Ganivet desde el 98. nº97

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Ganivet desde el 98. nº97

Por José F. Acedo Castilla

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Ganivet desde el 98

I



Angel Ganivet, literato, filósofo y político, ha sido una de las mentalidades más vigorosas de nuestra segunda mitad del XIX.

Para Cristóbal de Castro, Ganivet tiene la categoría de precursor, pero no de un precursor en sazón y provisto de todas las armas, como Joaquín Costa, que tiene testa y barbas de padre eterno, sino de un precursor hijo, con toda la poesía de su vida atormentada y de su muerte oscura. Para Antonio Espina, Ganivet representa en la última etapa del siglo XIX a todo un linaje intelectual español que se remonta en su origen a nuestros más notorios pensadores clásicos. En ese mismo criterio abunda Elías de Tejada, quien nos presenta a Ganivet como un gran poeta y filósofo, como la personificación genuina del pueblo español, una individualidad poderosa. Lo más característico es la originalidad, que hizo decir a Unamuno que «Ganivet era todo adivinación e instinto».

Original es en los deliciosos artículos de Granada la bella, que es el más puro homenaje que se pueda tributar a la ciudad donde se ha nacido y la expresión ideal del esteticismo moral. Gallego Burín considera esta obra como «un devocionario de los granadinos», cada uno de cuyos capítulos es una oración sencilla que deben rezar por el bien de la ciudad. Fue Granada la bella la que inspiró a José M. Izquierdo su libro sobre Sevilla Divagando por la ciudad de la gracia. Y es de notar como Izquierdo, que fue el mejor discípulo de Ganivet -según Saldaña-, firma con el seudónimo de Jacinto Ilusión, que es el nombre de un personaje de Eça de Queiroz, cuya figura recuerda tanto a la de Ganivet.

Original de pies a cabeza, no sólo en su contenido, sino hasta en su escritura -como dice Nicolás M. López-, es el Idearium, el primer libro de Ganivet y donde mejor se refleja. Es una obra de afirmaciones, donde se exalta la constitución interna de España, cimentada en el espíritu territorial -que es la médula de nuestro país-, la religión -que es el cerebro-, el espíritu guerrero -que es el corazón-, el espíritu jurídico -la musculatura-, y el espíritu artístico -la red nerviosa-.

Ganivet -en opinión de Sánchez Agesta0- soñaba en esta obra con una nueva grandeza de España, con una España que fuera como una nueva Atenas de Occidente, creadora y misionera de la verdad, lo que se lograría cuando hallara el sosiego de la adecuación de sus formas políticas y sociales a las peculiaridades de su historia y su carácter. Por eso se trata de fijar lo permanentemente español, salvando el alma nacional de las ideas y creencias que la desvirtúan, y llamando la atención sobre lo que permanece vivo en la historia patria. En suma, el Idearium es una profesión de fe en nuestra raza, en su genio y en su carácter, un grito de españolismo en medio del pesimismo dominante.

Después publicó Ganivet una de las novelas más originales de la época, La conquista del Reino Maya por el último conquistador Pío Cid. Pío Cid -que como dice Fernández Almagro, es el propio Ganivet-, vivía, en el seno de una familia bien acomodada, en un pueblecito de Andalucía. Pícaro y travieso es aficionadísimo a pelear en las guerrillas que sostenían los chicos de su barrio con los otros lugares de la ciudad. Estudia leyes, pero se dedica al comercio en diversos puntos de Europa. Cansado de la vida en El Havre, Liverpool, Hamburgo y Marsella se marcha a Africa. La nostalgia de la Patria la compensaba con la persuasión de que el destierro le era conveniente, puesto que le permitía la conservación de su patriotismo, que tal vez se debilitase con su regreso.

Pío Cid, de un modo inexplicable, se establece en Talora, donde abre un bazar europeo que disputa a los árabes el monopolio comercial que allí disfrutaban; visita la parte oriental de Tanganica y decide internarse en Ruanda, -nombre que los pueblos vecinos dan al país de Maya-, que es la tierra vedada para el extranjero. Allí cae prisionero, pero se escapa matando al centinela. Al clarear el día, descubre un hipopótamo que lleva sobre sus anchos lomos unas alforjas de fibra vegetal, y alrededor del cuello, una especie de collera muy holgada. Pío Cid monta sobre el animal y se deja conducir riachuelo abajo hasta una pequeña ensenada, próxima a un hermoso bosque donde hay multitud de cabañas de paja.

Un mito religioso mantiene a cierta tribu llamada de Ancumiera a la espera de que un mensajero de los dioses, aparezca en forma de hombre blanco. Pío Cid se da cuenta del partido que podía sacar de tan candorosa creencia; tras una serie de peripecias, los habitantes de Maya caerán de rodillas a los pies del aventurero, que se convierte en señor del territorio bajo el alto y simbólico nombre de Arami, que quiere decir, «el de la muerte misteriosa».

