Necesario cambio de actitudes nº 97

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Necesario cambio de actitudes nº 97

Por J.M. González Páramo

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Necesario cambio de actitudes

Las actitudes funcionales del pueblo español respecto al futuro se han deteriorado sensiblemente a favor de una calidad de vida asumida hedonistamente: aumenta el bienestar y disminuye la calidad de las personas.

Por lo que concierne al deterioro de las actitudes que inciden en el progreso real del país, en el plano económico y social, es preciso afirmar que escasean el universalismo, la neutralidad afectiva o desapasionamiento, la especialización; se cree más en la suerte y en las relaciones que en el esfuerzo y puesta en juego de todas las capacidades de cada hombre para el progreso personal y colectivo.

El pueblo español necesita urgentemente una pedagogía intensa desde todos los medios de comunicación y docencia. El 21% de los españoles rechaza la competencia porque «saca a flote lo peor de cada persona»; casi el 50% considera que la «riqueza es culpable» porque estima que «sólo» se puede conseguir a costa de los demás. Los que creen que el trabajo duro no conduce al éxito son el 36% de los españoles. Son muchos los que quieren el desarrollo y el bienestar con actitudes contrarias a ambos objetivos. El sentido del ahorro, la determinación, el «trabajo duro y la fé religiosa» están al final de la lista, investigada en 1991, sobre los valores preferidos por los españoles. La «abnegación y el sacrificio» la entienden y, tal vez, practican sólo el 5%.

«Casi la mitad de los españoles esperan que el Estado se haga cargo de sus problemas». En Europa lo espera poco más de un tercio (un 27% en Alemania). La disyuntiva de si el bienestar es responsabilidad del Estado o del individuo la resuelven los norteamericanos: casi el 75% creen que la responsabilidad es del ciudadano y sus asociaciones. En Francia, el 50%, en España sólo lo cree así el 25%. ¿Puede España -donde el 75% cree que su bienestar es responsabilidad del Estado- integrarse eficazmente en Europa, en el mundo y en el tiempo con tal actitud? Con esos pensamientos la carga del Estado se hace insoportable, infructuosa y deprimente, y el principio de subsidiariedad actúa con dificultad en muchos ámbitos.

Lo que ha convertido en grandes a las naciones grandes, ha sido, según los autores, «la veneración casi religiosa, por la competencia, la honradez cívica, el esfuerzo, el trabajo duro, el cultivo de la excelencia»...

«El déficit de confianza en las instituciones, la ausencia de marcos de referencia sólidos y de modelos sugerentes para los jóvenes», la «apatía política y sindical» (sólo un 10% escaso está afiliado), la «permisividad ética» (mayor en los jóvenes, la izquierda radical y los no creyentes) obligan a acciones educativas y de otro tipo a quienes tengan sentido de responsabilidad pública y ética.

Según datos sociológicos fiables, en 1970 el 87% de los españoles se declara católico, en 1993 desciende al 53%. Al parecer un 34% ha emigrado a la indiferencia, la agnosis o el ateísmo. Ese colectivo comprende en 1993 el 47% de los españoles. Las regiones son muy distintas. En Galicia «cree que en el hombre hay algo sagrado» el 64%, en Asturias y el País Vasco sólo lo cree el 29%. Entre los católicos practicantes ascendía al 68%, y entre los ateos un 19% cree que hay algo sagrado en el ser humano. La media de los que creen eso en España es el 53%.

Las causas son múltiples y, en buena parte, culturales. Prevalecen y se imponen subvalores y contravalores (subpolíticas y contrapolíticas). Es menester un esfuerzo en el cumplimiento de los deberes familiares, profesionales y trascendentes; es preciso promover el asociacionismo solidario y asumir la responsabilidad pública que atañe a cada uno; resulta imprescindible buscar la prosperidad propia en la línea del interés general y hacer presentes los valores cristianos en el ambiente cultural promoviendo un diálogo fecundo entre la fe y la cultura vigente. Hay que rasgar la atmósfera postmoderna, asfixiante y trivial, con dosis de bien, verdad y belleza como valores permanentes para el hombre y los pueblos.

Ante el imperio de «lo light» o débil, y ante el declive del imperio de la razón y el desencanto; ante el nihilismo de quienes apuestan poco ante los individuos fragmentados y las muchedumbres solitarias; ante la vida sin los imperativos categóricos del deber; ante la carnalidad de parte de la producción artística; ante el fallo de la idea de progreso; ante los falsos equivalentes funcionales de la religión; ante el hambre en medio de la mayor abundancia; ante el «carpe diem», la indiferencia, la egolatría y la locura; ante la falta de cosmovisiones integradoras; ante la irresponsabilidad codiciosa de los altos y medios responsables de la comunicación y de la docencia en plena sociedad de masas; ... ante todo eso parece imprescindible buscar, encontrar y distribuir «otra cosa salvífica», la «noticia nueva» dada de modo más seductor porque al hombre le conviene ser convencido y convertido.

No ignoro lo que hay de positivo en la cultura dominante; ni la existencia de valores auténticos en las personas de cualquier fe, ideología o posición. Se trata del bien personal de todos en la línea del interés común y, sin nostalgias ni exclusiones; el esplendor de los valores esenciales.

La historia da una lección dura y útil; sólo se autorealizan quienes dirigen su conducta por ideales y valores, sea su trayectoria y su fin feliz o desgraciado, vulgar o relevante. Para el creador, distribuidor y realizador de valores auténticos la vida, e incluso el dolor, adquiere una satisfacción inefable, encuentran todas las oportunidades vitales y de sentido, de fé, esperanza y amor que «mueve el sol y otras estrellas».



 

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