Los brazos nuevos de España nº 97

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Los brazos nuevos de España nº97

Por Juan Luis Calleja

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Los brazos nuevos de España

1. CRONOLOGIA



Año de 1822:En carta a su amigo Melon, Moratín llama a España «patria de hormigas y lagartijas. Aquí, solo se hace caso de las minas del Perú, origen de nuestra inacción y nuestra pobreza».

1906: Joaquín Costa se lamenta: «España, como la Venus de Milo, bella estatua sin brazos». Hace falta «un cirujano de hierro» que se los ponga.

1920: Ortega y Gasset pinta a España como gusano invertebrado que no es que esté enfermo: España es una enfermedad.

1930: Fernando Léger ve a España en el suelo, aplastada. Al año siguiente, se trae la República para levantarla.

17 de julio de 1931. Azaña:«No me importan nada todos los errores técnicos, todas las incapacidades de la administración, todas las bancarrotas si, ya, merced a la República, tenemos la libertad y la dignidad humanas».

13 de julio de 1936: Agentes de la Autoridad asesinan a Calvo Sotelo, jefe de la oposición.

15 de julio de 1936. Gil Robles en el Parlamento: «Ni el derecho a la vida, ni la libertad de asociación, ni la libertad de sindicación, ni la libertad de trabajo, ni la inviolabilidad de domicilio han tenido la menor garantía».

14 de julio de 1931. Niceto Alcalá Zamora: «Los militares, como dominadores, imposibles; como rebeldes, inverosímiles».

18 de julio de 1936: Sublevación militar y comienzo de la guerra.

En el epílogo de aquella lucha de tres años, Azaña anuncia:«Durante cincuenta años, los españoles están condenados a la pobreza, a trabajos forzados o a sustentarse de la corteza de los árboles».

Seis meses después, y pese a que, en septiembre, la guerra mundial acogotaba ya a Europa, primera ley protectora de la industria. Segunda ley, el 24 de noviembre . Se regulan la expropiación, impuestos menores, garantías de rendimiento mínimo al capital, régimen favorable de aduanas, favores al comercio y, en suma, el orden y el impulso de toda la industria.

1941:Se funda el INI.

Sólo diez años después, el autocar español Pegaso gana el primer premio en la Exposición de San Remo: la Rosa de Oro.

Antes de terminarse la década de los cincuenta, se fabricaban en España motocicletas, camiones, automóviles, autobuses, tractores y locomotoras.

Se reparan y reconstruyen más de 200 pueblos y ciudades, más buena parte de las 20.000 iglesias destruídas en la zona «republicana», según carta colectiva del episcopado.

El desierto español, donde Hilaire Belloc se preguntaba cómo ha podido levantarse una civilización «con leyes, jueces, templos, arte e historia», se llena de tantos embalses que España casi parece un país lacustre. Desde los tiempos romanos, hasta 1936, en dos mil años, se hicieron 191 embalses con 4.000 millones de m3 de agua. En los cortos treinta y cinco que van de 1940 a 1975, se construyeron 515 embalses, con cuarenta mil millones de metros cúbicos, diez veces más que toda el agua embalsada en veinte siglos.

Los españoles adelantan la mayor tarea de su historia en repoblación forestal.

El analfabetismo baja, del 23 por 100 en 1940, al 12,7 en 1960; y al 5,8% en 1975.

La clase media sube del 27 al 66% de la población.

Se convierte España en el sueño de Hollywood. Stanley Kramer, Bronston y otros productores ruedan aquí el Cid, con Charlton Heston y Sofía Loren; Orgullo y Pasión, con Grant, Sinatra y otros famosos; Patton, en los escenarios de Valsain y la Granja; doctor Zhivago, que empieza en una imponente obra hidráulica «soviética» que no está en la URSS sino en Aldeadávila; Lawrence de Arabia, con Peter O'Toole; y La caída del Imperio romano, y Rey de Reyes, y un etcétera con docenas de películas, desde importantes hasta westerns. Por eso, los actores del mundo viven y mueren aquí, como Tyrone Power, Stewart Granger, Orson Welles, George Sanders o Bing Crosby.

La acción catalizadora de los centenares de industrias asistidas por el INI provoca el interés de inversores españoles y extranjeros. Llaman a la puerta Renault, Peugeot, Citroën, General Motors, Mercedes Benz, Ford, Mitsubishi, Sony, Hilton, Larousse, Horcher; hoteleros, editoriales, agencias, de todo.

Torrente turístico. Nuestras costas se erizan de apartamentos, centrales, aeropuertos, restaurants.

Con la seguridad social generalizada, se construyen hospitales, residencias, casas de reposo. Crece la industria farmacéutica. Llaman también a la puerta los grandes laboratorios suizos, alemanes, norteamericanos, etc.

Año de 1973: Indice de paro: 0,7%. Número de funcionarios: 460.283.

En 1975, España había ascendido a novena potencia industrial del mundo cumpliendo mejor que ahora, 1999, las condiciones fijadas por Bruselas para el ingreso en la Europa privilegiada. De aquellos cincuenta años, rumiando cortezas, previstos por Manuel Azaña, sólo habían pasado treinta y seis que bastaron al «régimen anterior» para transformar a España, elevar la estatura profesional y física del español medio y, en suma, poner los brazos a la estatua que preocupaba a Costa.

Pero dejemos citas, datos y números que están en monografías y anuarios, porque son ya menos los que rebajan la obra de aquel régimen negándola. Los más astutos vuelven a la eterna queja pesimista. Aquel progreso entre 1940 y 1975 no brilló gracias a Franco sino a pesar suyo. Sin Franco, España se habría curado de sus reaccionarios achaques y las cosas habrían resultado mejor.

A ese sofisma seudohistórico y resentido vamos a responder con el siguiente plan: 1. Lentitud, no sólo en España, de la industrialización. 2. Inconsistencia de las explicaciones usuales del retraso español. 3. Las verdaderas causas del mismo. 4. Los reales motores del avance.





2. LENTITUD UNIVERSAL DE LA INDUSTRIALIZACION



Según Shadwell6 «revolución industrial» es una expresión incorrecta porque una revolución es un acontecimiento breve mientras que la revolución industrial no fue un episodio corto sino un complejo proceso histórico y económico. Pero, tan mal dicho no está; porque una revolución no es un acontecimiento breve sino lo que Shadwell dice que no es, o sea, un complejo proceso social que empieza mucho antes de su estallido. Aunque una fecha la fije en el calendario, viene de atrás con años de incubación, difusión y confusión, hasta su declaración. La fecha levanta acta del parto, es la partida de nacimiento, seguida de otros años de expansión, resignación y, casi siempre, desilusión. Así que las revoluciones no vienen al mundo como súbitas apariciones celestes. La industrial, tampoco.

