LIBROS: La
Iglesia en la España contemporánea. II
L.
Andrés-Gallego y A.M. Pazos: La Iglesia en la España
contemporánea. II. 1936-1999, ed. Encuentro, Madrid
1999, 372 págs.
Este segundo volumen abarca el periodo comprendido entre
el comienzo de la guerra civil que los autores denominan
«la destrucción de la Iglesia católica» en la zona
republicana, y la actualidad. Ambos términos son
descritos en tonos muy oscuros, especialmente el primero,
el del terror. No es más brillante la coyuntura actual
donde son denunciados la crisis moral, la indiferencia
religiosa, el desconcierto en los eclesiásticos, la
pluralidad teológica con heterodoxias no condenadas,
etc. Los tres últimos cuartos de siglo del catolicismo
español no encuentran la aprobación de los autores. Es,
pues, una visión muy crítica.
Sin rebasar los límites del manual, esta obra ofrece
abundante información, más ordenada que en las
hemerotecas de donde mayoritariamente procede. Pero esa
información no se presenta jerarquizada. Al contrario,
son yuxtapuestas anécdotas insignificantes con
acontecimientos decisivos. Por ejemplo, a Rafael Calvo
Serer se le llama una vez «historiador» y otra
«filósofo político» (no publicó ningún libro ni de
Historia ni de Filosofía) y a su turbia operación
política, aliado con Carrillo y Hugo de Borbón, que
pasa por la voladura del diario «Madrid» (episodio que
no pertenece a la historia de la Iglesia), se le dedica
más de una página, o sea, casi tanto como al
trascendental acuerdo concordatario de 1941.
Al final del tomo se dá una compleja y difícil
explicación del reparto de responsabilidades entre los
dos coautores. Pero cualquier lector avisado, pronto
advierte que el obsesivo antifranquismo de que ha solido
hacer gala el primer autor aparece atenuado y moderado
por una mayor neutralidad del segundo. Ambos están
comprometidos con el catolicismo ortodoxo y con una
determinada opción institucional; pero sus talantes son
muy diferentes. Pazos es un teólogo con voluntad de
objetividad, y Andrés-Gallego es un cronista
rotundamente sesgado. El resultado de esta colaboración
tan poco simbiótica es una exposición desigual y, en
ocasiones, contradictoria.
No se habla de la «dictadura de Negrín» pero sí con
reiteración de una «dictadura de Franco». Se habla de
un presunto «nacionalcatolicismo»; pero no de un
ateismo sistemático durante la II República. Se define
a Franco como hombre «de vieja escuela» ¿acaso porque
el catolicismo, que era su concepción del mundo, contaba
ya dos mil años? Se define como «las mejores cabezas de
la inteligencia europea a Mounier, Maritain y Sturzo»,
quizás porque eran contrarios al Alzamiento de 1936
(Mounier era un pensador mediocre; Maritain era un
escolástico que, al final de su vida, se arrepintió de
sus veleidades progresistas; y Sturzo era un cura que
fundó un partido político aconfesional, se exilió, y
retornó como senador democristiano; sus escritos de
sociología no rebasaron la medianía) ¿Se puede
anteponer estos nombres a los de contemporáneos como
Spengler, Maurras, Schmitt, D'Ors, Gentile, Jünger y
tantísimos otros? El entusiasmo de los autores por los
separatistas vascos, porque eran católicos, no les
permite ver ni los horrores que cometieron, ni la honda
crisis actual del País Vasco, ni la nula ejemplaridad
religiosa en que han concluido ex curas como el actual
líder peneuvista.
Se afirma «la confianza inicial del Caudillo en la
victoria alemana», juicio del que no hay prueba alguna y
sí refutaciones como la escéptica actitud de Franco en
la entrevista de Hendaya. Los protestantes eran treinta
mil en 1960 y casi cuarenta mil en 1973, crecimiento que
los autores atribuyen a la «represión fáctica del
franquismo» (p. 271). Pero si había alguna
«represión» era la que reclamaba la Jerarquía, que
reprochaba a Franco no ejercerla. Y ¿por qué el número
de protestantes españoles no ha cesado de aumentar en la
II Restauración con libertad de cultos? Los prejuicios
llevan a la inconsecuencia.
