queda
en mi recuerdo como un ángel guardián de las buenas
causas».
Mi trato con Alfredo se fue haciendo constante poco a
poco en los años siguientes. Primero en los almuerzos
periódicos que Angel Maestro convoca en torno de Gonzalo
Fernández de la Mora. También en los que Alfredo
alentaba en la Gran Peña los jueves alternos con
invitado ponente, en una suerte de club de opinión
procedente del disgusto con que algunos socios del Club
Siglo XXI reaccionaron ante la presencia en su seno
durante la llamada «transición» del genocida de
Paracuellos, con presentación -para mayor dislate- del
ex-ministro Fraga. Pronto en encuentros más reducidos
con el general Armando Marchante, en almuerzos en su
chalet de Somosaguas, en viajes por Europa para asistir a
las reuniones de la Association des Colloques Culturels
Européenes: una corriente de simpatía mutua fue
creciendo entre nosotros, también de benevolencia de él
hacia mí, por qué no decirlo, y las llamadas
telefónicas se hicieron frecuentes, y los envíos de
libros y revistas, y las cartas con sus opiniones sobre
mis artículos y conferencias y sobre el discurrir de
Verbo.
Pero por lo dicho puede entenderse que el repaso de los
hitos del «cursus honorum» de Alfredo Sánchez Bella,
impresionante en su sucesión por la variedad y
trascendencia de cargos y empresas, no haga sin embargo
justicia al hombre. El recuerdo imborrable que guardo de
él va unido al entusiasmo siempre renovado por servir a
la visión tradicional del mundo con los medios en cada
momento más adecuados según la mudanza de los tiempos.
En este sentido es el político de raza el que se
sobreponía a las demás de entre las riquísimas vetas
de su personalidad de intelectual, escritor, diplomático
y empresario. A diferencia de muchos dignos miembros de
su generación, desarbolados con la desaparición del
franquismo, Alfredo no cejó de alentar empresas
culturales, de abrir caminos en el complejo mundo de la
comunicación, de tender puentes para la renovación
constante del pensamiento conservador. Lejos de
guarecerse en el cielo empíreo de las ideas, o de
trasvasar su energía extraordinaria al confortable
ámbito de lo privado, dio ejemplo constante -más allá
del acierto concreto de cada una de sus acciones- de
inconformismo y confianza en la libertad, en una eterna
juventud alegre y sin hiel, pese al gran dolor que cargó
desde la muerte de uno de sus hijos.
Su postulado «posibilismo», por más que su ejercicio
fuera tantas veces muy poco «posible» -tal es la
marginación creciente de todo pensamiento de raíz
verdaderamente cristiana, lo que excluye los experimentos
siempre ruinosos de democracias cristianas y liberalismos
centristas-, le llevaba a no cesar de emprender tanto
como recomendar acciones políticas inteligentes «en lo
que hay». Era en verdad imposible, pero su intención,
que es la que recuerdo, era irreprochable en un hombre
eminentemente político, no con desprecio hacia lo
doctrinal pero sí dispuesto a limar las aristas que el
pensamiento, cuando lo es de veras, inexorablemente
porta, en pro de un más eficaz servicio de los eternos
ideales. Con motivo de la presentación de mi libro
¿Después del Leviathan?, en la Biblioteca de la Gran
Peña de Madrid -donde compartió mesa con Pepe
Javaloyes, a la sazón subdirector de ABC, y el también
ex-ministro Cruz Martínez Esteruelas-, tras un recorrido
de la actualidad política y hasta estratégica de
amplios vuelos a los que tan aficionado era, se empeñó
en querer lanzarme a la política, que en su
«posibilismo» era tanto como arrojarme al Partido
Popular, con palabras y razones apasionadas. No era
posible, no es posible, porque en esta casa hemos optado
-como él había fundado toda su trayectoria en otra
opción- por la custodia más esforzada del depósito
«íntegro» de la tradición religiosa y política,
expulsada fuera del mundo político e intelectual de hoy.
Tanto que el mismo Alfredo, pese a su sentido de la
oportunidad y su capacidad de maniobra, había sido
rechazado igualmente a las tinieblas exteriores, aunque
creía, en su gran generosidad y bondad, poder influir
todavía. Recuerdo a este propósito algún disgusto
ocasionado por la falta de interés en conversar con él
de una flamante ministra a la que había apoyado siempre
antes de serlo.