Se hizo tan despacio el camino que a la voz latina «industria» le costó muy largo tiempo significar lo que hoy nos dice.

Al verse perseguida, La dama duende de Calderón acude a un hidalgo rogándole que haga algo para librarla de su perseguidor. El interpelado se aviene a hacerlo «con alguna industria»; y su criado, atento, colabora: «Si industria buscas, espera: que a mí se me ofrece una…».

También en Francia, un personaje de Molière, la intrigante Frosine de El Avaro, reconoce «que dans ce monde il faut vivre d'adresse, et qu'aux personnes comme moi le Ciel n'a donné d'autres rentes que l'intrigue et que l'industrie».

El lento viaje de la palabra hasta su sentido moderno responde a la trabajosa entrada de la idea en el lecho industrial. Aún se define como «maña y destreza o artificio para hacer algo» en el diccionario de la RAE de 1869. Ya, en nuestros días, habla de industria como «conjunto de operaciones materiales para la obtención, transformación o transporte de uno o varios productos naturales». Y dice: «Industrializar: dar predominio a las industrias en la economía de un país». Esta acepción, metida a tornillo en las cabezas de Franco y Suanzes, electrizó su política y a España.

Pero, como sabemos, esa idea, que entró tarde en las mentes y tareas de Europa, aún se instaló más despacio entre las nuestras.

¿Por qué?





3. RESPUESTA A LAS EXPLICACIONES DE NUESTRO RETRASO



Tales explicaciones repiten los varapalos a la esencia y carácter atribuídos al ser y a la historia de España; nulo espíritu de empresa; técnica exangüe, propia de inferior cultura; religiosidad; ausencia de revolución burguesa; clima oligohídrico extremado; incapacidad financiera del Estado; imposible inversión pública debidos a la gran Deuda y un fisco enclenque; población escasa; guerras civiles y coloniales; aíslamiento y separación de las corrientes europeas…

La lista repite con amarga monotonía sabidas filípicas pesimistas, sin dejar en el tintero punto alguno de compunción, merecedores de ella más de dos, como las guerras civiles, la inversión y la deuda; pero contestables, la mayoría, y contradictorias en buena parte:

Se nos dice que sólo cuando el liberalismo se abrió paso hacia 1830 pudo iniciarse la industrialización y, al mismo tiempo, se denuncia la imposible intervención del Estado como solución financiadora para el desarrollo.

Se nos dice que la despoblación atrasa y rebaja el nivel de renta; pero luego nos dirán que la emigración explica la bonanza económica.

Nos dicen que nuestro suelo es seco, pedregoso, incómodo para el estudio y sólo propicio para el desánimo perezoso, teoría oligohídrica; pero alguien sostiene lo mismo, al revés:«En España, el ambiente empuja a la vida externa y aparatosa de los sentidos, necesitándose de una carga de ascetismo doble para la especulación mental pues la fruición de la vida está tan llena de reclamos sugestivos entre nosotros que sólo puede renunciarse a ella por motivos de un volumen extraordinario».Pero es que, además, la hostilidad del clima y del suelo estimulan el ingenio de quien lo tiene y la diligencia de quien nota ayuda, como se comprueba hoy en los paisajes de Almería y en los desiertos de Israel transformados en huertas.

Según Tamames, nuestra industria comienza en 1830, gracias al liberalismo; pero sólo nombra nueve empeños industriales en medio siglo; algunos, de modestia conmovedora, como el primer horno de coque en Trubia o el uso del vapor en las labores algodoneras. En su misma obra, Tamames cita docenas y docenas de industrias de todas clases que el Estado español emprende o estimula, entre 1939 y 1975, sin liberalismo político, con financiación oficial e inversión pública.

Otra rémora sobada es, cómo no, la Inquisición, el fanatismo religioso. Más que explicación, es uno de tantos ataques a la Iglesia, en España, como en otras partes:«A mi modo de ver -dice un personaje de Flaubert en La educación sentimental- Francia agoniza bajo la bota del general y la sotana del clérigo». Y Gambetta exclamaba:«El enemigo es el clero». Pero no hay una civilización que no haya nacido del respeto a Dios, o, siquiera, a los dioses, porque las religiones contribuyen a que una sociedad se organice y marche: al orden.

Es cierto que los españoles han protestado de católicos casi toda su historia, sobre todo, cuando, con sus reyes, hicieron de España el escudo de la Religión en medio mundo y en una edad en la que hubo luminarias del racionalismo científico, como Pascal, Lulio, Descartes, de tan serio catolicismo que Descartes, por ejemplo sabido pero necesario, al hablar de fanatismos retrógrados y demás simplificaciones, movió la conversión de Cristina de Suecia.

En la España de los omeyas, Abderramán III se alzó a la cabeza de la ortodoxia musulmana; incorporó al trono la autoridad religiosa, se hizo llamar Amur el Munimin (Príncipe de los Creyentes) y Al-Nasir-li-din-Alá (El Víctor por la religión de Dios). Nunca como en su reinado fue Córdoba tan unida, reformada y hermosa. Bajo Alhaquén II se fundaron escuelas gratuitas (sólo en Córdoba, 27), lucieron escritores, juristas, poetas, matemáticos y la Universidad cordobesa fue célebre. Con aquel «fanatismo», prosperaron la medicina, la botánica, el derecho, la minería, la agricultura, la pesca y las industrias del lujo, como telas, tapices, peletería, vidriería y cerámica. Todo florecía y llamaba a clientes cristianos de España y Francia. «El orden era perfecto hasta en los distritos más lejanos»11. Todo aquello se acabó cuando los amiríes, los príncipes de la sangre y los faquíes legitimistas se enfrentaron, al tiempo que la fe decaía y la división entre las clases resquebrajaba el orden. «Los secuaces de Iba Masarra eran escépticos, como «los matemáticos y astrónomos que preferían las obras de los griegos. Más peligrosos aún eran los indiferentes, partidarios de la religión universal». En resumen, el califato se deshizo por las divisiones, por la religiosa sobre todo, rompiéndose en treinta y nueve reinos taifas que acabaron barridos por los almorávides, primero, y apuntillados por los cristianos, después.

Por último, nadie ignora que otros países que saben y supieron mucho de dolores en la religión -el activo patíbulo de Enrique e Isabel de Inglaterra, la noche de San Bartolomé en París, Servet en Suiza, Savonarola en Italia- están entre los grandes de la industria. En los Estados Unidos, el puritanismo, inconcebible en España, no impidió sino que ayudó al país a llegar a donde está, porque contrapesó «los defectos innatos de la ideología liberal», como dice Fukuyama; y la democracia fue disciplinada por las conciencias que no votaban a las leyes disolventes que disocian y descomponen. Ahora, con el declive de la religión, la perspectiva podría ser, yo creo que será, muy diferente.

