Izquierda y
derecha hoy
1.
NIVEL CERO
En el Antiguo Régimen el número de personas que
procuraban ocupar el poder político o, al menos,
orientarlo estaba limitado a círculos palaciegos. A
partir de la revolución francesa no cesa de aumentar el
sector de ciudadanos que pretende designar a los
gobernantes y determinar lo que sea el bien común. El
proceso culmina en el primer cuarto del siglo XX con el
permanente acceso de las masas a la política. Es una
participación alterada por las manipulaciones de la
opinión y por las técnicas representativas; pero,
engañadas o no, las sociedades se politizan, es decir,
se fragmentan en posiciones colectivas ante la cosa
pública. Incluso los más alejados del ágora, en su
intimidad, toman partido.
Esta proximidad a alguno de los grupos que luchan por el
poder se vive como una alineación con la derecha o con
la izquierda, sean cuales fueren las denominaciones que
en cada momento se dieran las concurrentes facciones.
Para estimular adhesiones, los partidos afirman valores y
se los niegan a sus adversarios. Los respectivos
portavoces y clientelas multiplican la consigna de los
líderes, crítica o autoapologética. En el último
tercio del siglo XX es muy difícil encontrar un
ciudadano occidental que no contemple la política
nacional como un enfrentamiento de valores y
contravalores, o sea, en términos morales de buenos y
malos. Ese talante tan generalizado y no carente de
fundamento, afecta también a los politólogos que
tienden a explicar la dicotomía derecha e izquierda con
tácitos o expresos juicios de valor, por ejemplo, el
comunismo es terror, el capitalismo es explotación. Por
eso ha habido tantos juristas palatinos y, luego,
intelectuales orgánicos.
Para poder enfocar el problema desde una perspectiva no
ya neutral, sino aséptica y empírica hay que proceder a
una «metanoia» intelectual, a una renuncia a
sentimientos habituales y a prejuicios arraigados a fin
de interpretar los datos y elaborar una tipología
política estrictamente racional. Hay, en suma, que
situarse en un nivel cero de emotividad y partidismo. Si
no se logra el giro mental de considerarse metódicamente
descomprometido, será imposible abordar la delimitación
de la derecha y de la izquierda políticas sin caer en
alguna forma de loa o de diatriba. ¿Cómo
caracterizaría hoy a la derecha y a la izquierda un puro
logos desencarnado, científico? Esa es la ardua meta
ideal.
2. ORIGEN OCASIONAL
La derecha y la izquierda, generalmente referidas a la
mano, son términos anatómicos de gran precisión,
puesto que el punto de referencia, que es el cuerpo,
permanece posicionalmente determinado. Cuando afirmamos
de alguien que es diestro o zurdo no hay duda alguna
acerca del significado. El término «derecha» es de
origen indoeuropeo y se puede seguir su evolución desde
el sánscrito hasta el español, pasando por el griego y
el latín. En cambio, la etimología de la voz
«izquierda» es problemática y hay quienes la remontan
al ibérico; la correspondiente en latín es
«sinistra», que, con frecuencia, adquiere connotaciones
peyorativas.
Cuando la acepción es trasladada a otros ámbitos
significativos, la derecha y la izquierda pierden su
valor absoluto, se convierten en nociones relativas al
observador. Así se produce la clásica tergiversación
del viandante que pregunta por una dirección, y su
interlocutor frontal califica como derecha lo que para el
demandante es todo lo contrario, porque es un lugar
situado a su izquierda. La geografía desecha una
terminología tan confusionaria y la sustituye por la
precisa del Este y el Oeste.
La distinción se aplicó por primera vez a la política
en la Francia revolucionaria. La asamblea constituyente,
o Convención, inició sus trabajos el 21 de septiembre
de 1792. Los diputados se hallaban divididos en dos
grupos enfrentados: el de la Gironda, que se situó a la
derecha del Presidente, y el de la Montaña, que se
situó a la izquierda. En el centro tomó asiento una
masa indiferenciada a la que se designó como el Llano
(La Plaine) o la Marisma (Le Marais). Los girondinos, con
Brissot a la cabeza, deseaban restaurar una legalidad y
el orden, mientras que La Montaña propugnaba una
dictadura revolucionaria, la cual, después de anular a
los girondinos, desembocaría en el Terror. Así se
produjo una identificación de la izquierda con la
radicalidad revolucionaria que, al grito de «Libertad,
Igualdad y Fraternidad», desencadenaría una etapa de
utopismo y ferocidad que sólo detendría el golpe de
Estado de Bonaparte. Los implacables Robespierre, Danton
y Marat fueron los caudillos y los definidores del primer
partido que se situó a la izquierda.
La dicotomía política derecha e izquierda se trasladó
a otros países del continente, no a Inglaterra, donde
los partidos cambian de posición en la cámara: el
gobernante se sienta a la derecha y la oposición a la
izquierda.
3. LA DICOTOMIA EN ESPAÑA
La primera asamblea española posterior a la Revolución
francesa fue la de Cádiz, reunida en el teatro de la
Isla del León y, ante el avance francés, pronto
trasladada a la iglesia de San Felipe Neri en Cádiz.
Aquellas Cortes vieron aparecer los nú-cleos de dos
partidos, el de los denominados absolutistas o serviles y
el de los liberales. La inmensa mayoría de los diputados
(104 en el acta de apertura) no se sometió a una
disciplina de partido, por lo que no se produjeron
agrupaciones estables y los asientos no se distribuyeron
según las ideologías. Los doceañistas no tradujeron,
pues, ni la práctica ni la terminología francesa al
español, y esa resistencia protocolaria y nominal se
prolongó décadas. Es el caso de las inactivas Cortes de
1813, disueltas por el golpe de Estado de Fernando VII
unos meses después. Las efímeras Cortes de 1820 eran
sólo liberales, aunque unos diputados más exaltados que
otros; los absolutistas estaban políticamente proscritos
desde el golpe militar de Riego1. A partir de 1833 las
fracciones se van consolidando, pero tarda en
institucionalizarse la división política entre derecha
e izquierda2.
El 6 de abril de 1849 se publica el manifiesto del
Partido Democrático que se difunde en un opúsculo
titulado Programa de gobierno de la extrema izquierda del
Congreso (Madrid 1849). En noviembre de 1882 se funda el
partido Izquierda Dinástica en el proceso de formación
de un gran partido liberal. El 12 de abril de 1890 se
publica el programa del Centre Catalá. El Partido
Demócrata Monárquico en su manifiesto fundacional
(9-III-1907) se sitúa entre los conservadores «a la
derecha» y «los liberales a la izquierda». En 1909,
frente al llamado gobierno largo de Maura, se crea un
Bloque de Izquierdas. Santiago Alba publica en 1919 su
libro de autopresentación La izquierda liberal. En su
manifiesto de diciembre de 1929, el Partido Republicano
Radical Socialista se define como «la izquierda
republicana». En su manifiesto de 15 de marzo de 1930,
el movimiento catalanista Acció Republicana se considera
«un partit d'esquerra». La Liga Regionalista,
presentada el 25 de abril de 1901, acabaría
integrándose en 1930 en la Derecha Liberal Republicana
de Cataluña. En 1931 se constituyó Esquerra Republicana
de Cataluña. El Partido Comunista de España, en su
programa electoral de 15 de febrero de 1931, se enfrenta
a lo que demonima «la burguesía izquierdista». En la
transición de la monarquía a la república, varias
agrupaciones regionales se declaran derechistas: Dereche
Republicana Catalana (1930), Derecha Regional Valenciana
(1930), Dereita Galeguista de Pontevedra (1931), Dereita
Galeguista de Orense (1931). En 1931, bajo la jefatura de
Alcalá Zamora, se funda Derecha Liberal Republicana.
También surgen formaciones radicalizadas, como Izquierda
Comunista de España (1932) y Extrema Izquierda
Republicana (1933). En marzo de 1933 se divulga el
programa de la Confederación Españaola de Derechas
Autónomas (Ceda) que integra, entre otros, a partidos
regionales que se titulan de derechas en Extremadura,
Ba-leares, Galicia, Granada y Salamanca. El 16 de marzo
de 1934 publica su programa Izquierda Republicana, que el
18 de enero de 1936 se aliaría con el Psoe, el Pc y
otros para constituir el Frente Popular que, en el pacto
de coalición, se autocalificaría como «bloque de
izquierdas».
