Los brazos
nuevos de España
1.
CRONOLOGIA
Año de 1822:En carta a su amigo Melon, Moratín llama a
España «patria de hormigas y lagartijas. Aquí, solo se
hace caso de las minas del Perú, origen de nuestra
inacción y nuestra pobreza».
1906: Joaquín Costa se lamenta: «España, como la Venus
de Milo, bella estatua sin brazos». Hace falta «un
cirujano de hierro» que se los ponga.
1920: Ortega y Gasset pinta a España como gusano
invertebrado que no es que esté enfermo: España es una
enfermedad.
1930: Fernando Léger ve a España en el suelo,
aplastada. Al año siguiente, se trae la República para
levantarla.
17 de julio de 1931. Azaña:«No me importan nada todos
los errores técnicos, todas las incapacidades de la
administración, todas las bancarrotas si, ya, merced a
la República, tenemos la libertad y la dignidad
humanas».
13 de julio de 1936: Agentes de la Autoridad asesinan a
Calvo Sotelo, jefe de la oposición.
15 de julio de 1936. Gil Robles en el Parlamento: «Ni el
derecho a la vida, ni la libertad de asociación, ni la
libertad de sindicación, ni la libertad de trabajo, ni
la inviolabilidad de domicilio han tenido la menor
garantía».
14 de julio de 1931. Niceto Alcalá Zamora: «Los
militares, como dominadores, imposibles; como rebeldes,
inverosímiles».
18 de julio de 1936: Sublevación militar y comienzo de
la guerra.
En el epílogo de aquella lucha de tres años, Azaña
anuncia:«Durante cincuenta años, los españoles están
condenados a la pobreza, a trabajos forzados o a
sustentarse de la corteza de los árboles».
Seis meses después, y pese a que, en septiembre, la
guerra mundial acogotaba ya a Europa, primera ley
protectora de la industria. Segunda ley, el 24 de
noviembre . Se regulan la expropiación, impuestos
menores, garantías de rendimiento mínimo al capital,
régimen favorable de aduanas, favores al comercio y, en
suma, el orden y el impulso de toda la industria.
1941:Se funda el INI.
Sólo diez años después, el autocar español Pegaso
gana el primer premio en la Exposición de San Remo: la
Rosa de Oro.
Antes de terminarse la década de los cincuenta, se
fabricaban en España motocicletas, camiones,
automóviles, autobuses, tractores y locomotoras.
Se reparan y reconstruyen más de 200 pueblos y ciudades,
más buena parte de las 20.000 iglesias destruídas en la
zona «republicana», según carta colectiva del
episcopado.
El desierto español, donde Hilaire Belloc se preguntaba
cómo ha podido levantarse una civilización «con leyes,
jueces, templos, arte e historia», se llena de tantos
embalses que España casi parece un país lacustre. Desde
los tiempos romanos, hasta 1936, en dos mil años, se
hicieron 191 embalses con 4.000 millones de m3 de agua.
En los cortos treinta y cinco que van de 1940 a 1975, se
construyeron 515 embalses, con cuarenta mil millones de
metros cúbicos, diez veces más que toda el agua
embalsada en veinte siglos.
Los españoles adelantan la mayor tarea de su historia en
repoblación forestal.
El analfabetismo baja, del 23 por 100 en 1940, al 12,7 en
1960; y al 5,8% en 1975.
La clase media sube del 27 al 66% de la población.
Se convierte España en el sueño de Hollywood. Stanley
Kramer, Bronston y otros productores ruedan aquí el Cid,
con Charlton Heston y Sofía Loren; Orgullo y Pasión,
con Grant, Sinatra y otros famosos; Patton, en los
escenarios de Valsain y la Granja; doctor Zhivago, que
empieza en una imponente obra hidráulica «soviética»
que no está en la URSS sino en Aldeadávila; Lawrence de
Arabia, con Peter O'Toole; y La caída del Imperio
romano, y Rey de Reyes, y un etcétera con docenas de
películas, desde importantes hasta westerns. Por eso,
los actores del mundo viven y mueren aquí, como Tyrone
Power, Stewart Granger, Orson Welles, George Sanders o
Bing Crosby.
La acción catalizadora de los centenares de industrias
asistidas por el INI provoca el interés de inversores
españoles y extranjeros. Llaman a la puerta Renault,
Peugeot, Citroën, General Motors, Mercedes Benz, Ford,
Mitsubishi, Sony, Hilton, Larousse, Horcher; hoteleros,
editoriales, agencias, de todo.
Torrente turístico. Nuestras costas se erizan de
apartamentos, centrales, aeropuertos, restaurants.
Con la seguridad social generalizada, se construyen
hospitales, residencias, casas de reposo. Crece la
industria farmacéutica. Llaman también a la puerta los
grandes laboratorios suizos, alemanes, norteamericanos,
etc.
Año de 1973: Indice de paro: 0,7%. Número de
funcionarios: 460.283.
En 1975, España había ascendido a novena potencia
industrial del mundo cumpliendo mejor que ahora, 1999,
las condiciones fijadas por Bruselas para el ingreso en
la Europa privilegiada. De aquellos cincuenta años,
rumiando cortezas, previstos por Manuel Azaña, sólo
habían pasado treinta y seis que bastaron al «régimen
anterior» para transformar a España, elevar la estatura
profesional y física del español medio y, en suma,
poner los brazos a la estatua que preocupaba a Costa.
Pero dejemos citas, datos y números que están en
monografías y anuarios, porque son ya menos los que
rebajan la obra de aquel régimen negándola. Los más
astutos vuelven a la eterna queja pesimista. Aquel
progreso entre 1940 y 1975 no brilló gracias a Franco
sino a pesar suyo. Sin Franco, España se habría curado
de sus reaccionarios achaques y las cosas habrían
resultado mejor.
A ese sofisma seudohistórico y resentido vamos a
responder con el siguiente plan: 1. Lentitud, no sólo en
España, de la industrialización. 2. Inconsistencia de
las explicaciones usuales del retraso español. 3. Las
verdaderas causas del mismo. 4. Los reales motores del
avance.
2. LENTITUD UNIVERSAL DE LA INDUSTRIALIZACION
Según Shadwell6 «revolución industrial» es una
expresión incorrecta porque una revolución es un
acontecimiento breve mientras que la revolución
industrial no fue un episodio corto sino un complejo
proceso histórico y económico. Pero, tan mal dicho no
está; porque una revolución no es un acontecimiento
breve sino lo que Shadwell dice que no es, o sea, un
complejo proceso social que empieza mucho antes de su
estallido. Aunque una fecha la fije en el calendario,
viene de atrás con años de incubación, difusión y
confusión, hasta su declaración. La fecha levanta acta
del parto, es la partida de nacimiento, seguida de otros
años de expansión, resignación y, casi siempre,
desilusión. Así que las revoluciones no vienen al mundo
como súbitas apariciones celestes. La industrial,
tampoco.
Se hizo tan despacio el camino que a la voz latina
«industria» le costó muy largo tiempo significar lo
que hoy nos dice.
