Ganivet desde el
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I
Angel Ganivet, literato, filósofo y político, ha sido
una de las mentalidades más vigorosas de nuestra segunda
mitad del XIX.
Para Cristóbal de Castro, Ganivet tiene la categoría de
precursor, pero no de un precursor en sazón y provisto
de todas las armas, como Joaquín Costa, que tiene testa
y barbas de padre eterno, sino de un precursor hijo, con
toda la poesía de su vida atormentada y de su muerte
oscura. Para Antonio Espina, Ganivet representa en la
última etapa del siglo XIX a todo un linaje intelectual
español que se remonta en su origen a nuestros más
notorios pensadores clásicos. En ese mismo criterio
abunda Elías de Tejada, quien nos presenta a Ganivet
como un gran poeta y filósofo, como la personificación
genuina del pueblo español, una individualidad poderosa.
Lo más característico es la originalidad, que hizo
decir a Unamuno que «Ganivet era todo adivinación e
instinto».
Original es en los deliciosos artículos de Granada la
bella, que es el más puro homenaje que se pueda tributar
a la ciudad donde se ha nacido y la expresión ideal del
esteticismo moral. Gallego Burín considera esta obra
como «un devocionario de los granadinos», cada uno de
cuyos capítulos es una oración sencilla que deben rezar
por el bien de la ciudad. Fue Granada la bella la que
inspiró a José M. Izquierdo su libro sobre Sevilla
Divagando por la ciudad de la gracia. Y es de notar como
Izquierdo, que fue el mejor discípulo de Ganivet -según
Saldaña-, firma con el seudónimo de Jacinto Ilusión,
que es el nombre de un personaje de Eça de Queiroz, cuya
figura recuerda tanto a la de Ganivet.
Original de pies a cabeza, no sólo en su contenido, sino
hasta en su escritura -como dice Nicolás M. López-, es
el Idearium, el primer libro de Ganivet y donde mejor se
refleja. Es una obra de afirmaciones, donde se exalta la
constitución interna de España, cimentada en el
espíritu territorial -que es la médula de nuestro
país-, la religión -que es el cerebro-, el espíritu
guerrero -que es el corazón-, el espíritu jurídico -la
musculatura-, y el espíritu artístico -la red
nerviosa-.
Ganivet -en opinión de Sánchez Agesta0- soñaba en esta
obra con una nueva grandeza de España, con una España
que fuera como una nueva Atenas de Occidente, creadora y
misionera de la verdad, lo que se lograría cuando
hallara el sosiego de la adecuación de sus formas
políticas y sociales a las peculiaridades de su historia
y su carácter. Por eso se trata de fijar lo
permanentemente español, salvando el alma nacional de
las ideas y creencias que la desvirtúan, y llamando la
atención sobre lo que permanece vivo en la historia
patria. En suma, el Idearium es una profesión de fe en
nuestra raza, en su genio y en su carácter, un grito de
españolismo en medio del pesimismo dominante.
Después publicó Ganivet una de las novelas más
originales de la época, La conquista del Reino Maya por
el último conquistador Pío Cid. Pío Cid -que como dice
Fernández Almagro, es el propio Ganivet-, vivía, en el
seno de una familia bien acomodada, en un pueblecito de
Andalucía. Pícaro y travieso es aficionadísimo a
pelear en las guerrillas que sostenían los chicos de su
barrio con los otros lugares de la ciudad. Estudia leyes,
pero se dedica al comercio en diversos puntos de Europa.
Cansado de la vida en El Havre, Liverpool, Hamburgo y
Marsella se marcha a Africa. La nostalgia de la Patria la
compensaba con la persuasión de que el destierro le era
conveniente, puesto que le permitía la conservación de
su patriotismo, que tal vez se debilitase con su regreso.
Pío Cid, de un modo inexplicable, se establece en
Talora, donde abre un bazar europeo que disputa a los
árabes el monopolio comercial que allí disfrutaban;
visita la parte oriental de Tanganica y decide internarse
en Ruanda, -nombre que los pueblos vecinos dan al país
de Maya-, que es la tierra vedada para el extranjero.
Allí cae prisionero, pero se escapa matando al
centinela. Al clarear el día, descubre un hipopótamo
que lleva sobre sus anchos lomos unas alforjas de fibra
vegetal, y alrededor del cuello, una especie de collera
muy holgada. Pío Cid monta sobre el animal y se deja
conducir riachuelo abajo hasta una pequeña ensenada,
próxima a un hermoso bosque donde hay multitud de
cabañas de paja.
Un mito religioso mantiene a cierta tribu llamada de
Ancumiera a la espera de que un mensajero de los dioses,
aparezca en forma de hombre blanco. Pío Cid se da cuenta
del partido que podía sacar de tan candorosa creencia;
tras una serie de peripecias, los habitantes de Maya
caerán de rodillas a los pies del aventurero, que se
convierte en señor del territorio bajo el alto y
simbólico nombre de Arami, que quiere decir, «el de la
muerte misteriosa».
