El Estado servil
Vivimos
un tiempo de profundas mutaciones económicas,
religiosas, científicas y, sobre todo, políticas, que
son las que determinan los cambios históricos, y no una
mera sucesión de las modas o de las opiniones
dominantes, al estilo de la «revolution introuvable» de
1968. Nuestra manera de pensar y el repertorio de
nuestras ideas, aquello que constituye nuestro mundo, no
alimentan ya en nuestro ánimo otra cosa que inquietud y
desasosiego, pues no acertamos a distinguir si ha
cambiado el mundo o hemos sido nosotros quienes
abandonamos, en fecha todavía incierta, el cascarón
espiritual de la época que termina.
Hasta el momento hemos venido echando mano, casi como un
solo hombre y con raras excepciones, de las ideas y
conceptos políticos del siglo XIX, siglo
extraordinariamente creador aunque se suela insistir en
lo contrario. Instalados cómodamente en sus
presupuestos, se ha forzado finalmente la naturaleza de
las cosas, violentándose la percepción de la realidad.
Hemos hecho del siglo XX, como decía P. Drieu de la
Rochelle, el tiempo de los métodos, honrando, por
cierto, al espíritu de la técnica y la tecnología.
Las elites del poder político -partidos, sindicatos- y
el espiritual -intelectuales-, superadas por los
acontecimientos, apenas si logran mantener un ápice del
prestigio de otrora. Se proclaman, todavía con unción
casi religiosa, las retumbantes ideologías del pasado,
agotadas ya. Mas el tiempo no tropieza, sino que nos
arrastra en esta feria de restos. Entre tanto, buena
parte de nuestros coetáneos sigue jugando a la vieja
política de las izquierdas y de las derechas, incluso en
la versión centrada o centradista de la no política y
de la no discrepancia, del status quo, del
conservadurismo. En estas querellas de sedicentes
izquierdistas contra vergonzantes derechistas, en las que
muy pocos quieren privarse de intervenir, los
intelectuales, hasta fechas recientes, tuvieron siempre
el buen gusto o la hipocresía de evitar el escarnio de
las doctrinas nacidas con la época contemporánea,
liberalismo y socialismo.
Las naciones, con la sorprendente excepción de Europa,
donde ya no sopla el espíritu de lo político sino el de
la burocracia (forma ecclesiae) y la estatolatría
(fides), reclaman hoy un lugar ante la Historia, juez de
los siglos (cliopolítica), y en el suelo (geopolítica).
Lo político, que es la piel de la economía, del arte,
etcétera, se presenta hoy con tanta radicalidad como en
las épocas aurorales, aunque de momento no tenga su
Maquiavelo. ¿O tal vez sí?
Por motivos de diversa índole, no todos justificables,
pues cabía esperar una perspicacia mayor en ciertos
espíritus, la centuria que termina lo hace según los
esquemas de la vieja política. A principios del siglo,
el escritor inglés de origen francés Hilaire Belloc
denunció sin rodeos, en su libro The Servil State
(1912), la concurrencia de lo que entonces denominó
tercera vía «third course» o Estado servil; es decir,
una convergencia, según sus propias palabras, entre el
sistema capitalista y el socialismo.
Belloc entendía por tercera vía el régimen social en
que la mayoría se halla constreñida por la legislación
positiva a trabajar en beneficio de ciertas castas. Por
fortuna, todavía no se ha realizado esta versión
extremista del derecho al trabajo, noción que, por
cierto, presupone una interpretación subjetivista y
polémica del derecho (concreto u objetivo) a trabajar,
propio de la tradición de la política liberal. La
legislación servil ha ido haciendo camino, como prueban
los modernos ordenamientos fiscales -confiscatorios e
inquisitoriales-, la regulación del contrato de trabajo,
la legalización de la colusión sindical, etcétera.
Escribía Belloc:«Así dice el legislador: se puede
cortar rosas; pero en cuanto sepa que alguien se ha
lastimado alguna vez con las espinas, lo haré poner
preso, a no ser que las corte con tijeras de 122
milímetros de largo por lo menos; y nombraré mil
inspectores para que recorran el país observando si se
cumple con la ley. Mi cuñado estará al frente de la
repartición con dos mil libras de sueldo al año».