Al verse perseguida, La dama duende de Calderón acude a
un hidalgo rogándole que haga algo para librarla de su
perseguidor. El interpelado se aviene a hacerlo «con
alguna industria»; y su criado, atento, colabora: «Si
industria buscas, espera: que a mí se me ofrece una
».
También en Francia, un personaje de Molière, la
intrigante Frosine de El Avaro, reconoce «que dans ce
monde il faut vivre d'adresse, et qu'aux personnes comme
moi le Ciel n'a donné d'autres rentes que l'intrigue et
que l'industrie».
El lento viaje de la palabra hasta su sentido moderno
responde a la trabajosa entrada de la idea en el lecho
industrial. Aún se define como «maña y destreza o
artificio para hacer algo» en el diccionario de la RAE
de 1869. Ya, en nuestros días, habla de industria como
«conjunto de operaciones materiales para la obtención,
transformación o transporte de uno o varios productos
naturales». Y dice: «Industrializar: dar predominio a
las industrias en la economía de un país». Esta
acepción, metida a tornillo en las cabezas de Franco y
Suanzes, electrizó su política y a España.
Pero, como sabemos, esa idea, que entró tarde en las
mentes y tareas de Europa, aún se instaló más despacio
entre las nuestras.
¿Por qué?
3. RESPUESTA A LAS EXPLICACIONES DE NUESTRO RETRASO
Tales explicaciones repiten los varapalos a la esencia y
carácter atribuídos al ser y a la historia de España;
nulo espíritu de empresa; técnica exangüe, propia de
inferior cultura; religiosidad; ausencia de revolución
burguesa; clima oligohídrico extremado; incapacidad
financiera del Estado; imposible inversión pública
debidos a la gran Deuda y un fisco enclenque; población
escasa; guerras civiles y coloniales; aíslamiento y
separación de las corrientes europeas
La lista repite con amarga monotonía sabidas filípicas
pesimistas, sin dejar en el tintero punto alguno de
compunción, merecedores de ella más de dos, como las
guerras civiles, la inversión y la deuda; pero
contestables, la mayoría, y contradictorias en buena
parte:
Se nos dice que sólo cuando el liberalismo se abrió
paso hacia 1830 pudo iniciarse la industrialización y,
al mismo tiempo, se denuncia la imposible intervención
del Estado como solución financiadora para el
desarrollo.
Se nos dice que la despoblación atrasa y rebaja el nivel
de renta; pero luego nos dirán que la emigración
explica la bonanza económica.
Nos dicen que nuestro suelo es seco, pedregoso, incómodo
para el estudio y sólo propicio para el desánimo
perezoso, teoría oligohídrica; pero alguien sostiene lo
mismo, al revés:«En España, el ambiente empuja a la
vida externa y aparatosa de los sentidos, necesitándose
de una carga de ascetismo doble para la especulación
mental pues la fruición de la vida está tan llena de
reclamos sugestivos entre nosotros que sólo puede
renunciarse a ella por motivos de un volumen
extraordinario».Pero es que, además, la hostilidad del
clima y del suelo estimulan el ingenio de quien lo tiene
y la diligencia de quien nota ayuda, como se comprueba
hoy en los paisajes de Almería y en los desiertos de
Israel transformados en huertas.
Según Tamames, nuestra industria comienza en 1830,
gracias al liberalismo; pero sólo nombra nueve empeños
industriales en medio siglo; algunos, de modestia
conmovedora, como el primer horno de coque en Trubia o el
uso del vapor en las labores algodoneras. En su misma
obra, Tamames cita docenas y docenas de industrias de
todas clases que el Estado español emprende o estimula,
entre 1939 y 1975, sin liberalismo político, con
financiación oficial e inversión pública.
Otra rémora sobada es, cómo no, la Inquisición, el
fanatismo religioso. Más que explicación, es uno de
tantos ataques a la Iglesia, en España, como en otras
partes:«A mi modo de ver -dice un personaje de Flaubert
en La educación sentimental- Francia agoniza bajo la
bota del general y la sotana del clérigo». Y Gambetta
exclamaba:«El enemigo es el clero». Pero no hay una
civilización que no haya nacido del respeto a Dios, o,
siquiera, a los dioses, porque las religiones contribuyen
a que una sociedad se organice y marche: al orden.
Es cierto que los españoles han protestado de católicos
casi toda su historia, sobre todo, cuando, con sus reyes,
hicieron de España el escudo de la Religión en medio
mundo y en una edad en la que hubo luminarias del
racionalismo científico, como Pascal, Lulio, Descartes,
de tan serio catolicismo que Descartes, por ejemplo
sabido pero necesario, al hablar de fanatismos
retrógrados y demás simplificaciones, movió la
conversión de Cristina de Suecia.
En la España de los omeyas, Abderramán III se alzó a
la cabeza de la ortodoxia musulmana; incorporó al trono
la autoridad religiosa, se hizo llamar Amur el Munimin
(Príncipe de los Creyentes) y Al-Nasir-li-din-Alá (El
Víctor por la religión de Dios). Nunca como en su
reinado fue Córdoba tan unida, reformada y hermosa. Bajo
Alhaquén II se fundaron escuelas gratuitas (sólo en
Córdoba, 27), lucieron escritores, juristas, poetas,
matemáticos y la Universidad cordobesa fue célebre. Con
aquel «fanatismo», prosperaron la medicina, la
botánica, el derecho, la minería, la agricultura, la
pesca y las industrias del lujo, como telas, tapices,
peletería, vidriería y cerámica. Todo florecía y
llamaba a clientes cristianos de España y Francia. «El
orden era perfecto hasta en los distritos más
lejanos»11. Todo aquello se acabó cuando los amiríes,
los príncipes de la sangre y los faquíes legitimistas
se enfrentaron, al tiempo que la fe decaía y la
división entre las clases resquebrajaba el orden. «Los
secuaces de Iba Masarra eran escépticos, como «los
matemáticos y astrónomos que preferían las obras de
los griegos. Más peligrosos aún eran los indiferentes,
partidarios de la religión universal». En resumen, el
califato se deshizo por las divisiones, por la religiosa
sobre todo, rompiéndose en treinta y nueve reinos taifas
que acabaron barridos por los almorávides, primero, y
apuntillados por los cristianos, después.
Por último, nadie ignora que otros países que saben y
supieron mucho de dolores en la religión -el activo
patíbulo de Enrique e Isabel de Inglaterra, la noche de
San Bartolomé en París, Servet en Suiza, Savonarola en
Italia- están entre los grandes de la industria. En los
Estados Unidos, el puritanismo, inconcebible en España,
no impidió sino que ayudó al país a llegar a donde
está, porque contrapesó «los defectos innatos de la
ideología liberal», como dice Fukuyama; y la democracia
fue disciplinada por las conciencias que no votaban a las
leyes disolventes que disocian y descomponen. Ahora, con
el declive de la religión, la perspectiva podría ser,
yo creo que será, muy diferente.