Otro tópico que se vuelve contra sí, es el del aislamiento. Porque, a la vez, se proclama que el avance bajo Franco se debió al avance de todos los demás, a la energía motriz del exterior, es decir, a todos menos al aislamiento. Lo del aislamiento es ni más ni menos que una tontería diplomática que duró muy poco y que los tontos tuvieron que tragarse enseguida. El intercambio de ideas, costumbres, gustos y novedades fue tan abierto que nos pasamos. Ni en el lenguaje, ni en los juegos, ni en las ideas, ni en la música y los saltimbanquismos danzantes se ha puesto ni una pulgada de cinta aisladora. Los extranjerismos a punta de pala, las modas copiadas, los partidos políticos y sus nombres, los deportes anglosajones, los cigarrillos, la bebidas, las mismas gorras londinenses de los guardias municipales, todo nos lo han contagiado; que viene del latín, «contingo», tocar. Y esto, desde antes del siglo XX. Léase Mesonero Romanos, cuando gime porque las españolas se besan entre sí como las francesas para saludarse. Ytambién era el contagio de aquí para allá, de dentro afuera. De lo que se contagiaba la música española, hay un dato en la novela Nena querida, de Saroyan, donde un personaje confiesa que, de niño creía que «Valencia», de Padilla, era el himno nacional de los Estados Unidos; eso sí, con letra de Clifford Grey. También había versión francesa de Lucien Boyer y J. Charles.

Según otro sabido argumento, España perdió el tren de la revolución industrial porque tampocó tomó el de la revolución burguesa ni habría podido montarse en ésta porque no había burgueses en España.

Primero, habría que ver si la industrial necesita siempre de la previa revolución burguesa; si necesita siempre el cambio de la nobleza monárquica por la burguesía republicana en el mando social; pero éso no se ve claro en ejemplos tan grandes como el alemán y el japonés. El brillante despegue industrial del Japón arrancó bajo el Estado Shinto, con su unánime sociedad apiñada al lado de una familia real venerada como divina, elevándose así como un cohete, a potencia mundial, en casi todo. Cuando, en 1945, abolieron el absolutismo las autoridades de ocupación, imponiendo la democracia liberal, no lo hicieron para fortalecer a los nipones; que, pese a eso, siguen con un fuerte tradicionalismo monárquico y en la lista de las primeras potencias.

Cuando empezaba la revolución industrial, Alemania no era una gran nación fabril, ni siquiera una nación, sino un puzzle de treinta y nueve piezas, cada una con su ejército, sus impuestos, sus leyes y derechos. Porque «los alemanes se dividieron en pueblos aislados y se encenagaron (…) consumaron su separación y degeneración; los nobles se convirtieron en mercaderes»12. Pero la regeneración vino de lo que Fichte llama «la característica primordial de los mejores alemanes, y que consiste en oponerse a la estrechez de la región de nacimiento». (…) «en el concepto de unidad del pueblo alemán (…) como «postulado general del futuro».

El postulado se cumplió cuando Bismarck une las aduanas (Zollverein) los impuestos (Steuerverein) y los ferrocarriles y toma el camino de Alemania como potencia industrial, con tradición, unidad y orden. Entretanto, Marx explicaba por qué los comunistas, en Suiza, apoyaban a los radicales que, en parte, eran burgueses, mientras que, en Alemania, luchan contra la monarquía absoluta, la propiedad de la tierra y la pequeña burguesía.

Por tanto, el trasiego social no parece forzosa condición previa del adelanto industrial. En cambio, siempre que las cosas marchan en un país salen a relucir la unión y el orden. Las medidas de precaución tomadas contra Alemania por los vencedores de 1945 no fueron otras que la división política y la división territorial. Que después se haya sobrepuesto y reconquistara su puesto en primera línea, como el Japón, se debe a aquel postulado general del futuro anunciado por Fichte, basado en el concepto de unidad y en la oposición a la estrechez.

También cuenta el caso español. Si aceptamos que la in-existencia de burguesía y de su revolución originó nuestro retraso no podremos entender nuestro adelanto en las mismas condiciones y, encima, pagando la guerra civil y con media Humanidad arruinada por la segunda catástrofe mundial. Pero, además, en España había burgueses, y revolucionados parte de ellos. ¡Cómo no iba a haber clases medias, si las hubo en el Egipto faraónico, en Babilonia, en Grecia y Roma! En España componían una pequeña clase media, profesionales, funcionarios, militares, empresarios, clero y otras gentes modestas, sólo en lo económico. Eran, desde luego, menos numerosas que las masas obreras y campesinas; pero de ellas sacó Suanzes los equipos de mando que con él erigieron, de la casi nada y en pocos años, una industria de envergadura internacional que habría de empujar hacia arriba a las mayorías proletarias, izándolas hasta el rango de nueva y abundante mesocracia. En este sentido es en el que vale decir que Franco creó la clase media española. Para decir que ascendió a las masas de abajo menesterosas a un decente tipo medio de vida y una posibilidad de consumo que alcanzó el coche y el piso propio.

En cuanto al despiste de España en revoluciones, como si la idea y el hecho ni nos sonasen, lo denuncian mucho; pero lo demuestran nada. Hay una palabra que resume y condensa en sí misma la libertad de conciencia, de pensamiento, culto, imprenta, reunión y asociación; una palabra asociada al racionalismo, los derechos del hombre y cuanta especie revolucionaria procede de la Ilustración; es la palabra española «liberal» que ha pasado sin traducir, así, al vocabulario político de todas las naciones. No sólo sonaron aquí el hecho y la idea liberal sino que fue desde aquí desde donde sonó a las demás naciones.

Además, lo liberal tiene que ver también con uno de los pocos argumentos válidos sobre nuestro retraso, el de las guerras coloniales y civiles, acaudilladas por paisanos o por militares de la clase media, con ideas revolucionarias en el magín -Rizal, Maceo, Bolívar, San Martín- y tan contentos algunos de ellos con el desorden que todo esto traía que, por ejemplo, Romero Alpuente llamara «don del cielo» a las guerras civiles. A aquellas guerras con liberales en uno de los bandos, pueden añadirse nuestros pronunciamientos del mismo signo, tan abundantes que también esa palabra, pronunciamiento, pasó en español al vocabulario político de todos los países.

Nos costará poco admitir, en urgente resumen aproximado, que nuestro siglo XIX fue un largo y testarudo pulso del liberalismo con el antiguo régimen: de liberales de toda clase social con predominio de la milicia, la aristocracia y clases medias más o menos «ilustradas», contra tradicionalistas, también de todas clases, con predominio de clero, foralistas, legitimistas y devoto pueblo llano arraigado en el catolicismo monárquico. En realidad, nuestro siglo no fue otra cosa que una larga y convulsa revolución burguesa, con todas las etapas que otras revoluciones concentran en una fecha: motines, incendios, sangre, persecuciones, huídas, proclamas, cambios, himnos, marchas y saqueos. El desorden y las divisioones retardaban todo, incluso el definitivo desastre, y, desde luego, el paso industrializador.

