El Estado servil nº 96

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El Estado servil nº 96

Por J. Molina

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El Estado servil

Vivimos un tiempo de profundas mutaciones económicas, religiosas, científicas y, sobre todo, políticas, que son las que determinan los cambios históricos, y no una mera sucesión de las modas o de las opiniones dominantes, al estilo de la «revolution introuvable» de 1968. Nuestra manera de pensar y el repertorio de nuestras ideas, aquello que constituye nuestro mundo, no alimentan ya en nuestro ánimo otra cosa que inquietud y desasosiego, pues no acertamos a distinguir si ha cambiado el mundo o hemos sido nosotros quienes abandonamos, en fecha todavía incierta, el cascarón espiritual de la época que termina.

Hasta el momento hemos venido echando mano, casi como un solo hombre y con raras excepciones, de las ideas y conceptos políticos del siglo XIX, siglo extraordinariamente creador aunque se suela insistir en lo contrario. Instalados cómodamente en sus presupuestos, se ha forzado finalmente la naturaleza de las cosas, violentándose la percepción de la realidad. Hemos hecho del siglo XX, como decía P. Drieu de la Rochelle, el tiempo de los métodos, honrando, por cierto, al espíritu de la técnica y la tecnología.

Las elites del poder político -partidos, sindicatos- y el espiritual -intelectuales-, superadas por los acontecimientos, apenas si logran mantener un ápice del prestigio de otrora. Se proclaman, todavía con unción casi religiosa, las retumbantes ideologías del pasado, agotadas ya. Mas el tiempo no tropieza, sino que nos arrastra en esta feria de restos. Entre tanto, buena parte de nuestros coetáneos sigue jugando a la vieja política de las izquierdas y de las derechas, incluso en la versión centrada o centradista de la no política y de la no discrepancia, del status quo, del conservadurismo. En estas querellas de sedicentes izquierdistas contra vergonzantes derechistas, en las que muy pocos quieren privarse de intervenir, los intelectuales, hasta fechas recientes, tuvieron siempre el buen gusto o la hipocresía de evitar el escarnio de las doctrinas nacidas con la época contemporánea, liberalismo y socialismo.

Las naciones, con la sorprendente excepción de Europa, donde ya no sopla el espíritu de lo político sino el de la burocracia (forma ecclesiae) y la estatolatría (fides), reclaman hoy un lugar ante la Historia, juez de los siglos (cliopolítica), y en el suelo (geopolítica). Lo político, que es la piel de la economía, del arte, etcétera, se presenta hoy con tanta radicalidad como en las épocas aurorales, aunque de momento no tenga su Maquiavelo. ¿O tal vez sí?

Por motivos de diversa índole, no todos justificables, pues cabía esperar una perspicacia mayor en ciertos espíritus, la centuria que termina lo hace según los esquemas de la vieja política. A principios del siglo, el escritor inglés de origen francés Hilaire Belloc denunció sin rodeos, en su libro The Servil State (1912), la concurrencia de lo que entonces denominó tercera vía «third course» o Estado servil; es decir, una convergencia, según sus propias palabras, entre el sistema capitalista y el socialismo.

Belloc entendía por tercera vía el régimen social en que la mayoría se halla constreñida por la legislación positiva a trabajar en beneficio de ciertas castas. Por fortuna, todavía no se ha realizado esta versión extremista del derecho al trabajo, noción que, por cierto, presupone una interpretación subjetivista y polémica del derecho (concreto u objetivo) a trabajar, propio de la tradición de la política liberal. La legislación servil ha ido haciendo camino, como prueban los modernos ordenamientos fiscales -confiscatorios e inquisitoriales-, la regulación del contrato de trabajo, la legalización de la colusión sindical, etcétera. Escribía Belloc:«Así dice el legislador: se puede cortar rosas; pero en cuanto sepa que alguien se ha lastimado alguna vez con las espinas, lo haré poner preso, a no ser que las corte con tijeras de 122 milímetros de largo por lo menos; y nombraré mil inspectores para que recorran el país observando si se cumple con la ley. Mi cuñado estará al frente de la repartición con dos mil libras de sueldo al año».