Otro tópico que se vuelve contra sí, es el del
aislamiento. Porque, a la vez, se proclama que el avance
bajo Franco se debió al avance de todos los demás, a la
energía motriz del exterior, es decir, a todos menos al
aislamiento. Lo del aislamiento es ni más ni menos que
una tontería diplomática que duró muy poco y que los
tontos tuvieron que tragarse enseguida. El intercambio de
ideas, costumbres, gustos y novedades fue tan abierto que
nos pasamos. Ni en el lenguaje, ni en los juegos, ni en
las ideas, ni en la música y los saltimbanquismos
danzantes se ha puesto ni una pulgada de cinta aisladora.
Los extranjerismos a punta de pala, las modas copiadas,
los partidos políticos y sus nombres, los deportes
anglosajones, los cigarrillos, la bebidas, las mismas
gorras londinenses de los guardias municipales, todo nos
lo han contagiado; que viene del latín, «contingo»,
tocar. Y esto, desde antes del siglo XX. Léase Mesonero
Romanos, cuando gime porque las españolas se besan entre
sí como las francesas para saludarse. Ytambién era el
contagio de aquí para allá, de dentro afuera. De lo que
se contagiaba la música española, hay un dato en la
novela Nena querida, de Saroyan, donde un personaje
confiesa que, de niño creía que «Valencia», de
Padilla, era el himno nacional de los Estados Unidos; eso
sí, con letra de Clifford Grey. También había versión
francesa de Lucien Boyer y J. Charles.
Según otro sabido argumento, España perdió el tren de
la revolución industrial porque tampocó tomó el de la
revolución burguesa ni habría podido montarse en ésta
porque no había burgueses en España.
Primero, habría que ver si la industrial necesita
siempre de la previa revolución burguesa; si necesita
siempre el cambio de la nobleza monárquica por la
burguesía republicana en el mando social; pero éso no
se ve claro en ejemplos tan grandes como el alemán y el
japonés. El brillante despegue industrial del Japón
arrancó bajo el Estado Shinto, con su unánime sociedad
apiñada al lado de una familia real venerada como
divina, elevándose así como un cohete, a potencia
mundial, en casi todo. Cuando, en 1945, abolieron el
absolutismo las autoridades de ocupación, imponiendo la
democracia liberal, no lo hicieron para fortalecer a los
nipones; que, pese a eso, siguen con un fuerte
tradicionalismo monárquico y en la lista de las primeras
potencias.
Cuando empezaba la revolución industrial, Alemania no
era una gran nación fabril, ni siquiera una nación,
sino un puzzle de treinta y nueve piezas, cada una con su
ejército, sus impuestos, sus leyes y derechos. Porque
«los alemanes se dividieron en pueblos aislados y se
encenagaron (
) consumaron su separación y
degeneración; los nobles se convirtieron en
mercaderes»12. Pero la regeneración vino de lo que
Fichte llama «la característica primordial de los
mejores alemanes, y que consiste en oponerse a la
estrechez de la región de nacimiento». (
) «en el
concepto de unidad del pueblo alemán (
) como
«postulado general del futuro».
El postulado se cumplió cuando Bismarck une las aduanas
(Zollverein) los impuestos (Steuerverein) y los
ferrocarriles y toma el camino de Alemania como potencia
industrial, con tradición, unidad y orden. Entretanto,
Marx explicaba por qué los comunistas, en Suiza,
apoyaban a los radicales que, en parte, eran burgueses,
mientras que, en Alemania, luchan contra la monarquía
absoluta, la propiedad de la tierra y la pequeña
burguesía.
Por tanto, el trasiego social no parece forzosa
condición previa del adelanto industrial. En cambio,
siempre que las cosas marchan en un país salen a relucir
la unión y el orden. Las medidas de precaución tomadas
contra Alemania por los vencedores de 1945 no fueron
otras que la división política y la división
territorial. Que después se haya sobrepuesto y
reconquistara su puesto en primera línea, como el
Japón, se debe a aquel postulado general del futuro
anunciado por Fichte, basado en el concepto de unidad y
en la oposición a la estrechez.
También cuenta el caso español. Si aceptamos que la
in-existencia de burguesía y de su revolución originó
nuestro retraso no podremos entender nuestro adelanto en
las mismas condiciones y, encima, pagando la guerra civil
y con media Humanidad arruinada por la segunda
catástrofe mundial. Pero, además, en España había
burgueses, y revolucionados parte de ellos. ¡Cómo no
iba a haber clases medias, si las hubo en el Egipto
faraónico, en Babilonia, en Grecia y Roma! En España
componían una pequeña clase media, profesionales,
funcionarios, militares, empresarios, clero y otras
gentes modestas, sólo en lo económico. Eran, desde
luego, menos numerosas que las masas obreras y
campesinas; pero de ellas sacó Suanzes los equipos de
mando que con él erigieron, de la casi nada y en pocos
años, una industria de envergadura internacional que
habría de empujar hacia arriba a las mayorías
proletarias, izándolas hasta el rango de nueva y
abundante mesocracia. En este sentido es en el que vale
decir que Franco creó la clase media española. Para
decir que ascendió a las masas de abajo menesterosas a
un decente tipo medio de vida y una posibilidad de
consumo que alcanzó el coche y el piso propio.
En cuanto al despiste de España en revoluciones, como si
la idea y el hecho ni nos sonasen, lo denuncian mucho;
pero lo demuestran nada. Hay una palabra que resume y
condensa en sí misma la libertad de conciencia, de
pensamiento, culto, imprenta, reunión y asociación; una
palabra asociada al racionalismo, los derechos del hombre
y cuanta especie revolucionaria procede de la
Ilustración; es la palabra española «liberal» que ha
pasado sin traducir, así, al vocabulario político de
todas las naciones. No sólo sonaron aquí el hecho y la
idea liberal sino que fue desde aquí desde donde sonó a
las demás naciones.
Además, lo liberal tiene que ver también con uno de los
pocos argumentos válidos sobre nuestro retraso, el de
las guerras coloniales y civiles, acaudilladas por
paisanos o por militares de la clase media, con ideas
revolucionarias en el magín -Rizal, Maceo, Bolívar, San
Martín- y tan contentos algunos de ellos con el desorden
que todo esto traía que, por ejemplo, Romero Alpuente
llamara «don del cielo» a las guerras civiles. A
aquellas guerras con liberales en uno de los bandos,
pueden añadirse nuestros pronunciamientos del mismo
signo, tan abundantes que también esa palabra,
pronunciamiento, pasó en español al vocabulario
político de todos los países.
Nos costará poco admitir, en urgente resumen aproximado,
que nuestro siglo XIX fue un largo y testarudo pulso del
liberalismo con el antiguo régimen: de liberales de toda
clase social con predominio de la milicia, la
aristocracia y clases medias más o menos «ilustradas»,
contra tradicionalistas, también de todas clases, con
predominio de clero, foralistas, legitimistas y devoto
pueblo llano arraigado en el catolicismo monárquico. En
realidad, nuestro siglo no fue otra cosa que una larga y
convulsa revolución burguesa, con todas las etapas que
otras revoluciones concentran en una fecha: motines,
incendios, sangre, persecuciones, huídas, proclamas,
cambios, himnos, marchas y saqueos. El desorden y las
divisioones retardaban todo, incluso el definitivo
desastre, y, desde luego, el paso industrializador.
