La unidad de
España
Cuando
el Pp ganó las elecciones generales por una mayoría que
no le permitía gobernar en solitario, debió reflexionar
seriamente antes de compartir su área de poder con
formaciones, cuya ideología nacionalista ocasionaría
graves problemas en el transcurso de la legislatura.
Esta alianza cuestionaba, desde el primer momento el
futuro de la unidad de España. Se ha ido cediendo
parcelas jurisdiccionales, cada vez más importantes,
bajo la presión tenaz de unos coaligados cuyas
aspiraciones independentistas son evidentes. Se han hecho
demasiadas concesiones, sin consulta previa al pueblo
español.
La política desarrollada por la actual Administración,
supeditada a los compromisos autonomistas, no es
sustancialmente la que esperaba el electorado.
Significado error, de previsibles consecuencias negativas
en futuras confrontaciones electorales, si no se aplica
una terapéutica enérgica que evite la descomposición
nacional en incubación, antes de que la inmunodepresión
haga inviable todo tratamiento.
Aznar al conocer el resultado electoral, tímidamente
favorable, debió declinar la responsabilidad de formar
gobierno en tan adversas circunstancias. El pueblo
desapasionado, lo hubiera agradecido y, su talla de
estadista habría sido enaltecida por tan noble decisión
al servicio de España. Actitud coherente que habría
inclinado a su favor al electorado dubitativo. Esta es la
postura que se esperaba, y no los pactos. La coalición
ha suplantado el concepto esencial de España,
derivándola hacia la fragmentación. «El federalismo
que se postula por muchos para solucionar el problema de
la organización interior de España, ya hace tiempo que
lo hemos superado, y nos encontramos recorriendo un
camino confederal, que conduce a un Estado casi
simbólico y a la negación de la nación española», ha
escrito Otero Novas.
Se especula con la democratización de la Guardia Civil,
relevada forzosamente de sus funciones de tráfico en
ciertas autonomías (ignorándose a la opinión
pública), se reduce el ejército a la mínima expresión
operativa, se excluye de la historia a figuras
sobresalientes, y se quiebra la unidad nacional hasta el
punto de que aparece un libro titulado: De la
inexistencia de España. Las reivindicaciones
autonomistas son inacabables. Valiéndose de múltiples
subterfugios, invaden de un modo progresivo terrenos cada
vez más comprometidos, alcanzando altas cotas de
emancipación, ante la inercia -rayando en la
complacencia- gubernamental. Se llega al paroxismo de
pretender que los billetes y monedas de euros se emitan
en todas las lenguas oficiales de las comunidades,
además del español. Aprobado el proyecto en el Senado,
el Congreso aceptó tomar en consideración la propuesta.
Una muestra más de babelismo peninsular.
«Los españoles podrán decidir acerca de cosas
secundarias; pero acerca de la esencia de España no
tienen nada que decidir, España no es nuestra, como
objeto patrimonial, nuestra generación no es dueña
absoluta de España, la ha recibido del esfuerzo de
generaciones anteriores, y ha de entregarla como
depósito sagrado a los que sucedan», afirmaba José
Antonio Primo de Rivera.
La proclividad celtibérica a importar filosofías
foráneas subestimando lo autóctono, incluso denostando
nuestro pasado brillante, como el descubrimiento,
colinización y evangelización de América, debiera
tomar nota de las declaraciones de Eduardo Balladur,
ex-primer ministro de Francia, y ex-candidato a la
presidencia de la República:«No aceptaría apoyo de
otros partidos para gobernar. La comunidad europea debe
tener potencia militar. El francés es la lengua de la
república, por lo que todo acto oficial debe ser en
francés
sin marginar otras lenguas regionales como
lengua nacional de Francia. El estatuto de la lengua
obligatoria en la escuela debe reservarse para el
francés». La coherencia con la política europeista que
preconiza la actual Administración, debía extrapolar a
nuestra patria este criterio.
España, es el crepúsculo del segundo milenio, es
víctima de una pandemia similar a la que culminó en el
desastsre del 98. Existen recursos suficientes para
afrontar el nuevo embate si se supera la atonía y el
oportunismo.
Manuel Clemente Cera
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