¿Latinoamérica
o Hispanoamérica?
A diferencia de la independencia de Brasil, la de los
territorios de lengua española se logró a base de
largas y sangrientas luchas, algunas de las cuales
llegaron hasta nuestros días, como la fronteriza entre
Perú y Ecuador, a la que puso fin el Tratado de
Brasilia, de 26 de octubre de 1998, recientemente firmado
en el Palacio de Itamaraty, con la asistencia de los
Reyes de España como testigos privilegiados. O el
litigio entre Argentina y Chile sobre los Campos de
Hielo, que se zanjó mediante un Acuerdo de 16 de
diciembre de 1998.
«Tras la guerra, la independencia; y tras la
independencia, la unión y la libertad». Así lo había
prometido Bolívar. Después de sus victorias militares,
se dispuso a sentar las bases de la futura constitución
de las nuevas repúblicas, pero no fue más allá de la
Gran Colombia que, por otra parte, habría de dinamitar
su compañero el caudillo republicano José Antonio
Páez.
Era evidente que, roto el vínculo unificador que
representaba la Corona española, el entendimiento entre
pueblos y, sobre todo, entre los dirigentes, no se
alcanzaría nunca. Y no sería por falta de proyectos,
orales y escritos: el mismo Bolívar había publicado el
«Manifiesto de Cartagena» en 1812, la «Carta de
Jamaica» en 1815 -difusa como todas las suyas, según Pi
y Margall-; en 1919 pronuncia el Discurso de Angostura, y
otro en 1825 ante el Congreso constituyente de Bolivia.
En todos insiste en la necesidad de alcanzar la unidad,
«una sola nación sujeta al mismo soberano y a las
mismas leyes». Pero en el Congreso Anfictiónico de
Panamá en 1826 -«mermada asamblea, malograda,
escuálida»- Bolívar no compareció.
Sus entusiasmos iniciales, sus reiteradas promesas de
independencia, unidad y libertad, no pudieron hacerse
realidad. Antes al contrario, las divisiones y
disensiones brotaban por doquier: luchas internas,
fronterizas, personales entre dirigentes, etc. llevaron a
Bolívar a un sentimiento de derrota que le consumía.
«La América entera es un cuadro espantoso de desorden
sanguinario
Nuestra Colombia marcha dando caídas y
saltos, todo el país está en guerra civil
En
Bolivia, en cinco días ha habido tres presidentes y han
matado a dos
», se lamentaba en 1829. Y más tarde:
«la América es ingobernable para nosotros
el que
sirve una revolución ara en el mar
nunca he visto
con buenos ojos las insurrecciones, y últimamente he
deplorado hasta la que hemos hecho contra los
españoles». Decepcionado, desilusionado, se retiró en
1830 a Santa Marta, en donde, hospedado en la Quinta de
San Pedro Alejandrino, propiedad del español Joaquín de
Mier, fallecía de tuberculosis pulmonar el 17 de
diciembre de dicho año, a los cuarenta y siete de edad,
rodeado de los pocos amigos que le habían acompañado.
La unidad sería ya irrecuperable, según habían
previsto Humboldt y San Martín, para quienes el único
vínculo integrador de aquellas tierras y aquellos
pueblos era el elemento hispano, del que ahora renegaban.
«Los españoles europeos, nuestros natos e implacables
enemigos
los destructores españoles
las
barbaridades que cometieron los españoles
,
madrastra España
», eran frases que acostumbraban
a em-plear los insurgentes republicanos, los rebeldes
españoles de ultramar, no los indios.
Ni la amenaza procedente del Norte fue suficiente para
promover la unidad de las jóvenes repúblicas. En 1821
se formuló la doctrina del «destino manifiesto» que se
remató en 1822 con el mensaje de Monroe al Congreso:
«América para los americanos». Y a partir de entonces,
la marcha hacia el Sur, hacia el Pacífico, a base de
tratados, ocupaciones y astucias:Texas, Arizona, Nuevo
México, Colorado, Nevada, California y Utah, son
incorporados a la Unión. La raza anglosajona amenaza a
la raza latina, según denuncia el colombiano José
María Torres Caicedo en su poema «Las dos Américas».