En suma, a partir de las Cortes de Cádiz se empieza a
configurar en España lo que luego se denominaría el
Estado de partidos, cuya especie más radical es la
partitocaria3. Primero aparecieron las Sociedades
Patrióticas de ideología liberal, que superaron el
centenar y medio4 y, luego, los partidos de notables que
van adoptando denominaciones como absolutistas,
moderados, conservadores, unionistas, neocatólicos,
carlistas, liberales, constitucionales, republicanos,
federales, etc. Aunque la distinción política entre
derechas e izquierdas se utiliza ya a mediados del siglo
XIX, su empleo nominal se generaliza a la caída de la
dictadura de Primo de Rivera, y se impone durante la II
República como expresión de la división de los
españoles en dos bandos cada vez menos compatibles, lo
que desembocaría en la revolución socialista de 1934,
en la formación del Frente Popular y, finalmente, en la
guerra civil que el radicalismo de Azaña hizo
inevitable.
4. LA TOPOGRAFIA PARLAMENTARIA
El Reglamento del Congreso de 1810 deja en libertad a los
diputados para tomar asiento (I, 4) si bien no pueden
cambiar de escaño durante la sesión (IV, 1). El
Reglamento de 1813 reserva la galería pública de la
derecha para las autoridades, y la de la izquierda para
los demás (art. 7). En el caso de votación nominal se
empezará por el banco de la derecha (art. 100). Aunque
ninguna disposición legal contemplaba la formación de
grupos parlamentarios, Alcalá Galiano, en febrero de
1822, propuso que los diputados de una misma tendencia
votaran en idéntico sentido. El Reglamento de 1838
establece que los miembros de las comisiones se designen
por sorteo (Art. 17). El Reglamento de 1847 determina que
en las votaciones nominales los diputados participen por
el orden en que estén sentados (art. 169), criterio que
reitera el Reglamento de 1854 (art. 129), el de 1867
(art. 152), el de 1873 (art. 145), el reformado en 1886
(art. 176) y el de 1918 (art. 179). El primer Reglamento
que establece la formación de «fracciones o grupos
parlamentarios» es el de 1931 (art. 11), lo que
significa la legalización de que los diputados tomen
asiento según el partido a que pertenecen, norma que se
reitera en el Reglamento de 1934 (art. 11). Entonces el
grupo parlamentario adquiere personalidad propia, ya que
cada uno sólo puede intervenir con un diputado en las
discusiones de la totalidad de un proyecto (art. 70, 3).
El Reglamento de 1943 no contemplaba los grupos
parlamentarios y los procuradores se sentaban por orden
alfabético. El Reglamento de 1971 confirmó la
situación anterior. A partir de 1977 los diputados a
Cortes se sientan según el grupo parlamentario al que
pertenecen: ahora, por ejemplo, el Partido Popular lo
hace a la derecha y el Socialista a la izquierda del
Presidente5.
5. SIGNIFICACION EQUIVOCA
Dos siglos transcurren desde la Convención hasta hoy y,
sin embargo, ni la derecha ni la izquierda política
logran dotarse de contenidos pragmáticos continuistas y
estables. Por ejemplo, los liberales eran la izquierda en
tiempos de Isabel II y son la derecha en tiempos de Juan
Carlos I. La derecha era nacionalista hasta la II guerra
mundial; pero fue poco después la
creadora de la Unión Europea, máximo exponente
contemporáneo de la superación del Estado nacional.
Durante gran parte del siglo XIX, la derecha defendía
los intereses de la burguesía frente a los del
proletariado; pero fue el derechista Bismarck el inventor
del Estado de bienestar, proceso que repitió en España
la derecha vencedora de la guerra civil de 1936.
La historia demuestra que los programas de la derecha y
de la izquierda evolucionan de manera rotunda y, a veces,
errática. Quizás el caso más elocuente sea la actual
adhesión a la economía de mercado por parte de los
comunismos reciclados, antes prototipos del
intervencionismo estatal absoluto. Una evolución más
lenta, pero paralela, fue la de las socialdemocracias
desde la escisión de la Internacional. Sin salir de los
límites de un país como Gran Bretaña, la izquierda
laborista del nacionalizador Clement R. Attlee apenas
sería reconocible en la actual del privatizador Anthony
Blair: el socialismo de éste sería derechista hace
sólo medio siglo. El monarquismo era derechista en la
España de 1930 y hoy es una consigna de la izquierda.
Los cambios casi copernicanos de programa no conocen
fronteras: en los Estados Unidos, el actual izquierdista
partido demócrata ¿no es en gran parte un plagio del
derechista republicano? Desde el origen de la
distinción, tesis derechistas se hacen izquierdistas y
viceversa. La derecha y la izquierda políticas carecen
de contenido estable a escala universal y también
nacional; son tan relativas como en geometría.
Los dinamismos, a veces pendulares, de los programas
partidistas impiden una caracterización general de la
derecha y la izquierda; su descripción ha de ser
coyuntural para un lugar y un tiempo. Tal historicismo
inutiliza a los términos como permanentes categorías
politológicas. Pero acontece, además, que ha habido -no
ya en las edades antigua, media y moderna- corrientes
políticas resistentes a la dicotomía derecha-izquierda,
sino que, en nuestro siglo, el fascismo italiano, el
nacionalsocialismo alemán, el nacionalsindicalismo
español, el peronismo argentino, y otras muchas no
encajan en la distinción. Lo mismo habría que decir de
los movimientos desideologizados como los meramente
oportunistas -milenarios, aunque teorizados por
Maquiavelo- o los llamados tecnocráticos, que no han
cesado de imponerse desde mediados del siglo XX.
En suma, la distinción entre derecha e izquierda
políticas es más histórica que lógica y,
consecuentemente, tiene un valor nominal, un contenido
mutante, una significación ocasional, y no es una
terminología hermeneútica invariable para exponer la
historia de la teoría y de la praxis políticas, ni
siquiera en la edad contemporánea.
6. EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD
En numerosas lenguas el vocablo que designa a la
izquierda anatómica ha padecido connotaciones negativas.
Hay culturas donde la mano izquierda está reservada para
menesteres indignos. La condición de zurdo ha sido
considerada como una anomalía y una presunción
axiológicamente desfavorable. El término latino
«sinister» adquiere en la prosa postaugústea una
significación moralmente negativa, que es la
preferentemente heredada por algunas lenguas romances y,
entre ellas, por el español, donde prevalece la
acepción de «perverso» para lo siniestro. Quizás sea
esa la razón de que se fuera imponiendo un eufemismo
-«izquierda»- de origen prerromano. No es ese el caso
del francés donde «gauche» originariamente significó
«torpe» o «torcido». En alemán cuando la voz
«link» se adjetiva como «linkisch», también expresa
«torpe». Y en inglés «left» viene del anglosajón
«lyft» con el contenido de débil o sin valor.
A pesar de tan adversa tradición semántica, los
posthegelianos que se apartaron del cristianismo de su
maestro reivindicaron la condición de izquierdistas. Y
en Francia, los herederos de la Revolución procedieron a
una progresiva dignificación del izquierdismo -«la
gauche divine»-, tarea a la que se incorporaron
diferentes socialismos, incluido el marxista. En la
guerra de las palabras y de las ideologías, los
autodenominados «progresistas» descalifican a los
tachados de derechistas como reaccionarios, involutivos,
defensores de privilegios inícuos, y adversarios de la
justicia social. Llegados a este extremo, ribereño de la
satanización, algunos acusados empezaron a rechazar la
condición de derechistas para adoptar otras
denominaciones aún no totalmente desprestigiadas por la
ofensiva retórica de los adversarios: conservadores,
populistas, democristianos, centristas, etc.
Así se ha llegado a la situación actual, que es la
desaparición de la denominación «derecha» en la
nomenclatura de los partidos políticos. Pero la
cuestión no es sólo nominal: el complejo de
inferioridad moral que los socialismos consiguieron
inocular a sus oponentes llevó a estos a posiciones
izquierdizantes en lo que consideraron marginal al modelo
de libre mercado, como la cultura. Así se explica que,
incluso después del desplome del socialismo real, los
liberales compitan en el halago a los intelectuales ex
comunistas o comunistas recalcitrantes.
Es difícil devaluar al término «derecha», emparentado
con las nociones de corrección, rectitud y justicia. Del
obrar bien se dice que es hacerlo «a derechas». En el
Antiguo Testamento, especialmente en los salmos, hay una
constante exaltación de la mano derecha. También en el
Nuevo: «El Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios
todopoderoso» (Lc. 22,69). Pero no es menos difícil
redimir a lo siniestro de sus negativas connotaciones
semánticas y, ahora, de su fracaso en la URSS y
satélites. La doble operación retórica, publicitaria y
sesgada ha sido ejecutada con éxito por los
intelectuales orgánicos del socialismo real, que han
demostrado su asombrosa capacidad para manipular el
lenguaje. Así se ha llegado a la paradójica situación
actual: hay centro, izquierda y extrema izquierda; pero
no derecha; una especie de hemiplejia política. Y,
además, aparece la paranoica huída de los liberales
hacia un supuesto centro para escapar de la proscripción
verbal dictada desde la izquierda. Una primera
aproximación a la definición de la derecha sería la
posición política en la que nadie quiere ser situado.