Es cierto, pero incompleto, que fueran sólo religiosas y militares las hazañas españolas durante aquellos dos siglos que Taine distinguió como únicos y sin parecido en la historia. Tampoco es exacto que aquellos dos siglos legendarios agotaran el espíritu de empresa de España vaciando también el científico. Recordemos enseguida que la preocupación capital de Europa, entonces, la número uno de todas las naciones de la Cristiandad, fue la Religión a la que dedicaron muy costosas guerras con pasión no exclusiva de España ni incompatible con la cultura y la industria. Toda la de aquel tiempo era artesana. Cuando el zar Pedro el Grande fue a Holanda para ver los adelantos occidentales, apenas aprende otras artes que las del carpintero y las de patrón de yate. Con sólo eso, vuelve a Rusia laureado de moderno y reformista. En el caso de España, lo que cuenta para juzgar su conducta histórica, es lo que pudo hacer, e hizo, en cada tiempo. Y el caso es, como luego recordaremos, que, cuando fue grande su empuje, no pudo emplear el mayor esfuerzo a lo que aún no había: la revolución industrial. Y, cuando hubo tal revolución, fue, de nuevo, acosada, invadida, revuelta por armas, ideas y disensiones que la distrajeron en febriles romanticismos políticos y sucesivas descomposiciones que casi terminaron con España. Cerca anduvo del suicidio con el cantonalismo.

Empresa, dice el diccionario, es acción ardua y dificultosa que valerosamente se comienza. A España le ha sobrado este espíritu. Negárselo es un robo a la épica de la Historia. España ha tensado alma y carne para meterse en camisas de infinitas varas que abrigaban derechos de Dios y de los hombres, fueran españoles, sólo cristianos o nada más que indígenas. Aunque se haya dicho a menudo, hay que repetirlo aquí: sólo con ímpetus creadores descomunales se llenan veinte países de senderos, caminos, puentes, palacios, catedrales, gobiernos, imprentas y las universidades más antiguas de Asia y América, la de Santo Tomás, en Filipinas; la de San Marcos, en Perú; la Nacional de Méjico, anteriores no sólo a las más viejas de Norteamérica sino a varias de las viejas europeas y con mucha más solera que todas las modernas. Méjico era «la ciudad de los palacios» para Humboldt con quien, en cierto modo, repitió España el gesto estimulante y dinámico que tuvo con Colón pues sólo en ella encontró apoyo para su exploración científica. A Humboldt le admiraron la arquitectura de palacios y catedrales; las «cuestiones muy técnicas de carácter científico» que le planteó, por ejemplo, un burócrata de Cumaná; el hecho de que en un polvoriento rincón de tráfico ganadero, un tal Pozo hubiese inventado la pila eléctrica sin saber nada de Volta o Galvani; que el propio Humboldt pudiera escribir un primer ensayo de geografía regional gracias a la ciencia y el archivo de un virrey español que le prestó expedientes, documentos y datos estadísticos variadísimos y precisos. Cuando, más tarde, pasó Humboldt a Washington, vió «una esquelética ciudad a medio construir con menos de cinco mil habitantes». A propósito de aquel desnivel, recordemos por qué el dólar se representa con el signo $. Los primeros dólares se acuñaron en Méjico porque no había ceca en las trece colonias del norte de América. Y en el reverso de aquellos dólares, en la «cruz» se acuñó lo mismo que en los pesos españoles, pero sin el escudo: sólo las columnas de Hércules enlazadas por sus cintas.

Esta España, «siempre de espaldas a la cultura», enseñaba, acuñaba e imprimía libros en América no sólo en español sino en las lenguas indígenas. Hay toda una colección de incunables americanos. En el prólogo a sus facsímiles, Menéndez Pidal describe la imprenta en nuestros virreinatos; enumera las publicaciones misionales, litúrgicas, científicas, literarias y pragmáticas; y subraya el «orgullo y ufanía de estampar libros en la lengua erudita, en la vulgar y en los grandes idiomas de los imperios incaico y mejicano», desde donde se tramitó la licencia para imprimir, ante Felipe II, alegando «la existencia de Universidad así como la abundancia de personas que se daban a las letras y la vida política a que ya se inclinaban los naturales», bajo -dice Menéndez Pidal- «el conquistador más humano que nunca un imperio caído tuvo».

Juan Ramón Jiménez proponía un catálogo de edificios levantados por España en el mundo como prueba de su universal e incomparable empuje civilizador. Sólo en iglesias hay decenas de miles construídas en menos de un siglo desde Cabo de Hornos hasta Alaska; en Alaska, en cuya geografía quedan aún muchos nombres españoles, pese a los barridos culturales de, primero, los rusos y, después, los yanquis.

Por último, es cierto que la incomunicación entre las regiones de España ha entorpecido el desarrollo. Una carretera o un canal necesitaban, para hacerse, acuerdos entre las regiones por donde habrían de pasar, sobre derechos, proyecto, costes, peajes, vigilancias, administración, mantenimiento. Y así resultaba que en Cádiz se vendía trigo francés más barato que el de Palencia y que el puerto de Vigo, nada menos, apenas se comunicara con la meseta; trabas y complicaciones compañeras de una lentitud puesta en mayor evidencia por la celeridad con que se tendieron puentes y vías en la América sin cotos más o menos venerables y en la misma España, tras la política unionista de los primeros Borbones. En 1809, pudo escribir Lord Byron, desde Gibraltar, que «las carreteras (lo afirmo por mi honor porque costará trabajo creerlo) son infinitamente superiores a las mejores carreteras de Inglaterra, sin que haya que pagar nada y sin encontrarse con ninguna barrera»18. Antes de aquella política unionista, docenas de consejos y secretarías exigían permisos, aranceles, trámites y dinero; dinero en monedas desordenadas, con «reales nuevos de plata y reales viejos cotizados a la mitad del nominal; había reales andaluces, reales catalanes, reales castellanos, cada uno de los cuales perdía la mitad de su valor cuando salía de su propia región; había pesos y piezas de a ocho pesos del Perú; y de Méjico, también diferentes entre sí»19. La administración y el Gobierno de España se extraviaban en laberintos con pasillos regionales sin salida. Por su culpa, el canal de Tauste, pensado en tiempos de Teobaldo de Navarra, apoyado infructuosamente, mucho después, por Carlos I, no se pudo abrir hasta el siglo XVIII, cuando se hizo, casi en un santiamén, con la política, nunca bastante alabada, de la unificación de leyes y reglamentos. A ellos se deben el Canal de Castilla y el Canal Imperial de Aragón, nombre definitivo de Tauste.