Una vez constituído Pío Cid soberano, pone manos a la obra de gobernar a los cándidos indígeneas, con un doctrinal político, a cuyo lado el de Maquiavelo resulta un breviario de moral franciscana. Bajo este signo, nombra ministros, da recepciones, organiza la vida del país con arreglo a moldes europeos, crea un Parlamento, introduce la luz eléctrica, las corridas de búfalos, un banco del Estado, etc., etc. Pero estas reformas no satisfacen a los nativos, ni al propio reformador, quien al final, entre carcajadas hirientes y sátiras mordaces, ridiculiza y se asquea de lo que él mismo había implantado.

Esta obra ha sido objeto de las más diversas interpretaciones. Según Fernández Almagro, sus antecedentes literarios son los Viajes de Robinsón Crusoe y los de Gulliver, y constituye una burla, un tanto áspera, de la misión colonizadora que a título superior, se irrogan los grandes pueblos modernos, en contraste con el espíritu cristiano llevado a las Indias por los conquistadores, colonizadores y misioneros españoles. Otros autores como García Lorca, sostienen que, de manera más o menos explícita, Ganivet recoge aquí el viejo y nuevo problema de la licitud y límites del dominio del hombre salvaje por el civilizado, o mejor el conflicto entre naturaleza y cultura, que resurge en Europa con ocasión de la conquista de América. Y prueba -añade- de la intencionalidad americanista la tenemos -aparte de las fuentes de la Historia de América, que él declara-, en el título mismo -el Reino de Maya- y en la implícita y vaga alusión a los incas, cuando Pío Cid establece en la familia real Maya, ya descendientes suyos, el matrimonio entre hermanos, para asegurar la pureza de sangre.

Elías de Tejada disiente de los criterios anteriores. Para el que fue insigne catedrático de las Universidades de Salamanca y Sevilla, la intención de Ganivet fue la de satirizar a la España canovista de la restauración, y los intentos de europeización que constituían el móvil de los políticos de aquellos días. Y como muestra de que fue así, nos remite a unas cartas de Ganivet, dirigidas a su amigo Navarro Ledesma, en una de las cuales le dice: «El primer título que se me ocurrió fue Cánovas sive de Restauratione, pero no me pareció luego bien, porque particularizaba demasiado y lo dejé para que brotase espontáneamente». Así, el régimen político que Arami crea en Maya es, como en la España de la segunda mitad del XIX, una monarquía constitucional, en la que Mujanda viene a ser el «modelo sin par de reyes constitucionales». En Maya -añade Elías- hay también un Parlamento, compuesto por dos Cámaras, que celebra regularmente sus sesiones. Allí, como en la España de Isabel II, hay grupos reformistas y revolucionarios, duchos en conspiraciones y situados al margen de los que forman el turno de los partidos; estos grupos fueron desdeñados por el rey Quiganza de la misma manera que la reina Isabel II hiciera con los progresistas, y habiendo crecido en número, sobre todo por su irreligiosidad y por la promesa del reparto de las tierras, lograron triunfar en una revolución análoga a la septembrina de 1868 y, decidida en una batalla semejante a la de Alcolea. Triunfante Viaco, el Prim maya, se implanta un federalismo económico y político, correspondiente al cantonalismo de 1873; pero, fracasado éste, a los diez meses es asesinado Viaco y se restaura la antigua monarquía.

El género novelesco lo continúa Ganivet con Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, una de las mejores novelas que en nuestro idioma existen -según Ortega y Gasset-, y donde se refleja el Madrid de fin de siglo. Se trata de una autonovela, de su propia biografía espiritual, donde la mezcla de ficción y realidad, la figura del héroe, la inclusión de discurso, poesías y relatos, nos hacen recordar la técnica de Cervantes en el Quijote.

Por último, también se asomó Ganivet al teatro con un drama místico, El escultor de su alma, donde utiliza la forma de los autos sacramentales, para infundir los sentimientos más sutiles que pueden agitar el alma humana. Aquí el protagonista es Pedro Mártir, artista y místico, algo así como un Pío Cid resucitado y transfigurado. El que era infatigable creador tórnase ahora perfeccionador incansable, que actúa sobre su propio espíritu, queriendo esculpir su alma ideal en forma eterna, purificada por el dolor, que es para Ganivet, como buen estoico, el crisol de la vida.





II



Angel Ganivet y García Lara nace en Granada, el 13 de diciembre de 1865. Por línea paterna se ha venido sosteniendo que su apellido procede de Francia, de donde lo importó a España a finales del siglo XVIII un natural de Angulema, general del Ejército francés, emigrante de su patria por razones políticas, quien venido a pobre casó en Granada con una señora que vivía en el barrio de la Magdalena.