Claro que si esta fase dialéctica concluyera con la
total desaparición de la derecha nominal, empezaría
otra similar contra el centrismo como derecha vergonzante
o encubierta. Es la humillante vía dolorosa de
refundaciones, cambios de nombre, hipocresías,
enmascaramientos, concesiones y entreguismos a que se
condenan quienes padecen complejos de inferioridad.
7. LA IDEOLOGIZACION PARTIDISTA
Desde las revoluciones de 1848 hasta la segunda
postguerra mundial, los programas de los partidos
aparecen fuertemente ideologizados. Los autodenominados
de izquierda fueron inicialmente deudores de la
ideología liberal de la Revolución Francesa: soberanía
popular, sufragio universal, libertad de asociación y
expresión, laicismo y república. Luego se van haciendo
tributarios del socialismo, especialmente del marxismo:
estatización de los medios de producción y dictadura
del proletariado. La derecha defendería inicialmente
ciertas magistraturas hereditarias, sufragio censitario o
corporativo, libertades concretas, confesionalidad y
monarquía; luego, asumiría gran parte del legado
liberal, pero acentuaría su repudio de los socialismos
en ascenso.
Ejemplos españoles. El Consejo Federal de la sección
española de la Internacional propugnaba en 1872:
«propiedad común de los instrumentos del trabajo». La
Asociación Internacional de Trabajadores postulaba en
1879:«Quema de los registros de la propiedad, toma de
posesión de toda la riqueza, y aniquilamiento de cuanto
se oponga a tal planteamiento». El programa del Psoe de
1879 instaba a la «transformación de la propiedad
privada individual en propiedad social». Al año
siguiente suscribía las tesis de la dictadura del
proletariado en estos términos: «posesión del poder
político para la clase trabajadora». Estos puntos se
reiteran en los sucesivos programas, incluidos los de
1918 (en el de 1934, nacionalización de «todas las
tierras»). El Partido Comunista (Federación de
Juventudes Socialistas) aspira a la «dictadura del
proletariado como único medio de organizar la sociedad
comunista», y prohibe afiliarse al socialismo
«reformista». En febrero de 1933 el manifiesto del
Partido Social Revolucionario demanda «la toma y
repartición inmediata de las tierras pertenecientes a
latifundistas, al ex rey y a la Iglesia sin
indemnización». El programa electoral del Partido
Comunista incluye, en octubre de 1933, además de la
confiscación de la tierra, la de las empresas para su
administración por soviets. En septiembre de 1935 el
Partido Obrero de Unificación marxista exige «la
dictadura proletaria» y afirma que «mantener las
ilusiones en la democracia burguesa es un crimen».
Esta fuerte ideologización marxista de la izquierda,
hace crisis en el congreso del Partido socialista
alemán, celebrado en Bad Godesberg a finales de 1959.
Entonces, los germanos, siguiendo el camino abierto por
el laborismo inglés, renuncian a la dictadura del
proletariado y a la estatización de la economía.6
A su vez, los partidos generalmente incluidos en la
derecha y que contaban con precedentes propios como el
Estado de bienestar de Bismarck y la doctrina social de
la Iglesia, hacen suyas las principales reivindicaciones
laborales y, además, la parte dogmática del liberalismo
revolucionario. Este proceso de convergencia prosigue sin
interrupción en Occidente; pero la Unión Soviética y
sus países satélites mantienen la tensión ideológica
hasta que en 1989 el modelo de socialismo real se
desploma por su inconsistencia teórica, su fiasco
histórico, y su inviabilidad.
Tras una centuria de intensa ideologización, a mediados
del siglo XX se inicia un proceso desideologizador que
culmina en la última década. Consecuentemente, se
reproduce la clásica convergencia que simbolizan los
partidos demócrata y republicano en los Estados Unidos,
y los partidos europeos emprenden una marcha de
concesiones y de mútuos préstamos que los va
convirtiendo en equipos de recambio con leves matices
más personales que pragmáticos. Ha sido frecuente en
las últimas campañas electorales que un partido
afirmara que no existían alternativas posibles, por
ejemplo, a su política económica. Aunque tal
declaración no fuera rigurosa, revela el grado de
desideologización, convergencia y tecnocratización a
que se está llegando.
Tan evidente proceso ¿significa que los términos
derecha e izquierda han perdido significación? No lo
creo.
8. DIALECTICA Y CONFLICTO
Pensar no es una situación, sino una acción. Ese
proceso mental suele ser, según la expresión
agustiniana, diálogo con uno mismo. Se formula una tesis
probable y se pone a prueba con su contraria. En su
soledad, el meditador se divide interiormente y fomenta
el debate entre dos polemistas ficticios que mútuamente
se objetan, replican y complementan. Contra lo que
suponía Hegel, no todos los progresos hacia la verdad
son el resultado de una síntesis de contrarios; pero sin
discusión no hay ciencia humana. La estructura del
pensar individual es dialéctica y, con mayor motivo,
también lo es el pensar colectivo. La expresión
pública de cualquier juicio mueve al interlocutor al
asentimiento o a la discrepancia. El debate es tanto más
tirante cuanto mayores son el sentido crítico y los
intereses implicados.
Según Schmitt, la política es la tensión entre amigo y
enemigo. La descripción puede ser válida para los
contenciosos entre Estados soberanos, pero no
necesariamente entre partidos, porque la polaridad
interior suele producirse entre correligionarios y
adversarios, todos ellos tendencialmente insertos en la
búsqueda de un bien común nacional. La radicalización
de la tesis schmittiana supondría que en toda política
hay una incoada guerra internacional o civil.
Existe un paralelismo entre la búsqueda de la verdad
científica y de la verdad política; ambos procesos son
controvertidos. El primero, valga la metáfora, tiene un
origen esquizoide, mientras que el segundo, como
figurativamente denunciaba Ortega y Gasset, degenera en
hemiplejia del ánimo. El filósofo puede aislarse y
reducirse al soliloquio; pero el gobernante ha de tener
en cuenta al disidente externo. Es un hecho que en toda
república los aspirantes al poder se agrupan según
programas o intereses y se combaten recíprocamente. Tal
antagonismo es inevitable y, dentro de ciertos límites,
deseable. La vida social es, por naturaleza, conflictiva
y sería inverosímil suponer que los intereses se
aunaran y que las ideas que los representan convergieran
totalmente. La política siempre tendrá una estructura
habitualmente polémica, aunque se libere de prejuicios
ideológicos y se tecnifique, porque incluso sobre la
recomendación de una técnica -ingenieril, médica,
financiera, artística, etc.- es excepcional la
unanimidad. El fin de las ideologías políticas no es el
fin de las ideas rigurosas y de sus recíprocas
tensiones. El progreso consistirá en que las diferencias
serán puntuales, objetivables y susceptibles de
discusión racional; pero jamás se anularán. La
equiparación energética y el equilibrio absoluto es la
entropía máxima, una muerte termodinámica indeseable.
La imaginaria superación de las disidencias sociales en
una prolongada unanimidad es tan inverosímil como
dudosamente creadora. En las minoritarias controversias
de carácter doctrinal no es imposible eliminar los
prejuicios y las pasiones; pero cuando se adoptan
decisiones públicas que afectan a numerosos intereses
enfrentados la conflictividad teórica va acompañada de
pugnas que, a veces, se radicalizan sin resolución. Esos
intereses se organizan en grupos de presión y en
banderías. Minoritarios o de masas, ocasionales o
estables, monopolizadores o no de la representación,
ideológicos o técnicos, siempre habrá partidos en el
seno de una sociedad. Desde finales del siglo XVIIIse
suele dividir a esas facciones en dos clases, la
izquierda y la derecha. Es un uso que, con altibajos, se
mantiene. Los contenidos programáticos de tales
denominaciones cambian, se distancian o se aproximan, y
aquí la cuestión politológica no es negar su
versatilidad, su oportunismo o su nominalismo, sino
esclarecerlos, establecer un criterio de calificación, y
tratar de caracterizar objetivamente a las llamadas
derecha e izquierda en unas circunstancias históricas
determinadas, en definitiva, hoy.
