LIBROS: Felipe
II, la ciencia y la técnica
Martínez
RuÍz, Enrique et. al.: Felipe II, la ciencia y la
técnica, ed. Actas, Madrid 1999, 446 págs.
Organizado por Fundesco, se celebró en septiembre de
1998 un congreso sobre la ciencia y la técnica durante
el reinado de Felipe II. Este volumen recoge el texto de
las 21 comunicaciones presentadas. El conjunto de tan
valiosa serie de monografías constituye una aportación
fundamental para rebatir una de las consignas de la cada
vez más insostenible leyenda negra antifilipina.
Todavía en el año del centenario, un académico y
catedrático publicaba en un diario madrileño un
artículo que recogia los tópicos denigratorios sobre el
desarrollo cultural durante el gran reinado. Este volumen
es una rotunda afirmación del esplendor, no ya de la
literatura, las humanidades y las artes de aquel siglo de
oro, sino de los saberes científicos y técnicos.
El monarca cedió al monasterio de El Escorial la
impresionante biblioteca regia con centenares de
manuscritos y numerosas obras de astronomía,
matemáticas y medicina, y efectuó importantes
aportaciones a las Universidades de Salamanca,
Valladolid, Coimbra y Douai, además de auspiciar la
famosa Biblia Políglota Regia, también llamada Filipina
que, dirigida por Arias Montano, superó a la de Cisneros
y marcó un hito de la filología.
Felipe II fundó la Academia de Matemática en 1583 y
para ella adquirió un edificio a la vera del Palacio
real; fue la primera de Europa. En 1552 había creado la
cátedra de Cosmografía en la sevillana Casa de
Contratación donde se explicaba el famoso libro de Pedro
de Medina, leído en toda el continente. En 1562 se creó
en Salamanca la cátedra de Matemáticas encomendada al
eminente A. García de Céspedes.
Entre 1550 y 1557, Francisco Fernández realizó una
expedición científica en el reino de Nueva Granada
donde recogió y clasificó más de tres mil plantas, un
hito en la botánica europea. El rey era muy aficionado
al tema (creó los jardines botánicos de Valencia,
Valsaín y Aranjuez) y obsequió al célebre naturalista
J.H. Pomar un códice con dibujos de doscientas especies
vegetales.
El astrónomo Diego de Zúñiga fue uno de los primeros
que en Europa aceptó que la Tierra no era el centro del
Universo; y el catedrático de matemáticas de Salamanca,
Jerónimo Muñoz fue el único capaz de situar con
exactitud la posición de la supernova en 1572. J. Huarte
de San Juan fundó la psicología empírica.
Felipe II reorganizó el Protomedicato, clave de la
racionalización de los estudios de patología y del
ejercicio de la medicina y la farmacia. En El Escorial
montó la botica más importante de sus dominios, y los
laboratorios de destilación más avanzados en donde
llegaron a funcionar quinientos alambiques y de cuya
experiencia surgió el Arte destilatoria (1598) de Diego
de Santiago.
El monarca ordenó la elaboración de las Relaciones
topográficas de España y de las Relaciones de Indias
que contienen informaciones antropológicas, biológicas
y geográficas capitales. Alguna ya editada, ha abierto
nuevos horizontes a la sociología histórica. También
dispuso la restructuración del correo, encomendado a
Juan de Tassis quien, en 1580, instituyó las estafetas y
un sistema de comunicaciones con las Indias y los reinos
de Nápoles, Países Bajos, etc., el más eficaz de la
época.
La ingeniería se desarrolló en obras monumentales como
la de El Escorial, en ingenios mecánicos como el
artificio de Juanelo Turriano, y la presa de Tibi en
Alicante, la más alta de Europa con treinta metros de
elevación. Además del canal de Tauste y la dársena de
Málaga, entre otras realizaciones hidráulicas. También
alcanzó alto nivel la construcción naval con galeones
de más de quinientas toneladas.
La Escuela de Salamanca realizó aportaciones capitales a
la Economía con la teoría cuantitativa del nivel de
precios, gracias a los trabajos de M. de Azpilcueta, L.
de Molina y otros. Por entonces, D. de Soto se anticipaba
a Galileo en la descripción de la caída de los graves.
Aquí sólo cabe enunciar los temas que desarrollan los
autores, entre los que es preciso destacar a J.L. López
Piñeiro, P. Schwartz, D. Goodman, M.E. Piñeiro, V.
Navarro, I.G. Tascon, J. Ascandoni, A. Alvar, J. Pardo, o
J. Puerto.
Como escribe Vicente L. Salabert: «hay que desterrar
todo tipo de tópicos sobre el atraso científico
español, que tanto ha pesado en la historiografia» (p.
244). Los trabajos recogidos en este excelente volumen
así lo acreditan e imposibilitarán que, salvo por los
ignorantes, se reitere la falsedad del supuesto páramo
científico filipino.
J.L. Núñez
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