La unidad amenazada nº 96

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La unidad amenazada nº 96

Por I. San Miguel

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La unidad amenazada

Algún analista ha sugerido recientemente que el proceso de desintegración que sufre España tiene su causa más probable en la falta de un estimulante proyecto nacional. Ocurriría que, como no sólo de pan vive el hombre (por lo menos, los hombres de cierta calidad), se buscaría la alternativa a este inexistente proyecto común en el desarrollo de empresas nacionalistas de carácter local, que siempre habían estado latentes, pero que ahora surgirían al no quedar articuladas en un ideal superior.

Sin duda, la edificación de una nación tiene que concitar energías, entusiasmos e idealismo. Aunque se trate de una nación modesta en realizaciones económicas, culturales y en su acervo histórico. Es lo que ocurre con ciertos nacionalismos que, por muy estrechos que nos resulten, no dejan de provocar entusiasmo en sus adeptos.

Y está resultando más evidente cada día por parte de la nación española, es decir, desde el proyecto común que cristalizó hace ya muchos siglos, que no se fomentan entusiasmos, ilusiones, ni nada que resulte vigorizador del concepto de España. Todo, a nivel nacional, se desarrolla en la penumbra de lo discreto, modesto, elusivo y, en consecuencia, laxo. Pequeña satisfacción por haber conseguido cumplir las instrucciones económicas de Bruselas; pequeña satisfacción por algún resultado futbolístico. Todo, en ese nivel.

Con ese espíritu no se pueden superar los pequeños nacionalismos que amenazan con fragmentar España. Y no se diga que hay que pensar en la construcción europea y no en términos nacionales. Todos los nacionalistas periféricos se proclaman europeos y, aún más, europeístas. Para ellos no existe incompatibilidad alguna entre ser nacionalistas y europeos. Confían plenamente en conservar su identidad una vez integrados en Europa. Es la identidad nacional española la que, a través de sus representantes cualificados, se muestra medrosa, renuente a cualquier afirmación de su ser. El resultado es que, podo a poco, fatalmente, se va espesando en la sociedad española una atmósfera de liquidación.

¿Significa esto que España, como nación, carece, hoy en día, del hontanar de estímulos que le pueden dar cohesión y permanencia? En modo alguno. Hoy, como ayer, para aunar voluntades, el peso y la reflexión de la Historia es factor tanto o más poderoso que la fijación de metas para el futuro. Y la Historia permanece para siempre a nuestra disposición. Pero justo aquí aparece el punto débil.

Después de la muerte de Franco, no sólo se ha querido enfilar un rumbo nuevo, sino borrar el próximo pasado. Y ese ha sido el tremendo error que nos ha llevado a la situación actual. Si los responsables de la «transición» hubiesen poseído algo de la visión prospectiva de los auténticos estadistas, habrían podido prever las consecuencias que ahora padecemos. Al recibir en herencia una nación unida, debieran haber comprendido que ésta era una condición envidiable que era necesario conservar, y que tal cosa no se cumplía abominando del pasado y lanzándose a la aventura autonomista.

Se cedió a la tentación de trastrocarlo todo. Tanto la izquierda como la derecha, por convicción o como oportunista coartada, han considerado obligado hacer profesión de fe democrática con continuidad, pertinacia y por encima de toda otra consideración, huyendo despavoridos de cuanto pudiese recordar, siquiera levemente, al régimen anterior. En este ambiente resulta difícil la admisión de algo que se presenta como de sentido común a cualquira que piense un poco en ello: que no todo lo que hizo aquel régimen tuvo que ser necesariamente malo; que los valores defendidos no tenían por qué ser necesarimente perversos; que, pensando en demócrata, lo único que habría que objetarle era la forma de defender unos valores que, en sí mismos, eran buenos. Sin embargo, esto que parece de sentido común, tiene muy poco predicamento. ¡Si por lo menos hubiese llegado a la conclusión a que llega John J. Reilly en su artículo sobre The last crusade, de Warren H. Carrol, obra que versa sobre la Guerra Civil española! Termina su trabajo con la siguiente frase:«Regarding the Spanish catastrophe of 1936 to 1939, however, all you can say is that the less bad side won». (Respecto de la catástrofe española de 1936 a 1939, no obstante, todo lo que podemos decir es que venció el lado menos malo). Para suscribir esta frase tan poco positiva, no es preciso simpatizar con Franco; más bien, al contrario. Sin embargo, la derecha política española de hoy, ni siquiera está dispuesta a adelantar y defender esta idea tan lejana de partidismo alguno. Cuando, a la vista de los horrores que se van descubriendo sobre los regímenes marxístas, y puesto que un régimen similar se hubiera, previsiblemente, establecido en España de haber ganado la guerra los republicanos, resulta obligado y justo llegar a esta conclusión como mínimo. Admitirla y expresarla sin reservas facilitaría la asimilación del pasado y la disolución de complejos.

Pero como esto es algo que ni se ha querido ni se quiere aceptar de forma expresa, todo se vuelve crítica radical y negativa del próximo pasado. Una secuela absurda y lamentable es que se desprecien aquellas glorias patrias a las que tanta devoción se profesaba entonces. Puesto que el régimen de Franco se refería frecuentemente a los brillantes hechos del pasado, y de ellos deseaba sacar su sustancia, se ha creído que era obligado hacer lo contrario. Se descuidan vergonzosamente en la enseñanza los estudios de la Historia de España, y hasta se permite que en diversas autonomías se enseñen historias amañadas, según los deseos de nacionalistas que miran a España como su adversaria.

Hechos tales como la Reconquista, el descubrimiento, conquista, colonización y cristianización de América, Lepanto, etc., así como el corolario de todos aquellos, es decir, la defensa y expansión extraordinarias del catolicismo, no son ya objetos de recuerdo y realce por parte de los medios de comunicación y por la clase política, preocupada obsesivamente esta última por actos de afirmación de signo diverso, cuando no contrario.

Pero ocurre que son precisamente estos acontecimientos los que po-drían pesar en el ánimo de los españoles, confiriéndoles seguridad en sí mismos, en su destino, en su papel en el concierto de las naciones, sentido de la dignidad nacional, ilusión por un proyecto común. Lo que hace falta es precisamente lo que resulta desdeñado por no ser compatible con la moda desinformativa impuesta al país desde diversos centros de poder. Es sustituído con referencias a la Constitución y los Estatutos que entusiasman bien poco, y por la idea europea, que, tal como se presenta, tampoco ilusiona porque se le contempla como una absorción de España por parte de Europa.

La conclusión es que vivimos una situación alienada, bajo la predominante presión de tópicos antiespañoles, creada por hacedores de opinión de un «progresismo» sectario que controlan los medios de comunicación. Así se fomenta el embarazo ante la propia Historia, se disuelve el entusiasmo por un proyecto común, y en consecuencia, se estimulan los nacionalismos desintegradores.

En estas circunstancias, resulta incoherente, por no calificar de cínico, que algunos hombres públicos, tras haber cooperado por acción u omisión a imponer las condiciones para su extensión y robustecimiento, se quejen de la pujanza de estos nacionalismos.



Ignacio San Miguel



 

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