Para José Díaz Martín de la Cabrera, la familia Ganivet procedía del principado francés de Turena, de donde en 1669 vino a España Antonie de Gainebe (quinto abuelo de nuestro personaje), que se avecindó en Cogollos, lugar de la provincia de Granada. Por la corrupción fonética y adaptación lingüística, el apellido francés Gaignete aparece transformado sucesivamente en Ganivete, Gañavete y al fin, Ganivet.

Para Navarro Ledesma, el nombre de Ganivet, que en catalán provenzal, valenciano y castellano de las Partidas significa «cuchillo», nos dice su origen por línea paterna: los ascendientes eran de la fortísima casta catalana-pirenáica, del lado allá de los Pirineos. Y el mismo Ganivet en unos graciosísimos versos le decía a este amigo, justificando una temporada de pereza o letargo en que no hacía nada:



Yo soy catalán candongo
injerto en godo chilingio…



Sea cual fuera su procedencia, es lo cierto que este apellido a principios de siglo XIX adquirió categoría nacional por un hecho notable. El primero de mayo de 1810, un ejército francés compuesto por más de cinco mil hombres al mando del General Barón de Maransin, ataca al pueblo de Algodonales (Cádiz). La defensa de la villa fue organizada por su párroco, D. Esteban Ganivet, natural de Granada, quien murió heróicamente al frente de más de trescientos vecinos.

Por línea materna, Ganivet es granadino morisco, descendiente de árabes; así lo atestigua el segundo apellido de su madre «Siles», que quiere decir «gente de color moreno». A él ello le satisfacía: «yo ha nacido -escribe a Unamuno- en la ciudad más cruzada de España, en un pueblo que antes de ser español fue moro, romano y fenicio. Tengo sangre de lemozín, árabe, castellano y murciano y me hago por necesidad solidario de todas las atrocidades y aún de crímenes que los invasores cometieron en nuestro territorio. Si Vd, amigo Unamuno, suprime a los romanos y a los árabes, no queda de mí más que las piernas».

Al igual que sus antecesores, Ganivet asume el destino inexorable. En carta de 14 de agosto de 1894, escribe a Navarro Ledesma: «según te consta soy fatalista y creo que la suma sabiduría está en las cosas y en dejar que las cosas obren, incluyendo en las cosas a las personas, siempre que funcionen normalmente y sin enmendar la plana a las fuerzas naturales». También la raza ejerce una gran influencia sobre su ideología.Pruébalo la tesis apologética de la influencia arábiga en España, y el programa de expansión nacional sobre Africa por mano de los árabes,como auxiliares eficacísimos que desarrolla en «El Porvenir de España». Y en la carta a Unamuno antes citada añade: «Vd. profesa antipatía a los árabes y yo les tengo mucho afecto sin poderlo remediar».

Cuando Ganivet tenía diez años de edad, quedó huérfano de padre. Se pensó entonces dedicarlo a la industria de molinería, pero desistió por haber sufrido una caída que en mucho tiempo le impidió el ejercicio de tales faenas.

Con férrea voluntad logró recuperarse totalmente y tras licenciarse en Derecho y doctorarse en Letras, oposita, primero al cuerpo de Archiveros, donde obtiene el número 11; después, a la Cátedra de Griego donde contiende con Unamuno y fracasa y, por último, a la carrera consular donde obtiene el número 1, siendo nombrado Vicecónsul de España en Amberes. De Amberes pasa a Helsingfor donde escribe todos sus libros excepto Granada la Bella que publicó en Amberes en 1896. Fue trasladado, por último, al consulado de España en Riga, donde a los tres meses, -ahora hace cien años- habiendo perdido la razón a consecuencia de la avariosis que había de originarle una parálisis general progresiva, se suicidó, lanzandose al río Duina, el 29 de noviembre de 1898, hace cien años.





III



Para encuadrar la figura de Ganivet es preciso tener en cuenta los avatares de su tiempo.

Al empuje de la espada de Serrano, el 30 de septiembre de 1868, tuvo que salir de España Isabel II, la «Reina de los tristes destinos» -como la llamó Aparisi-, al grito de ¡Abajo los Borbones! La Revolución trae un rey extranjero, quien antes de que lo echen se va. De esta suerte se llega a la primera República -votada por unas Cortes monárquicas-, que abre sobre la Nación la caja de Pandora de todos los males.