9. LA INTERPRETACION FORMAL
A pesar del escepticismo de tantos politólogos, los
columnistas y políticos siguen utilizando la vieja
distinción. Resulta difícil pensar que todos manejan un
simple «flatus vocis» o un comodín equívoco. Porque
se trata de términos relativos, y por lo tanto,
históricos, el derechismo y el izquierdismo no han
mantenido un contenido unívoco y estable; pero ahora
tienen uno, que es el de nuestras circunstancias
finiseculares. Ha sido superada la distinción entre las
derechas e izquierdas de 1850, de 1900 o de 1950; pero,
con significado distinto, subsisten en el año 2000.
Periódicamente aparecen ensayos para delimitar los
campos e incluso para salvar los contenidos de algún
tiempo pasado, sobre todo, entre los doctrinarios
autodefinidos como izquierdistas y reacios a resignarse
tanto a la volubilidad oportunista como al hundimiento
del socialismo real.
a) Se ha pensado en una caracterización formal: la
izquierda política sería racionalista, mientras que la
derecha sería pragmática. Esta caracterización se
apoya en el hecho de que, desde Marx, la producción
teórica de la izquierda ha sido mucho más voluminosa y
compartida por mayor número de intelectuales que la de
la derecha. Pero una mayor masa de bibliografía y de
académicos no implica necesariamente mayor densidad
racional. De hecho, la literatura marxista padecía
radicales contradicciones y ausencia de apoyatura
empírica y, por eso, se ha convertido en curiosidad
universitaria cuando se desplomó el aparato coactivo que
la amparaba, la URSS.Por el mismo motivo se produjo el
inverecundo reciclaje neoliberal de los escritores
marxistas o simplemente marxistizantes.
Las derechas políticas, en sus diversas versiones,
siempre han contado con doctrinarios racionalizadores. Si
la derecha política se caracteriza hoy por la tendencia
a reducir el Estado ¿cómo se puede desconocer el
intenso y extenso esfuerzo intelectual desarrollado en
economía desde Adam Smith, o en ética y sociología
desde la clásica formulación del principio de
subsidiariedad?
La supuesta superioridad racional de la izquierda es
singularmente insostenible en la época de inspiración
marxista, puesto que, según el materialismo histórico,
el pensamiento sería un derivado de las relaciones de
producción. La infraestructura económica determinaría
la superestructura conceptual. Las ideas de los hombres
no serían las determinantes de su conducta, sino, al
revés, la consecuencia y el resultado de su posición
material. No cabe atribuir mayor densidad racional al
materialismo histórico que a la filosofía tradicional,
fundamentadora de numerosos derechismos políticos.
b) También se ha dicho lo contrario, o sea, que la
izquierda se ha desarrollado sobre la emotividad, y la
derecha sobre la racionalidad. Esta interpretación se
apoya en el hecho de que el igualitarismo socialista
arraiga en la envidia y el resentimiento, mientras que la
meritocracia se fundamenta en algo tan razonable como la
jerarquización de valores. Pero esta exégesis
explicaría únicamente una etapa; no todas. El
liberalismo, que fue la izquierda a mediados del siglo
XIX, era una construcción teórica (el caso arquetípico
de la escuela doctrinaria), que no se fundaba en
demagogias emotivas; en cambio, aquélla derecha
confesional se apoyaba en un sentimiento religioso.
c) Una variante de esta distinción formal, que ya deja
de ser tal pues se presenta cargada de contenidos, es la
que identifica a la derecha con fideismo y
confesionalismo, y a la izquierda con secularismo y
laicismo. Según esta clave, Aristóteles, que no creía
en ninguna religión, sería un doctrinario izquierdista.
Pero es que, además, siempre ha existido una derecha
agnóstica: en Francia la que arranca del positivismo
comtiano y pasa por Maurras; en España la de tantos
moderados como Mon, la de Giner, Costa, Ganivet u Ortega.
En cambio, existe una izquierda mitológica como la
jacobina que implanta el culto a la diosa razón,
entronizada solemnemente en la catedral de París, o como
el marxismo que se convierte en una nueva fé con su
libro revelado, su profeta, sus fanáticos, sus autores
prohibidos, sus iconos, sus misioneros, sus anatemas, sus
autos de fé e incluso su cuerpo incorrupto. Las guerras
de religión, que subsisten ya no en la India o el
Líbano, sino en los inmediatos Balcanes ¿serían sólo
entre derechistas? Es absurdo. La apelación política a
lo divino se remonta a los orígenes de la Humanidad, y
la experiencia demuestra que hay derechistas e
izquierdistas incrédulos y creyentes. Que una parte de
la izquierda política contemporánea fuera laica no
permite la generalización, ni siquiera epocal.
Sobre la compatibilidad entre la razón y la fe se ha
filosofado durante siglos desde todas las religiones. Es
un debate superado. Retrotraer a esta tensión
metafísica la actual oposición política entre la
derecha y la izquierda es anacrónico, infundado,
hiperbólico y deformante.
d) Otra variante de la distinción formal es identificar
a la izquierda con el utopismo y a la derecha con el
realismo. Si por utopía se entiende lo absolutamente
imposible, la connotación sería negativa y
descalificatoria puesto que la política es el arte de lo
realizable. Pero si por utópico se entiende un
orientativo ideal al que efectivamente caber aproximarse,
los hechos no confirman que las derechas políticas hayan
carecido de ideales, más bien al contrario. Por ejemplo,
las derechas confesionales, que han sido numerosas, se
han propuesto metas morales cuyo término, por
definición, es un bien sumo al que cabe acercarse sin
rebasarlo jamás. En todo objetivo ético hay un extremo
que funciona como un límite, es decir, como un punto que
está siempre más allá de todos los de la serie
infinita a la que pertenece. Los idealismos no son
monopolio ni de la izquierda, ni de la derecha
políticas.
10. LA INTERPRETACION MORAL
Las tentativas usuales para caracterizar a la derecha y a
la izquierda políticas consisten en adscribirles valores
diferentes. Es difícil desprenderse de esta recurrente
pretensión judicativa, de esta tendencia a ser tenido
por mejor que el otro porque es consustancial a la
práctica política. Pero este método axiológico no
puede ser neutral porque los valores se escalonan
jerárquicamente, e inclinarse a favor de unos suele
implicar la afirmación de una superioridad o
inferioridad. Además, cada valor se enfrenta con su
opuesto contravalor, y adjudicar uno positivo sugiere
carencias en quien no lo posee. En fin, los valores
afectados en este caso son fundamentalmente morales, y
les es consustancial la gradación que va desde lo
óptimo hasta lo pésimo pasando por lo mejor, lo bueno,
lo mediocre, lo malo y lo peor. Caracterizar a las
corrientes políticas según contenidos axiológicos es
abandonar la neutralidad para incidir en la diatriba o la
loa, ya tácitas, ya expresas. A estos inconvenientes de
carácter general se unen otros propios de los diferentes
esquemas propuestos.
a) Se ha dicho que el valor predominante de la izquierda
sería la igualdad, mientras que el de la derecha sería
la jerarquía. Es una traslación de ensayos muy
anteriores y doctrinalmente fenecidos que contraponían
otro par de valores, el de la libertad y el del orden.
La igualdad de los individuos humanos no es un ideal, ni
siquiera una utopía, es una falsedad puesto que no hay
dos hombres idénticos ni biológica, ni intelectual, ni
moral, ni técnicamente. Sólo es factible la igualdad de
oportunidades; pero este objetivo, tendente a superar
discriminaciones injustificadas y ocasionales, es un
lugar común de todos los programas partidistas. La
pretensión izquierdista de encarnar la demanda de
igualdad de oportunidades es tan carente de fundamento
objetivo como la de monopolizar el calificativo de
«progresista», según la antigua retórica soviética.
En una arenga o en un artículo partidistas tales
manipulaciones del lenguaje suelen ser consideradas como
corruptelas tolerables; pero a nivel teórico no. La
igualdad de oportunidades no la niega nadie. Otra cosa es
la dificultad de imponerla a causa de la intrínseca
historicidad -el «hic et nunc»- del individuo humano y
la imposibilidad de anular la temporalidad y la
espacialidad en que se encuentra todo lo concreto.
Por otro lado, la igualdad de oportunidades no se produce
espontáneamente, ha de ser impuesta, y tal decisión
requiere un poder, o sea, jerarquía. No sólo no hay
contraposición efectiva entre libertad y jerarquía,
sino que ésta es condición de aquélla. En la
hipotética situación anárquica de la guerra de todos
contra todos, se impone la ley de Calicles, la del más
fuerte, que es la más desigualitaria. No en vano la
persecución comunista de la utopía igualitaria dio
lugar a la tiranía y al terror. Igualdad y jerarquía no
son dos valores entre los que quepa una opción, porque
la primera es irrealizable sin la segunda; hay que
establecer un orden para dictar una equiparación.