Y los años siguientes demostraron hasta la saciedad
cómo la política exterior y la diplomacia
norteamericanas seguirían en esa dirección.
Francia, que se consideraba defensora de la latinidad, no
podía permanecer indiferente ante esta invasión. Y como
España no estaba en condiciones de asumir la defensa de
lo hispano, y menos de lo latino, el economista francés
Michel Chevalier, que había viajado por el Nuevo Mundo,
y a la sazón era consejero y ministro de finanzas de
Luis Napoleón, ideó y perfiló el concepto de Europa
Latina para oponer al de América Sajona.
Planteado como un conflicto étnico, era necesario
trasladarlo a América para construir la defensa a fin de
evitar que los dominadores anglosajones del Norte
traspasen la línea del Río Grande o Bravo. Y se
aprovechó esta ocasión para el envío de tropas a
México, con cuya ocupación se preparaba el desembarco
para restaurar una monarquía latina. La frustrada
operación, que se saldó con el fusilamiento del
emperador Maximiliano, en 1867, tras un efímero imperio
de tres años, obligó a la retirada de Francia, en un
final previsto por Prim, comunicado en carta a Napoleón
III, así como por Castelar.
Y en 1856 aparece el nuevo concepto de la América
Latina, Latinoamérica, con objetivos
político-culturales, en textos del citado Torres Caicedo
y del chileno Francisco Bilbao, que escribían desde
París. Y aunque estos términos empiezan siendo
utilizados como equivalentes o sinónimos de los entonces
vigentes América Hispana o Hispanoamérica, lo cierto es
que estos últimos dejan de emplearse poco a poco, a
impulsos de un movimiento indigenista de raíz
antiespañola, encabezado por Vasconcelos, quien lo
abandona para confesar, poco antes de morir, que «parias
del alma nos quedamos al renegar de lo español que
había en nosotros».
Si bien el nombre de América es el resultado de un error
del cartógrafo Waldseemüller, ahora se corre el riesgo
de perder el apellido de Hispana, que se pretende
sustituir por uno igualmente erróneo. Es el «coste
semántico» de que habla Rubert de Ventós.
Las nuevas expresiones fueron prácticamente desconocidas
en España. En «La Ilustración Española y Americana»,
de 1876, se lee que «México es el centinela de la
America Latina». Y aún a finales del siglo XIX, nadie,
escritor, historiador o filólogo, usaba los términos de
America Latina,latinoamérica, según escribió en 1918
el historiador Aurelio Espinosa. Por su parte, los mismos
franceses usaron durante cuatro siglos el nombre de
Amérique Espagnole; los ingleses y norteamericanos, el
de Spanish America. Una gran revista científica y una
importante entidad cultural en Estados Unidos se llaman
respectivamente «Hispanic American Historical Review» y
«The Hispanic Society of America». Los norteamericanos
decían y dicen todavía The Spanish Península cuando se
refieren a la nuestra.
Las propias jóvenes repúblicas nunca se consideraron
latinas sino siempre españolas, hispanas, hispánicas,
hispanoamericanas. El cubano José Martí y el
nicaragüense Rubén Darío hablaban frecuentemente de
nuestra América. El canónico mexicano José Mariano
Beristain de Souza publica en 1816 una obra de erudición
que titula «Biblioteca hispano-americana
septentrional». Y en 1845, el político e historiador
francés François Guizot se refería a ellas como «las
repúblicas españolas de América».