Es cierto, pero incompleto, que fueran sólo religiosas y
militares las hazañas españolas durante aquellos dos
siglos que Taine distinguió como únicos y sin parecido
en la historia. Tampoco es exacto que aquellos dos siglos
legendarios agotaran el espíritu de empresa de España
vaciando también el científico. Recordemos enseguida
que la preocupación capital de Europa, entonces, la
número uno de todas las naciones de la Cristiandad, fue
la Religión a la que dedicaron muy costosas guerras con
pasión no exclusiva de España ni incompatible con la
cultura y la industria. Toda la de aquel tiempo era
artesana. Cuando el zar Pedro el Grande fue a Holanda
para ver los adelantos occidentales, apenas aprende otras
artes que las del carpintero y las de patrón de yate.
Con sólo eso, vuelve a Rusia laureado de moderno y
reformista. En el caso de España, lo que cuenta para
juzgar su conducta histórica, es lo que pudo hacer, e
hizo, en cada tiempo. Y el caso es, como luego
recordaremos, que, cuando fue grande su empuje, no pudo
emplear el mayor esfuerzo a lo que aún no había: la
revolución industrial. Y, cuando hubo tal revolución,
fue, de nuevo, acosada, invadida, revuelta por armas,
ideas y disensiones que la distrajeron en febriles
romanticismos políticos y sucesivas descomposiciones que
casi terminaron con España. Cerca anduvo del suicidio
con el cantonalismo.
Empresa, dice el diccionario, es acción ardua y
dificultosa que valerosamente se comienza. A España le
ha sobrado este espíritu. Negárselo es un robo a la
épica de la Historia. España ha tensado alma y carne
para meterse en camisas de infinitas varas que abrigaban
derechos de Dios y de los hombres, fueran españoles,
sólo cristianos o nada más que indígenas. Aunque se
haya dicho a menudo, hay que repetirlo aquí: sólo con
ímpetus creadores descomunales se llenan veinte países
de senderos, caminos, puentes, palacios, catedrales,
gobiernos, imprentas y las universidades más antiguas de
Asia y América, la de Santo Tomás, en Filipinas; la de
San Marcos, en Perú; la Nacional de Méjico, anteriores
no sólo a las más viejas de Norteamérica sino a varias
de las viejas europeas y con mucha más solera que todas
las modernas. Méjico era «la ciudad de los palacios»
para Humboldt con quien, en cierto modo, repitió España
el gesto estimulante y dinámico que tuvo con Colón pues
sólo en ella encontró apoyo para su exploración
científica. A Humboldt le admiraron la arquitectura de
palacios y catedrales; las «cuestiones muy técnicas de
carácter científico» que le planteó, por ejemplo, un
burócrata de Cumaná; el hecho de que en un polvoriento
rincón de tráfico ganadero, un tal Pozo hubiese
inventado la pila eléctrica sin saber nada de Volta o
Galvani; que el propio Humboldt pudiera escribir un
primer ensayo de geografía regional gracias a la ciencia
y el archivo de un virrey español que le prestó
expedientes, documentos y datos estadísticos
variadísimos y precisos. Cuando, más tarde, pasó
Humboldt a Washington, vió «una esquelética ciudad a
medio construir con menos de cinco mil habitantes». A
propósito de aquel desnivel, recordemos por qué el
dólar se representa con el signo $. Los primeros
dólares se acuñaron en Méjico porque no había ceca en
las trece colonias del norte de América. Y en el reverso
de aquellos dólares, en la «cruz» se acuñó lo mismo
que en los pesos españoles, pero sin el escudo: sólo
las columnas de Hércules enlazadas por sus cintas.
Esta España, «siempre de espaldas a la cultura»,
enseñaba, acuñaba e imprimía libros en América no
sólo en español sino en las lenguas indígenas. Hay
toda una colección de incunables americanos. En el
prólogo a sus facsímiles, Menéndez Pidal describe la
imprenta en nuestros virreinatos; enumera las
publicaciones misionales, litúrgicas, científicas,
literarias y pragmáticas; y subraya el «orgullo y
ufanía de estampar libros en la lengua erudita, en la
vulgar y en los grandes idiomas de los imperios incaico y
mejicano», desde donde se tramitó la licencia para
imprimir, ante Felipe II, alegando «la existencia de
Universidad así como la abundancia de personas que se
daban a las letras y la vida política a que ya se
inclinaban los naturales», bajo -dice Menéndez Pidal-
«el conquistador más humano que nunca un imperio caído
tuvo».
Juan Ramón Jiménez proponía un catálogo de edificios
levantados por España en el mundo como prueba de su
universal e incomparable empuje civilizador. Sólo en
iglesias hay decenas de miles construídas en menos de un
siglo desde Cabo de Hornos hasta Alaska; en Alaska, en
cuya geografía quedan aún muchos nombres españoles,
pese a los barridos culturales de, primero, los rusos y,
después, los yanquis.
Por último, es cierto que la incomunicación entre las
regiones de España ha entorpecido el desarrollo. Una
carretera o un canal necesitaban, para hacerse, acuerdos
entre las regiones por donde habrían de pasar, sobre
derechos, proyecto, costes, peajes, vigilancias,
administración, mantenimiento. Y así resultaba que en
Cádiz se vendía trigo francés más barato que el de
Palencia y que el puerto de Vigo, nada menos, apenas se
comunicara con la meseta; trabas y complicaciones
compañeras de una lentitud puesta en mayor evidencia por
la celeridad con que se tendieron puentes y vías en la
América sin cotos más o menos venerables y en la misma
España, tras la política unionista de los primeros
Borbones. En 1809, pudo escribir Lord Byron, desde
Gibraltar, que «las carreteras (lo afirmo por mi honor
porque costará trabajo creerlo) son infinitamente
superiores a las mejores carreteras de Inglaterra, sin
que haya que pagar nada y sin encontrarse con ninguna
barrera»18. Antes de aquella política unionista,
docenas de consejos y secretarías exigían permisos,
aranceles, trámites y dinero; dinero en monedas
desordenadas, con «reales nuevos de plata y reales
viejos cotizados a la mitad del nominal; había reales
andaluces, reales catalanes, reales castellanos, cada uno
de los cuales perdía la mitad de su valor cuando salía
de su propia región; había pesos y piezas de a ocho
pesos del Perú; y de Méjico, también diferentes entre
sí»19. La administración y el Gobierno de España se
extraviaban en laberintos con pasillos regionales sin
salida. Por su culpa, el canal de Tauste, pensado en
tiempos de Teobaldo de Navarra, apoyado infructuosamente,
mucho después, por Carlos I, no se pudo abrir hasta el
siglo XVIII, cuando se hizo, casi en un santiamén, con
la política, nunca bastante alabada, de la unificación
de leyes y reglamentos. A ellos se deben el Canal de
Castilla y el Canal Imperial de Aragón, nombre
definitivo de Tauste.
