La batalla del Ebro nº 97

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La batalla del Ebro nº 97

Por José Antonio Cepeda

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La batalla del Ebro

Hace sesenta años se libraba, en un estío atormentado por un calor casi insufrible en el teatro de operaciones, una de las batallas más decisivas de la guerra civil española: la del Ebro. Aun hoy, pese al tiempo pasado, cabe aventurar hipótesis. En principio, el Ejército Nacional no tuvo otro remedio, en un alarde logístico admirable, que acudir al reto y establecer una barrera de detención nucleada por lugar geográfico inolvidable: Gandesa. Por el flanco izquierdo de esta improvisada plaza fuerte, las unidades nacionales se sitúan en Pobla de Masaluca y Batea y, por el derecho, en el Puig de Aliga, en el de Caballé y en La Molleta. Defender el flanco derecho, más inmediato a Gandesa, es una cuestion clave. Hay que impedir que el enemigo haga uso de la carretera de Pinell y, a la vez, evitar que desde la Sierra de Pandols se produzca un desbordamiento. La llamada cota de la Muerte, defendida por una Bandera de la Legión, apoyada por un tabor de Tiradores de Ifni, en el que figura como oficial el que sería el Gobernador Civil más joven de España, Francisco Labadie Otermin, se convierte en un pivote decisivo.

La batalla del Ebro se inició el 25 de julio de 1938 y terminó, en la práctica, el 16 de noviembre. El general García Valiño, a finales de julio, dice: «La realidad se encargó de demostrar que era imposible dar cumplimiento a ninguna de las órdenes y que el mando podía darse por satisfecho con detener, de momento, al enemigo en todos los frentes». El adversario está ya sujeto al terreno, pero los altos mandos de las unidades en presencia, sin olvidar al general Aranda, llamado por el Jefe del Ejército del Norte, Fidel Davila, dudan.

Por fin, desde su Cuartel General del Palacio de Pedrola, llega el Generalísimo. Y al contemplar, situado en el Coll del Moro, el escenario de los combates y escuchar distintos informes, sin apartar la mirada de los prismáticos de campaña, se pronuncia: «Me dan ganas de que penetren lo más profundamente posible para, sujetándoles los pivotes de la brecha, estrangular la bolsa que produzca la infiltracion enemiga, y dar la batalla al Ejercito Rojo con objeto de desgastarlo y acabar de una vez». Kindelán opina que existe indecisión en los cuarteles generales nacionales. Y Carlos Martínez de Campos, Comandante Principal de la Artillería, asegura que es preciso aniquilar al enemigo sobre el terreno que ha conquistado, sumándose así a la idea de Franco. Valga como dato curioso advertir que en las unidades que han de librar la batalla figuran personas que, años más tarde, jugarían un destacado papel en la historia política y empresarial de España: los hermanos Oriol Urquijo, Alfonso de Ibarra, Javier Ibarra Berge, Sabino Fernández Campo, Camilo Alonso Vega…

Las hipótesis se centran en distintos interrogantes: ¿Era posible fijar al Ejército republicano en la línea de Gandesa y operar, al mismo tiempo, en profundidad sobre el resto de Cataluña? Es posible que el llamado Ejército del Este actuara en fuerza para impedir una progresión de las unidades nacionales en dirección a Barcelona. Por otra parte, fijar a las divisions populares en la línea Villaba de los Arcos -Gandesa- Puig de Aliaga suponía distraer tropas en proporción considerable. Así lo entendieron Franco y Juan Vigón Suerodiaz. El Generalísimo, animado por García Valiño, Kindelán y Alonso Vega, decidió aniquilar al Ejército Rojo del Ebro en su propio espacio de ocupación. La maniobra, y Franco lo sabía, no resultó fácil. El enemigo se pegó materialmente al terreno en las escarpadas sierras de Caballs, Pandols, Vall de la Torre, Fatarella, vértice Gaeta… y durante tres meses y medio se libró, una batalla que costó millares de bajas, pero el camino de Cataluña quedaba posteriormente abierto y la victoria final fue un hecho el 1 de abril de 1939.

¿Pudo Franco evitar la Batalla del Ebro? A mi entender, no. O el Generalísimo contraatacaba con rigor y a una sola carta o se limitaba a una estéril labor de detención. No podría, Franco, proseguir el avance hacia Valencia, ni forzar la defensa de Cataluña en toda su extensión. La batalla del Ebro era, por tanto, imprescindible.

¿Por que Franco se empeñó en tomar Valencia una vez que había dividido en dos la España del Frente Popular? Dos destacados tratadistas militares piensan que si Franco se limita a llegar al Mediterráneo por Vinaroz y Castelló, y opera sobre Madrid, de acuerdo con el plan previsto antes de la operación de Rojo en Teruel, en diciembre 1937, éste habría llevado a cabo otra vez una maniobra de ambicioso carácter en el Ebro o en otro escenario de vital importancia para los nacionales, yugulando así una acción hacia la capital de la Nación por los valles del Tajuña y Henares, apoyado en el ala izquierda del ejército nacional de Somosierra.

En el arte militar toda concepción estratégica tiene en cuenta los movimientos de réplica del adversario. Y Franco, pese a algunos críticos legos en la materia, y de algún militar que nunca pasará a la Historia, fue un gran estratega, sin desconocer su condición de táctico a la hora de mover las unidades sobre el terreno. Todo ello no impide reconocer que Vicente Rojo era lo mejor, como estratega y táctico, de que disponía el Ejercito republicano. Sin él, mal lo hubiesen pasado los que depositaban su fe en una defensa a ultranza. Como dijo Clausewitz, respecto a la voluntad de vencer, Franco y Rojo representaron tal voluntad. Por que el arte de la guerra es, desde la antigua época de Sut Zu, buscar la manera de doblegar la voluntad del contrario. En Franco se daba palmariamente lo que había dicho el general Lyautey: «El jefe, el gran jefe, es el técnico de las ideas generales». Sin estas ideas generales es difícil comprender que el Generalísimo ganase una guerra cuando el Gobierno del Frente Popular, con el desdichado Azaña a la cabeza, contaba desde el primer momento con dinero y medios extraordinarios. Y un detalle revelador: el mejor carro de combate de la guerra civil, el T-26, era ruso.



 

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