Y en el fondo aparece la inevitable autoapología. Unos
valores son estimados como superiores a otros, y situarse
en tal campo suele equivaler a elogio y crítica. El
sometimiento a una jerarquía no es inicialmente grato,
mientras que la afirmación de la igualdad entraña
cierto narcisismo. En este contexto, la interpretación
no es independiente, sino izquierdófila.
Y los datos históricos no corroboran esta
interpretación, la más común. La primera izquierda
propiamente dicha, la de la revolución francesa, no
cesó de atribuirse la búsqueda de la igualdad; pero dio
lugar a la dictadura de un grupo de privilegiados, los
jacobinos. Y el presunto salvador de la revolución que
se devoraba a si misma, Napoleón, creó la suntuosa
aristocracia familiar y militar del Imperio en la Francia
metropolitana y en las naciones vencidas: reyes,
príncipes, grandes duques, y títulos innumerables. Un
abismo de desigualdad separaba al pueblo de las nuevas
aristocracias revolucionarias. Similar fue el curso de la
revolución soviética: al grito de igualdad se
constituyeron, en Rusia y en los países satélites, la
«nueva clase» y la «nomenklatura»7 tan alejadas de
las bases como la nobleza zarista. Y al liquidarse la
Unión Soviética, esa clase privilegiada ha sobrevivido,
aún más enriquecida, gracias al corrupto proceso
privatizador de las empresas públicas. La potencia que
Lenin condenó por explotadora de los trabajadores, los
Estados Unidos ¿no ha engendrado más igualdad real que
el marxismo, la izquierda por antonomasia? Una cosa es lo
que se predica y otra lo que efectivamente se hace.
Clasificar a los movimientos políticos por sus
declaraciones programáticas o sus consignas
propagandísticas es un ingenuo criterio nominal, no
sociológico.
b) Transportar la oposición derecha-izquierda a los
valores de libertad-igualdad tampoco resulta esclarecedor
porque ni los datos históricos, ni el análisis teórico
confirman tal contraste. La derecha contrarrevolucionaria
del siglo XIX era más bien absolutista, mientras que la
izquierda era libertaria y enarbolaba, sobre todo, el
primer término de la famosa trilogía de 1789. La
izquierda estuvo ocupada por el liberalismo durante más
de una centuria. La derecha democristiana fue más
igualitarista que liberal, y lo mismo aconteció al
Fascismo italiano, al corporativismo lusitano o al
nacionalsindicalismo español.
Tampoco el análisis conceptual confirma el supuesto
contraste, porque libertad e igualdad no se oponen: hay
liberales igualitarios y no igualitarios, del mismo modo
que hay igualitarios demócratas y autoritarios (ejemplo
de estos últimos los partidos del socialismo real). La
igualdad es un valor relativo que supone una previa
estratificación, mientras que la libertad es un valor
absoluto referible a cualquier nivel social; no se
oponen, ni excluyen, sino que son compatibles y
complementarios.
c) Hibridando el plano ético con el histórico, se ha
dicho que la derecha y la izquierda representarían dos
actitudes ante la justicia. Aquélla pretendería
conservar lo justo ya obtenido, mientras que ésta
siempre trataría de avanzar hacia cotas más altas de
justicia. Esta interpretación no está respaldada por la
experiencia. La izquierda de la revolución francesa
empezó aniquilando el orden establecido, lo que
desembocó en anarquía, caos e iniquidad. No fue
diferente la revolución soviética, como todas.
Posiblemente, la meta era más justicia; pero la realidad
fue la contraria. Y, por otro lado, es evidente que en
numerosas sociedades, como los Estados Unidos, los
gobiernos derechistas han incrementado los niveles de
justicia conmutativa y distributiva.
Pero, además de empíricamente infundada, esta
interpretación es rotundamente desfavorable para la
derecha por la simple razón de que la Justicia absoluta
es un ideal inalcanzable y perpetuamente aproximable en
función de la prosperidad posible y efectiva. Anclarse
en una posición concreta es una negación de la
imperativa ambición justiciera. Un movimiento político
estacionado en un punto determinado de bien común
negaría el progreso y sería reaccionario. Esta
interpretación no es neutral, es descalificatoria de la
derecha.
d) Maximizando el panegírico, se ha llegado a decir que
la derecha es el egoísmo interesado, y la izquierda el
altruísmo filantrópico. Pero tal interpretación no es
una caracterización, sino una dogmática
descalificación de la derecha ya que el altruismo es
socialmente el bien, mientras que el egoísmo es el mal.
Un examen sereno de la historia contemporánea de Europa
no justifica tal demonización partidista. El más
elemental balance de nuestro próximo pasado ¿dónde
situaría a un supuesto o real Imperio del mal? ¿En el
más o menos derechista Occidente o en el Este, suprema
encarnación del izquierdismo?
e) Son falsos y tópicos los dilemas entre orden y
justicia, entre jerarquía y libertad, entre libertad e
igualdad, entre conformismo y justicialismo, entre
egoísmo y altruísmo, como lo son todos los análogos
entre tradición y ciencia, entre conservación y
progreso, entre individualismo y solidarismo, entre
nacionalismo y cosmopolitismo, etc
Esas dicotomías
de grandes palabras polisémicas ni son dilemáticas, ni
mútuamente excluyentes, ni coinciden con las derechas y
las izquierdas históricas. Pero, sobre todo, se apoyan
en peticiones de principios morales donde un término es
el bueno y el otro es el malo. Dos siglos de tal
dialéctica han creado conflictos sociales; pero escasa
luz lógica. Quizás los demagogos y sus escribas
continúen con tales manipulaciones; pero el estudioso
debe repudiarlas por ideológicas en el peor sentido del
vocablo, es decir, por no científicas.
La exégesis moral no es adecuada porque lo que no ha
cesado de cambiar, incluso polarmente, no es muy
susceptible de ser encardinado en inmóviles coordenadas
morales. No es intrínsecamente mejor la conducción de
vehículos por la derecha que por la izquierda, y sería
impropio fundar tal reglamentación, por ejemplo, en el
Derecho natural. La distinción entre la derecha y la
izquierda, hoy como ayer, ha de fundarse en la cambiante
Historia porque nadie puede predecir si tal dicotomía
política subsistirá y cuál será su significado en el
futuro. El golpista revolucionario Riego, ¿podría
imaginar que su programa, siglo y medio después, sería
conservador?
Hay que desechar la tentación moralista, irresistible
para el político, y tratar de conceptuar una distinción
aséptica y empírica y, a la vez, compatible con el
dinamismo ya que no histórico universal, sí epocal. Ese
es el reto académico.
11. MAS
O MENOS ESTADO
El Estado es el más complejo artefacto producido por el
hombre. Su definición actual concreta viene dada por
todo un ordenamiento jurídico, que alcanza dimensiones
oceánicas. Sus ejecutores son, en primer lugar, los
funcionarios, y, en segundo lugar, los ciudadanos que
totalizan millones. Y ese gran artefacto tiene a su
servicio infinidad de sofisticados instrumentos como los
equipos informáticos, militares e industriales. La
magnitud e intensidad del Estado, verdadero «omnibus»
social, se manifiesta en la guerra total.
Desde sus inciertos antecedentes, el Estado no ha cesado
de complicarse y crecer. En el siglo XX, algunos Estados
euro-peos han llegado a administrar más de la mitad del
producto interior bruto. El Estado, indentificado por
Hobbes como Leviatán y divinizado por Hegel, es una
realidad colosal.
El Estado es inseparable del Derecho, y el Derecho
requiere coacción. La imperatividad y la consiguiente
constricción de las libertades individuales es el
aspecto negativo del aparato estatal: el orden que impone
va acompañado de violencia. Legítima o ilegítima, el
Estado entraña necesariamente fuerza. Pero tal coerción
resulta para la mayoría menos rechazable que el caos y
la ley de la selva, que es la del físicamente más
fuerte. La convivencia sin Estado no es un ideal lejano,
es una imposibilidad para la actual especie humana. Es
irracional pretender la supresión de las formas
políticas de coacción y, concretamente, de la más
evolucionada que es el Estado. La presencia del Estado es
un mal mucho menor que su total ausencia, y la razón
aconseja aceptarlo con sus reglamentaciones, sus
cárceles y sus impuestos.
Los estatistas tienden a presentar como anarquistas a
quienes no apoyan la constante hipertrofia del Estado y
el progresivo estrechamiento de las áreas de
autodeterminación individual. Es un recurso
reduccionista y tan rancio como la invención del
maniqueo. En una sociedad civilizada, el individuo no
puede prescindir del Estado.