En todo esto, no habían faltado el ímpetu empresarial
ni la vocación científica y cultural. Fueron las
divisiones y las mezquindades, junto con las enormes
empresas sólo al alcance de la Corona, de la Iglesia o
de gigantes, las que distrajeron y hasta desanimaron
otras iniciativas particulares.
3. RESPUESTA A LOS ARGUMENTOS CRITICOS QUE ATRIBUYEN EL
AVANCE INDUSTRIAL A CAUSAS AJENAS AL REGIMEN DEL 18 DE
JULIO
A la gente de hoy, quizá le cueste menos representarse
la vida medieval pintada en cuentos y novelas que
imaginar la española de los años treinta. La armadura
del cruzado, el gorro de Robin Hood, la pompa de
Solimán, la tonsura de Juana de Arco han revivido en
cuadros, historietas, teatro y cine, como los ambientes
patricios estelares de Roma, sus circos, césares y
pretores, con el vocerío de crueldades y entusiasmos.
Las reencarnaciones en el arte han puesto en pie, delante
de las gentes de hoy, aquellas otras gentes con sus
modos, estilos, miserias y victorias. Pero, ahora,
¿quién describe, en serio, la vida española de los
años treinta? Era peor que la mayoría de sus
contemporáneas europeas, bastante peor con la mitad de
sus ciudades alicaídas; inhabitables para el cuerpo y
para el alma casi todos los pueblos -fue en uno de éstos
donde Eugenio D'Ors vió, en un escaparatucho de taberna,
una pobre tortilla con el letrero «De encargo»- pueblos
habitados por supervivientes sólo salvados por el
milagroso don natural de la alegría española, que es el
gran quiebro a toda lógica de la España triste y
«profunda».
En muchos de esos pueblos y aldeas, un automóvil
representaba entonces una aparición fenomenal,
curioseada por el asombro de los niños y por los
campesinos estoicos. Hasta en Madrid se veían escenas
como la de un matrimonio sentado en el suelo, a pie de
obra y al mediodía, con una pobre tartera entre el
obrero y su mujer que intenta ceder su parte al
marido:«Anda, come tú, que eres el que tiene que
trabajar». Lo cuenta Marcela de Juan, hija de un
embajador de la China, en su autobiografía.
Los hijos de aquel matrimonio, si los tuvieron, es
posible y hasta probable que, en los años setenta,
entraran en los bares y cafeterías dejando un Seat 600
esperándoles aparcado en la calle. Y hasta después de
haber tenido que resolver el problema del sitio.
El automóvil era un signo de clase alta en los años
treinta. Las manos populares no tocaban volantes más que
para trabajar como mecánicos o conductores de taxis,
furgonetas, autocares y camiones. Todas las fábricas
norteamericanas y europeas de automóviles, con las
fronteras abiertas a sus exportaciones, no pudieron
vender en toda España arriba de 300.000 vehículos a
motor, desde su invención hasta 1936. Al estallar la
guerra, el número de matrículas de Madrid no había
logrado pasar de 50.000. En aquel tiempo, hubo en casa de
quien esto escribe un coche matriculado en Santander con
el número S-4.107. Esto, después de casi medio siglo de
matricularse vehículos italianos, alemanes, americanos,
ingleses, checos, etc. ¿Qué ritmo tomó este censo con
la industrialización española? En 1955, llegó a
155.000, sólo en Madrid, el triple, en diez años de paz
nacional y mundial. Esos 100.000 vehículos más y todos
los que se vendían en Barcelona, Valencia, Sevilla y el
resto de España eran de una procedencia inaudita:
¡fabricación nacional!.
El parque había crecido, seguía creciendo, con las
marcas heroicas, primero -Eucor, Lube, Sanglas, David,
Bultaco, Roa, Biscuter- y, después, con marcas puestas
de largo, la misma Bultaco, Montesa, Sanglas, Barreiros,
Ebro,Pegaso y, sobre todo, Seat. Durante los años
sesenta y setenta, la compra de vehículos a motor por
las nuevas clases medias aumentó tanto que hubo de
cambiarse la numeración ordinal por otra combinada con
letras para que cupiera, legible en las placas. Que esto
ocurriera en el país que según Fernand Léger, «vivía
aplastado a ras de suelo» en 1930, sin otras industrias,
apenas, que la corchotaponera, el esparto, telas, clavos,
alambres y una modesta construcción naval, permitió
hablar del «milagro español», ya anunciado, mucho
tiempo antes, por la voz incolora del Generalísimo
cuando, después de tomar Bilbao en 1937, habló de un
futuro fabril con una industria capaz de producir coches,
camiones, locomotoras, petroleros, portaaviones y cuanta
maquinaria necesita una nación activa. Pocos le
creyeron.
Pero fue verdad. Y lo fue partiendo desde bajo cero y en
una Europa mendicante, arruinada, con la mano extendida
hacia el Plan Marshall. Sin embargo, se ha dicho, no fue
mérito de la política nacional. Que el autocar Pegaso,
por ejemplo, ganase la Rosa de Oro de San Remo en 1950,
sólo cinco años después de empezar la paz, se debió a
la prosperidad externa, a la emigración, a la ayuda
americana y al turismo. Tonterías. Emigración masiva la
hubo en el siglo XIX; el turismo empezaba; el mundo era
un problema económico y la escasa ayuda americana vino
después del pacto de 1953. La verdad es que aquel
arranque transformador se hizo en condiciones tan duras
que hasta la Enciclopedia Británica se acuerda de ellas:
«peticiones denegadas de créditos, agudas adversidades
económicas, efecto de la contienda, malas cosechas,
sequías sucesivas y exclusión del Plan Marshall, más
la retirada de embajadores entre 1946 y 1950 y el cierre
de la frontera con Francia». Lo que se dice, todo un
plan de ayuda extranjera.
Naturalmente, cuando Europa convaleció y los sitiadores
de España se rindieron, los vientos generales soplaron a
popa y nuestra navegación industrial fue mucho mejor.