En todo esto, no habían faltado el ímpetu empresarial ni la vocación científica y cultural. Fueron las divisiones y las mezquindades, junto con las enormes empresas sólo al alcance de la Corona, de la Iglesia o de gigantes, las que distrajeron y hasta desanimaron otras iniciativas particulares.





3. RESPUESTA A LOS ARGUMENTOS CRITICOS QUE ATRIBUYEN EL AVANCE INDUSTRIAL A CAUSAS AJENAS AL REGIMEN DEL 18 DE JULIO



A la gente de hoy, quizá le cueste menos representarse la vida medieval pintada en cuentos y novelas que imaginar la española de los años treinta. La armadura del cruzado, el gorro de Robin Hood, la pompa de Solimán, la tonsura de Juana de Arco han revivido en cuadros, historietas, teatro y cine, como los ambientes patricios estelares de Roma, sus circos, césares y pretores, con el vocerío de crueldades y entusiasmos. Las reencarnaciones en el arte han puesto en pie, delante de las gentes de hoy, aquellas otras gentes con sus modos, estilos, miserias y victorias. Pero, ahora, ¿quién describe, en serio, la vida española de los años treinta? Era peor que la mayoría de sus contemporáneas europeas, bastante peor con la mitad de sus ciudades alicaídas; inhabitables para el cuerpo y para el alma casi todos los pueblos -fue en uno de éstos donde Eugenio D'Ors vió, en un escaparatucho de taberna, una pobre tortilla con el letrero «De encargo»- pueblos habitados por supervivientes sólo salvados por el milagroso don natural de la alegría española, que es el gran quiebro a toda lógica de la España triste y «profunda».

En muchos de esos pueblos y aldeas, un automóvil representaba entonces una aparición fenomenal, curioseada por el asombro de los niños y por los campesinos estoicos. Hasta en Madrid se veían escenas como la de un matrimonio sentado en el suelo, a pie de obra y al mediodía, con una pobre tartera entre el obrero y su mujer que intenta ceder su parte al marido:«Anda, come tú, que eres el que tiene que trabajar». Lo cuenta Marcela de Juan, hija de un embajador de la China, en su autobiografía.

Los hijos de aquel matrimonio, si los tuvieron, es posible y hasta probable que, en los años setenta, entraran en los bares y cafeterías dejando un Seat 600 esperándoles aparcado en la calle. Y hasta después de haber tenido que resolver el problema del sitio.

El automóvil era un signo de clase alta en los años treinta. Las manos populares no tocaban volantes más que para trabajar como mecánicos o conductores de taxis, furgonetas, autocares y camiones. Todas las fábricas norteamericanas y europeas de automóviles, con las fronteras abiertas a sus exportaciones, no pudieron vender en toda España arriba de 300.000 vehículos a motor, desde su invención hasta 1936. Al estallar la guerra, el número de matrículas de Madrid no había logrado pasar de 50.000. En aquel tiempo, hubo en casa de quien esto escribe un coche matriculado en Santander con el número S-4.107. Esto, después de casi medio siglo de matricularse vehículos italianos, alemanes, americanos, ingleses, checos, etc. ¿Qué ritmo tomó este censo con la industrialización española? En 1955, llegó a 155.000, sólo en Madrid, el triple, en diez años de paz nacional y mundial. Esos 100.000 vehículos más y todos los que se vendían en Barcelona, Valencia, Sevilla y el resto de España eran de una procedencia inaudita: ¡fabricación nacional!.

El parque había crecido, seguía creciendo, con las marcas heroicas, primero -Eucor, Lube, Sanglas, David, Bultaco, Roa, Biscuter- y, después, con marcas puestas de largo, la misma Bultaco, Montesa, Sanglas, Barreiros, Ebro,Pegaso y, sobre todo, Seat. Durante los años sesenta y setenta, la compra de vehículos a motor por las nuevas clases medias aumentó tanto que hubo de cambiarse la numeración ordinal por otra combinada con letras para que cupiera, legible en las placas. Que esto ocurriera en el país que según Fernand Léger, «vivía aplastado a ras de suelo» en 1930, sin otras industrias, apenas, que la corchotaponera, el esparto, telas, clavos, alambres y una modesta construcción naval, permitió hablar del «milagro español», ya anunciado, mucho tiempo antes, por la voz incolora del Generalísimo cuando, después de tomar Bilbao en 1937, habló de un futuro fabril con una industria capaz de producir coches, camiones, locomotoras, petroleros, portaaviones y cuanta maquinaria necesita una nación activa. Pocos le creyeron.

Pero fue verdad. Y lo fue partiendo desde bajo cero y en una Europa mendicante, arruinada, con la mano extendida hacia el Plan Marshall. Sin embargo, se ha dicho, no fue mérito de la política nacional. Que el autocar Pegaso, por ejemplo, ganase la Rosa de Oro de San Remo en 1950, sólo cinco años después de empezar la paz, se debió a la prosperidad externa, a la emigración, a la ayuda americana y al turismo. Tonterías. Emigración masiva la hubo en el siglo XIX; el turismo empezaba; el mundo era un problema económico y la escasa ayuda americana vino después del pacto de 1953. La verdad es que aquel arranque transformador se hizo en condiciones tan duras que hasta la Enciclopedia Británica se acuerda de ellas: «peticiones denegadas de créditos, agudas adversidades económicas, efecto de la contienda, malas cosechas, sequías sucesivas y exclusión del Plan Marshall, más la retirada de embajadores entre 1946 y 1950 y el cierre de la frontera con Francia». Lo que se dice, todo un plan de ayuda extranjera.