Una vez constituído Pío Cid soberano, pone manos a la
obra de gobernar a los cándidos indígeneas, con un
doctrinal político, a cuyo lado el de Maquiavelo resulta
un breviario de moral franciscana. Bajo este signo,
nombra ministros, da recepciones, organiza la vida del
país con arreglo a moldes europeos, crea un Parlamento,
introduce la luz eléctrica, las corridas de búfalos, un
banco del Estado, etc., etc. Pero estas reformas no
satisfacen a los nativos, ni al propio reformador, quien
al final, entre carcajadas hirientes y sátiras mordaces,
ridiculiza y se asquea de lo que él mismo había
implantado.
Esta obra ha sido objeto de las más diversas
interpretaciones. Según Fernández Almagro, sus
antecedentes literarios son los Viajes de Robinsón
Crusoe y los de Gulliver, y constituye una burla, un
tanto áspera, de la misión colonizadora que a título
superior, se irrogan los grandes pueblos modernos, en
contraste con el espíritu cristiano llevado a las Indias
por los conquistadores, colonizadores y misioneros
españoles. Otros autores como García Lorca, sostienen
que, de manera más o menos explícita, Ganivet recoge
aquí el viejo y nuevo problema de la licitud y límites
del dominio del hombre salvaje por el civilizado, o mejor
el conflicto entre naturaleza y cultura, que resurge en
Europa con ocasión de la conquista de América. Y prueba
-añade- de la intencionalidad americanista la tenemos
-aparte de las fuentes de la Historia de América, que
él declara-, en el título mismo -el Reino de Maya- y en
la implícita y vaga alusión a los incas, cuando Pío
Cid establece en la familia real Maya, ya descendientes
suyos, el matrimonio entre hermanos, para asegurar la
pureza de sangre.
Elías de Tejada disiente de los criterios anteriores.
Para el que fue insigne catedrático de las Universidades
de Salamanca y Sevilla, la intención de Ganivet fue la
de satirizar a la España canovista de la restauración,
y los intentos de europeización que constituían el
móvil de los políticos de aquellos días. Y como
muestra de que fue así, nos remite a unas cartas de
Ganivet, dirigidas a su amigo Navarro Ledesma, en una de
las cuales le dice: «El primer título que se me
ocurrió fue Cánovas sive de Restauratione, pero no me
pareció luego bien, porque particularizaba demasiado y
lo dejé para que brotase espontáneamente». Así, el
régimen político que Arami crea en Maya es, como en la
España de la segunda mitad del XIX, una monarquía
constitucional, en la que Mujanda viene a ser el «modelo
sin par de reyes constitucionales». En Maya -añade
Elías- hay también un Parlamento, compuesto por dos
Cámaras, que celebra regularmente sus sesiones. Allí,
como en la España de Isabel II, hay grupos reformistas y
revolucionarios, duchos en conspiraciones y situados al
margen de los que forman el turno de los partidos; estos
grupos fueron desdeñados por el rey Quiganza de la misma
manera que la reina Isabel II hiciera con los
progresistas, y habiendo crecido en número, sobre todo
por su irreligiosidad y por la promesa del reparto de las
tierras, lograron triunfar en una revolución análoga a
la septembrina de 1868 y, decidida en una batalla
semejante a la de Alcolea. Triunfante Viaco, el Prim
maya, se implanta un federalismo económico y político,
correspondiente al cantonalismo de 1873; pero, fracasado
éste, a los diez meses es asesinado Viaco y se restaura
la antigua monarquía.
El género novelesco lo continúa Ganivet con Los
trabajos del infatigable creador Pío Cid, una de las
mejores novelas que en nuestro idioma existen -según
Ortega y Gasset-, y donde se refleja el Madrid de fin de
siglo. Se trata de una autonovela, de su propia
biografía espiritual, donde la mezcla de ficción y
realidad, la figura del héroe, la inclusión de
discurso, poesías y relatos, nos hacen recordar la
técnica de Cervantes en el Quijote.
Por último, también se asomó Ganivet al teatro con un
drama místico, El escultor de su alma, donde utiliza la
forma de los autos sacramentales, para infundir los
sentimientos más sutiles que pueden agitar el alma
humana. Aquí el protagonista es Pedro Mártir, artista y
místico, algo así como un Pío Cid resucitado y
transfigurado. El que era infatigable creador tórnase
ahora perfeccionador incansable, que actúa sobre su
propio espíritu, queriendo esculpir su alma ideal en
forma eterna, purificada por el dolor, que es para
Ganivet, como buen estoico, el crisol de la vida.
II
Angel Ganivet y García Lara nace en Granada, el 13 de
diciembre de 1865. Por línea paterna se ha venido
sosteniendo que su apellido procede de Francia, de donde
lo importó a España a finales del siglo XVIII un
natural de Angulema, general del Ejército francés,
emigrante de su patria por razones políticas, quien
venido a pobre casó en Granada con una señora que
vivía en el barrio de la Magdalena.