En once meses pasa de unitaria a federal, consume a cuatro presidentes, desencadena la anarquía y hace estallar, con los cantonales, la unidad de España. Cada ciudad se constituía en cantón de signo diferente. El de Córdoba es burgués, el de Granada proletario, que impone a todos los ricos «una contribución de cien mil pesetas» y quiere fundir las campanas de los templos para acuñar monedas; los federales de Málaga se destrozaban entre sí dándose batallas en las calles; el de Sevilla es de tipo federal por ser el sistema de su presidente D. Federico Rubio. Se proclaman las repúblicas independientes de Barcelona, Tortosa, Coria y Cartagena. Los insurrectos de Cartagena declaran la guerra a Madrid, enarbolan la bandera turca y comienzan a ejercer la piratería por los puertos indefensos del Mediterráneo; donde quiera surgían reyezuelos de taifa, al modo de los que se repartieron los despojos del agonizante califato cordobés.

Con la indisciplina militar rampante y paralizados por la inhibición suicida del Gobierno, los generales, desesperados como dice Ricardo de la Cierva- no sabían qué hacer para acabar de una vez con tamaño desmoronamiento. España entera se descuartizaba.

Por otro lado, los carlistas a pesar de dos guerras civiles perdidas y el fracaso del intento de San Carlos de la Rápita, que cuesta la vida al bravo general Ortega, se lanzan a una tercera, en cuyos inicios toman Estella, infligen al ejército republicano el duro revés de Montejurra y, bajo el mando del Infante Alonso Carlos, hermano de Carlos VII, a quien acompaña su esposa la Infanta Doña María de las Nieves -mujer inteligente y decidida a quien el liberal, según Peña Ibáñez, llama «Doña Blanca» y a quien cantó en sus versos Mistral-, el ejército del centro entra en la ciudad de Cuenca. Pero pese al fervor de los voluntarios, y a sus hechos heróicos, la tercera guerra carlista como las dos anteriores, quedó en un estéril sacrificio. Y es que como decía Florentino Pérez Embid, las guerras no se ganan con partidas, sino con ejércitos. Y el ejército profesional, desde la primera guerra, estaba estrechamente vinculado a las instituciones dinásticas isabelinas.

Como aquello no tuvo arreglo con los «cimbrios» de Figuera, ni con el Gobierno de los «pájaros» (por los Ministros Pi, Tutau, Sorni y Chao), ni con las parrafadas líricas de Castelar, Don Manuel Pavía, Capitán General de Madrid, el 4 de enero de 1874, derriba la República, pero se queda a la mitad del camino, ya que en lugar de proclamar la Monarquía, -de acuerdo con los generales residentes en Madrid-, se limita a entregar el poder a un Gobierno provisional presidido por el General Serrano, quien mientras las cosas no se arreglen, piensa en una Regencia vitalicia, -ejercida por él naturalmente-, pues entendía que no podía decidirse por un régimen concreto.

Mientras Serrano espera, un político astuto e inteligente, Antonio Cánovas del Castillo, nada tendente a los extremos como dice de él Comellas, trabaja por otro camino en favor de Don Alfonso, el hijo de Isabel II.

Cánovas, «un exrevolucionario para la restauración» -como le define Fernández de la Mora-, con una base filosófica mínima, carente de originalidad teórica, y cuya política -según dice en otro lugar, el autor de El crepúsculo de las ideologías-, fue desde su juventud la de las circunstancias y las transacciones, quiere traer al Rey, no en lucha a campo abierto, sino contando con todos, políticos y generales, a quienes ofrece encuadrarlos -según dice Fdez Almagro-, respetando sus matices y no imponiendo otra disciplina que la derivada de la común adhesión a Alfonso XII. Mas, pese a su espíritu civil, que ya expresó en el Manifiesto que él redactó y Don Alfonso firmó en Sandhurst, el último empujón fue de caracter militar. El 29 de diciembre de 1874, el General Martínez Campos, al frente de dos escuadrones de la Brigada de Caballería, se subleva en los Alquerieles, a un kilómetro de Sagunto, y proclama rey a Don Alfonso XII. La nación recibe con júbilo la noticia del pronunciamiento y el Gobierno cede. La monarquía ha sido restaurada. Entraba en España un rey joven, que supo simpatizar con todos, pero, ¿había sido vencida la Revolución?

Cánovas había entendido la Restauración más como cuestión de gobierno, que como cuestión de régimen. Lo que le preocupa es que se adhiriera a la Institución el mayor número de fuerzas políticas, sin atender a los principios, ni a las personas, ni a su procedencia. Con este criterio incorpora a la nueva Monarquía casi todos los avances de la revolución, de tal modo que los más ilustres defensores de ésta, como por ejemplo Castelar, pudieron declarar que «la revolución seguía viviendo en España; que todos los ideales que ellos llevaron a la República iban siendo conseguidos con la Monarquía democrática y una República conservadora. Y que si a la primera no podía servirla como republicano, sí debía aceptarla como patriota por lo que recomendaba a sus amigos que la sirvieran sin escrúpulos, ni reservas». Esto explica -como señala García Escudero-, que políticos como Sagasta, ministro de D. Amadeo; Romero Girón, Martos, Canalejas y Ruíz Zorrilla procedentes del republicanismo socializante, entraran como cuña, en el seno de la Restauración, con lo que -como destacó Rozalejo- hizo a los vencidos vencedores y que sus principios tan ruidosamente fracasados formaran al cabo la esencia de la Monarquía.