Marcas y empresas de altísimo rango -Vespa, Olivetti,
Renault, Peugeot, Ford, General Motors, Coca Cola, etc-
se pusieron a la puerta del Ministerio de Industria, en
fila, en espera del permiso para abrir sus fábricas en
un país que, según célebre confesión atónita de
Ortega y Gasset, gozaba de una «insultante buena
salud», que un popular sociólogo atribuyó «sin la
menor duda, al dinero de los emigrantes». Pero el dinero
de los emigrantes, con todos sus «indianos», nunca
sacó a España de la anemia industrial, aunque empezara
a llegar de las Américas desde poco después de 1492,
hace cinco siglos, como no sabemos si habrá que
demostrar a la sociología de alguno. La emigración es
una corriente tan histórica y caudalosa que los dos
dictámenes que prologan una obra sobre los recursos
económicos del Mundo en 1930, dictámenes de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la
Subsecretaría y el Consejo de Instrucción Pública,
coinciden en que esta obra -publicada para los estudios
mercantiles- es «de gran necesidad en un país como el
nuestro que, con serlo de emigración, se entrega al azar
y la ventura sin enterarse de los datos indispensables»,
curiosa virtud asegurada por la firma de Silvela y
refrendada, en otro informe, por Don Natalio Rivas que
insiste «en lo provechoso que puede ser su conocimiento
para aquellos que piensan emigrar». Que una obra
dedicada a la preparación de peritos, profesores e
intendentes mercantiles hablase exclusivamente para los
emigrantes es significativo: la hemorragia emigratoria
era una obsesión. Naturalmente que, desde la década de
los sesenta, produjo divisas; pero el despertar
industrial fue anterior y, por otro lado, el mismo
fenómeno se ha dado en Portugal, Turquía, Grecia,
Irlanda, Yugoslavia, países donde, sin embargo, no se
logró un salto hacia adelante comparable al de España
que, como es de sobra sabido, llegó, en 1975, a novena
potencia industrial del mundo. Aquellas naciones, por
cierto, también vivían rodeadas por «la prosperidad
exterior» tan «desaprovechada» por la España de
Franco, según algunos, o, por el contrario según otros,
causa y razón verdadera de un progreso sin mérito.Pero
ni de Portugal, ni de Grecia ni de las otras se
atrevieron a pronosticar Wiener y Kahn, en «El año
2.000» -publicado por Revista de Occidente- que, al paso
que llevaba con el régimen anterior, el nivel de vida de
los españoles sobrepasaría al de Inglaterra en 1984».
Veamos el turismo. Sus triunfos se han atribuído al sol,
al patrimonio artístico y, de nuevo a la prosperidad en
el extranjero, manantial de las visitas. Eso equivale a
confundir, a posta, las condiciones con las causas. Para
que un restorán tenga clientela, hace falta que la gente
pase por su calle; pero no basta para que se anime a
entrar. En cuanto al patrimonio artístico, está donde
está desde hace siglos. Y el sol también lleva algún
tiempo ahí arriba. Al parecer, desde mucho antes que
sobre la Tierra aparecieran el hombre, la política y el
turismo, que empezó a promoverse antes de la paz con
circuitos organizados por el Estado nacional a los
escenarios por donde había pasado la guerra. No tuvo
buen éxito la idea; pero la da, del temprano y resuelto
empeño de aquel Estado en fomentar el turismo. Y así,
creó una empresa especializada en transportes
turísticos, ATESA, multiplicó la red de paradores y
amparó, con la política y con la paz social, la
iniciativa privada que llegó a construir el más moderno
conjunto hotelero de Europa. Ha de recordarse aquella paz
porque también se ha escrito que aquel régimen
ahuyentaba a mucha clientela potencial por su imagen
autoritaria. Pero ni siquiera los regímenes como el de
la antigua Unión Soviética o como el de la China
asustan a los curiosos. Lo que el turista busca es
seguridad sin sorpresas en vuelos, trenes ni reservas; en
parajes agradables, cómodos, baratos e interesantes. El
régimen anterior fomentó, propagó, organizó y
favoreció todo eso. Y el número de turistas llegó a
sobrepasar al de habitantes naturales de España.
En fin: también se ha echado en cara a la España de
Franco nuestra exclusión del Plan Marshall como freno y
desvío de una oportunidad para ganar un tiempo que se
perdió. Pero no es seguro, ni mucho menos, que aquel
castigo y aquella persecución no hicieran crecerse a los
españoles. El asombroso caso de un país que aislado,
sin embajadores, sin créditos, sin tradición
industrial, que hablaba en las escuelas de la industria
corchotaponera y del esparto, fuera capaz de producir y
presentar en Italia, San Remo, aquellos autocares que
ganaron el Gran Premio de la Rosa de Oro, a los once
años de la guerra civil y, también importante, a los
cinco de acabada la mundial, puede significar cualquier
cosa, menos que las dificultades y las espaldas vueltas
nos hicieran perder tiempo. Y, una vez más, viene a
cuento la comparación: ninguno de los países europeos
que, en 1975, quedaron por debajo de la novena potencia
industrial del mundo, España; ninguno padeció aquel
asedio ni quedó fuera del célebre «ERP», -European
Recovery Plan- más conocido por el nombre del general
Marshall.
4. LAS CAUSAS REALES DE NUESTRO RETRASO
Las verdaderas y hondas causas de aquel retraso han
asomado ya. Componen la cara y la cruz de la misma
moneda. Por un lado, la ambición generosa que
despilfarra energías. Por la otra, cálculo egoísta que
divide y descompone. En dos palabras: la grandeza y la
pequeñez.
La grandeza y la pequeñez no se ayudan en lo que tienen
de bueno; en cambio, se complementan en lo malo: la
grandeza distrae de los intereses inmediatos, y la
pequeñez los malversa en el orgullo chiquitín de
campanario.
El despilfarro, sin cálculo, de energías no es lo
típico de mentes industriosas y mercantiles sino de
aventureros, hombres de Dios y hombres de armas, oficios
que no pocas veces desembocan y confluyen en la
política. Sacerdotes y militares, además, son formados
en doctrina y se ejercitan en organización y mando. De
ahí, que períodos eminentes de la Historia universal,
no sólo las de España, hayan coincidido con figuras
como Richelieu, Cisneros, Mazzarino, Alberoni,
Nyerenberg, Churchill, Washington, Eisenhower, Horthy,
Napoleón, Franco, Grant o De Gaulle.
Por otro lado, esa ambición grandiosa despierta con los
intereses y curiosidades de cada época, con las
circunstancias; debe recordarse esto para entender a
España.
Porque lo que pasa, lo que resulta de cualquier acción,
no procede sólo de la inteligencia y la voluntad sino
también de lo que nos «toca». Edison era un genio;
pero nada de lo que inventó lo habría hecho en tiempos
de Sócrates. Valga la perogrullada.
Las dos empresas que importaban en el mundo cuando se
fraguó el definitivo, o dominante, modo de ser español,
eran la Fe y el Imperio, coincidiendo con el momento en
que España se une como Estado, el primero de Europa, y
se hace árbitro de océanos y continentes, gracias a las
empresas de Isabel y a los cálculos hereditarios de
Fernando, de quien Felipe II decía, ante su retrato, «a
éste se lo debemos todo».
Las inmensas responsabilidades recaídas entonces sobre
España tuvieron, sin remedio, carácter señorial y
religioso, por si fuera poco profundo el sello de igual
corte marcado por las muy viejas preocupaciones de
limpieza de sangre, hidalguía, libramiento de pechos,
etc. La industria y el comercio no eran cosas de
señores. No digamos, el trabajo manual. Todavía en este
mismo siglo XX ha escrito Kesserling que sólo hay una
clase de españoles, unos pobres y otros ricos; pero
aristócratas todos. «Dicen que los reyes se van, pero
no es verdad porque aquí hay quince millones de reyes»,
ironizaba Donoso Cortés. Un siglo atrás, en sus
Consideraciones sobre las riquezas de España, había
escrito Montesquieu: «muchos deploran la ceguera del
Consejo de Francisco I cuando rechazó a Colón, que se
dirigió primero a Francia para hacerla dueña de todos
los tesoros de las Indias. La verdad es que, a veces, se
hacen tonterías muy sabias, pues el estado actual de
España nos debe consolar mucho». España padecía los
efectos negativos de la grandeza.