Para José Díaz Martín de la Cabrera, la familia
Ganivet procedía del principado francés de Turena, de
donde en 1669 vino a España Antonie de Gainebe (quinto
abuelo de nuestro personaje), que se avecindó en
Cogollos, lugar de la provincia de Granada. Por la
corrupción fonética y adaptación lingüística, el
apellido francés Gaignete aparece transformado
sucesivamente en Ganivete, Gañavete y al fin, Ganivet.
Para Navarro Ledesma, el nombre de Ganivet, que en
catalán provenzal, valenciano y castellano de las
Partidas significa «cuchillo», nos dice su origen por
línea paterna: los ascendientes eran de la fortísima
casta catalana-pirenáica, del lado allá de los
Pirineos. Y el mismo Ganivet en unos graciosísimos
versos le decía a este amigo, justificando una temporada
de pereza o letargo en que no hacía nada:
Yo soy catalán candongo
injerto en godo chilingio
Sea cual fuera su procedencia, es lo cierto que este
apellido a principios de siglo XIX adquirió categoría
nacional por un hecho notable. El primero de mayo de
1810, un ejército francés compuesto por más de cinco
mil hombres al mando del General Barón de Maransin,
ataca al pueblo de Algodonales (Cádiz). La defensa de la
villa fue organizada por su párroco, D. Esteban Ganivet,
natural de Granada, quien murió heróicamente al frente
de más de trescientos vecinos.
Por línea materna, Ganivet es granadino morisco,
descendiente de árabes; así lo atestigua el segundo
apellido de su madre «Siles», que quiere decir «gente
de color moreno». A él ello le satisfacía: «yo ha
nacido -escribe a Unamuno- en la ciudad más cruzada de
España, en un pueblo que antes de ser español fue moro,
romano y fenicio. Tengo sangre de lemozín, árabe,
castellano y murciano y me hago por necesidad solidario
de todas las atrocidades y aún de crímenes que los
invasores cometieron en nuestro territorio. Si Vd, amigo
Unamuno, suprime a los romanos y a los árabes, no queda
de mí más que las piernas».
Al igual que sus antecesores, Ganivet asume el destino
inexorable. En carta de 14 de agosto de 1894, escribe a
Navarro Ledesma: «según te consta soy fatalista y creo
que la suma sabiduría está en las cosas y en dejar que
las cosas obren, incluyendo en las cosas a las personas,
siempre que funcionen normalmente y sin enmendar la plana
a las fuerzas naturales». También la raza ejerce una
gran influencia sobre su ideología.Pruébalo la tesis
apologética de la influencia arábiga en España, y el
programa de expansión nacional sobre Africa por mano de
los árabes,como auxiliares eficacísimos que desarrolla
en «El Porvenir de España». Y en la carta a Unamuno
antes citada añade: «Vd. profesa antipatía a los
árabes y yo les tengo mucho afecto sin poderlo
remediar».
Cuando Ganivet tenía diez años de edad, quedó
huérfano de padre. Se pensó entonces dedicarlo a la
industria de molinería, pero desistió por haber sufrido
una caída que en mucho tiempo le impidió el ejercicio
de tales faenas.
Con férrea voluntad logró recuperarse totalmente y tras
licenciarse en Derecho y doctorarse en Letras, oposita,
primero al cuerpo de Archiveros, donde obtiene el número
11; después, a la Cátedra de Griego donde contiende con
Unamuno y fracasa y, por último, a la carrera consular
donde obtiene el número 1, siendo nombrado Vicecónsul
de España en Amberes. De Amberes pasa a Helsingfor donde
escribe todos sus libros excepto Granada la Bella que
publicó en Amberes en 1896. Fue trasladado, por último,
al consulado de España en Riga, donde a los tres meses,
-ahora hace cien años- habiendo perdido la razón a
consecuencia de la avariosis que había de originarle una
parálisis general progresiva, se suicidó, lanzandose al
río Duina, el 29 de noviembre de 1898, hace cien años.
III
Para encuadrar la figura de Ganivet es preciso tener en
cuenta los avatares de su tiempo.
Al empuje de la espada de Serrano, el 30 de septiembre de
1868, tuvo que salir de España Isabel II, la «Reina de
los tristes destinos» -como la llamó Aparisi-, al grito
de ¡Abajo los Borbones! La Revolución trae un rey
extranjero, quien antes de que lo echen se va. De esta
suerte se llega a la primera República -votada por unas
Cortes monárquicas-, que abre sobre la Nación la caja
de Pandora de todos los males.