Una vez liquidados los residuos de la guerra civil cantonal y erradicados los últimos focos de la tercera guerra carlista, los españoles, cansados de tanto desasosiego, unos con entusiasmo, otros simplemente con resignación, llegan al convencimiento -como escribe Comellas- de que «el problema político de España ya no ofrecía otra salida que la restauración borbónica». La estabilidad política -añade el expresado historiador-, hizo posible lo que durante tanto tiempo había faltado en España: continuidad y orden, lo que permitió un cierto desarrollo económico. Fue la época dorada de la burguesía española.

Pero aquella prosperidad fue en cierto modo ficticia, limitada a unos pocos. Como no se atendió al problema social, y las condiciones de vida de los obreros en la mayoría de los casos eran penosísimas, con sueldos miserables, viviendas infrahumanas, sin seguridad social, ni protección ante el despido injustificado o la enfermedad, no es de extrañar que al incrementarse éstas con el establecimiento de la Internacional Socialista y la UGT, y la aparición del Anarquismo con sus atentados, la criminalidad y las revueltas, unidas a la descristianización del país que avanzaba en grados alarmantes merced a la propaganda que la Constitución permitía, moviese a Menéndez Pelayo en su intervención en el acto de homenaje a Balmes, con ocasión de su centenario, a pronunciar de forma precisa y contundente, las palabras siguientes:



«Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que engañado mil veces por garrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan y corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu que es lo único que ennoblece y redime a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado; escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia nos hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única que tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía».



«Estas palabras -como diría más tarde González de Amezúa, en un discurso en la Real Academia de la Historia- parece que vienen empujadas por uno de aquellos tres vientos glaciales, que Dante florentino desata en el canto postrero de su infierno».

Mientras tanto los últimos restos de nuestro imperio colonial se sublevan contra nosotros. Una vez más, aquello no era odio contra España, sino un nuevo capítulo de la revolución interior y política. Los abusos, los negocios e inmoralidades al amparo de la política, habían llegado a aquellas tierras. Al malestar que ello producía, se unía la acción de la masonería que desde España fundaba en Cuba y Filipinas logias de caracter separatista.

Los norteamericanos pretendieron comprar a Cuba. Cánovas se negó y se encerró en el aislamiento internacional. El 23 de abril nos declararon la guerra. La contienda fue breve y desigual. Ante la derrota, el Gobierno de Sagasta aceptó una paz humillante, que se firmó en París el 10 de diciembre de 1898. Por este tratado perdimos los últimos restos de nuestro imperio: Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Con ello, -como dice Comellas- «la bella época había pasado para siempre».



IV



Cuando Ganivet contempla desde Helsinki la pérdida de rumbo de España, resume su diagnóstico en pocas palabras: carencia de ideas nacionales. «En España -ya había escrito en Granada la bella-, se han arrancado muchos árboles y muchas ideas, y así estamos de continuo amenazados por las inundaciones de… ¿cómo diré para ser suave?, de cosas nuevas que arrasan los sentimientos españoles de quienes aún los conservan». De ahí que busque afanosamente el camino que nos saque de aquella postración, y lo encuentra, no a través de la europeización por la que abogaban buena parte de sus contemporáneos, sino mediante la vuelta a nosotros mismos, en la restauración espiritual de España.

«Ni las ideas francesas, ni las inglesas, ni las alemanas, ni las que puedan estar más en boga nos sirven», proclama en el Idearium. Y conste -aclara en Los trabajos-, que «yo no me asusto de que abramos las puertas de par en par a todas las ideas, vengan de donde vinieren; lo que no me parece bien es que perdamos nuestra personalidad y seamos imitadores serviles». Sobre este punto, vuelve a insistir en otro lugar del Idearium. «España comienza ahora una nueva evolución, o ha de comenzarla en breve, y en ella tiene acaso caminos abiertos para emprender rumbos diferentes de los que señala su historia; pero un rompimiento con el pasado sería una violación de las leyes naturales, un cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo real por lo imaginario».