Con la perspectiva de un católico vagamente tradicionalista y crítico del «système industriel», el escritor denunció la socialización o colectivización del capitalismo, hasta el punto de advertir que si las cosas no tomaban otro giro, finalmente, nadie querría ni podría ser ya propietario, pues se habrían perdido las condiciones morales que hacen posible el derecho de propiedad. En realidad, Belloc intuyó la enorme influencia que el trabajador tendría en la política contemporánea. Rechazó la idea de la democracia social, «mot de guerre» de los revolucionarios franceses de 1848 y fin de la política, como sugería hace unos años Jacques Donzelot (L'invention du social. Essai sur le déclin des passions politiques, 1994). De todo esto, sin embargo, ya tuvo clara conciencia Lorenz von Stein al anunciar, en el siglo pasado, el ocaso de las revoluciones políticas y el advenimiento de la época de las revoluciones sociales.

La democracia social, hoy recogida en las Constituciones de las naciones, constituye una idea profundamente revolucionaria, casi al ciento por ciento contraria a la plétora de las libertades formales, lo que Bertrand de Jouvenel llamó el «sistema de la libertad». En rigor, la democracia social, que presupone la transformación de la democracia como forma de gobierno en una forma de vida colectiva (democracia moral), configuróse desde sus orígenes, en el tercer cuarto del siglo XIX, como el instrumento emancipador del trabajador, que devendría el sujeto de todos sus derechos. La democracia social o de trabajadores, realización del reino de las libertades materiales o derechos sociales, profetizó la elevación del ciudadano a la condición de trabajador. Así las cosas, cobran pleno sentido las páginas que Ernst Jünger dedicó al asunto, sobre todo en El Trabajador (1932). Pocos como él han visto gravitar la política del siglo XX alrededor de esta figura.

Llevada a sus últimas consecuencias, la idea pura de la democracia social constituiría una de las formas más extremas del Estado total. Dada la obsesión cientificista y técnica por el trabajo -de raíz protestante, como el estatismo-, entendida la condición del trabajador como un plus superpuesto a la ciudadanía, el Estado social rompe los muros que en una comunidad sana delimitan lo público y lo privado. En primer lugar, la ideología del trabajo anuló la distinción entre la actividad intelectual y la física. Para entonces los ministros de Dios de muchas confesiones protestantes ya se habían convertido en funcionarios públicos. Mas ha sido en las últimas décadas cuando se ha rebasado una de las postreras barreras contra la injerencia estatista, la de los muros de los hogares domésticos. Allá dentro, en la casa, residencia física de libertades de primera magnitud, en donde se benefician de la opacidad de lo privado, se ha introducido la ideología emancipadora de los ciudadanos que se dedican a sus asuntos personales (mujeres, niños, jóvenes, viejos), al margen del tráfago de lo público, esfera en la que, además de predominar actualmente la estupidez, rigen las pautas del terror blanco o censura intelectual. Estos ataques a lo privado y, tal vez, a los últimos ciudadanos libres, aunque presenten la forma ad hoc de las ideologías de moda (feminismo, etcétera), forman parte del espíritu estatista, obsesionado con programas totalitarios como la denominada por todos, sin escándalo aparente, transparencia fiscal. Dicha transparencia, contrapuesta a la opacidad consustancial de lo privado, hace pensar nuevamente, frisando el siglo XXI, en la condición servil.

Las ideas políticas no admiten mezcla, sólo corrupción y abandono; por eso decía Ernst Forsthoff que las ideas del Estado social y del Estado de derecho (en el sentido de las libertades formales del liberalismo) resultan, en último análisis, inmiscibles. No puede haber un compromiso de las ideas, pues estas no admiten el más y el menos. En esto consiste, probablemente, la diferencia entre el verdadero compromiso político, que se predica siempre de hombres libres, y el consensualismo, error impolítico, propio de los intelectuales, que consiste en imaginar la pacífica convivencia de ideas contrapuestas.

Quienes no distinguen, por ignorancia o, lo que es peor, por pusilanimidad, la diferencia entre compromiso y consenso, tal vez no hayan percibido, al contrario que Belloc y otros escritores posteriores, críticos en su momento del New Deal, de John K. Galbraith o de los keynesianos, la forma propagandística de la condición esclava moderna, la tercera vía o el consenso entre la idea capitalista y socialista, visto todo desde la perspectiva de la estrella Sirio.

Contra esta y otras amenazas para las libertades, vuelve a tener sentido, más que nunca, como ultima ratio de la inteligencia política, la vieja distinción española entre serviles y liberales.



Jerónimo Molina



 

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