En once meses pasa de unitaria a federal, consume a
cuatro presidentes, desencadena la anarquía y hace
estallar, con los cantonales, la unidad de España. Cada
ciudad se constituía en cantón de signo diferente. El
de Córdoba es burgués, el de Granada proletario, que
impone a todos los ricos «una contribución de cien mil
pesetas» y quiere fundir las campanas de los templos
para acuñar monedas; los federales de Málaga se
destrozaban entre sí dándose batallas en las calles; el
de Sevilla es de tipo federal por ser el sistema de su
presidente D. Federico Rubio. Se proclaman las
repúblicas independientes de Barcelona, Tortosa, Coria y
Cartagena. Los insurrectos de Cartagena declaran la
guerra a Madrid, enarbolan la bandera turca y comienzan a
ejercer la piratería por los puertos indefensos del
Mediterráneo; donde quiera surgían reyezuelos de taifa,
al modo de los que se repartieron los despojos del
agonizante califato cordobés.
Con la indisciplina militar rampante y paralizados por la
inhibición suicida del Gobierno, los generales,
desesperados como dice Ricardo de la Cierva- no sabían
qué hacer para acabar de una vez con tamaño
desmoronamiento. España entera se descuartizaba.
Por otro lado, los carlistas a pesar de dos guerras
civiles perdidas y el fracaso del intento de San Carlos
de la Rápita, que cuesta la vida al bravo general
Ortega, se lanzan a una tercera, en cuyos inicios toman
Estella, infligen al ejército republicano el duro revés
de Montejurra y, bajo el mando del Infante Alonso Carlos,
hermano de Carlos VII, a quien acompaña su esposa la
Infanta Doña María de las Nieves -mujer inteligente y
decidida a quien el liberal, según Peña Ibáñez, llama
«Doña Blanca» y a quien cantó en sus versos Mistral-,
el ejército del centro entra en la ciudad de Cuenca.
Pero pese al fervor de los voluntarios, y a sus hechos
heróicos, la tercera guerra carlista como las dos
anteriores, quedó en un estéril sacrificio. Y es que
como decía Florentino Pérez Embid, las guerras no se
ganan con partidas, sino con ejércitos. Y el ejército
profesional, desde la primera guerra, estaba
estrechamente vinculado a las instituciones dinásticas
isabelinas.
Como aquello no tuvo arreglo con los «cimbrios» de
Figuera, ni con el Gobierno de los «pájaros» (por los
Ministros Pi, Tutau, Sorni y Chao), ni con las parrafadas
líricas de Castelar, Don Manuel Pavía, Capitán General
de Madrid, el 4 de enero de 1874, derriba la República,
pero se queda a la mitad del camino, ya que en lugar de
proclamar la Monarquía, -de acuerdo con los generales
residentes en Madrid-, se limita a entregar el poder a un
Gobierno provisional presidido por el General Serrano,
quien mientras las cosas no se arreglen, piensa en una
Regencia vitalicia, -ejercida por él naturalmente-, pues
entendía que no podía decidirse por un régimen
concreto.
Mientras Serrano espera, un político astuto e
inteligente, Antonio Cánovas del Castillo, nada tendente
a los extremos como dice de él Comellas, trabaja por
otro camino en favor de Don Alfonso, el hijo de Isabel
II.
Cánovas, «un exrevolucionario para la restauración»
-como le define Fernández de la Mora-, con una base
filosófica mínima, carente de originalidad teórica, y
cuya política -según dice en otro lugar, el autor de El
crepúsculo de las ideologías-, fue desde su juventud la
de las circunstancias y las transacciones, quiere traer
al Rey, no en lucha a campo abierto, sino contando con
todos, políticos y generales, a quienes ofrece
encuadrarlos -según dice Fdez Almagro-, respetando sus
matices y no imponiendo otra disciplina que la derivada
de la común adhesión a Alfonso XII. Mas, pese a su
espíritu civil, que ya expresó en el Manifiesto que él
redactó y Don Alfonso firmó en Sandhurst, el último
empujón fue de caracter militar. El 29 de diciembre de
1874, el General Martínez Campos, al frente de dos
escuadrones de la Brigada de Caballería, se subleva en
los Alquerieles, a un kilómetro de Sagunto, y proclama
rey a Don Alfonso XII. La nación recibe con júbilo la
noticia del pronunciamiento y el Gobierno cede. La
monarquía ha sido restaurada. Entraba en España un rey
joven, que supo simpatizar con todos, pero, ¿había sido
vencida la Revolución?
Cánovas había entendido la Restauración más como
cuestión de gobierno, que como cuestión de régimen. Lo
que le preocupa es que se adhiriera a la Institución el
mayor número de fuerzas políticas, sin atender a los
principios, ni a las personas, ni a su procedencia. Con
este criterio incorpora a la nueva Monarquía casi todos
los avances de la revolución, de tal modo que los más
ilustres defensores de ésta, como por ejemplo Castelar,
pudieron declarar que «la revolución seguía viviendo
en España; que todos los ideales que ellos llevaron a la
República iban siendo conseguidos con la Monarquía
democrática y una República conservadora. Y que si a la
primera no podía servirla como republicano, sí debía
aceptarla como patriota por lo que recomendaba a sus
amigos que la sirvieran sin escrúpulos, ni reservas».