Ganivet postula como fundamento del juego de las ideas la libertad, que entiende como posibilidad personal para todos y cada uno de realizar su propio ideal. Pero la libertad no es concesión de la Ley, sino temple de ánimo. «Qué importa -dice en Cartas Filandesas- que la ley nos declare libres, si estamos poseídos por vulgares ambiciones y sacrificamos nuestra libertad y aún nuestra dignidad para satisfacerlas». De aquí que Ganivet vincule la libertad a una robusta autoridad.

La libertad -dice- hay que buscarla en el poder de los hombres fuertes. Cánovas es más liberal que Sagasta: Nárvaez era más liberal que Cánovas; Prim era más liberal que Nárvaez y si llega a gobernar Cabrera hubiera sido más liberal que Prim. «El hombre más liberal que ha habido en Europa, después de la Revolución francesa -escribe en el Epistolario-, ha sido Napoleón, quien consideraba a sus varios millones de súbditos como manadas de borregos y los trataba como buen pastor a palos y pedradas cuando era preciso. Y es que, una cosa es ser liberal, pudiendo ahorcar en un día a varios millares de súbditos, y otra serlo cuando no se puede mover un Juzgado de Primera Instancia sin que estalle una revolución».

No se escapa a Ganivet cuán aventurado resulta cimentar el orden político sobre la voluntad de un hombre, pero estima verdadera locura cimentarlo sobre la voluntad de una multitud. «La voluntad de un hombre -afirma en La conquista del Reino Maya- es un sol que tiene sus días y sus noches; la libertad de un pueblo es un relámpago que apenas dura un segundo». Sentado esto, no puede extrañarnos que el gran escritor granadino rechace el principio democrático que -según dice en una de sus cartas- «tiende en el orden político a la anulación de la acción preponderante intelectual, para sustituirla por el poder anónimo de la soberanía nacional, cuya esencia consiste en reunir una mayoría de hombres que proponen una idea vulgar que sea comprensible por esa misma mayoría, y como no es de esperar que los hombres capaces quieran descender a apretar la mano de los honrados electores resulta, que el porvenir no es de los que proponen majaderías por cálculo, sino de los que las sienten de veras y las proponen como cosa natural y peculiar».

Por eso he pensado mil veces, -añade más adelante-, que el fin de la campaña democrática, la de los generosos amigos del progreso de nuestra especie, va a ser desastrosísimo. Por odio al despotismo se pretendió anular la acción preponderante intelectual y sustituirla por el poder anónimo de la soberanía nacional; y como nunca falta gente para nada en el mundo, no faltó quien se entusiasmara creyéndose algo importantísimo en el nuevo concepto aclamado por tantos tribunos. El que antes era un cero a la izquierda y se veía condenado a serlo en lo sucesivo se alegró viéndose convertido en unidad. El pueblo soberano venía a ser algo como una cifra compuesta de muchas unidades en fila: todos eran uno, pero cada cual se permitía el lujo de creer que él podía ser no el uno primero de la derecha que vale uno, sino el tercero que vale ciento o el séptimo, que vale un millón. Pero aparte del pernicioso efecto de estas adulaciones, es evidente que había algo más grave: la necesidad de confiar algo a las masas; de aquí dos teorías originales: la una consistía en decir que tales masas lo hacían todo, pero que había hombres providenciales encargados de expresar los pensamientos de sus contemporáneos, de realizar sus aspiraciones. La otra fue más atrevida y le cargó todos los méritos al elemento anónimo valiéndose de la falsificación de la historia, llegándose hasta lo del pacto expreso del sobajeado Rousseau.

«Cuando se lee que Napoleón (que fue el todo del Imperio, el que de una manotada desvió el curso desbocado de la revolución) no fue más que un hombre que supo encauzar los múltiples elementos latentes que había en el seno de la sociedad francesa de la revolución, dan ganas de taparse la cabeza con un manto más espeso que el de César. Seguramente Francia, después de la ejecución de Luis XVI, sería una jaula de locos peleando por el poder. De lo que hicieron tenemos una ridícula parodia en el período demasiado largo que duró la República Española. Llega un hombre, los echa a todos a patadas, como debían de haber hecho en España después de Sagunto y sin necesidad siquiera de Sagunto, hace una Nación, hace veinte ejércitos y en tres sentadas se traga la mitad de Europa. ¿Dónde está aquí la adivinación de las masas, el profundo sentido de la sociedad francesa y demás terminuchos adulatorios que emplea los tributos de la plebe de hoy?».

Estas razones justifican que Ganivet niegue valor teórico al sufragio universal, que en su opinión, no es más que el medio por el que a un «quidam» se le echa encima una pila de papeletas y se le transforma en todo lo que sea menester. Muestra de su adversión a los comicios populares son los párrafos de la carta que a tal respecto dirige a Navarro Ledesma: «Yo he visto con los ojos, que una misma recua de borricos que usan los arrieros de las Alpujarras ha enriquecido a unos y ha arruinado a otros. La razón dice que la inteligencia y hasta la suerte de los arrieros es la que decidió en estos casos; los burros se limitaron siempre a llevar la carga. Mas los progresistas han descubierto lo contrario: creen de buena fe que la consulta con su borrico es para el arriero indispensable».

