Héroe casi
anónimo
Carlos
Noreña Echeverría estaba destinado en Madrid cuando se
produjo el Alzamiento, con el que se pretendió dar
comienzo a la recuperación de nuestra identidad
nacional, tras numerosos ensayos de mimetismo político
que produjeron una serie de efímeras Constituciones
escritas.
Noreña no alberga duda alguna acerca de los dos bandos
enfrentados en 1936. Requerido, en su momento, por los
que detentaban el poder en Madrid para que se hiciese
cargo del mando de una unidad republicana, respondió que
tal cosa no era posible porque su actitud ante aquel
movimiento era de identificación con los sublevados.
Fue detenido por unos milicianos que le llevaron a la
Casa de Campo, donde, según testimonio del periódico
ABC con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de
Noreña, eran asesinadas, diariamente, de trescientas a
seiscientas personas por delitos como «no tener callos
en las manos» o «ser suscriptores del mencionado
diario». Sin embargo, era tal el temple del Teniente
Coronel Noreña que sus captores se resistieron a
ejecutarlo -asesinarlo sería más exacto- y lo
devolvieron a la cárcel Modelo donde un tribunal le
condenó a la última pena.
A partir de aquel momento, Noreña fue tentado de forma
insistente por personas importantes y , sobre todo, por
miembros allegados a su familia para que no persistiera
en su decisión. La primera de dichas personas fue el
Presidente de la Republica, Azaña, el cual,
personalmente, le propuso ascenderle al empleo
inmediatamente superior si desistía de su idea, oferta
que rechazó cuando se encontraba ya en capilla.
Inmediatamente, le enviaron a su hermana, religiosa de la
Caridad, a cuya proposición no sólo se opuso, sino que
la recriminó por haberse prestado a una mediación que
contrariaba a su honor. En tercer lugar, enviaron a su
esposa y a sus hijos, estos últimos de muy corta edad,
en un empeño de quebrantar su firmeza. Aún queda por
registrar la intervención del Gobierno francés, pues
Noreña tenía el diploma de la Escuela de Guerra de
París y era Caballero de la Legion de Honor. Sin
embargo, como para salvar su vida se le imponía entrar
al servicio del Ejército rojo, se negó.
Antes de morir, escribió a su esposa y a sus hijos.
Dicha carta aneja se conserva en la Escuela de Estado
Mayor del Ejército de Tierra. Allí, y en el arranque de
la escalera de honor, se conservan, asimismo, las fajas
azules de los diplomados que le precedieron o siguieron
en tan heróico sacrificio.
Entiendo que lo dicho es más que suficiente para que
nadie se atreva a oponerse a que Noreña se incorpore al
laureado escalafón de los héroes. Sin embargo, un
ministro de Defensa, que ni siquiera había hecho el
servicio militar, eliminó del lugar de privilegio que
merecidamente ocupaba en la escalilla de los Jefes y
Oficiales del Cuerpo de Estado Mayor, al Teniente coronel
Noreña. En cualquier nación del mundo civilizado
Noreña, no sólo no hubiese sido olvidado, sino que
hubiera sido objeto del reconocimiento público.
Pero hay numerosos ejemplos paralelos. A la misma hora en
la que se registraba el caso Noreña, eran asesinados los
Oficiales de la Escuela de Tiro de Carabanchel en tanto
que a su Jefe, el Teniente Coronel Ortiz de Landázuri,
se le dispensaba de correr igual suerte. Este, sintiendo
como un agravio que se le excluyera, escribió una carta
al ministro de la Guerra en términos tales que ipso
facto, siguió igual suerte que sus oficiales.
Extraordinario, pero cierto.
Armando Sánchez Oliva
Cartas escritas pocas horas antes de morir por el
Teniente Coronel Carlos Noreña.
Cárcel Modelo, 14 de octubre de 1936
Queridísimos hijos:
Unas líneas para despedirme de vosotros antes de
presentarme a Dios, Supremo Juez. Os encargo a todos que
cuidéis, queraís y respetéis a vuestra madre, que es
una santa y tanto ha sufrido por vosotros y por mí.
Muero contento y orgulloso como cristiano y como español
y con la satisfacción de dejaros un nombre inmaculado.
Mis últimas palabras serán ¡Viva Cristo! y ¡Viva
España!
Un abrazo muy fuerte con todo el corazón de vuestro
padre.
Carlos Noreña
Carlitos sé que eres un hombre. Que Dios os bendiga.
Cárcel Modelo, 14 de Octubre de 1936
Queridísima Blanca:
Aunque he tenido el consuelo de verte en mis últimos
momentos, quiero escribirte también estas líneas de
recuerdo. Dejo a mis hijos, como la más preciada
herencia, la fé católica en la que he vivido y quiero
morir. Cuídate tú para que puedas cuidar de nuestros
hijos. Perdono a mis enemigos, incluso a los que hayan de
fusilarme, y te pido a tí que me perdones lo que te haya
hecho sufrir inmerecidamente porque eres una santa. Un
abrazo con todo el corazón y el cariño de tu Carlos.
|