Esto explica -como señala García Escudero-, que
políticos como Sagasta, ministro de D. Amadeo; Romero
Girón, Martos, Canalejas y Ruíz Zorrilla procedentes
del republicanismo socializante, entraran como cuña, en
el seno de la Restauración, con lo que -como destacó
Rozalejo- hizo a los vencidos vencedores y que sus
principios tan ruidosamente fracasados formaran al cabo
la esencia de la Monarquía.
Una vez liquidados los residuos de la guerra civil
cantonal y erradicados los últimos focos de la tercera
guerra carlista, los españoles, cansados de tanto
desasosiego, unos con entusiasmo, otros simplemente con
resignación, llegan al convencimiento -como escribe
Comellas- de que «el problema político de España ya no
ofrecía otra salida que la restauración borbónica».
La estabilidad política -añade el expresado
historiador-, hizo posible lo que durante tanto tiempo
había faltado en España: continuidad y orden, lo que
permitió un cierto desarrollo económico. Fue la época
dorada de la burguesía española.
Pero aquella prosperidad fue en cierto modo ficticia,
limitada a unos pocos. Como no se atendió al problema
social, y las condiciones de vida de los obreros en la
mayoría de los casos eran penosísimas, con sueldos
miserables, viviendas infrahumanas, sin seguridad social,
ni protección ante el despido injustificado o la
enfermedad, no es de extrañar que al incrementarse
éstas con el establecimiento de la Internacional
Socialista y la UGT, y la aparición del Anarquismo con
sus atentados, la criminalidad y las revueltas, unidas a
la descristianización del país que avanzaba en grados
alarmantes merced a la propaganda que la Constitución
permitía, moviese a Menéndez Pelayo en su intervención
en el acto de homenaje a Balmes, con ocasión de su
centenario, a pronunciar de forma precisa y contundente,
las palabras siguientes:
«Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que
engañado mil veces por garrulos sofistas, empobrecido,
mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas
fuerzas que le restan y corriendo tras vanos trampantojos
de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su
propio espíritu que es lo único que ennoblece y redime
a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación
de su pasado; escarnece a cada momento las sombras de sus
progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento,
reniega de cuanto en la historia nos hizo grandes, arroja
a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla
con ojos estúpidos la destrucción de la única España
que el mundo conoce, de la única que tiene virtud
bastante para retardar nuestra agonía».
«Estas palabras -como diría más tarde González de
Amezúa, en un discurso en la Real Academia de la
Historia- parece que vienen empujadas por uno de aquellos
tres vientos glaciales, que Dante florentino desata en el
canto postrero de su infierno».
Mientras tanto los últimos restos de nuestro imperio
colonial se sublevan contra nosotros. Una vez más,
aquello no era odio contra España, sino un nuevo
capítulo de la revolución interior y política. Los
abusos, los negocios e inmoralidades al amparo de la
política, habían llegado a aquellas tierras. Al
malestar que ello producía, se unía la acción de la
masonería que desde España fundaba en Cuba y Filipinas
logias de caracter separatista.
Los norteamericanos pretendieron comprar a Cuba. Cánovas
se negó y se encerró en el aislamiento internacional.
El 23 de abril nos declararon la guerra. La contienda fue
breve y desigual. Ante la derrota, el Gobierno de Sagasta
aceptó una paz humillante, que se firmó en París el 10
de diciembre de 1898. Por este tratado perdimos los
últimos restos de nuestro imperio: Cuba, Filipinas y
Puerto Rico. Con ello, -como dice Comellas- «la bella
época había pasado para siempre».
IV
Cuando Ganivet contempla desde Helsinki la pérdida de
rumbo de España, resume su diagnóstico en pocas
palabras: carencia de ideas nacionales. «En España -ya
había escrito en Granada la bella-, se han arrancado
muchos árboles y muchas ideas, y así estamos de
continuo amenazados por las inundaciones de
¿cómo
diré para ser suave?, de cosas nuevas que arrasan los
sentimientos españoles de quienes aún los conservan».
De ahí que busque afanosamente el camino que nos saque
de aquella postración, y lo encuentra, no a través de
la europeización por la que abogaban buena parte de sus
contemporáneos, sino mediante la vuelta a nosotros
mismos, en la restauración espiritual de España.
«Ni las ideas francesas, ni las inglesas, ni las
alemanas, ni las que puedan estar más en boga nos
sirven», proclama en el Idearium. Y conste -aclara en
Los trabajos-, que «yo no me asusto de que abramos las
puertas de par en par a todas las ideas, vengan de donde
vinieren; lo que no me parece bien es que perdamos
nuestra personalidad y seamos imitadores serviles».
Sobre este punto, vuelve a insistir en otro lugar del
Idearium. «España comienza ahora una nueva evolución,
o ha de comenzarla en breve, y en ella tiene acaso
caminos abiertos para emprender rumbos diferentes de los
que señala su historia; pero un rompimiento con el
pasado sería una violación de las leyes naturales, un
cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo
real por lo imaginario».