No obstante, Ganivet se dice partidario práctico del sufragio universal, pero con una condición: la de que no vote nadie. «Y no crean -dice en las Cartas Filandesas-, que mi afirmación es una broma de mal gusto: es una afirmación de política trascendental, como demostraré ahora mismo. Yo salgo a la calle con cinco duros en el bolsillo y vuelvo a casa sin haber gastado un céntimo y vuelvo alegre porque he ido por todas partes con la seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda ocurrir. En cambio salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido viendo y he tenido que verme en un compromiso que me obligaba a declarar mi precaria situación. Luego no se piense que es lo mismo no votar porque no se puede, que no votar porque no se quiere».

Aunque Ganivet no era demócrata, no es de los que piden un dictador. Un genio -dice- nos dejaría luego peor que estábamos, ya que al desaparecer, desapareciendo con él la fuerza inteligente, volveríamos a hundirnos, sin haber adelantado un paso en la obra de restablecimiento de nuestro poder que debe residir en todos los individuos de la nación, que está fundado sobre el concurso de todos los esfuerzos individuales.

Por la misma razón que rechaza la democracia, Ganivet se opone al socialismo. Y niega al socialismo -como señala Elías de Tejada- por una labor de «negación de la negación», que diría Hegel, ya que al negarlo afirma lo que el socialismo niega: la personalidad del hombre.

«El socialismo -dice en el Epistolario-, se presenta cada vez más en forma de pacto, que ofrece a los que lo aceptan, a cambio de la enajenación económica, los elementos necesarios para vivir siempre y todos los días. Y he de confesar que yo, aunque tuviera muchos millones, suscribía ese pacto, si no fuera porque temo que tras la libertad económica se pierda la libertad individual, y quien sabe si hasta la libertad de domicilio íntimo. En esto como en todo -añade- se tropieza siempre con el mal eterno: la ambición de unos, que por egoísmo invencible, quieren centralizarlo todo en sí, y la bajeza de las masas, que lejos de aceptar con alegría a esa seguridad económica para consagrar el tiempo libre a la dignificación espiritual, dedicarían sus ocios a examinar si la repartición era justa, si los directores o sus parientes y amigos comían faisán, mientras la turba se limitaba a engullir ternera o pollo».

«Este socialismo -continúa- a mí me repugna tanto como el individualismo feroz de los que luchan por la materia. ¿Qué espíritu podría desarrollarse en una sociedad tirada a cordel, sometida a una promiscuidad íntima, cuando la sola unión constitucional nos ha traído donde nos vemos? Por esto se me ocurre pensar que lo que el socialismo pretende sería el principio del fin, máxime en nuestro país, que es el pueblo más aristócrata de Europa. En España, Juan Fernández y García firma con más humos que Juan Fernández de Córdoba y García Zúñiga, y de esta manera es como hemos llegado a la igualdad, haciéndonos todos hidalgos, esto es, siendo todos aristócratas».

No obstante sus críticas, Ganivet reconoce la fuerza del socialismo; «El socialismo no es un fantasma, es una fuerza positiva o negativa, pero de todos modos, una fuerza que ha de influir en la evolución de nuestras instituciones legales y políticas. Mas este reconocimiento de la ascensión del socialismo en el futuro, no supone que defienda o tenga simpatías por este sistema. La carta a Navarro Ledesma de 6 de agosto de 1894, no puede ser más significativa a este respecto: «Mil veces he pensado y hasta he soñado, si el socialismo no podía tomar una dirección espiritual y hacer que el centro de la actividad humana, colocada hace tantos siglos en la conquista del dinero y a veces del pan, cambiase de sitio, neutralizando la vida económica por medio de un pacto que asegurase la manutención y dirigiendo todas las ganas de pelea hacia las regiones polares del pensamiento; pero cada día me convenzo más de que todas las fuerzas de Hércules no bastarían para conseguir que no ya un rebaño humano, sino el más débil de sus borregos, se apartara de la alfalfa material que representa hoy el metal acuñado».





V



Ganivet no era demócrata, ni liberal, ni socialista, ¿qué era?.