A esa carga desfavorable se le echa encima la
insolidaridad de la pequeñez para frenar más la
actividad industrial y mercantil. Las trifulcas
separatistas, cantonales y dinásticas devoran casi tres
siglos de las energías que quedaban. La política de
campanario, la división con toda su miopía sin
horizonte, fábrica de corrales, ha sido la otra causa
grande de esa patria de hormigas y lagartijas que decía
Moratín; de nuestra lentitud industrial, por celos entre
administraciones y provincias que llegó, a menudo, al
apoyo de la industria extranjera en perjuicio de los
intereses propios.
He ahí, conviene insistir, las culpables primeras de
aquel histórico retraso industrial de España: las
grandes iniciativas desmesuradas y las chicas divisiones
de corral.
Lo diremos de otro modo: las cabezas imperiales y las
cabezas de ratón.
5. LOS VERDADEROS MOTORES DE NUESTRA INDUSTRIALIZACION
Podría contestarse esta pregunta con una afirmación
escueta: los motores de la industrialización fueron las
políticas adoptadas, desde 1940, para sacar partido de
todas nuestras fuerzas propias concentradas y para
consolidar la unidad política, la unidad territorial y
la unidad social. Esto, hoy, puede parecer dirigismo
autoritario y, en parte, lo fue. Pero, después de una
guerra civil agotadora; y de una catástrofe universal,
fuera, las circuntancias del momento y los antecedentes
históricos impusieron operaciones y curas de urgencia.
Que dieron resultado.
Uno de los directivos y propietarios de la firma Martini
& Rossi, el Conde Metello Rossi, dijo en 1967 que, de
todas las factorías de esta empresa instaladas en
países de varios continentes del mundo, era la de
España la que mejor cumplía las previsiones de
producción y venta, gracias a la legislación laboral,
que protegía al obrero frente a la empresa, como en
ninguna parte, lo que eliminaba en la práctica el
despido; pero también protegía al trabajo y las metas
de la empresa impidiendo la huelga y el sabotaje. Esa
legislación, el Fuero del Trabajo y demás leyes
concomitantes persiguieron la unidad y la armonía
sociales. No es posible fijar la proporción en que esa
unidad se logró por convencimiento interno y profundo,
sincero. Pero, de hecho, el orden laboral durante muchos
años confirmó, en la práctica, aquella fértil
colaboración; una de las causas del avance desde 1940 a
1975. De lo que no cabe duda es de que se forzó el
desarme, con armisticio, en la lucha de clases,
considerada estéril y ruinosa.
El régimen se empeñó también, con toda el alma, en
restañar las cortaduras separatistas y en impedir los
celos entre provincias y regiones con leyes, estudios,
planes e industrias. Transvases de aguas, transformación
de eriales, autopistas periféricas, intercambios
energéticos, renacimiento y cultivo de los folklores;
todo eso, y más, se enfocó hacia el fortalecimiento de
la unidad territorial; otra de las condiciones para el
desarrollo continuo, en paz.
El mando unitario, que nadie pudo disputar a Franco por
la autoridad ganada en una guerra ideológica, religiosa
y a muerte, hizo del sistema una especie de monarquía
ejecutiva sin rey, dictadura al principio, que, después
de 1939 y a lo largo del tiempo, repartió sus poderes,
sin perjuicio del orden jerárquico.
De ahí, que las Cortes Españolas se compusiera de
representantes orgánicos que, dicho sea de paso,
discutían leyes y presupuestos, en las Comisiones, sin
ceder su voto personal e independiente, a nadie.
Con aquel mando, Franco no perdió tiempo en el
propósito de hacer compatible la producción agraria con
la iniciativa y el desarrollo industriales. Más aún,
quiso la simbiosis de la agricultura y la industria,
arcos del mismo puente hacia el bienestar. Como dice
Schwartz «terminada la guerra civil, piensa en la
reconstrucción. Si de Primo de Rivera se dijo que era el
dictador de las obras públicas (
) de Franco
podría decirse que fue el gobernante de la
industrialización».
Publicada en 1941 la ley del INI, nombra a Suanzes
presidente y comienza la actividad contra viento y marea,
a presión. Como no se descubre petróleo en Huidobro, ni
en Zmanza, ni en Zuazo, ni en Orduña ni en Burgo de
Osma, o resulta escaso y pobre cuando se encuentra, se
funda en 1944 la Calvo Sotelo, «para fabricación de
combustibles líquidos y lubricantes» sintéticos, de
cuya fábrica en Puertollano saldrán productos
nitrogenados para el campo. Como el petróleo se ha de
importar refinado, se alzan refinería en Escombreras y
en La Coruña y se estimulan Cepsa, Campsa, Esso-Petrol,
Riogulf, Asfaltos Españoles, junto con Repesa y
Petroliber. De los 5.800.000 toneladas que se refinaron
en 1940 se pasó a los 43.000.000 en 1975.
Las actividades que el INI inaugura o cataliza abarcan
casi todo: gas, electricidad, petroquímica,
alimentación, construcción naval y aeronáutica,
siderurgia, minería, transporte, automoción, material
agrícola, hostelería, turismo, seguros,
telecomunicaciones, artesanía, banca, plásticos,
ingeniería, investigación
cientos de empresas de
todas clases cerrando el círculo de las redondas
preocupaciones de aquella política empeñada en izar el
presente al más alto nivel posible, al tiempo que
estudiaba el porvenir y protegía las viejas artes
populares, la artesanía tradicional. Memoria y vista al
frente. Tradición y acción.
6. CIFRAS
Los números están, para la historia, en actas,
monografías, estudios y anuarios. No son materia para un
artículo como éste, sino para la capacidad de las
enciclopedias y los ordenadores. Es difícil elegir. Casi
todas las cifras son pasmosas. Copiamos, por ejemplo, de
un libro:
Producción anual 1940 1975
Toneladas Toneladas
Acero 1.900.000 11.300.000
Cemento 5.200.000 24.000.000
Aluminio - 235.000
Abonos nitrogenados 94.000 805.000
Refino Petróleo 5.800.000 43.000.000
Automóviles - 710.000
exportados 135.000
Toneladas barcos - botados: 1.432.000
- exportación: 760.000
- entregados: 1.470.000
- exportación: 900.000
- cartera pedidos: 6.200.000
- exportación: 2.600.000
La potencia eléctrica hidráulica que en 1940 no pasaba
de 1.300.000 kw, en 1975 llegó a los 12.000.000 kw, casi
diez veces más. Pero la producción eléctrica, que en
1940 fue de 3.617 millones de kwh; ya en 1969 subió a
los 16.390 millones de kwh; y en 1975, a los 79.603
millones de kwh., es decir, veintidós veces la capacidad
de consumo y producción de 1940. Porque también había
aumentado la potencia de origen térmico y nuclear:
1940 1975
Centrales hidráulicas 1.300 Mw (77%) 12.000 Mw (x 10)
49%
Centrales térmicas 381 Mw (23%) 12.500 Mw (x 32) 51%
Centrales nucleares - 1.120 Mw
Totales 1.681 Mw 25.620 Mw (x15)
Desde los tiempos romanos hasta 1936, la industria de la
construcción había hecho en España 191 embalses con
4.000 millones de m3 de agua. En sólo 35 años, de 1940
a 1975, se construyeron 515 embalses, más otros 65 en
marcha adelantada. La capacidad de embalse en 1975 era de
40.000 millones de m3, diez veces más que toda el agua
embalsada en dos mil años.