Ganivet postula como fundamento del juego de las ideas la
libertad, que entiende como posibilidad personal para
todos y cada uno de realizar su propio ideal. Pero la
libertad no es concesión de la Ley, sino temple de
ánimo. «Qué importa -dice en Cartas Filandesas- que la
ley nos declare libres, si estamos poseídos por vulgares
ambiciones y sacrificamos nuestra libertad y aún nuestra
dignidad para satisfacerlas». De aquí que Ganivet
vincule la libertad a una robusta autoridad.
La libertad -dice- hay que buscarla en el poder de los
hombres fuertes. Cánovas es más liberal que Sagasta:
Nárvaez era más liberal que Cánovas; Prim era más
liberal que Nárvaez y si llega a gobernar Cabrera
hubiera sido más liberal que Prim. «El hombre más
liberal que ha habido en Europa, después de la
Revolución francesa -escribe en el Epistolario-, ha sido
Napoleón, quien consideraba a sus varios millones de
súbditos como manadas de borregos y los trataba como
buen pastor a palos y pedradas cuando era preciso. Y es
que, una cosa es ser liberal, pudiendo ahorcar en un día
a varios millares de súbditos, y otra serlo cuando no se
puede mover un Juzgado de Primera Instancia sin que
estalle una revolución».
No se escapa a Ganivet cuán aventurado resulta cimentar
el orden político sobre la voluntad de un hombre, pero
estima verdadera locura cimentarlo sobre la voluntad de
una multitud. «La voluntad de un hombre -afirma en La
conquista del Reino Maya- es un sol que tiene sus días y
sus noches; la libertad de un pueblo es un relámpago que
apenas dura un segundo». Sentado esto, no puede
extrañarnos que el gran escritor granadino rechace el
principio democrático que -según dice en una de sus
cartas- «tiende en el orden político a la anulación de
la acción preponderante intelectual, para sustituirla
por el poder anónimo de la soberanía nacional, cuya
esencia consiste en reunir una mayoría de hombres que
proponen una idea vulgar que sea comprensible por esa
misma mayoría, y como no es de esperar que los hombres
capaces quieran descender a apretar la mano de los
honrados electores resulta, que el porvenir no es de los
que proponen majaderías por cálculo, sino de los que
las sienten de veras y las proponen como cosa natural y
peculiar».
Por eso he pensado mil veces, -añade más adelante-, que
el fin de la campaña democrática, la de los generosos
amigos del progreso de nuestra especie, va a ser
desastrosísimo. Por odio al despotismo se pretendió
anular la acción preponderante intelectual y sustituirla
por el poder anónimo de la soberanía nacional; y como
nunca falta gente para nada en el mundo, no faltó quien
se entusiasmara creyéndose algo importantísimo en el
nuevo concepto aclamado por tantos tribunos. El que antes
era un cero a la izquierda y se veía condenado a serlo
en lo sucesivo se alegró viéndose convertido en unidad.
El pueblo soberano venía a ser algo como una cifra
compuesta de muchas unidades en fila: todos eran uno,
pero cada cual se permitía el lujo de creer que él
podía ser no el uno primero de la derecha que vale uno,
sino el tercero que vale ciento o el séptimo, que vale
un millón. Pero aparte del pernicioso efecto de estas
adulaciones, es evidente que había algo más grave: la
necesidad de confiar algo a las masas; de aquí dos
teorías originales: la una consistía en decir que tales
masas lo hacían todo, pero que había hombres
providenciales encargados de expresar los pensamientos de
sus contemporáneos, de realizar sus aspiraciones. La
otra fue más atrevida y le cargó todos los méritos al
elemento anónimo valiéndose de la falsificación de la
historia, llegándose hasta lo del pacto expreso del
sobajeado Rousseau.
«Cuando se lee que Napoleón (que fue el todo del
Imperio, el que de una manotada desvió el curso
desbocado de la revolución) no fue más que un hombre
que supo encauzar los múltiples elementos latentes que
había en el seno de la sociedad francesa de la
revolución, dan ganas de taparse la cabeza con un manto
más espeso que el de César. Seguramente Francia,
después de la ejecución de Luis XVI, sería una jaula
de locos peleando por el poder. De lo que hicieron
tenemos una ridícula parodia en el período demasiado
largo que duró la República Española. Llega un hombre,
los echa a todos a patadas, como debían de haber hecho
en España después de Sagunto y sin necesidad siquiera
de Sagunto, hace una Nación, hace veinte ejércitos y en
tres sentadas se traga la mitad de Europa. ¿Dónde está
aquí la adivinación de las masas, el profundo sentido
de la sociedad francesa y demás terminuchos adulatorios
que emplea los tributos de la plebe de hoy?».
