Alfredo Sánchez Bella

pag. principal Razón Española

Alfredo Sánchez Bella

Por Miguel Ayuso

Relevo en el ABC indice CRONICA: La Política

Alfredo Sánchez Bella

Cuando conocí a Alfredo Sánchez Bella, a finales de los años setenta, su estrella política no es que fuera declinante, sino que podría decirse propiamente que estaba extinguida. Atrás había quedado una trayectoria apretada de cargos: vicesecretario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1940-1941), director del Instituto de Cultura Hispánica (1946-1956), embajador de España en la República Dominicana (1957-1959), Colombia (1959-1962) e Italia (1962-1969), y ministro de Información y Turismo (1969-1973), por referir sólo los más destacados. También se habían volatilizado operaciones intelectuales del calado del Centro Europeo de Documentación e Información (CEDI), nacido en los primeros cincuenta, que él había impulsado y dirigido, auténtica cabeza de puente para la «ofensiva europea» del franquismo, esto es, la operación de trabar una red conservadora que en su momento sirviera al designio de desmontar las objeciones políticas a la integración de España en las nuevas instituciones europeas. Por entonces, más allá de sus actividades empresariales, sólo presidiría después y según mis recuerdos por no mucho tiempo el Círculo de Bellas Artes.

Fue precisamente allí donde le ví por primera vez. Juan Vallet había recibido de él el encargo de convocar a algunos amigos para cenar con el profesor húngaro residente en Estados Unidos Thomas Molnar, de paso por Madrid, y allí acudí, junto con Enrique Zuleta, Estanislao Cantero, Francisco José Fernández de la Cigoña y otros reclutados directamente por Alfredo Sánchez Bella. Demasiados comensales para llevar una única conversacion, éste se empeñaba en hacer callar a los díscolos para escuchar al invitado. Lo que, si bien intencionado, resultaba difícil y aun un tanto molesto, pues daba la impresión de estar ante un oráculo. Tuve ocasión de exprimir al oráculo, pues sentado junto a su esposa, que no sabía el francés en que se desenvolvía la conversación, hablaba en inglés conmigo y con Enrique Zuleta, razón por la que terminé acompañando al matrimonio a su hotel, donde proseguimos la charla. Sin embargo, el trato del anfitrión me resultó más superficial, poco más que los autoritarios requerimientos al silencio durante la cena. Andando el tiempo mi amistad con Molnar y Sánchez Bella sería entrañable, mientras que ellos, sin enfado alguno, sufrirían algún distanciamiento. Las palabras que me ha escrito el primero con motivo del fallecimiento del segundo, como siempre agudas, muestran hasta qué punto había sabido penetrar su alma: «Don Alfredo siempre me ha dado la impresión de un príncipe-banquero, digamos un banquero del Renacimiento, con lo que lleva consigo de mecenas y de gran práctico de la política. La misma competencia con la que discutía los asuntos más diversos, de la explotación del petróleo mejicano al papel de los jesuitas en el Concilio. A principios de los ochenta le encontré con frecuencia en Nueva York. Almorzábamos juntos y él me desvelaba los últimos «secretos» de ecclesia y polis (y también del mundo de los negocios) en Europa. Las noticias eran con frecuencia sombrías, pero en nuestro amigo el espíritu y la fe impedían todo pesimismo. Su generosidad se extendía sobre todo, romano, madrileño, hispanoamericano... Queda en mi recuerdo como un ángel guardián de las buenas causas».

Mi trato con Alfredo se fue haciendo constante poco a poco en los años siguientes. Primero en los almuerzos periódicos que Angel Maestro convoca en torno de Gonzalo Fernández de la Mora. También en los que Alfredo alentaba en la Gran Peña los jueves alternos con invitado ponente, en una suerte de club de opinión procedente del disgusto con que algunos socios del Club Siglo XXI reaccionaron ante la presencia en su seno durante la llamada «transición» del genocida de Paracuellos, con presentación -para mayor dislate- del ex-ministro Fraga. Pronto en encuentros más reducidos con el general Armando Marchante, en almuerzos en su chalet de Somosaguas, en viajes por Europa para asistir a las reuniones de la Association des Colloques Culturels Européenes: una corriente de simpatía mutua fue creciendo entre nosotros, también de benevolencia de él hacia mí, por qué no decirlo, y las llamadas telefónicas se hicieron frecuentes, y los envíos de libros y revistas, y las cartas con sus opiniones sobre mis artículos y conferencias y sobre el discurrir de Verbo.