No es sólo la acuciante alternativa entre vivir en
relativa paz o constantemente amenazado de rapiña y aún
de muerte; es que la prótesis cultural que nos capacita
y perfecciona es, en gran parte, fomentada y conservada
por el Estado. Ser más o menos humano depende en gran
medida del Estado, potente órgano humanizador. Hay una
correlación entre la calidad estatal y la ciudadanía.
La cuestión estriba en que el Estado mejor para los
individuos y para la comunidad no es necesariamente el
mayor.
En el alba del siglo XXI, las tensiones de las sociedades
avanzadas no se producen entre monárquicos y
republicanos, confesionales y laicos, presidencialistas y
asamblearios, defensores del sufragio censitario y del
universal, del plebiscito y de la diputación. Sea cual
fuere la real sustancia imperativa de los derechos
humanos, nadie discute su formal proclamación. Tampoco
se niega la igualdad de oportunidades o la protección al
desvalido. Y desde el hundimiento del socialismo real, el
libre mercado es aceptado casi universalmente como el
método más eficaz de adscribir los limitados recursos.
Lo que ahora divide y caracteriza a las izquierdas y a
las derechas políticas no son dos valores aparentemente
contrapuestos como la libertad y la autoridad, ni
siquiera intereses de clase enfrentados como los de la
burguesía y el proletariado, entre otros motivos, porque
este último avanza hacia su transformación en clase
media8. La confrontación se produce a lo largo de una
dimensión única -la estatalidad- y es, por tanto,
cuantitativa y, en sí, axiológicamente neutra: más o
menos Estado. ¿Qué funciones y en qué medida pueden
privatizarse? Este es el debate político por excelencia
en las sociedades desarrolladas.
¿Ahorro público o privado? ¿qué tipo y proporción de
empresas estatales? ¿qué áreas de orden público
pueden ser asumidas por entidades particulares? ¿qué
pleitos se sustanciarán en tribunales o en despachos de
arbitraje?¿seguridad social de capitalización personal
o de reparto colectivo? ¿enseñanza estatal o
particular? En suma ¿qué proporción de la renta
nacional será administrada por funcionarios públicos?
La izquierda propugna más Estado, la derecha menos
Estado. Esta es la actual caracterización objetiva,
mensurable y comparable del dualismo terminológico en la
política contemporánea.
La preferencia por más o menos Estado responde a una
teoría que, en primer lugar, puede tener fundamentación
empírica. ¿Quién controla más eficazmente al gestor?
¿el empleado del propietario, o el burócrata de la
Administración pública? La experiencia demuestra que la
privatización de empresas estatales eleva su
rentabilidad porque el funcionario público dispone de
fondos indeterminados y carece de accionistas que exijan
beneficios, «dispara con pólvora del rey», según el
antiguo dicho. Además los monopolios aumentan su
improbabilidad desde la competencia privada9.
Pero la preferencia por más o menos Estado tiene
también una fundamentación pragmática con cierta
connotación moral, recibida del socialismo en sus
diferentes versiones, sobre todo, del marxismo. Es,
inicialmente, la cuestión de la llamada plusvalía, que
la propiedad pública haría revertir sobre toda la
sociedad y no sólo sobre el propietario de los bienes de
producción. Esta tesis es sumamente problemática, no
sólo por sus teóricas contradicciones internas, sino
porque, de hecho, las llamadas plusvalías suelen
beneficiar en el socialismo real a las oligarquías civil
y militar. Secundariamente, la expropiación de los
bienes de producción no beneficia a los menos
favorecidos si la renta nacional se incrementa menos que
con la iniciativa privada (aquí se retorna a la
fundamentación empírica).
Es también la cuestión del reparto igualitario. La
intervención del Estado permite confiscar una parte de
sus rentas a los sujetos económicos más eficaces para
distribuirla entre las gentes menos productivas o
totalmente improductivas. Según la ética socialista,
esta confiscación y posterior redistribución sería
más justiciera que el puro mercado. Tal argumentación
moral no es evidente que cumpla el fin de «dar a cada
uno lo suyo», sino de dar a unos lo obtenido por otros.
Pero, además, resurge la cuestión empírica:
confiscando a los opulentos ¿se estimula el ahorro, la
inversión productiva y el incremento de la renta
nacional, o al revés? La experiencia histórica
demuestra que las rentas en manos particulares son
socialmente más productivas que en manos burocráticas y
los costes de intermediación son menores.
Es también la cuestión de la libertad: cuanto más
estatismo menos márgenes individuales de
autodeterminación. La creciente fiscalidad es una forma
muy severa de opresión porque priva al ciudadano de
fracciones de su tiempo, a veces, de más de la mitad; es
una variante del trabajo forzado, una esclavitud parcial
que suele aplicarse progresivamente, en proporción a la
capacidad y laboriosidad de las personas. Cuanto más
fracasado e improductivo sea el ciudadano, menos le será
confiscado por el Estado que incluso le obsequiará con
fracciones de lo decomisado a los otros. De ahí que los
ciudadanos sean más estatistas cuanto más
minusválidos. Es, pues, cierto que en la coyuntura
actual la derecha postula más libertad concreta; pero
¿acaso sólo para ciertas personas privilegiadas por el
previo reparto de la propiedad? Es el debate sobre las
libertades formales y las reales suscitado por el
socialismo de cátedra. Para equiparar las dosis
individuales de libertad hace falta la violencia
redistributiva del Estado, afirman los intervencionistas.
Tal acción estatal, sostienen los liberales, acaba
reduciendo el total de libertad en una sociedad. La
experiencia contemporánea ha dado la razón a estos;
pero subsiste la radical correlación: no hay libertad
sin orden, ni orden sin coacción. No se trata de un
claro dilema, sino de un gradualismo prudencial. Por eso
no resulta suficientemente definitorio caracterizar a la
derecha y a la izquierda desde el dogma de una supuesta
primacía absoluta de la libertad.
En este debate, durante la primera mitad del siglo XX la
corriente hegemónica fue la sinistrista, puesto que no
cesó de aumentar el peso económico del Estado y su
participación en la administración de la renta
nacional.pero en la segunda mitad de esa centuria se
invirtió la tendencia, sobre todo a partir de 1989, año
de la caída del telón de acero y del desastre del
socialismo real. Si la derecha actual se caracteriza por
postular menos Estado, es obvio que está triunfando a
escala universal y que el punto medio de la tensión
política se desplaza hacia las privatizaciones, o sea,
hacia la derecha.
Esta derechización, empíricamente verificable, no
significa ni la anárquica negación del Estado, ni el
rechazo de toda intervención soberana en la vida
económica; revela una tendencia con infinidad de
posiciones intermedias, y sin duda reversible. Una
distinción tan dinámica, inestable y versátil como ha
sido la de la derecha y la izquierda políticas sería
demasiado pretencioso suponer que ha llegado ahora a un
planteamiento y a unas correlaciones definitivas.
Modestamente hay que reconocer que el análisis
fenomenológico de esta materia se limita al «hic» y,
sobre todo, al «nunc».
La tensión entre mercantilismo y librecambismo es
antigua; pero en la segunda mitad del siglo XX el
absoluto fracaso del socialismo real ha decidido la
alternativa a favor de la iniciativa privada y del libre
mercado. Esta es la razón de que los izquierdismos
supervivientes, como la llamada socialdemocracia, no
cesen de aproximarse a los programas derechistas que se
concretan en liberalismo («neo» o «paleo»),
desregulación y privatización, o sea, amortización de
los efectos del moderno izquierdismo intervencionista,
inspirado principalmente en Marx y en Keynes.
Simultáneamente se ha producido el triunfo parcial de la
llamada «revolución conservadora» (no en los valores).
El izquierdismo estatista se ha quedado sin pensadores y
va a remolque de los liberales que han contado con
figuras como las de Hayek, Friedman o Buchanan. Los
teóricos del izquierdismo, incluso los últimos como
Gramsci, han pasado a la erudición o al olvido, y los
que se reciclan de liberalizantes ocasionales han dejado
de ser intelectual y aun moralmente respetables en la
medida en que pretendan aleccionar.
La regla clasificatoria de más o menos Estado es
independiente de las razones teóricas o prácticas que
en cada caso conduzcan a fijar posiciones concretas.
Aunque se acepte que toda actitud política es moral y
entraña una jerarquización de valores, la propuesta
regla, en sí misma, es éticamente neutra puesto que
permite situar sin exaltar ni condenar. Se presenta un
segmento, uno de cuyos extremos está ocupado por el
totalitarismo -todo en el Estado, nada fuera de él,
según el postulado de Gentile-; el otro extremo sería
el de supresión del Estado -situación límite que
enfocan de distinto modo anarquistas y marxistas-. El
carácter continuo de esta abcisa permite infinitas
localizaciones, recíprocamente relativas. Es un criterio
geométrico, amplísimo10 y sin implicaciones
axiológicas intrínsecas. La localización
clasificatoria no supone juicio alguno de valor, salvo el
universal e insolslayable de todo conocimiento
científico que es la veracidad. El que propugna menos
Estado se coloca a la derecha del otro. Por qué se
sitúa un grupo en determinada posición es sumamente
interesante; pero es completamente distinto determinar
dónde está, que es la cuestión.