Estas razones justifican que Ganivet niegue valor
teórico al sufragio universal, que en su opinión, no es
más que el medio por el que a un «quidam» se le echa
encima una pila de papeletas y se le transforma en todo
lo que sea menester. Muestra de su adversión a los
comicios populares son los párrafos de la carta que a
tal respecto dirige a Navarro Ledesma: «Yo he visto con
los ojos, que una misma recua de borricos que usan los
arrieros de las Alpujarras ha enriquecido a unos y ha
arruinado a otros. La razón dice que la inteligencia y
hasta la suerte de los arrieros es la que decidió en
estos casos; los burros se limitaron siempre a llevar la
carga. Mas los progresistas han descubierto lo contrario:
creen de buena fe que la consulta con su borrico es para
el arriero indispensable».
No obstante, Ganivet se dice partidario práctico del
sufragio universal, pero con una condición: la de que no
vote nadie. «Y no crean -dice en las Cartas Filandesas-,
que mi afirmación es una broma de mal gusto: es una
afirmación de política trascendental, como demostraré
ahora mismo. Yo salgo a la calle con cinco duros en el
bolsillo y vuelvo a casa sin haber gastado un céntimo y
vuelvo alegre porque he ido por todas partes con la
seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda
ocurrir. En cambio salgo sin un cuarto y vuelvo de mal
humor porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido
viendo y he tenido que verme en un compromiso que me
obligaba a declarar mi precaria situación. Luego no se
piense que es lo mismo no votar porque no se puede, que
no votar porque no se quiere».
Aunque Ganivet no era demócrata, no es de los que piden
un dictador. Un genio -dice- nos dejaría luego peor que
estábamos, ya que al desaparecer, desapareciendo con él
la fuerza inteligente, volveríamos a hundirnos, sin
haber adelantado un paso en la obra de restablecimiento
de nuestro poder que debe residir en todos los individuos
de la nación, que está fundado sobre el concurso de
todos los esfuerzos individuales.
Por la misma razón que rechaza la democracia, Ganivet se
opone al socialismo. Y niega al socialismo -como señala
Elías de Tejada- por una labor de «negación de la
negación», que diría Hegel, ya que al negarlo afirma
lo que el socialismo niega: la personalidad del hombre.
«El socialismo -dice en el Epistolario-, se presenta
cada vez más en forma de pacto, que ofrece a los que lo
aceptan, a cambio de la enajenación económica, los
elementos necesarios para vivir siempre y todos los
días. Y he de confesar que yo, aunque tuviera muchos
millones, suscribía ese pacto, si no fuera porque temo
que tras la libertad económica se pierda la libertad
individual, y quien sabe si hasta la libertad de
domicilio íntimo. En esto como en todo -añade- se
tropieza siempre con el mal eterno: la ambición de unos,
que por egoísmo invencible, quieren centralizarlo todo
en sí, y la bajeza de las masas, que lejos de aceptar
con alegría a esa seguridad económica para consagrar el
tiempo libre a la dignificación espiritual, dedicarían
sus ocios a examinar si la repartición era justa, si los
directores o sus parientes y amigos comían faisán,
mientras la turba se limitaba a engullir ternera o
pollo».
«Este socialismo -continúa- a mí me repugna tanto como
el individualismo feroz de los que luchan por la materia.
¿Qué espíritu podría desarrollarse en una sociedad
tirada a cordel, sometida a una promiscuidad íntima,
cuando la sola unión constitucional nos ha traído donde
nos vemos? Por esto se me ocurre pensar que lo que el
socialismo pretende sería el principio del fin, máxime
en nuestro país, que es el pueblo más aristócrata de
Europa. En España, Juan Fernández y García firma con
más humos que Juan Fernández de Córdoba y García
Zúñiga, y de esta manera es como hemos llegado a la
igualdad, haciéndonos todos hidalgos, esto es, siendo
todos aristócratas».
No obstante sus críticas, Ganivet reconoce la fuerza del
socialismo; «El socialismo no es un fantasma, es una
fuerza positiva o negativa, pero de todos modos, una
fuerza que ha de influir en la evolución de nuestras
instituciones legales y políticas. Mas este
reconocimiento de la ascensión del socialismo en el
futuro, no supone que defienda o tenga simpatías por
este sistema. La carta a Navarro Ledesma de 6 de agosto
de 1894, no puede ser más significativa a este respecto:
«Mil veces he pensado y hasta he soñado, si el
socialismo no podía tomar una dirección espiritual y
hacer que el centro de la actividad humana, colocada hace
tantos siglos en la conquista del dinero y a veces del
pan, cambiase de sitio, neutralizando la vida económica
por medio de un pacto que asegurase la manutención y
dirigiendo todas las ganas de pelea hacia las regiones
polares del pensamiento; pero cada día me convenzo más
de que todas las fuerzas de Hércules no bastarían para
conseguir que no ya un rebaño humano, sino el más
débil de sus borregos, se apartara de la alfalfa
material que representa hoy el metal acuñado».
V
Ganivet no era demócrata, ni liberal, ni socialista,
¿qué era?.