Naturalmente, cuando Europa convaleció y los sitiadores de España se rindieron, los vientos generales soplaron a popa y nuestra navegación industrial fue mucho mejor. Marcas y empresas de altísimo rango -Vespa, Olivetti, Renault, Peugeot, Ford, General Motors, Coca Cola, etc- se pusieron a la puerta del Ministerio de Industria, en fila, en espera del permiso para abrir sus fábricas en un país que, según célebre confesión atónita de Ortega y Gasset, gozaba de una «insultante buena salud», que un popular sociólogo atribuyó «sin la menor duda, al dinero de los emigrantes». Pero el dinero de los emigrantes, con todos sus «indianos», nunca sacó a España de la anemia industrial, aunque empezara a llegar de las Américas desde poco después de 1492, hace cinco siglos, como no sabemos si habrá que demostrar a la sociología de alguno. La emigración es una corriente tan histórica y caudalosa que los dos dictámenes que prologan una obra sobre los recursos económicos del Mundo en 1930, dictámenes de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la Subsecretaría y el Consejo de Instrucción Pública, coinciden en que esta obra -publicada para los estudios mercantiles- es «de gran necesidad en un país como el nuestro que, con serlo de emigración, se entrega al azar y la ventura sin enterarse de los datos indispensables», curiosa virtud asegurada por la firma de Silvela y refrendada, en otro informe, por Don Natalio Rivas que insiste «en lo provechoso que puede ser su conocimiento para aquellos que piensan emigrar». Que una obra dedicada a la preparación de peritos, profesores e intendentes mercantiles hablase exclusivamente para los emigrantes es significativo: la hemorragia emigratoria era una obsesión. Naturalmente que, desde la década de los sesenta, produjo divisas; pero el despertar industrial fue anterior y, por otro lado, el mismo fenómeno se ha dado en Portugal, Turquía, Grecia, Irlanda, Yugoslavia, países donde, sin embargo, no se logró un salto hacia adelante comparable al de España que, como es de sobra sabido, llegó, en 1975, a novena potencia industrial del mundo. Aquellas naciones, por cierto, también vivían rodeadas por «la prosperidad exterior» tan «desaprovechada» por la España de Franco, según algunos, o, por el contrario según otros, causa y razón verdadera de un progreso sin mérito.Pero ni de Portugal, ni de Grecia ni de las otras se atrevieron a pronosticar Wiener y Kahn, en «El año 2.000» -publicado por Revista de Occidente- que, al paso que llevaba con el régimen anterior, el nivel de vida de los españoles sobrepasaría al de Inglaterra en 1984».

Veamos el turismo. Sus triunfos se han atribuído al sol, al patrimonio artístico y, de nuevo a la prosperidad en el extranjero, manantial de las visitas. Eso equivale a confundir, a posta, las condiciones con las causas. Para que un restorán tenga clientela, hace falta que la gente pase por su calle; pero no basta para que se anime a entrar. En cuanto al patrimonio artístico, está donde está desde hace siglos. Y el sol también lleva algún tiempo ahí arriba. Al parecer, desde mucho antes que sobre la Tierra aparecieran el hombre, la política y el turismo, que empezó a promoverse antes de la paz con circuitos organizados por el Estado nacional a los escenarios por donde había pasado la guerra. No tuvo buen éxito la idea; pero la da, del temprano y resuelto empeño de aquel Estado en fomentar el turismo. Y así, creó una empresa especializada en transportes turísticos, ATESA, multiplicó la red de paradores y amparó, con la política y con la paz social, la iniciativa privada que llegó a construir el más moderno conjunto hotelero de Europa. Ha de recordarse aquella paz porque también se ha escrito que aquel régimen ahuyentaba a mucha clientela potencial por su imagen autoritaria. Pero ni siquiera los regímenes como el de la antigua Unión Soviética o como el de la China asustan a los curiosos. Lo que el turista busca es seguridad sin sorpresas en vuelos, trenes ni reservas; en parajes agradables, cómodos, baratos e interesantes. El régimen anterior fomentó, propagó, organizó y favoreció todo eso. Y el número de turistas llegó a sobrepasar al de habitantes naturales de España.

En fin: también se ha echado en cara a la España de Franco nuestra exclusión del Plan Marshall como freno y desvío de una oportunidad para ganar un tiempo que se perdió. Pero no es seguro, ni mucho menos, que aquel castigo y aquella persecución no hicieran crecerse a los españoles. El asombroso caso de un país que aislado, sin embajadores, sin créditos, sin tradición industrial, que hablaba en las escuelas de la industria corchotaponera y del esparto, fuera capaz de producir y presentar en Italia, San Remo, aquellos autocares que ganaron el Gran Premio de la Rosa de Oro, a los once años de la guerra civil y, también importante, a los cinco de acabada la mundial, puede significar cualquier cosa, menos que las dificultades y las espaldas vueltas nos hicieran perder tiempo. Y, una vez más, viene a cuento la comparación: ninguno de los países europeos que, en 1975, quedaron por debajo de la novena potencia industrial del mundo, España; ninguno padeció aquel asedio ni quedó fuera del célebre «ERP», -European Recovery Plan- más conocido por el nombre del general Marshall.





4. LAS CAUSAS REALES DE NUESTRO RETRASO



Las verdaderas y hondas causas de aquel retraso han asomado ya. Componen la cara y la cruz de la misma moneda. Por un lado, la ambición generosa que despilfarra energías. Por la otra, cálculo egoísta que divide y descompone. En dos palabras: la grandeza y la pequeñez.

La grandeza y la pequeñez no se ayudan en lo que tienen de bueno; en cambio, se complementan en lo malo: la grandeza distrae de los intereses inmediatos, y la pequeñez los malversa en el orgullo chiquitín de campanario.

El despilfarro, sin cálculo, de energías no es lo típico de mentes industriosas y mercantiles sino de aventureros, hombres de Dios y hombres de armas, oficios que no pocas veces desembocan y confluyen en la política. Sacerdotes y militares, además, son formados en doctrina y se ejercitan en organización y mando. De ahí, que períodos eminentes de la Historia universal, no sólo las de España, hayan coincidido con figuras como Richelieu, Cisneros, Mazzarino, Alberoni, Nyerenberg, Churchill, Washington, Eisenhower, Horthy, Napoleón, Franco, Grant o De Gaulle.

Por otro lado, esa ambición grandiosa despierta con los intereses y curiosidades de cada época, con las circunstancias; debe recordarse esto para entender a España.

Porque lo que pasa, lo que resulta de cualquier acción, no procede sólo de la inteligencia y la voluntad sino también de lo que nos «toca». Edison era un genio; pero nada de lo que inventó lo habría hecho en tiempos de Sócrates. Valga la perogrullada.

Las dos empresas que importaban en el mundo cuando se fraguó el definitivo, o dominante, modo de ser español, eran la Fe y el Imperio, coincidiendo con el momento en que España se une como Estado, el primero de Europa, y se hace árbitro de océanos y continentes, gracias a las empresas de Isabel y a los cálculos hereditarios de Fernando, de quien Felipe II decía, ante su retrato, «a éste se lo debemos todo».

Las inmensas responsabilidades recaídas entonces sobre España tuvieron, sin remedio, carácter señorial y religioso, por si fuera poco profundo el sello de igual corte marcado por las muy viejas preocupaciones de limpieza de sangre, hidalguía, libramiento de pechos, etc. La industria y el comercio no eran cosas de señores. No digamos, el trabajo manual. Todavía en este mismo siglo XX ha escrito Kesserling que sólo hay una clase de españoles, unos pobres y otros ricos; pero aristócratas todos. «Dicen que los reyes se van, pero no es verdad porque aquí hay quince millones de reyes», ironizaba Donoso Cortés. Un siglo atrás, en sus Consideraciones sobre las riquezas de España, había escrito Montesquieu: «muchos deploran la ceguera del Consejo de Francisco I cuando rechazó a Colón, que se dirigió primero a Francia para hacerla dueña de todos los tesoros de las Indias. La verdad es que, a veces, se hacen tonterías muy sabias, pues el estado actual de España nos debe consolar mucho». España padecía los efectos negativos de la grandeza.

