LIBROS: La
filosofía ¿sirve para algo?
Febrer,
Mateo: La filosofía ¿sirve para algo?, ed. Instituto de
Teología, Barcelona 1998, 506 págs.
El autor es un nonagenario dominico que ha dedicado la
mayor parte de su vida a la enseñanza de la filosofía y
de la teología. Ha publicado seis libros entre los que
destaca el dedicado al gran tema de la libertad y la
predestinación. Esta última obra consta de dos partes
tan diferenciadas que podrían haber sido objeto de
volúmenes independientes.
La primera parte es una crítica muy severa de los
sistemas filosóficos que el autor denomina
«personales» en la medida en que se separan del
aristotelismo y de sus seguidores, o sea, de la llamada
filosofía perenne. Kant, Hegel y Heidegger son objeto de
análisis específicos; el más interesante es el primero
por su revisión de la teoría de los juicios
sintéticos. En el fondo, el autor no toma completamente
en serio a los que construyen una personal concepción
del mundo a la manera de la obra de arte, aunque con
criterios lógicos.
Para demostrar la arbitrariedad de tales empeños, el
autor presenta dos imaginarios esquemas de sistema
filosófico, fundados, uno en la idea de «armonía», y
otro en la de «nada». Este último es una ingeniosa
caricatura que mueve a la sonrisa. Y ya casi en el
terreno de la sátira, el autor sugiere a los futuros
filósofos «personales» que, para impresionar a los
indoctos, sazonen sus escritos con neologismos como
nadidad, esteidad, otroidad, antropofántico,
neumalogístico, autobiótico, psicodinámico, etc. Las
posibilidades nominalistas del lenguaje son ilimitadas si
se separa de la realidad.
La conclusión es que tales ejercicios «personales» de
la mente y de la lingüística no sirven para gran cosa.
Es, pues, una valoración extrema y demoledora de gran
parte de la filosofía moderna, sobre todo, de la
contemporánea, tan verbalista.
La segunda parte del volumen es un extenso tratado de
teodicea natural donde se recurre a las cinco vías
clásicas y a sus variantes para demostrar la existencia
de Dios como causa primera del Universo. Sin embargo, el
autor entiende que esas cinco vías son sólo una prueba
«indirecta», y afirma, frente al ateismo, que existe en
el hombre una primaria y elemental intuición de Dios y
que la teodicea ha problematizado innecesariamente esa
intuición radical. Es una postura que recuerda a la
«religación» de Zubiri, aunque ésta no sea mental,
sino ontológica.
El libro concluye con unas consideraciones de teología
dogmática cristiana, más suasorias que analíticas.
El autor no se refiere al importante argumento sugerido
por Brentano y fundado en la Física. Si, en virtud del
segundo principio de la termodinámica, la energía no
cesa de degradarse, el Universo es inexplicable sin un
impulso inicial que no puede ser interno, sino del motor
inmóvil a que se refería Aristóteles.
Páginas muy amenas que, unas veces, rayan en el
divertimento y, las más de las veces, con gran variedad
de recursos ponen al alcance del no iniciado la teodicea
tradicional. Un libro típicamente «incorrecto» para
los criterios ahora dominantes. De ahí su originalidad e
interés.
A. Landa
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