La batalla del
Ebro
Hace
sesenta años se libraba, en un estío atormentado por un
calor casi insufrible en el teatro de operaciones, una de
las batallas más decisivas de la guerra civil española:
la del Ebro. Aun hoy, pese al tiempo pasado, cabe
aventurar hipótesis. En principio, el Ejército Nacional
no tuvo otro remedio, en un alarde logístico admirable,
que acudir al reto y establecer una barrera de detención
nucleada por lugar geográfico inolvidable: Gandesa. Por
el flanco izquierdo de esta improvisada plaza fuerte, las
unidades nacionales se sitúan en Pobla de Masaluca y
Batea y, por el derecho, en el Puig de Aliga, en el de
Caballé y en La Molleta. Defender el flanco derecho,
más inmediato a Gandesa, es una cuestion clave. Hay que
impedir que el enemigo haga uso de la carretera de Pinell
y, a la vez, evitar que desde la Sierra de Pandols se
produzca un desbordamiento. La llamada cota de la Muerte,
defendida por una Bandera de la Legión, apoyada por un
tabor de Tiradores de Ifni, en el que figura como oficial
el que sería el Gobernador Civil más joven de España,
Francisco Labadie Otermin, se convierte en un pivote
decisivo.
La batalla del Ebro se inició el 25 de julio de 1938 y
terminó, en la práctica, el 16 de noviembre. El general
García Valiño, a finales de julio, dice: «La realidad
se encargó de demostrar que era imposible dar
cumplimiento a ninguna de las órdenes y que el mando
podía darse por satisfecho con detener, de momento, al
enemigo en todos los frentes». El adversario está ya
sujeto al terreno, pero los altos mandos de las unidades
en presencia, sin olvidar al general Aranda, llamado por
el Jefe del Ejército del Norte, Fidel Davila, dudan.
Por fin, desde su Cuartel General del Palacio de Pedrola,
llega el Generalísimo. Y al contemplar, situado en el
Coll del Moro, el escenario de los combates y escuchar
distintos informes, sin apartar la mirada de los
prismáticos de campaña, se pronuncia: «Me dan ganas de
que penetren lo más profundamente posible para,
sujetándoles los pivotes de la brecha, estrangular la
bolsa que produzca la infiltracion enemiga, y dar la
batalla al Ejercito Rojo con objeto de desgastarlo y
acabar de una vez». Kindelán opina que existe
indecisión en los cuarteles generales nacionales. Y
Carlos Martínez de Campos, Comandante Principal de la
Artillería, asegura que es preciso aniquilar al enemigo
sobre el terreno que ha conquistado, sumándose así a la
idea de Franco. Valga como dato curioso advertir que en
las unidades que han de librar la batalla figuran
personas que, años más tarde, jugarían un destacado
papel en la historia política y empresarial de España:
los hermanos Oriol Urquijo, Alfonso de Ibarra, Javier
Ibarra Berge, Sabino Fernández Campo, Camilo Alonso Vega
Las hipótesis se centran en distintos interrogantes:
¿Era posible fijar al Ejército republicano en la línea
de Gandesa y operar, al mismo tiempo, en profundidad
sobre el resto de Cataluña? Es posible que el llamado
Ejército del Este actuara en fuerza para impedir una
progresión de las unidades nacionales en dirección a
Barcelona. Por otra parte, fijar a las divisions
populares en la línea Villaba de los Arcos -Gandesa-
Puig de Aliaga suponía distraer tropas en proporción
considerable. Así lo entendieron Franco y Juan Vigón
Suerodiaz. El Generalísimo, animado por García Valiño,
Kindelán y Alonso Vega, decidió aniquilar al Ejército
Rojo del Ebro en su propio espacio de ocupación. La
maniobra, y Franco lo sabía, no resultó fácil. El
enemigo se pegó materialmente al terreno en las
escarpadas sierras de Caballs, Pandols, Vall de la Torre,
Fatarella, vértice Gaeta
y durante tres meses y
medio se libró, una batalla que costó millares de
bajas, pero el camino de Cataluña quedaba posteriormente
abierto y la victoria final fue un hecho el 1 de abril de
1939.
¿Pudo Franco evitar la Batalla del Ebro? A mi entender,
no. O el Generalísimo contraatacaba con rigor y a una
sola carta o se limitaba a una estéril labor de
detención. No podría, Franco, proseguir el avance hacia
Valencia, ni forzar la defensa de Cataluña en toda su
extensión. La batalla del Ebro era, por tanto,
imprescindible.
¿Por que Franco se empeñó en tomar Valencia una vez
que había dividido en dos la España del Frente Popular?
Dos destacados tratadistas militares piensan que si
Franco se limita a llegar al Mediterráneo por Vinaroz y
Castelló, y opera sobre Madrid, de acuerdo con el plan
previsto antes de la operación de Rojo en Teruel, en
diciembre 1937, éste habría llevado a cabo otra vez una
maniobra de ambicioso carácter en el Ebro o en otro
escenario de vital importancia para los nacionales,
yugulando así una acción hacia la capital de la Nación
por los valles del Tajuña y Henares, apoyado en el ala
izquierda del ejército nacional de Somosierra.
En el arte militar toda concepción estratégica tiene en
cuenta los movimientos de réplica del adversario. Y
Franco, pese a algunos críticos legos en la materia, y
de algún militar que nunca pasará a la Historia, fue un
gran estratega, sin desconocer su condición de táctico
a la hora de mover las unidades sobre el terreno. Todo
ello no impide reconocer que Vicente Rojo era lo mejor,
como estratega y táctico, de que disponía el Ejercito
republicano. Sin él, mal lo hubiesen pasado los que
depositaban su fe en una defensa a ultranza. Como dijo
Clausewitz, respecto a la voluntad de vencer, Franco y
Rojo representaron tal voluntad. Por que el arte de la
guerra es, desde la antigua época de Sut Zu, buscar la
manera de doblegar la voluntad del contrario. En Franco
se daba palmariamente lo que había dicho el general
Lyautey: «El jefe, el gran jefe, es el técnico de las
ideas generales». Sin estas ideas generales es difícil
comprender que el Generalísimo ganase una guerra cuando
el Gobierno del Frente Popular, con el desdichado Azaña
a la cabeza, contaba desde el primer momento con dinero y
medios extraordinarios. Y un detalle revelador: el mejor
carro de combate de la guerra civil, el T-26, era ruso.
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