Pero por lo dicho puede entenderse que el repaso de los hitos del «cursus honorum» de Alfredo Sánchez Bella, impresionante en su sucesión por la variedad y trascendencia de cargos y empresas, no haga sin embargo justicia al hombre. El recuerdo imborrable que guardo de él va unido al entusiasmo siempre renovado por servir a la visión tradicional del mundo con los medios en cada momento más adecuados según la mudanza de los tiempos. En este sentido es el político de raza el que se sobreponía a las demás de entre las riquísimas vetas de su personalidad de intelectual, escritor, diplomático y empresario. A diferencia de muchos dignos miembros de su generación, desarbolados con la desaparición del franquismo, Alfredo no cejó de alentar empresas culturales, de abrir caminos en el complejo mundo de la comunicación, de tender puentes para la renovación constante del pensamiento conservador. Lejos de guarecerse en el cielo empíreo de las ideas, o de trasvasar su energía extraordinaria al confortable ámbito de lo privado, dio ejemplo constante -más allá del acierto concreto de cada una de sus acciones- de inconformismo y confianza en la libertad, en una eterna juventud alegre y sin hiel, pese al gran dolor que cargó desde la muerte de uno de sus hijos.

Su postulado «posibilismo», por más que su ejercicio fuera tantas veces muy poco «posible» -tal es la marginación creciente de todo pensamiento de raíz verdaderamente cristiana, lo que excluye los experimentos siempre ruinosos de democracias cristianas y liberalismos centristas-, le llevaba a no cesar de emprender tanto como recomendar acciones políticas inteligentes «en lo que hay». Era en verdad imposible, pero su intención, que es la que recuerdo, era irreprochable en un hombre eminentemente político, no con desprecio hacia lo doctrinal pero sí dispuesto a limar las aristas que el pensamiento, cuando lo es de veras, inexorablemente porta, en pro de un más eficaz servicio de los eternos ideales. Con motivo de la presentación de mi libro ¿Después del Leviathan?, en la Biblioteca de la Gran Peña de Madrid -donde compartió mesa con Pepe Javaloyes, a la sazón subdirector de ABC, y el también ex-ministro Cruz Martínez Esteruelas-, tras un recorrido de la actualidad política y hasta estratégica de amplios vuelos a los que tan aficionado era, se empeñó en querer lanzarme a la política, que en su «posibilismo» era tanto como arrojarme al Partido Popular, con palabras y razones apasionadas. No era posible, no es posible, porque en esta casa hemos optado -como él había fundado toda su trayectoria en otra opción- por la custodia más esforzada del depósito «íntegro» de la tradición religiosa y política, expulsada fuera del mundo político e intelectual de hoy. Tanto que el mismo Alfredo, pese a su sentido de la oportunidad y su capacidad de maniobra, había sido rechazado igualmente a las tinieblas exteriores, aunque creía, en su gran generosidad y bondad, poder influir todavía. Recuerdo a este propósito algún disgusto ocasionado por la falta de interés en conversar con él de una flamante ministra a la que había apoyado siempre antes de serlo.

De opciones hablaba y está claro que no se trata de opciones irracionales, sino de las que dan razones: «Optavi et datus est mihi sensus; et invocabi, et venit in me spiritus sapientiae» (Sap. 7, 7). Alfredo, con todo, respetaba nuestra opción, y la apoyaba. En la misa de corpore insepulto que se celebró en la biblioteca de su casa de Somosaguas, pude distinguir perfectamente entre los anaqueles la colección de Verbo. Y me vinieron a las mentes los juicios siempre positivos, a menudo entusiastas hacia la revista. La mejor del mundo católico, me repetía con frecuencia, antes de reclamar mayor atención a las cuestiones de actualidad y mayor apertura de juicio a fin de multiplicar la eficacia de nuestra acción. Y, me consta, siempre hablaba bien de nosotros. Aunque lo cierto es que hablaba bien de todos. Con dificultad recuerdo algún juicio simplemente descalificador salido de su boca. Un caso también en esto excepcional en un predio como el hispano.

