Necesario cambio
de actitudes
Las
actitudes funcionales del pueblo español respecto al
futuro se han deteriorado sensiblemente a favor de una
calidad de vida asumida hedonistamente: aumenta el
bienestar y disminuye la calidad de las personas.
Por lo que concierne al deterioro de las actitudes que
inciden en el progreso real del país, en el plano
económico y social, es preciso afirmar que escasean el
universalismo, la neutralidad afectiva o
desapasionamiento, la especialización; se cree más en
la suerte y en las relaciones que en el esfuerzo y puesta
en juego de todas las capacidades de cada hombre para el
progreso personal y colectivo.
El pueblo español necesita urgentemente una pedagogía
intensa desde todos los medios de comunicación y
docencia. El 21% de los españoles rechaza la competencia
porque «saca a flote lo peor de cada persona»; casi el
50% considera que la «riqueza es culpable» porque
estima que «sólo» se puede conseguir a costa de los
demás. Los que creen que el trabajo duro no conduce al
éxito son el 36% de los españoles. Son muchos los que
quieren el desarrollo y el bienestar con actitudes
contrarias a ambos objetivos. El sentido del ahorro, la
determinación, el «trabajo duro y la fé religiosa»
están al final de la lista, investigada en 1991, sobre
los valores preferidos por los españoles. La
«abnegación y el sacrificio» la entienden y, tal vez,
practican sólo el 5%.
«Casi la mitad de los españoles esperan que el Estado
se haga cargo de sus problemas». En Europa lo espera
poco más de un tercio (un 27% en Alemania). La
disyuntiva de si el bienestar es responsabilidad del
Estado o del individuo la resuelven los norteamericanos:
casi el 75% creen que la responsabilidad es del ciudadano
y sus asociaciones. En Francia, el 50%, en España sólo
lo cree así el 25%. ¿Puede España -donde el 75% cree
que su bienestar es responsabilidad del Estado-
integrarse eficazmente en Europa, en el mundo y en el
tiempo con tal actitud? Con esos pensamientos la carga
del Estado se hace insoportable, infructuosa y
deprimente, y el principio de subsidiariedad actúa con
dificultad en muchos ámbitos.
Lo que ha convertido en grandes a las naciones grandes,
ha sido, según los autores, «la veneración casi
religiosa, por la competencia, la honradez cívica, el
esfuerzo, el trabajo duro, el cultivo de la
excelencia»...
«El déficit de confianza en las instituciones, la
ausencia de marcos de referencia sólidos y de modelos
sugerentes para los jóvenes», la «apatía política y
sindical» (sólo un 10% escaso está afiliado), la
«permisividad ética» (mayor en los jóvenes, la
izquierda radical y los no creyentes) obligan a acciones
educativas y de otro tipo a quienes tengan sentido de
responsabilidad pública y ética.
Según datos sociológicos fiables, en 1970 el 87% de los
españoles se declara católico, en 1993 desciende al
53%. Al parecer un 34% ha emigrado a la indiferencia, la
agnosis o el ateísmo. Ese colectivo comprende en 1993 el
47% de los españoles. Las regiones son muy distintas. En
Galicia «cree que en el hombre hay algo sagrado» el
64%, en Asturias y el País Vasco sólo lo cree el 29%.
Entre los católicos practicantes ascendía al 68%, y
entre los ateos un 19% cree que hay algo sagrado en el
ser humano. La media de los que creen eso en España es
el 53%.
Las causas son múltiples y, en buena parte, culturales.
Prevalecen y se imponen subvalores y contravalores
(subpolíticas y contrapolíticas). Es menester un
esfuerzo en el cumplimiento de los deberes familiares,
profesionales y trascendentes; es preciso promover el
asociacionismo solidario y asumir la responsabilidad
pública que atañe a cada uno; resulta imprescindible
buscar la prosperidad propia en la línea del interés
general y hacer presentes los valores cristianos en el
ambiente cultural promoviendo un diálogo fecundo entre
la fe y la cultura vigente. Hay que rasgar la atmósfera
postmoderna, asfixiante y trivial, con dosis de bien,
verdad y belleza como valores permanentes para el hombre
y los pueblos.
Ante el imperio de «lo light» o débil, y ante el
declive del imperio de la razón y el desencanto; ante el
nihilismo de quienes apuestan poco ante los individuos
fragmentados y las muchedumbres solitarias; ante la vida
sin los imperativos categóricos del deber; ante la
carnalidad de parte de la producción artística; ante el
fallo de la idea de progreso; ante los falsos
equivalentes funcionales de la religión; ante el hambre
en medio de la mayor abundancia; ante el «carpe diem»,
la indiferencia, la egolatría y la locura; ante la falta
de cosmovisiones integradoras; ante la irresponsabilidad
codiciosa de los altos y medios responsables de la
comunicación y de la docencia en plena sociedad de
masas; ... ante todo eso parece imprescindible buscar,
encontrar y distribuir «otra cosa salvífica», la
«noticia nueva» dada de modo más seductor porque al
hombre le conviene ser convencido y convertido.
No ignoro lo que hay de positivo en la cultura dominante;
ni la existencia de valores auténticos en las personas
de cualquier fe, ideología o posición. Se trata del
bien personal de todos en la línea del interés común
y, sin nostalgias ni exclusiones; el esplendor de los
valores esenciales.
La historia da una lección dura y útil; sólo se
autorealizan quienes dirigen su conducta por ideales y
valores, sea su trayectoria y su fin feliz o desgraciado,
vulgar o relevante. Para el creador, distribuidor y
realizador de valores auténticos la vida, e incluso el
dolor, adquiere una satisfacción inefable, encuentran
todas las oportunidades vitales y de sentido, de fé,
esperanza y amor que «mueve el sol y otras estrellas».
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