De opciones hablaba y está claro que no se trata de
opciones irracionales, sino de las que dan razones:
«Optavi et datus est mihi sensus; et invocabi, et venit
in me spiritus sapientiae» (Sap. 7, 7). Alfredo, con
todo, respetaba nuestra opción, y la apoyaba. En la misa
de corpore insepulto que se celebró en la biblioteca de
su casa de Somosaguas, pude distinguir perfectamente
entre los anaqueles la colección de Verbo. Y me vinieron
a las mentes los juicios siempre positivos, a menudo
entusiastas hacia la revista. La mejor del mundo
católico, me repetía con frecuencia, antes de reclamar
mayor atención a las cuestiones de actualidad y mayor
apertura de juicio a fin de multiplicar la eficacia de
nuestra acción. Y, me consta, siempre hablaba bien de
nosotros. Aunque lo cierto es que hablaba bien de todos.
Con dificultad recuerdo algún juicio simplemente
descalificador salido de su boca. Un caso también en
esto excepcional en un predio como el hispano.
No puedo dejar de evocar su voz encendida, interrumpiendo
con agresividad no disimulada las conversaciones cruzadas
en un almuerzo de amigos, cuando empezaban a derivar
hacia el recuento moroso de los males presentes, al
tiempo que reclamaba la vuelta del discurso político:
«Parecéis viejos -espetaba a quienes por edad podían
ser sus hijos-, hemos venido a hablar de política, no a
lamentarnos». O la sorpresa un poco condescendiente de
los directivos de un grupo editorial francés, Vincent
Montagne y Marie-Jöelle Guillaume, ante una reunión en
que Alfredo comenzaba por darles una opinión que le
habían solicitado, pero que pronto se tornaba torrencial
y prácticamente concluía en el diseño de un ambicioso
proyecto de «pool» periodístico que los interlocutores
no querían realizar. No era, en cambio, pura ideación
sin correlato real, y así, pasada la barrera de los
ochenta años, desembarcó en un vidrioso asunto
empresarial con la sola idea de financiar ese sueño.
Todavía tres o cuatro semanas antes de su muerte, cuando
le llamé para anunciarle la venida de un querido y
común amigo portugués, Jaime Nogueira Pinto, me
confesó -con un hilo de voz- que estaba muy mal, para
añadir resueltamente que, sin embargo, no dejara de
telefonearle cuando llegara, porque a finales de mes
confiaba en estar ya recuperado.
Hay algo de extraordinario en la generación que se nos
está yendo a borbotones y que guarda esforzadamente lo
poco que va quedando de la vieja España. La fuerza de
Alfredo Sánchez Bella, en este sentido, más que
personal era colectiva. De otro modo se hace difícil
concebir la multiplicación de redes a que pertenecía,
los infinitos canales de información de los que estaba
al corriente, el tropel de gentes que conocía y trataba.
Su paso por el Instituto de Cultura Hispánica le dejó
inevitablemente herido por la hispanidad real, no la
puramente declamatoria, y no dejaba de cultivar a los
viejos amigos de allí al tiempo que hacía nuevos y
seguía con pasión cuanto viniera de ultramar.
Precisamente, con motivo del V Centenario del
descubrimiento y evangelización de América, dejó en
nuestras páginas muestra notable de sus saberes,
sentires y penares. Pero también en Europa, el viejo
CEDI no dejó de aportarle un caudal de relaciones
personales y de conocimientos verdaderamente
impresionante. He podido comprobar el recuerdo que había
dejado en Roma de los tiempos de su Embajada, o el afecto
y el respeto que levantaba en el archiduque Otto de
Habsburgo, mascarón de proa durante muchos años del
empeño europeo de Alfredo, antes de que aquél iniciara
su discreto y leve desapego del tradicionalismo
católico, al tiempo que su despegue hacia nuevos aires,
no obstante lo cual nuestro hombre le mantendría siempre
su amistad.
Un destacado «manager» cultural desaparecido
prematuramente en los setenta decía de Alfredo Sánchez
Bella que era un gran ventilador, por lo que había de
cuidarse mucho a donde se le aplicaba. Salvada la cautela
un tanto malévola, aunque en todo caso discreta y
prudente, en cuanto a energía y desparpajo se refiere
parece acertada la metáfora. Pero en otro sentido no
deja de devaluar el mérito del hoy llorado amigo. Porque
no se trataba sólo de mover aires. Alfredo tenía un
corazón cálido, que caldeaba todas sus iniciativas e
insuflaba ese fuego a quienes le acompañaban. Al tiempo
que sabía muy bien a qué aplicarlo. Es un tópico
retórico hablar de pérdidas irreparables. También
desde el ángulo conceptual, pues todo individuo es
inefable. Para quienes, en medio del desconcierto epocal,
seguimos asidos a la tradición católica de España, sin
embargo, no se puede calificar de otro modo la
desaparición de Alfredo Sánchez Bella.
Miguel Ayuso
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