No puedo dejar de evocar su voz encendida, interrumpiendo con agresividad no disimulada las conversaciones cruzadas en un almuerzo de amigos, cuando empezaban a derivar hacia el recuento moroso de los males presentes, al tiempo que reclamaba la vuelta del discurso político: «Parecéis viejos -espetaba a quienes por edad podían ser sus hijos-, hemos venido a hablar de política, no a lamentarnos». O la sorpresa un poco condescendiente de los directivos de un grupo editorial francés, Vincent Montagne y Marie-Jöelle Guillaume, ante una reunión en que Alfredo comenzaba por darles una opinión que le habían solicitado, pero que pronto se tornaba torrencial y prácticamente concluía en el diseño de un ambicioso proyecto de «pool» periodístico que los interlocutores no querían realizar. No era, en cambio, pura ideación sin correlato real, y así, pasada la barrera de los ochenta años, desembarcó en un vidrioso asunto empresarial con la sola idea de financiar ese sueño. Todavía tres o cuatro semanas antes de su muerte, cuando le llamé para anunciarle la venida de un querido y común amigo portugués, Jaime Nogueira Pinto, me confesó -con un hilo de voz- que estaba muy mal, para añadir resueltamente que, sin embargo, no dejara de telefonearle cuando llegara, porque a finales de mes confiaba en estar ya recuperado.

Hay algo de extraordinario en la generación que se nos está yendo a borbotones y que guarda esforzadamente lo poco que va quedando de la vieja España. La fuerza de Alfredo Sánchez Bella, en este sentido, más que personal era colectiva. De otro modo se hace difícil concebir la multiplicación de redes a que pertenecía, los infinitos canales de información de los que estaba al corriente, el tropel de gentes que conocía y trataba. Su paso por el Instituto de Cultura Hispánica le dejó inevitablemente herido por la hispanidad real, no la puramente declamatoria, y no dejaba de cultivar a los viejos amigos de allí al tiempo que hacía nuevos y seguía con pasión cuanto viniera de ultramar. Precisamente, con motivo del V Centenario del descubrimiento y evangelización de América, dejó en nuestras páginas muestra notable de sus saberes, sentires y penares. Pero también en Europa, el viejo CEDI no dejó de aportarle un caudal de relaciones personales y de conocimientos verdaderamente impresionante. He podido comprobar el recuerdo que había dejado en Roma de los tiempos de su Embajada, o el afecto y el respeto que levantaba en el archiduque Otto de Habsburgo, mascarón de proa durante muchos años del empeño europeo de Alfredo, antes de que aquél iniciara su discreto y leve desapego del tradicionalismo católico, al tiempo que su despegue hacia nuevos aires, no obstante lo cual nuestro hombre le mantendría siempre su amistad.

Un destacado «manager» cultural desaparecido prematuramente en los setenta decía de Alfredo Sánchez Bella que era un gran ventilador, por lo que había de cuidarse mucho a donde se le aplicaba. Salvada la cautela un tanto malévola, aunque en todo caso discreta y prudente, en cuanto a energía y desparpajo se refiere parece acertada la metáfora. Pero en otro sentido no deja de devaluar el mérito del hoy llorado amigo. Porque no se trataba sólo de mover aires. Alfredo tenía un corazón cálido, que caldeaba todas sus iniciativas e insuflaba ese fuego a quienes le acompañaban. Al tiempo que sabía muy bien a qué aplicarlo. Es un tópico retórico hablar de pérdidas irreparables. También desde el ángulo conceptual, pues todo individuo es inefable. Para quienes, en medio del desconcierto epocal, seguimos asidos a la tradición católica de España, sin embargo, no se puede calificar de otro modo la desaparición de Alfredo Sánchez Bella.



Miguel Ayuso



 

Relevo en el ABC indice CRONICA: La Política

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.