Permítaseme la siguiente larga autocita. Escribí en
1970:«Aunque la gestión material del Régimen es una de
las protagonistas de este ensayo y hemos de proyectar luz
sobre ella, no lo haremos con cifras. Las cifras son más
amigas de la criptografía, del código secreto, que de
la comunicación directa. Lo que el español ve en la
calle no son estadísticas, sino cosas y el efecto de las
cosas: impresiones, instantáneas de reportero.
Ve, por ejemplo, que las nuevas generaciones no saben
hacerse a mano un cigarrillo. Ve que los cantantes, carne
de la transhumancia más fementida, se compran fincas y
automóviles, como los millonarios de Hollywood.
Donde la corbata era señal acusadora -y peligrosa- de
burguesía, ni siquiera el coche distingue hoy las
castas. Donde "pan y toros" era el sueño
nacional, lo es ahora "crédito y piso propio".
Y la sobriedad arcillosa de los rostros campesinos se ha
mudado en aire desenvuelto, urbano.
La cuenta del electricista cuesta más que la del
médico. La visita del fontanero hay que suplicarla y
pagarla a peso de plomo. Los puestos de periódicos
cierran "por vacaciones". La Revista de
Occidente vende hoy tres veces más que en 1936, según
confirma la O.J.D.
Las costas interiores de España, las de presas, pantanos
y embalses, suman más kilómetros, el doble, que todo
nuestro litoral marítimo: atlántico y mediterráneo.
Todas estas instantáneas son menos expresivas que la
acusación filosófica que, con desdén desafiador, se
arroja a la cara del Régimen. Por su culpa, según
dicen, este pueblo se ha convertido en materialista
sociedad de consumo. Pero tal apostasía, aunque suponga
un revés a la tradición y una burla a nuestra
hambrienta austeridad secular, constituye por eso mismo
un triunfo más escandaloso. (Aparte la edad de esa
decrépita imputación a los adelantos tangibles: hace
ciento cincuenta años, ya escribía Guizot:"cuando
se realiza un gran cambio, un gran desarrollo de riqueza
y fuerza, una revolución en la distribución del
bienestar social ¿qué dicen los adversarios?Dicen que
este progreso del estado social no mejora ni regenera el
estado moral del hombre; dicen que este progreso es
falso, engañador, que se vuelve en detrimento del
verdadero ser humano".
Una cifra escogida entre los miles de ellas que sería
justo recordar, nos parece todo un resumen de la casi
inverosímil transformación de España en tan poco
tiempo y contra tantas dificultades heredades, naturales
y contemporáneas: el número de ingenieros.
En 1932, ochenta años después de la fundación de las
primeras escuelas especiales, todas ellas juntas
-Caminos, Minas, Agrónomos, Industriales, Navales,
Militares- sólo pudieron titular a 306 ingenieros
supriores. Eran las plazas disponibles en vista de las
perspectivas de trabajo. En 1973 terminaron sus estudios
1.132 ingenieros industriales superiores. La mitad de
toda la ingeniería superior de España era precisamente
la industrial. Sumada a todas las demás, el número
total de ingenieros superiores salidos de todas las
escuelas especiales en 1973 llegó a 2.263».
7. CONCLUSION
A nuestro juicio, el retraso industrial de España no es
achacable a lo que suele decirse -aislamiento, incultura,
absolutismo, etc- sino a las preocupaciones en la
Cristiandad cuando a España le tocó dirigirla, la Fe y
el Imperio; y a las desventuras dominantes en España
cuando llegan los tiempos de la revolución industrial,
es decir, disensiones dinásticas, pérdidas coloniales,
cantonalismo, trifulcas, pronunciamientos, guerras
civiles y, en una palabra, las divisiones, que volvieron
a distraernos y, aún así, no del todo, del conveniente
enfoque industrial.
Aquel retraso se superó, entre 1940 y 1975, mediante un
inverosímil salto adelante. Lo brusco y anómalo del
avance, en país sin fuerte ni sostenida tradición
industrial, obliga a deducir que la causa hubo de ser
nueva. Pero tal novedad no pudo llegar de fuera porque el
mundo bloqueó a España cuando ya había empezado la
industrialización y porque el exterior tampoco pensaba
en generosidades, estando, como estaba, en convalecencia.
Ni siquiera puede hablarse de la ayuda americana. Baste
para aclarar este punto: mucho antes del pacto con los
Estados Unidos, en 1946, el INI encarga a un español
rescatado de la italiana Alfa Romeo, Wifredo Ricart, la
formación de un Centro de Estudios Técnicos de
Automoción. Surge el Pegaso cuyo modelo deportivo ganó
fama legendaria. En 1948, cinco años antes del pacto con
los Estados Unidos funda en París la Féderation
Internationale des Societés d'Ingénieurs des Techniques
de l'Automobile, con sede en París, y con divisa de
Ricart: «progressons en commun». El INI y sus hombres
pudieron con el bloqueo. Sin los Estados Unidos.
La causa del repentino cambio fue, en efecto, nueva
-aunque ya clamara por ella Joaquín Costa mucho antes- y
absolutamente española. Fue la autoridad de un hombre
que dio a su gobierno la dirección terapéutica
necesaria para devolver a España la salud. Desdeñar,
hoy, aquéllo, llamándolo con desprecio «dictadura»,
es condenar la escayola que remedia una fractura o la
operación de urgencia que salva al moribundo. Y sería
poco admitir que se devolvió la salud a España, porque
se logró bastante más, gracias a la visión centrada en
la unidad territorial, social y política. La autoridad
que la victoria granjeó a Franco le permitió inspirar y
aceptar leyes para el fomento de empresas y, en especial,
del Instituto Nacional de Industria, obra suya y de
Suanzes.
Centenares de iniciativas privadas prosperaron en
colaboración con la escuadra de empresas, de diverso
carácter, fundadas o sostenidas, por el INI.
La obra y el plan fueron tan descomunales que los
adversarios las zahirieron como novelescas locuras de
fantasía; llamando a Suanzes «Julio Verne».
-Que se lo sigan llamando- dijo Franco cuando inauguró
la acería de Ensidesa.
Así, con pocas palabras, una política solidaria y
práctica sacó a España de la cola para adelantarla al
noveno puesto de las potencias industriales del mundo,
braceando, alegre, con sus brazos nuevos.
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