Con la perspectiva de un católico vagamente
tradicionalista y crítico del «système industriel»,
el escritor denunció la socialización o
colectivización del capitalismo, hasta el punto de
advertir que si las cosas no tomaban otro giro,
finalmente, nadie querría ni podría ser ya propietario,
pues se habrían perdido las condiciones morales que
hacen posible el derecho de propiedad. En realidad,
Belloc intuyó la enorme influencia que el trabajador
tendría en la política contemporánea. Rechazó la idea
de la democracia social, «mot de guerre» de los
revolucionarios franceses de 1848 y fin de la política,
como sugería hace unos años Jacques Donzelot
(L'invention du social. Essai sur le déclin des passions
politiques, 1994). De todo esto, sin embargo, ya tuvo
clara conciencia Lorenz von Stein al anunciar, en el
siglo pasado, el ocaso de las revoluciones políticas y
el advenimiento de la época de las revoluciones
sociales.
La democracia social, hoy recogida en las Constituciones
de las naciones, constituye una idea profundamente
revolucionaria, casi al ciento por ciento contraria a la
plétora de las libertades formales, lo que Bertrand de
Jouvenel llamó el «sistema de la libertad». En rigor,
la democracia social, que presupone la transformación de
la democracia como forma de gobierno en una forma de vida
colectiva (democracia moral), configuróse desde sus
orígenes, en el tercer cuarto del siglo XIX, como el
instrumento emancipador del trabajador, que devendría el
sujeto de todos sus derechos. La democracia social o de
trabajadores, realización del reino de las libertades
materiales o derechos sociales, profetizó la elevación
del ciudadano a la condición de trabajador. Así las
cosas, cobran pleno sentido las páginas que Ernst
Jünger dedicó al asunto, sobre todo en El Trabajador
(1932). Pocos como él han visto gravitar la política
del siglo XX alrededor de esta figura.
Llevada a sus últimas consecuencias, la idea pura de la
democracia social constituiría una de las formas más
extremas del Estado total. Dada la obsesión
cientificista y técnica por el trabajo -de raíz
protestante, como el estatismo-, entendida la condición
del trabajador como un plus superpuesto a la ciudadanía,
el Estado social rompe los muros que en una comunidad
sana delimitan lo público y lo privado. En primer lugar,
la ideología del trabajo anuló la distinción entre la
actividad intelectual y la física. Para entonces los
ministros de Dios de muchas confesiones protestantes ya
se habían convertido en funcionarios públicos. Mas ha
sido en las últimas décadas cuando se ha rebasado una
de las postreras barreras contra la injerencia estatista,
la de los muros de los hogares domésticos. Allá dentro,
en la casa, residencia física de libertades de primera
magnitud, en donde se benefician de la opacidad de lo
privado, se ha introducido la ideología emancipadora de
los ciudadanos que se dedican a sus asuntos personales
(mujeres, niños, jóvenes, viejos), al margen del
tráfago de lo público, esfera en la que, además de
predominar actualmente la estupidez, rigen las pautas del
terror blanco o censura intelectual. Estos ataques a lo
privado y, tal vez, a los últimos ciudadanos libres,
aunque presenten la forma ad hoc de las ideologías de
moda (feminismo, etcétera), forman parte del espíritu
estatista, obsesionado con programas totalitarios como la
denominada por todos, sin escándalo aparente,
transparencia fiscal. Dicha transparencia, contrapuesta a
la opacidad consustancial de lo privado, hace pensar
nuevamente, frisando el siglo XXI, en la condición
servil.
Las ideas políticas no admiten mezcla, sólo corrupción
y abandono; por eso decía Ernst Forsthoff que las ideas
del Estado social y del Estado de derecho (en el sentido
de las libertades formales del liberalismo) resultan, en
último análisis, inmiscibles. No puede haber un
compromiso de las ideas, pues estas no admiten el más y
el menos. En esto consiste, probablemente, la diferencia
entre el verdadero compromiso político, que se predica
siempre de hombres libres, y el consensualismo, error
impolítico, propio de los intelectuales, que consiste en
imaginar la pacífica convivencia de ideas contrapuestas.
Quienes no distinguen, por ignorancia o, lo que es peor,
por pusilanimidad, la diferencia entre compromiso y
consenso, tal vez no hayan percibido, al contrario que
Belloc y otros escritores posteriores, críticos en su
momento del New Deal, de John K. Galbraith o de los
keynesianos, la forma propagandística de la condición
esclava moderna, la tercera vía o el consenso entre la
idea capitalista y socialista, visto todo desde la
perspectiva de la estrella Sirio.
Contra esta y otras amenazas para las libertades, vuelve
a tener sentido, más que nunca, como ultima ratio de la
inteligencia política, la vieja distinción española
entre serviles y liberales.
Jerónimo Molina
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