nº 97 Editorial. UTOPIA Y RAZON

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UTOPIA Y RAZON

Editorial. nº 97

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Editorial: UTOPIA Y RAZON

Utópico es un proyecto de imposible realización. Una utopía es, pues, un ente de razón, lo cual en modo alguno la descalifica puesto que lo propio del logos es operar con objetos puros o entes ideales que no tienen existencia fuera de la mente. Ningún universal es realizable ya que, en tal caso, se convertiría en un individuo concreto y dejaría de ser un universal.



Pero hay, entre otras, dos clases de entes de razón, los descriptivos que conceptualizan realidades, y los normativos que proponen ideales. Lo utópico pertenece a este último grupo; pero se diferencia de los deberes éticos en que no es un precepto como «Haz el bien y evita el mal», no es un imperativo necesario, sino contingente. La historia del pensamiento político muestra multitud de modelos diferentes, incluso incompatibles como el de Rousseau y el de Marx. El proyecto utópico entraña tantos elementos discrecionales o arbitrarios que constituye una opción y no propiamente un mandamiento moral.



Sin embargo, todo utópico proyecto de convivencia tiene una pretensión de bondad; no es una simple fabulación, es un esquema social que se presenta como deseable porque encarna valores: bien común, paz, justicia, etc. Pero una cosa es la intencionalidad ética y otra la imperatividad moral, y es frecuente que los utopistas confundan ambas notas. Cuando el dinamismo de la utopía llega a revestirla de obligatoriedad absoluta cobra una gran peligrosidad.



En primer lugar, la utopía sublimada suscita el fanatismo. El modelo es defendido no como uno de los pensables, sino como óptimo, el único, el que excluye cualquier otro. Al margen sólo hay imperfección y tinieblas.



En segundo lugar, esa utopía dotada de imperatividad absoluta no admite modificaciones, ni complementos, ni compromisos. Los totalitarismos se apoyan siempre en utopías sublimadas, al margen de las cuales se niega la salvación política.



En tercer lugar, esa utopía, que es una construcción de la razón, deja de ser falsable, contrastable y refutable, y en esa medida se irracionaliza. Ya no caben la crítica y el revisionismo, sólo la dócil exégesis ortodoxa. El proyecto se convierte en un dogma que exige adhesión global. Es un proceso paradójico: la elaboración racional concluye en la exigencia de un acto de fé. El raciocinio interrumpido y la conclusión cristalizada dejan de ser propiamente lógicos.



La elevación de un modelo utópico a imperativo ético es responsable de infinidad de tragedias históricas. Por ejemplo, la utopía de la monarquía de derecho divino ha llevado hasta la soberanía a multitud de príncipes intelectual o moralmente indignos. Los legitimismos dinásticos han sido el origen de guerras civiles y de reinados perversos. Cuando el proyecto ideal deja de ser optativo para ser sacralizado como postulado indiscutible, tal manipulación sofística resulta muy costosa para las sociedades. No suele haber impunidad en la Historia.



Otro ejemplo es el de la utopía democrática: el gobierno por el pueblo que expresa su voluntad colectiva mediante la mayoría aritmética de votos. Es uno de los procedimientos para designar a los gobernantes y reviste multitud de subtipos; pero no reside ahí su deficiencia. Esa utopía puede llegar a convertirse en explosiva cuando pretende revestir el carácter de imperativo moral: o las urnas y el principio mayoritario o el mal político. Con ese modelo se condenó a Cristo y fue elegido Hitler. Con ese modelo se han hundido el pueblo ruso y muchos de los nuevos Estados surgidos de la liquidación de los imperios coloniales.



Presentar un proyecto utópico como el menos malo es una fórmula retórica para afirmar que es prácticamente el mejor. «O yo o el pecado de infidelidad», sostenían los príncipes. «O yo o la tiranía», afirma el oligarca partitocrático. En esta maximización moral o elevación al límite está el gran sofisma, el inadmisible salto dialéctico.



Toda utopía es sólo una opción con pretensiones de constante e inacabable aproximación a una supuesta bondad; nunca es un imperativo de obligado cumplimiento por su necesidad ética. Lo utópico es racional como orientación circunstancial, no como mandato perdurable.

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