No se cuenta que el Prepósito general de los jesuitas
otorgó a Franco el título de Fundador por haber anulado
el destierro y la confiscación. Tampoco se encuentra la
noticia de que en 1953, el Papa concedió a Franco la
más alta condecoración pontificia, la Orden de Cristo
que entonces sólo poseían cinco personas1.
Los autores ponen en duda la legitimidad del poder de
Franco y de sus Gobiernos (p. 248 y 235), mientras
afirman que los de la II Restauración son «los
representantes legítimos de los españoles». De ahí
que una Iglesia que se integró en el Estado nacido del
Alzamiento tuviera que «lavar el pecado de la
colaboración con el régimen» (p. 323). Esto no
importaría en labios mitinescos; pero es muy serio en la
pluma de un teólogo. ¿Pecaron los millones de
católicos que combatieron a las órdenes de Franco en la
guerra y en la paz? ¿Fueron, en cambio, virtuosos los
chequistas que obedecían al Azaña supuestamente
legítimo? ¿Era Franco ilegítimo porque su poder nació
de una guerra victoriosa y no de unas urnas?Tal criterio
sumiría en la ilegitimidad a Alfonso XII y legitimaría
a Hitler. Hay muchas legitimidades de origen que no son
democráticas, como las dinásticas y las carismáticas
(y la de los Pontífices). Y, sobre todo, hay la
legitimidad más importante, la de ejercicio, que parecen
ignorar los autores.
Azaña, además de surgido de un pucherazo, se
deslegitimó por los crímenes que autorizó, mientras
que Franco se legitimó salvando a los españoles de
medio siglo de tiranía y terror comunista como los que
padeció Albania.
A lo largo de toda la obra hay una constante defensa del
Opus Dei, sin duda justificada porque esa institución es
una firme columna de la Iglesia en este fin de siglo. Sin
embargo, la apología pierde vigor cuando no se hace la
menor salvedad ni siquiera en los casos obvios.
Este volumen se resume en tres hechos: 1º la II
República trató de aniquilar al catolicismo español.
2º Durante al era de Franco ese catolicismo alcanzó uno
de sus apogeos. 3º La II Restauración ha traido la más
extensa e intensa descristianización que ha sufrido el
pueblo español. Parece fuera de duda cuál ha de ser la
valoración propia de un católico: favorable al periodo
central y desfavorable para los otros dos. Algo tan obvio
no queda claro en este libro. Al contrario, habría que
lavar el pecado eclesial de haber colaborado con Franco y
felicitarse del apoyo prestado por la Jerarquía a la II
Restauración y a su Constitución laica de 1978. Esta
tácita conclusión del libro reviste connotaciones de
grave incoherencia.
¿Por qué la España que era misionera en 1970 se ha
convertido en tierra de misión en 1999? Esta es la gran
cuestión historiográfica. Tal catástrofe eclesial la
explican los autores transcribiendo las opiniones del
polémico obispo progresista F. Sebastián. Una de esas
supuestas causas se atribuye nada menos que a «la
situación anterior».
La sociedad española se recristianiza a partir de 1939
porque un Estado confesional promueve la fe y la
moralidad con leyes y gobernantes católicos. España se
descristianiza velozmente a partir de 1978 porque un
Estado, con gobernantes mayoritariamente agnósticos e
incluso anticatólicos, niega dogmas, dicta leyes e
impone criterios éticamente permisivos. Esta es la
evidente explicación que no se encuentra en ningún
lugar de este libro. ¿Prurito progresista o resistencia
a reconocer un error colectivo? Sea lo que fuere, la
confusión y la paradoja predominan sobre la claridad y
la lógica. Pero no las componendas, es la verdad la que
hace libres.
El lavado de cerebros, efectuado por los promotores del
cambio político y moral, ha llegado muy lejos.
Angel Maestro
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