Pero ¿de qué Estado se trata? En esta materia no se
puede superar el despotismo de lugar y tiempo. Se trata
de la configuración actual del Estado moderno de
Occidente. La regla no es aplicable a la polis griega, ni
a una tribu amazónica contemporánea. Tampoco se afirma
que será útil siempre, por ejemplo, en una sociedad
superdesarrollada, informatizada y globalizada con
instituciones y usos difíciles de prever.
¿Qué paralelismo existe entre más o menos Estado y
más o menos mercado? No es la misma contraposición con
nombres distintos porque el libre mercado ha de ser
garantizado por el Estado frente a los monopolios y otras
corruptelas. El mercado libérrimo no coincide con la
supresión del Estado, sino con su minimización. Es
cierto que más Estado implica más intervención en la
sociedad y en la economía, mientras que menos Estado
supone menos intervención. En general, a medida que se
avanza hacia la izquierda del segmento, se incrementan el
volumen y la intensidad de la intervención.
La regla ¿no incurre en paradoja cuando parece hacer
coincidir el anarquismo con la extrema derecha política?
Es un efecto aparente, porque el anarquismo hace pensar
en la anarquía, que es cosa distinta de una gran
ampliación del margen de libertad. El anarquismo,
concebido como límite utópico, está mucho más cerca
del actual Nozik que del viejo Kropotkin; no es una
negación del orden, sino su autorregulación voluntaria;
es una progresiva sustitución de la coacción externa
por el autocontrol. El adelgazamiento del Estado no es un
libertinaje, sino, por el contrario, una pedagogía; no
es un desenfreno, sino un uso.
En el presente panorama politológico no se divisa una
regla más aséptica, general y circunstancialmente útil
para clasificar a las corrientes políticas que la de
más o menos Estado.
Del imperativo y totalitario Estado de bienestar a la
autorregulada sociedad de bienestar, propugnan las
derechas actuales. Menos espontaneidad individual
concurrente y más Estado redistribuidor y ordenador,
preconizan las izquierdas. Hoy.
12. LA CUESTION DEL CENTRO
a) Onfálico es lo relativo al ombligo, imaginario centro
del cuerpo humano.Junto al templo de Apolo, donde emitía
sus oráculos la pitonisa délfica, había un bloque de
mármol, el onfalon, que los griegos consideraban el
centro de la tierra. De ese umbilicalismo mitológico
viene el jerárquico o pretensión de una hegemonía que
exige ser escoltada o circunvalada por adláteres. Esta
mera pretensión de relevancia o centrismo protocolario
tiene muy escasa densidad racional. El genuino poder no
tiende a ser onfálico y cercado, sino adelantado y
altanero.
La voz «centro» viene del griego «kéntron» o punta
fija del compás que traza un círculo. Es un concepto
geométrico: el punto equidistante de todos los extremos.
Se trata de un ente de razón que no se encuentra en la
realidad puesto que la idea de «punto» es una
construcción de Euclides: cualquier punto gráfico, es
decir, existente, se transforma en un círculo a medida
que indefinidamente se amplíe su imagen al microscopio.
Dos características lógicas fundamentales tiene, pues,
el centro; no es algo absoluto, sino relativo, y,
además, es una pura abstracción.
Si se trata de un territorio inmóvil, estar en el centro
depende de los límites del área arbitrariamente
elegida: el centro de Madrid es distinto del centro de la
península Ibérica, y ambos son distintos del centro de
Europa. Y así sucesivamente. Luego estar en el centro no
depende tanto del sujeto cuanto del objeto sobre el que
se sitúa. El centrismo geográfico no es una
independencia, sino una subordinación al entorno.
Si se trata de unos extremos móviles, el centrismo es
una carrera continua, como lo demuestra cualquier
competición deportiva de equipos: el centrista es un
esclavo de los extremos; basta que uno se desplace para
obligar a rectificar la posición. En el espacio físico,
el centrismo dinámico no es un concreto lugar prefijado;
es un movimiento perpetuo y dependiente de factores
ajenos. Permanecer en el centro de dos libres puntos
móviles es casi una maldición diabólica.
El centrismo ideológico es la equidistancia entre dos
tesis, lo que en innumerables casos es imposible. ¿Cuál
sería el punto medio entre el teísmo y el ateísmo o
entre lo finito y lo infinito? Cuando dos nociones se
excluyen mutuamente, no cabe el centrismo. Sólo cuando
entre dos afirmaciones cuantitativas hay numerosos
niveles intermedios se da un centro pensable. Por
ejemplo, «deseo mi habitación a veinte grados»,
«deseo mi habitación a veintiseis»; el centrista
representaría la media aritmética, o sea, veintitrés
grados. Pero si uno de aquellos varía su posición, el
centrista tiene que moverse inmediatamente hacia el frío
o hacia el calor. El centrista no defiende un ideal de
temperatura, está sometido a decisiones de otros. Su
norma es la versatilidad, y la servidumbre respecto de
los categóricos. El centrismo ideológico no es una
afirmación, es una sumisión.
b) Según el idealismo alemán, el pensamiento y la
realidad evolucionan dialécticamente: a una tesis se
contrapone una antítesis, y del enfrentamiento surge una
síntesis. La experiencia demuestra que los hechos no
siempre suceden así, puesto que hay innumerables
progresos, tanto conceptuales como materiales, por simple
adición. En cualquier caso, una síntesis sería una
superación y consiguiente anulación de contradicciones
previas. El centrismo, en cambio, es una equidistancia
entre posiciones, que continúan insuperadas y activas.
La síntesis elimina la contradicción, mientras que el
centrismo se apoya en ella y la necesita para tener
algún sentido. El centrismo no es sintético, ni
siquiera ecléctico, su talante es más bien
dubitativo:su «verdad» oscila según las afirmaciones
de los otros. En las ciencias no hay posiciones de
centro, sólo de constante aproximación a la realidad y
de tendencial extremismo hacia lo absoluto. La razón es
punta de lanza, no tierra de nadie; va en la arriesgada y
tenaz vanguardia, nunca en el medroso y cambiante centro.
c) Tampoco el centrismo es el resultado de la
convergencia de las ideologías políticas sobre la que,
en otros lugares, he insistido. En primer lugar, no se
converge necesariamente hacia el centro: por ejemplo, la
autopista española del Mediterráneo converge con la del
Ebro en un punto marginal y descentradísimo de nuestra
península. Otro ejemplo, la convergencia de los
ejércitos anglosajones con los rusos no se produjo ni en
el centro de Alemania ni en el de Europa al final de la
II gran guerra. Convergencia es tendencia a coincidir en
un punto, pero ese punto no suele ser centro de algo. Las
dos ideologías políticas más significativas de la edad
contemporánea, el liberalismo y el socialismo, no cesan
de converger hacia los derechos fundamentales y la
economía de mercado; pero aún no han coincidido en un
punto ni es probable que lo hagan. Y, sobre todo, tal
punto no es el centro ni de las distancias recorridas, ni
de la teoría económica, ni de nada. Las convergencias
son mensurables, el centrismo es una abstracción.
d) El centrismo no es una afirmación sustantiva, es una
forma de escepticismo. El liberalismo y el socialismo,
por ejemplo, presentan un conjunto de tesis en evolución
e incluso en intercambio; pero, en cada momento,
enarbolan el programa de sus «verdades» políticas. El
centrismo depende siempre de ajenas concepciones del
mundo para adoptar una posición intermedia. Como todo el
arco ideológico se desplazaba hacia la izquierda, el
centrismo de Portela Valladares en la II República fue
más izquierdista que el del Partido Popular en la II
Restauración. Con ciertos sistemas de escrutinio, este
escepticismo basal tiene la ventaja tácita de poder
dirigirse, en cada coyuntura, al supuesto voto
mayoritario y captar no sólo al más o menos adicto,
sino al indefinido, al perplejo y al parcialmente
frustrado de su decisión anterior. Es una
indeterminación que opera como un señuelo electoral,
como un truco para atraer a opiniones dispares,
confundidas por el equívoco de la vaguedad. Es una
estrategia de engaño, hipocresía e irracionalidad.
e) Un postrer reducto argumental del centrista es
prescindir de contenidos y formalizarse, o sea,
comparecer como un modo o estilo, el de la moderación.