Se ha dudado mucho y se ha vertido mucha tinta sobre este
punto. Como decía Gallego Burín, «los de izquierda le
aplauden sin suscribir sus textos; las derechas los
suscriben sin aplaudir su figura». Cabe agrupar las
diversas interpretaciones en cuatro grupos:
a) Los que ven en Ganivet a un liberal europeizante,
desmitificador de naderías muertas, y al lado de mitos
extranjerizantes. Es esta la postura que representaron
principalmente Joaquín Garrigues, Americo Castro, Luis
Jiménez Asúa, Gregorio Marañón y Baldomero Argente,
en aquel meeting de izquierdas que organizaron en la
Universidad de Madrid el 28 de marzo de 1925, con motivo
del traslado a España de sus restos.
En ese mismo sentido, pero en la lírica, hubo también
un momento de «falsa exaltación del pensamiento
ganivetiano». Muestras de ello son por ejemplo los
versos de Fernández Ardavín:
«Como tenía a España tan metida en su entraña,
no podía vivir en la caduca España
del contenido medieval.
¡La empañaba ese viso que a los viejos espejos!
Y por verla más joven, situó de más lejos
su proyección espiritual.
¡Ay, Angel! Que tu nombre cristiano, apologético,
preñado de promesas, celestial y profético,
fue rayo tutelar.
¡Por ti la nueva España su espejo desempaña
y resurge apolínea frente a la vieja España
del romancero y del altar!».
b) En oposición a lo anterior, hay quienes -como Eugenio
D'Ors-, ven en la doctrina que Ganivet expone en sus
escritos «un antecedente de la de los Estados
autoritarios».
c) Hay quienes creen que al pensador granadino es
imposible catalogarlo en grupo alguno. Así para Gómez
Barquero, a Ganivet le pueden reclamar las más opuestas
escuelas, porque en su rico almacén de pensamiento hay
para todos los gustos. En los mismos términos se
expresaba José María Salavarría, al manifestar que «a
Ganivet no ha podido meterse en ningún cajón del
estante, con su etiqueta de letras claras. No puede
hacerse de él, como un pendón intelectual, una campaña
de izquierdistas o de derechistas».
d) Por último, el grupo más numeroso, que son
precisamente los que más profundamente lo han estudiado,
lo adscribe al pensamiento tradicional. Aquí están
junto a otros nombres, los de Quintiliano Saldaña,
Melchor Fernández Almagro y de Manuel Azaña.
Saldaña67, escribe que «su doctrina política es el
tradicionalismo»; Fernández Almagro, también lo
considera tradicionalista aunque con ciertas
atenuaciones; y Manuel Azaña, en el estudio que dedica a
Ganivet en su libro Plumas y palabras, subraya el sentido
tradicional de su obra. Sin paliativo alguno, -afirma
concluyentemente-:«Ganivet se complace con la
tradición». «Pese al eje diamantino, a la fuerza madre
indestructible que se imagina llevar dentro; pese a la
exaltación romántica o anárquica de la personalidad,
Ganivet desfallece si no le confortan los raudales de la
tradición donde ha bañado su alma». En esto, Azaña,
tenía razón. Pruébalo como es Ganivet quien afirma con
reiteración que, cuanto en España se construya con
carácter nacional, debe estar sustentado sobre los
sillones de la tradición, cuya esencia -en su sentir- no
son los hechos históricos, sino el espíritu que a esos
hechos informa, el sustratum ideológico que le sirve de
base y que le vivifica.
Pero ¿en qué consiste ese espíritu español que es
para Ganivet nuestra tradición nacional? En la vuelta a
nosotros mismos, en la concentración de todas nuestras
energías dentro de nuestro territorio; en cerrar con
cerrojos, llaves y candados todas las puertas por donde
el espíritu español se escapó de España para
derramarse por los cuatro puntos del horizonte y por
donde hoy espera que ha de venir la salvación; y en cada
una de esas puertas no pondremos un título dantesco que
diga «lasciate ogni speranza», sino este otro más
consolador, más humano, más profundamente humano tomado
de San Agustín: «Noli foras ire; in interiore Hispaniae
habitat veritas».
Pero aunque Ganivet, mantiene muchos de los principios
capitales de la tradición española, no creo que puede
ser definido como estricto tradicionalista, por una
razón que considero obvia: Ganivet, según su propia
confesión, no era católico, carecía de creencias
religiosas y el catolicismo me parece el presupuesto
fundamental del tradicionalismo español.
Dada la dificultad de encuadrarlo en alguno de los
esquemas políticos expresados, posiblemente -como dice
Elías de Tejada-, la interpretación de su personalidad,
tal vez habrá de hacerse a través de caminos
diferentes, en especial partiendo de la consideración de
que no era hombre de su tiempo. «Gigante, digno del
Siglo de Oro» -como le gusta llamarlo-, en él, sin
duda, hubiera hallado la fe y el aliento, para empresas
de imperecedero renombre. Pero le tocó, para desgracia
suya, vivir en años de decadencia y en vez de conquistar
un imperio para su rey hubo de contentarse en el mundo de
las ficciones, con ser ministro constitucional de un
imaginario reino en el corazón de Africa.
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