A esa carga desfavorable se le echa encima la insolidaridad de la pequeñez para frenar más la actividad industrial y mercantil. Las trifulcas separatistas, cantonales y dinásticas devoran casi tres siglos de las energías que quedaban. La política de campanario, la división con toda su miopía sin horizonte, fábrica de corrales, ha sido la otra causa grande de esa patria de hormigas y lagartijas que decía Moratín; de nuestra lentitud industrial, por celos entre administraciones y provincias que llegó, a menudo, al apoyo de la industria extranjera en perjuicio de los intereses propios.

He ahí, conviene insistir, las culpables primeras de aquel histórico retraso industrial de España: las grandes iniciativas desmesuradas y las chicas divisiones de corral.

Lo diremos de otro modo: las cabezas imperiales y las cabezas de ratón.





5. LOS VERDADEROS MOTORES DE NUESTRA INDUSTRIALIZACION



Podría contestarse esta pregunta con una afirmación escueta: los motores de la industrialización fueron las políticas adoptadas, desde 1940, para sacar partido de todas nuestras fuerzas propias concentradas y para consolidar la unidad política, la unidad territorial y la unidad social. Esto, hoy, puede parecer dirigismo autoritario y, en parte, lo fue. Pero, después de una guerra civil agotadora; y de una catástrofe universal, fuera, las circuntancias del momento y los antecedentes históricos impusieron operaciones y curas de urgencia. Que dieron resultado.

Uno de los directivos y propietarios de la firma Martini & Rossi, el Conde Metello Rossi, dijo en 1967 que, de todas las factorías de esta empresa instaladas en países de varios continentes del mundo, era la de España la que mejor cumplía las previsiones de producción y venta, gracias a la legislación laboral, que protegía al obrero frente a la empresa, como en ninguna parte, lo que eliminaba en la práctica el despido; pero también protegía al trabajo y las metas de la empresa impidiendo la huelga y el sabotaje. Esa legislación, el Fuero del Trabajo y demás leyes concomitantes persiguieron la unidad y la armonía sociales. No es posible fijar la proporción en que esa unidad se logró por convencimiento interno y profundo, sincero. Pero, de hecho, el orden laboral durante muchos años confirmó, en la práctica, aquella fértil colaboración; una de las causas del avance desde 1940 a 1975. De lo que no cabe duda es de que se forzó el desarme, con armisticio, en la lucha de clases, considerada estéril y ruinosa.

El régimen se empeñó también, con toda el alma, en restañar las cortaduras separatistas y en impedir los celos entre provincias y regiones con leyes, estudios, planes e industrias. Transvases de aguas, transformación de eriales, autopistas periféricas, intercambios energéticos, renacimiento y cultivo de los folklores; todo eso, y más, se enfocó hacia el fortalecimiento de la unidad territorial; otra de las condiciones para el desarrollo continuo, en paz.

El mando unitario, que nadie pudo disputar a Franco por la autoridad ganada en una guerra ideológica, religiosa y a muerte, hizo del sistema una especie de monarquía ejecutiva sin rey, dictadura al principio, que, después de 1939 y a lo largo del tiempo, repartió sus poderes, sin perjuicio del orden jerárquico.

De ahí, que las Cortes Españolas se compusiera de representantes orgánicos que, dicho sea de paso, discutían leyes y presupuestos, en las Comisiones, sin ceder su voto personal e independiente, a nadie.

Con aquel mando, Franco no perdió tiempo en el propósito de hacer compatible la producción agraria con la iniciativa y el desarrollo industriales. Más aún, quiso la simbiosis de la agricultura y la industria, arcos del mismo puente hacia el bienestar. Como dice Schwartz «terminada la guerra civil, piensa en la reconstrucción. Si de Primo de Rivera se dijo que era el dictador de las obras públicas (…) de Franco podría decirse que fue el gobernante de la industrialización».

Publicada en 1941 la ley del INI, nombra a Suanzes presidente y comienza la actividad contra viento y marea, a presión. Como no se descubre petróleo en Huidobro, ni en Zmanza, ni en Zuazo, ni en Orduña ni en Burgo de Osma, o resulta escaso y pobre cuando se encuentra, se funda en 1944 la Calvo Sotelo, «para fabricación de combustibles líquidos y lubricantes» sintéticos, de cuya fábrica en Puertollano saldrán productos nitrogenados para el campo. Como el petróleo se ha de importar refinado, se alzan refinería en Escombreras y en La Coruña y se estimulan Cepsa, Campsa, Esso-Petrol, Riogulf, Asfaltos Españoles, junto con Repesa y Petroliber. De los 5.800.000 toneladas que se refinaron en 1940 se pasó a los 43.000.000 en 1975.

Las actividades que el INI inaugura o cataliza abarcan casi todo: gas, electricidad, petroquímica, alimentación, construcción naval y aeronáutica, siderurgia, minería, transporte, automoción, material agrícola, hostelería, turismo, seguros, telecomunicaciones, artesanía, banca, plásticos, ingeniería, investigación… cientos de empresas de todas clases cerrando el círculo de las redondas preocupaciones de aquella política empeñada en izar el presente al más alto nivel posible, al tiempo que estudiaba el porvenir y protegía las viejas artes populares, la artesanía tradicional. Memoria y vista al frente. Tradición y acción.

6. CIFRAS



Los números están, para la historia, en actas, monografías, estudios y anuarios. No son materia para un artículo como éste, sino para la capacidad de las enciclopedias y los ordenadores. Es difícil elegir. Casi todas las cifras son pasmosas. Copiamos, por ejemplo, de un libro:





Producción anual 1940 1975

Toneladas Toneladas

Acero 1.900.000 11.300.000

Cemento 5.200.000 24.000.000

Aluminio - 235.000

Abonos nitrogenados 94.000 805.000

Refino Petróleo 5.800.000 43.000.000

Automóviles - 710.000

exportados 135.000

Toneladas barcos - botados: 1.432.000

- exportación: 760.000

- entregados: 1.470.000

- exportación: 900.000

- cartera pedidos: 6.200.000

- exportación: 2.600.000





La potencia eléctrica hidráulica que en 1940 no pasaba de 1.300.000 kw, en 1975 llegó a los 12.000.000 kw, casi diez veces más. Pero la producción eléctrica, que en 1940 fue de 3.617 millones de kwh; ya en 1969 subió a los 16.390 millones de kwh; y en 1975, a los 79.603 millones de kwh., es decir, veintidós veces la capacidad de consumo y producción de 1940. Porque también había aumentado la potencia de origen térmico y nuclear:



1940 1975

Centrales hidráulicas 1.300 Mw (77%) 12.000 Mw (x 10) 49%

Centrales térmicas 381 Mw (23%) 12.500 Mw (x 32) 51%

Centrales nucleares - 1.120 Mw


Totales 1.681 Mw 25.620 Mw (x15)



Desde los tiempos romanos hasta 1936, la industria de la construcción había hecho en España 191 embalses con 4.000 millones de m3 de agua. En sólo 35 años, de 1940 a 1975, se construyeron 515 embalses, más otros 65 en marcha adelantada. La capacidad de embalse en 1975 era de 40.000 millones de m3, diez veces más que toda el agua embalsada en dos mil años.