He aquí un vocablo con decimonónicas resonancias
estasiológicas en España, pero de significación
indefinida y subordinada. Moderar es templar o mitigar.
Tal acción supone algo previo más o menos radicalizado.
Inmediatamente, la cuestión se desplaza hacia el fondo:
¿qué es lo que se va a moderar? ¿el liberalismo, el
socialismo? Ante tal desafío lógico, el moderado tiene
que definirse con un programa concreto y sustantivo y, en
tal caso, automáticamente se situará a la izquierda
-menos Estado- de otras formaciones próximas, con lo que
el declarado centrismo se volatilizará. La moderación
no es un credo, es un procedimiento que requiere una
materia para funcionar. Hay realismo, idealismo,
nominalismo, ontologismo, ateismo, comunismo moderados;
pero, en sentido estricto, no existe el moderantismo.
Todas las posiciones ante la cosa pública son
susceptibles de moderarse y el verbo en cuestión las
matiza, pero no las expresa. Por ejemplo, Gorbachov fue
un marxista moderado, y Salazar fue un moderado
estatista, pero no por eso cabe considerarlos
correligionarios y situarlos en idéntico centro
político. La mera moderación no es una categoría
taxonómica, es una modalidad semántica, en gran parte
vacía, que exige ser dotada de enjundia para cobrar
rigurosa significación política. El epíteto
«moderado» permanece vagaroso y flotante mientras no se
adhiera a un sustantivo. ¿Cuál es el programa que se
modera? Mientras no se aporte una respuesta se permanece
en el campo de la incertidumbre y del evuntual engaño al
espectador.
Lo mismo sucede si el centrismo se presenta como otro
talante en la línea del anterior, por ejemplo, como
voluntad de llegar a pactos. En una negociación sólo
caben dos tácticas: la primera es disponerse a aceptar
todas las peticiones del interlocutor, lo que no es
propiamente una concertación, sino una entrega. La
segunda es tratar de que el acuerdo final incluya la
mayor parte posible de pretensiones propias. En este
último caso aparece inmediatamente algo sustantivo a lo
que sirve el negociador, un programa o lista de
objetivos. Esos objetivos de política interna ¿implican
más o menos Estado? Tan pronto como este punto esencial
se manifieste, el presunto centrismo se esfuma, y su real
contenido se sitúa a la derecha o a la izquierda de la
otra parte. El deseo de llegar a pactos no es el
monopolio del centrismo, es una tendencia de todo
político e incluso de todo ciudadano. Los derechos
subjetivos suelen tener un origen contractual, y la
economía es sinalagmática. En la convivencia humana, la
persuasión y el consenso son aspiraciones universales y,
por ejemplo, no distinguen necesariamente a socialistas
de liberales.
Ciertos criterios formales -moderación, compromiso,
etc.- suscitan una inicial simpatía y son útiles como
incitaciones emocionales; pero cuando son analizados con
un mínimo de rigor, revelan su oquedad significativa y
su condición de comodines dialéctos.
f) Los griegos acuñaron la idea del «justo medio».
Entre la vanagloria y el autodesprecio, entre la osadía
y la cobardía, entre la anorexia y la gula estaría la
virtud, una especie de punto intermedio entre un exceso y
un defecto. Pero en estos ejemplos, como en todos los
análogos, no hay relativismo alguno, hay condena expresa
de la vanidad, de la pusilanimidad y del suicidio, y hay
afirmación de la prudencia y de la templanza. Además,
esa fórmula tiene el grave inconveniente de que hay
innumerables acciones, como asesinar y odiar, que son
malas en todos sus grados y no permiten legitimar un
supuesto punto intermedio entre odiar poco y odiar mucho,
o matar sólo en un cincuenta por ciento. El justo medio
no es, como el centrismo político, una bisectriz entre
dos concretas opciones igualmente lícitas, sino algo
distinto de dos males por exceso o por defecto. Y, sobre
todo, es un punto fijo, no un móvil que depende de los
extremos; el justo medio es definible de modo permanente.
En la ética clásica no hay escepticismo, sino
afirmación. «Ne quid nimis» es una de esas
afirmaciones, no el imperativo radical de la moralidad
porque, en sentido propio, nunca se es demasiado bueno, y
la virtud está más en el extremo que en el medio.
Tampoco en la justicia hay término medio entre dos
extremos viciosos.
g) La llamada «tercera vía» es una expresión más o
menos propagandística que periódicamente ha sido
lanzada desde ocasionales planteamientos políticos. El
primero11 fue del conservador H. MacMillan con su libro
The middle way (1938). El segundo fue el comunista O. Sik
con su libro Der dritte Weg (1972), luego ampliado12. El
tercero ha sido A. Blair con su programático The third
way (1998). La fórmula está recobrando actualidad
simultánea entre los pragmáticos de la derecha y de la
izquierda. Pero la misma expresión significa algo
distinto en cada uno de los tres ejemplos. El gobernante
británico trataba de incorporar al conservatismo alguna
de las consignas socialistas, que eran las dominantes. El
doctrinario checoeslovaco intentó insertar en el
comunismo un mercado peculiar13. Y el político Blair y
sus portavoces14 pretenden salvar la faz socialista del
laborismo dentro del libre mercado. Tres operaciones muy
diversas con la misma terminología. La tercera vía que
patrocinan ciertos socialistas finiseculares tiene ya
más de medio siglo de ineficaz ambigüedad; ni es nueva,
ni es única, ni ha funcionado. Si ahora encubre la
simple adopción del mercado, la fórmula sería el
maquillaje verbal de una plena retractación sustantiva.
De momento, un trío de terceras vías; pero son
potencialmente innumerables y de plural contenido; es un
término maleable y sin rigor. La metáfora espacial de
la tercera vía confirma la relatividad y la constitutiva
equivocidad de los supuestos centrismos.
h) En suma, la relatividad del centro político es una de
las más inestables porque ante la cosa pública los
extremos son extraordinariamente mudables. Los supuestos
centrismos han asumido esquemas del más variado
contenido. ¿Qué parecido existe entre los programas de
los diversos «centros» de la II República española y
los sucesivos de la II Restauración?Todos son diferentes
porque el centro no es una doctrina, sino un coyuntural
derivado de otras. Aunque parezca paradójico, el centro
político entre los dos extremos en presencia electoral
española estaría hoy en algún lugar del supuestamente
«pinzado» socialismo. Cuando se compara el centro con
uno de los extremos, ese centro se convierte en el otro
extremo.
Hay teóricos de distintas ideologías políticas, como
el anarquismo o el comunismo; pero nadie ha definido una
presunta ideología centrista, ni una filosofía, ni una
economía, ni una sociología, ni una moral centristas.
No puede tener un contenido propio lo que es una
dependencia de posiciones exteriores, resultante
ocasional y momentánea de ajenas definiciones
doctrinales. De Bonald acuñó (1-XII-1810) un despectivo
vocablo para el difuso centrista: «mitoyen». En
política, la geométrica abstracción del centro ni
siquiera es oportunismo, es indeterminación.
Eventualmente aparecen posturas políticas que, siendo
liberales o socialistas, se autodeterminan centristas. Es
la traducción semántica de un complejo de inferioridad
o de un ardid para captar votos incautos o indefinidos. Y
hay programas que se adornan con estilos simpáticos. Tal
expediente aporta muy poco a la teoría.
El genuino centrismo político sería el carente de
posiciones propias, presto a adoptar las electoralmente
más rentables en una coyuntura dada. Tal vacuidad
programática no permitiría conceptuarlo por equívoco,
ambiguo y versátil, cuando no falaz; su rango ético es
ínfimo. La huída hacia el móvil centro es siempre
inauténtica.
13. CONCLUSION
Las nociones de izquierda y derecha son relativas y,
aplicadas a la política, sus contenidos han cambiado,
incluso polarmente. Los centrismos son aún más
inciertos y movedizos. Los tres sólo pueden ser
caracterizados en un tiempo y un espacio.
A las actuales corrientes políticas, sean cuales fueren
sus nombres oficiales, sus pseudónimos, o sus
denominaciones subliminales, se las sitúa en la abscisa
sustantiva averiguando si propugnan más o menos Estado
que sus rivales en la lucha por orientar o conquistar el
poder. La que aspire a «menos» (privatizaciones y
desregulaciones) se localiza a la derecha de las otras.
Esa es la clave del acertijo que hoy se enmascara bajo
las retóricas publicitarias.
Lo demás resulta políticamente secundario, y de ahí la
general anemia intelectual y ética de la clase
gobernante.
Gonzalo Fernández de la Mora
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