Héroe casi anónimo nº 97

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Héroe casi anónimo nº 97

Por Armando Sánchez Oliva

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Héroe casi anónimo

Carlos Noreña Echeverría estaba destinado en Madrid cuando se produjo el Alzamiento, con el que se pretendió dar comienzo a la recuperación de nuestra identidad nacional, tras numerosos ensayos de mimetismo político que produjeron una serie de efímeras Constituciones escritas.

Noreña no alberga duda alguna acerca de los dos bandos enfrentados en 1936. Requerido, en su momento, por los que detentaban el poder en Madrid para que se hiciese cargo del mando de una unidad republicana, respondió que tal cosa no era posible porque su actitud ante aquel movimiento era de identificación con los sublevados.

Fue detenido por unos milicianos que le llevaron a la Casa de Campo, donde, según testimonio del periódico ABC con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de Noreña, eran asesinadas, diariamente, de trescientas a seiscientas personas por delitos como «no tener callos en las manos» o «ser suscriptores del mencionado diario». Sin embargo, era tal el temple del Teniente Coronel Noreña que sus captores se resistieron a ejecutarlo -asesinarlo sería más exacto- y lo devolvieron a la cárcel Modelo donde un tribunal le condenó a la última pena.

A partir de aquel momento, Noreña fue tentado de forma insistente por personas importantes y , sobre todo, por miembros allegados a su familia para que no persistiera en su decisión. La primera de dichas personas fue el Presidente de la Republica, Azaña, el cual, personalmente, le propuso ascenderle al empleo inmediatamente superior si desistía de su idea, oferta que rechazó cuando se encontraba ya en capilla.

Inmediatamente, le enviaron a su hermana, religiosa de la Caridad, a cuya proposición no sólo se opuso, sino que la recriminó por haberse prestado a una mediación que contrariaba a su honor. En tercer lugar, enviaron a su esposa y a sus hijos, estos últimos de muy corta edad, en un empeño de quebrantar su firmeza. Aún queda por registrar la intervención del Gobierno francés, pues Noreña tenía el diploma de la Escuela de Guerra de París y era Caballero de la Legion de Honor. Sin embargo, como para salvar su vida se le imponía entrar al servicio del Ejército rojo, se negó.

Antes de morir, escribió a su esposa y a sus hijos. Dicha carta aneja se conserva en la Escuela de Estado Mayor del Ejército de Tierra. Allí, y en el arranque de la escalera de honor, se conservan, asimismo, las fajas azules de los diplomados que le precedieron o siguieron en tan heróico sacrificio.

Entiendo que lo dicho es más que suficiente para que nadie se atreva a oponerse a que Noreña se incorpore al laureado escalafón de los héroes. Sin embargo, un ministro de Defensa, que ni siquiera había hecho el servicio militar, eliminó del lugar de privilegio que merecidamente ocupaba en la escalilla de los Jefes y Oficiales del Cuerpo de Estado Mayor, al Teniente coronel Noreña. En cualquier nación del mundo civilizado Noreña, no sólo no hubiese sido olvidado, sino que hubiera sido objeto del reconocimiento público.

Pero hay numerosos ejemplos paralelos. A la misma hora en la que se registraba el caso Noreña, eran asesinados los Oficiales de la Escuela de Tiro de Carabanchel en tanto que a su Jefe, el Teniente Coronel Ortiz de Landázuri, se le dispensaba de correr igual suerte. Este, sintiendo como un agravio que se le excluyera, escribió una carta al ministro de la Guerra en términos tales que ipso facto, siguió igual suerte que sus oficiales.

Extraordinario, pero cierto.



Armando Sánchez Oliva



Cartas escritas pocas horas antes de morir por el Teniente Coronel Carlos Noreña.



Cárcel Modelo, 14 de octubre de 1936

Queridísimos hijos:

Unas líneas para despedirme de vosotros antes de presentarme a Dios, Supremo Juez. Os encargo a todos que cuidéis, queraís y respetéis a vuestra madre, que es una santa y tanto ha sufrido por vosotros y por mí. Muero contento y orgulloso como cristiano y como español y con la satisfacción de dejaros un nombre inmaculado. Mis últimas palabras serán ¡Viva Cristo! y ¡Viva España!

Un abrazo muy fuerte con todo el corazón de vuestro padre.

Carlos Noreña

Carlitos sé que eres un hombre. Que Dios os bendiga.





Cárcel Modelo, 14 de Octubre de 1936

Queridísima Blanca:

Aunque he tenido el consuelo de verte en mis últimos momentos, quiero escribirte también estas líneas de recuerdo. Dejo a mis hijos, como la más preciada herencia, la fé católica en la que he vivido y quiero morir. Cuídate tú para que puedas cuidar de nuestros hijos. Perdono a mis enemigos, incluso a los que hayan de fusilarme, y te pido a tí que me perdones lo que te haya hecho sufrir inmerecidamente porque eres una santa. Un abrazo con todo el corazón y el cariño de tu Carlos.



 

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