Permítaseme la siguiente larga autocita. Escribí en 1970:«Aunque la gestión material del Régimen es una de las protagonistas de este ensayo y hemos de proyectar luz sobre ella, no lo haremos con cifras. Las cifras son más amigas de la criptografía, del código secreto, que de la comunicación directa. Lo que el español ve en la calle no son estadísticas, sino cosas y el efecto de las cosas: impresiones, instantáneas de reportero.

Ve, por ejemplo, que las nuevas generaciones no saben hacerse a mano un cigarrillo. Ve que los cantantes, carne de la transhumancia más fementida, se compran fincas y automóviles, como los millonarios de Hollywood.

Donde la corbata era señal acusadora -y peligrosa- de burguesía, ni siquiera el coche distingue hoy las castas. Donde "pan y toros" era el sueño nacional, lo es ahora "crédito y piso propio". Y la sobriedad arcillosa de los rostros campesinos se ha mudado en aire desenvuelto, urbano.

La cuenta del electricista cuesta más que la del médico. La visita del fontanero hay que suplicarla y pagarla a peso de plomo. Los puestos de periódicos cierran "por vacaciones". La Revista de Occidente vende hoy tres veces más que en 1936, según confirma la O.J.D.

Las costas interiores de España, las de presas, pantanos y embalses, suman más kilómetros, el doble, que todo nuestro litoral marítimo: atlántico y mediterráneo.

Todas estas instantáneas son menos expresivas que la acusación filosófica que, con desdén desafiador, se arroja a la cara del Régimen. Por su culpa, según dicen, este pueblo se ha convertido en materialista sociedad de consumo. Pero tal apostasía, aunque suponga un revés a la tradición y una burla a nuestra hambrienta austeridad secular, constituye por eso mismo un triunfo más escandaloso. (Aparte la edad de esa decrépita imputación a los adelantos tangibles: hace ciento cincuenta años, ya escribía Guizot:"cuando se realiza un gran cambio, un gran desarrollo de riqueza y fuerza, una revolución en la distribución del bienestar social ¿qué dicen los adversarios?Dicen que este progreso del estado social no mejora ni regenera el estado moral del hombre; dicen que este progreso es falso, engañador, que se vuelve en detrimento del verdadero ser humano".

Una cifra escogida entre los miles de ellas que sería justo recordar, nos parece todo un resumen de la casi inverosímil transformación de España en tan poco tiempo y contra tantas dificultades heredades, naturales y contemporáneas: el número de ingenieros.

En 1932, ochenta años después de la fundación de las primeras escuelas especiales, todas ellas juntas -Caminos, Minas, Agrónomos, Industriales, Navales, Militares- sólo pudieron titular a 306 ingenieros supriores. Eran las plazas disponibles en vista de las perspectivas de trabajo. En 1973 terminaron sus estudios 1.132 ingenieros industriales superiores. La mitad de toda la ingeniería superior de España era precisamente la industrial. Sumada a todas las demás, el número total de ingenieros superiores salidos de todas las escuelas especiales en 1973 llegó a 2.263».

7. CONCLUSION



A nuestro juicio, el retraso industrial de España no es achacable a lo que suele decirse -aislamiento, incultura, absolutismo, etc- sino a las preocupaciones en la Cristiandad cuando a España le tocó dirigirla, la Fe y el Imperio; y a las desventuras dominantes en España cuando llegan los tiempos de la revolución industrial, es decir, disensiones dinásticas, pérdidas coloniales, cantonalismo, trifulcas, pronunciamientos, guerras civiles y, en una palabra, las divisiones, que volvieron a distraernos y, aún así, no del todo, del conveniente enfoque industrial.

Aquel retraso se superó, entre 1940 y 1975, mediante un inverosímil salto adelante. Lo brusco y anómalo del avance, en país sin fuerte ni sostenida tradición industrial, obliga a deducir que la causa hubo de ser nueva. Pero tal novedad no pudo llegar de fuera porque el mundo bloqueó a España cuando ya había empezado la industrialización y porque el exterior tampoco pensaba en generosidades, estando, como estaba, en convalecencia. Ni siquiera puede hablarse de la ayuda americana. Baste para aclarar este punto: mucho antes del pacto con los Estados Unidos, en 1946, el INI encarga a un español rescatado de la italiana Alfa Romeo, Wifredo Ricart, la formación de un Centro de Estudios Técnicos de Automoción. Surge el Pegaso cuyo modelo deportivo ganó fama legendaria. En 1948, cinco años antes del pacto con los Estados Unidos funda en París la Féderation Internationale des Societés d'Ingénieurs des Techniques de l'Automobile, con sede en París, y con divisa de Ricart: «progressons en commun». El INI y sus hombres pudieron con el bloqueo. Sin los Estados Unidos.

La causa del repentino cambio fue, en efecto, nueva -aunque ya clamara por ella Joaquín Costa mucho antes- y absolutamente española. Fue la autoridad de un hombre que dio a su gobierno la dirección terapéutica necesaria para devolver a España la salud. Desdeñar, hoy, aquéllo, llamándolo con desprecio «dictadura», es condenar la escayola que remedia una fractura o la operación de urgencia que salva al moribundo. Y sería poco admitir que se devolvió la salud a España, porque se logró bastante más, gracias a la visión centrada en la unidad territorial, social y política. La autoridad que la victoria granjeó a Franco le permitió inspirar y aceptar leyes para el fomento de empresas y, en especial, del Instituto Nacional de Industria, obra suya y de Suanzes.

Centenares de iniciativas privadas prosperaron en colaboración con la escuadra de empresas, de diverso carácter, fundadas o sostenidas, por el INI.

La obra y el plan fueron tan descomunales que los adversarios las zahirieron como novelescas locuras de fantasía; llamando a Suanzes «Julio Verne».

-Que se lo sigan llamando- dijo Franco cuando inauguró la acería de Ensidesa.

Así, con pocas palabras, una política solidaria y práctica sacó a España de la cola para adelantarla al noveno puesto de las potencias industriales del mundo, braceando, alegre, con sus brazos nuevos.



 

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