Se ha dudado mucho y se ha vertido mucha tinta sobre este punto. Como decía Gallego Burín, «los de izquierda le aplauden sin suscribir sus textos; las derechas los suscriben sin aplaudir su figura». Cabe agrupar las diversas interpretaciones en cuatro grupos:



a) Los que ven en Ganivet a un liberal europeizante, desmitificador de naderías muertas, y al lado de mitos extranjerizantes. Es esta la postura que representaron principalmente Joaquín Garrigues, Americo Castro, Luis Jiménez Asúa, Gregorio Marañón y Baldomero Argente, en aquel meeting de izquierdas que organizaron en la Universidad de Madrid el 28 de marzo de 1925, con motivo del traslado a España de sus restos.

En ese mismo sentido, pero en la lírica, hubo también un momento de «falsa exaltación del pensamiento ganivetiano». Muestras de ello son por ejemplo los versos de Fernández Ardavín:

«Como tenía a España tan metida en su entraña,
no podía vivir en la caduca España
del contenido medieval.
¡La empañaba ese viso que a los viejos espejos!
Y por verla más joven, situó de más lejos
su proyección espiritual.
¡Ay, Angel! Que tu nombre cristiano, apologético,
preñado de promesas, celestial y profético,
fue rayo tutelar.
¡Por ti la nueva España su espejo desempaña
y resurge apolínea frente a la vieja España
del romancero y del altar!».



b) En oposición a lo anterior, hay quienes -como Eugenio D'Ors-, ven en la doctrina que Ganivet expone en sus escritos «un antecedente de la de los Estados autoritarios».



c) Hay quienes creen que al pensador granadino es imposible catalogarlo en grupo alguno. Así para Gómez Barquero, a Ganivet le pueden reclamar las más opuestas escuelas, porque en su rico almacén de pensamiento hay para todos los gustos. En los mismos términos se expresaba José María Salavarría, al manifestar que «a Ganivet no ha podido meterse en ningún cajón del estante, con su etiqueta de letras claras. No puede hacerse de él, como un pendón intelectual, una campaña de izquierdistas o de derechistas».



d) Por último, el grupo más numeroso, que son precisamente los que más profundamente lo han estudiado, lo adscribe al pensamiento tradicional. Aquí están junto a otros nombres, los de Quintiliano Saldaña, Melchor Fernández Almagro y de Manuel Azaña.

Saldaña67, escribe que «su doctrina política es el tradicionalismo»; Fernández Almagro, también lo considera tradicionalista aunque con ciertas atenuaciones; y Manuel Azaña, en el estudio que dedica a Ganivet en su libro Plumas y palabras, subraya el sentido tradicional de su obra. Sin paliativo alguno, -afirma concluyentemente-:«Ganivet se complace con la tradición». «Pese al eje diamantino, a la fuerza madre indestructible que se imagina llevar dentro; pese a la exaltación romántica o anárquica de la personalidad, Ganivet desfallece si no le confortan los raudales de la tradición donde ha bañado su alma». En esto, Azaña, tenía razón. Pruébalo como es Ganivet quien afirma con reiteración que, cuanto en España se construya con carácter nacional, debe estar sustentado sobre los sillones de la tradición, cuya esencia -en su sentir- no son los hechos históricos, sino el espíritu que a esos hechos informa, el sustratum ideológico que le sirve de base y que le vivifica.

Pero ¿en qué consiste ese espíritu español que es para Ganivet nuestra tradición nacional? En la vuelta a nosotros mismos, en la concentración de todas nuestras energías dentro de nuestro territorio; en cerrar con cerrojos, llaves y candados todas las puertas por donde el espíritu español se escapó de España para derramarse por los cuatro puntos del horizonte y por donde hoy espera que ha de venir la salvación; y en cada una de esas puertas no pondremos un título dantesco que diga «lasciate ogni speranza», sino este otro más consolador, más humano, más profundamente humano tomado de San Agustín: «Noli foras ire; in interiore Hispaniae habitat veritas».

Pero aunque Ganivet, mantiene muchos de los principios capitales de la tradición española, no creo que puede ser definido como estricto tradicionalista, por una razón que considero obvia: Ganivet, según su propia confesión, no era católico, carecía de creencias religiosas y el catolicismo me parece el presupuesto fundamental del tradicionalismo español.

Dada la dificultad de encuadrarlo en alguno de los esquemas políticos expresados, posiblemente -como dice Elías de Tejada-, la interpretación de su personalidad, tal vez habrá de hacerse a través de caminos diferentes, en especial partiendo de la consideración de que no era hombre de su tiempo. «Gigante, digno del Siglo de Oro» -como le gusta llamarlo-, en él, sin duda, hubiera hallado la fe y el aliento, para empresas de imperecedero renombre. Pero le tocó, para desgracia suya, vivir en años de decadencia y en vez de conquistar un imperio para su rey hubo de contentarse en el mundo de las ficciones, con ser ministro constitucional de un imaginario reino en el corazón de Africa.



 

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