Editorial:
UTOPIA Y RAZON
Utópico
es un proyecto de imposible realización. Una utopía es,
pues, un ente de razón, lo cual en modo alguno la
descalifica puesto que lo propio del logos es operar con
objetos puros o entes ideales que no tienen existencia
fuera de la mente. Ningún universal es realizable ya
que, en tal caso, se convertiría en un individuo
concreto y dejaría de ser un universal.
Pero hay, entre otras, dos clases de entes de razón, los
descriptivos que conceptualizan realidades, y los
normativos que proponen ideales. Lo utópico pertenece a
este último grupo; pero se diferencia de los deberes
éticos en que no es un precepto como «Haz el bien y
evita el mal», no es un imperativo necesario, sino
contingente. La historia del pensamiento político
muestra multitud de modelos diferentes, incluso
incompatibles como el de Rousseau y el de Marx. El
proyecto utópico entraña tantos elementos
discrecionales o arbitrarios que constituye una opción y
no propiamente un mandamiento moral.
Sin embargo, todo utópico proyecto de convivencia tiene
una pretensión de bondad; no es una simple fabulación,
es un esquema social que se presenta como deseable porque
encarna valores: bien común, paz, justicia, etc. Pero
una cosa es la intencionalidad ética y otra la
imperatividad moral, y es frecuente que los utopistas
confundan ambas notas. Cuando el dinamismo de la utopía
llega a revestirla de obligatoriedad absoluta cobra una
gran peligrosidad.
En primer lugar, la utopía sublimada suscita el
fanatismo. El modelo es defendido no como uno de los
pensables, sino como óptimo, el único, el que excluye
cualquier otro. Al margen sólo hay imperfección y
tinieblas.
En segundo lugar, esa utopía dotada de imperatividad
absoluta no admite modificaciones, ni complementos, ni
compromisos. Los totalitarismos se apoyan siempre en
utopías sublimadas, al margen de las cuales se niega la
salvación política.
En tercer lugar, esa utopía, que es una construcción de
la razón, deja de ser falsable, contrastable y
refutable, y en esa medida se irracionaliza. Ya no caben
la crítica y el revisionismo, sólo la dócil exégesis
ortodoxa. El proyecto se convierte en un dogma que exige
adhesión global. Es un proceso paradójico: la
elaboración racional concluye en la exigencia de un acto
de fé. El raciocinio interrumpido y la conclusión
cristalizada dejan de ser propiamente lógicos.
La elevación de un modelo utópico a imperativo ético
es responsable de infinidad de tragedias históricas. Por
ejemplo, la utopía de la monarquía de derecho divino ha
llevado hasta la soberanía a multitud de príncipes
intelectual o moralmente indignos. Los legitimismos
dinásticos han sido el origen de guerras civiles y de
reinados perversos. Cuando el proyecto ideal deja de ser
optativo para ser sacralizado como postulado
indiscutible, tal manipulación sofística resulta muy
costosa para las sociedades. No suele haber impunidad en
la Historia.
Otro ejemplo es el de la utopía democrática: el
gobierno por el pueblo que expresa su voluntad colectiva
mediante la mayoría aritmética de votos. Es uno de los
procedimientos para designar a los gobernantes y reviste
multitud de subtipos; pero no reside ahí su deficiencia.
Esa utopía puede llegar a convertirse en explosiva
cuando pretende revestir el carácter de imperativo
moral: o las urnas y el principio mayoritario o el mal
político. Con ese modelo se condenó a Cristo y fue
elegido Hitler. Con ese modelo se han hundido el pueblo
ruso y muchos de los nuevos Estados surgidos de la
liquidación de los imperios coloniales.
Presentar un proyecto utópico como el menos malo es una
fórmula retórica para afirmar que es prácticamente el
mejor. «O yo o el pecado de infidelidad», sostenían
los príncipes. «O yo o la tiranía», afirma el
oligarca partitocrático. En esta maximización moral o
elevación al límite está el gran sofisma, el
inadmisible salto dialéctico.
Toda utopía es sólo una opción con pretensiones de
constante e inacabable aproximación a una supuesta
bondad; nunca es un imperativo de obligado cumplimiento
por su necesidad ética. Lo utópico es racional como
orientación circunstancial, no como mandato perdurable.
Razón
Española
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