Los nuevos términos afrancesados no dejaron de producir
enérgico rechazo. Don Juan Valera preguntaba: «¿Qué
tiene que hacer el Lacio con nuestros países?» Y el
uruguayo José Enrique Rodó escribió en su Ariel: «no
necesitamos los sudamericanos cuando se trata de abonar
esta unidad de raza, hablar de una América Latina; no
necesitamos llamarnos latinoamericanos para levantarnos a
un nombre general que nos comprenda a todos, porque
podemos llamarnos iberoamericanos, nietos de la heroica y
civilizadora raza que sólo políticamente se ha
fragmentado en dos naciones europeas; y aún podíamos ir
más allá y decir que el mismo nombre de
hispanoamericanos conviene a los nativos del
Brasil
»
En los primeros años de este siglo los nuevos términos
tampoco tuvieron mucha aceptación, ni en España ni en
el extranjero. Cuando el historiador francés Fernand
Braudel procede al estudio de la América del Sur, dice
que «recientemente, primero en Francia (en 1865 y
entonces no sin segundas intenciones) y después toda
América, han concedido el epíteto de Latina».
Ante los renovados intentos de las últimas décadas,
para restablecer la vigencia de las nuevas expresiones,
se han producido, asimismo, idénticas reacciones. Así,
dice Américo Castro que el término de América Latina o
Latinoamérica es tan inoportuno como lo sería el de
Amércia Germánica aplicado a los Estados Unidos
fundándose en que el inglés es una lengua germánica. Y
añade que «para un español el término latinoamericano
es artificial». Por su parte, Salvador de Madariaga se
pregunta «¿qué habrá en Hispanoamérica que con tal
de evitarla a tales contradicciones lleva?» Y Julián
Marías, tras confesar que lleva meditando sobre el tema
más de treinta años, escribe: «para los países
hispánicos de América, la mayor tentación ha sido el
intencionado mito de Latinoamérica, palabra acuñada con
propósitos políticos a mediados del siglo XIX, y cuya
falsedad se revela por el hecho de que nunca se incluye a
Quebec; esa expresión finge una unidad suficiente sin
referencia a España, es decir, al principio efectivo de
vinculación de sus miembros entre sí. Si se elimina el
ingrediente español en los países hispánicos, se
volatiliza toda conexión social que pudiera llegar a
articularlos en un mundo coherente».
Alcalá Zamora, aceptando la latinidad de España,
encuentra «absurdo que así se puede calificar a la
América por ella colonizada; pero si se marcha en busca
de la latinidad y desde los pueblos americanos de origen
hispano, el camino lo trazó la geografía y lo siguió
la historia a través de España».
También Enrique Suárez Gaona dice que «el concepto de
América Latina es uno de los grandes mitos de la
Historia contemporánea
una creación de
intelectuales y políticos avisados».
Si el americano es hoy sinónimo de estadounidense, los
otros son latinoamericanos. Como dicen I. Abelló y M.
Montero, esta denominación fue «lanzada por Francia
hacia 1860 para diluir el pasado español y neutralizar
las expectativas que pudiera tener el pangermanismo de
Bismarck».
Otros escritores rechazan, igualmente, los referidos
términos. El poeta colombiano Eduardo Carranza entiende
que Latinoamérica no es más que «una palabra moderna
que pretende disminuir la hazaña fundamental de España
en América
no es más que una forma de renegar de
la filialidad hispánica
en un sentido étnico y
cultural me parece un término repulsivo
Yo me
siento latino, soy un criollo colombiano,
hispanoamericano y, más anchamente, hispánico».
Guillermo Cabrera Infante critica el uso generaliado de
Latinoamérica, latinoamericanos, y propone se usen más
los de Iberoamérica, iberoamericanos, o, por qué no,
Hispanoamérica, hispanoamericanos. Para terminar
preguntando: ¿cómo llamar latinos a los negros de Cuba
o de Brasil?
Y en el mismo sentido se expresa Rosendo Cantó,
ex-embajador de Cuba, que escribe: «¿Qué relación
existe entre un indio, un quechua o un negro de
Barlovento o Santiago de Cuba con esa latinidad puesta en
marcha por los enemigos de España para poder crear el
concurso de Francia y de EEUU una expresión válida para
desmerecer, o desmejorar, o vituperar la colonización y
culturización españolas del Nuevo Mundo?»
El chileno Hernán Cubillos dice:«America Latina, o más
bien Hispanoamérica, como gustaba llamarla uno de los
más brillantes historiadores de mi país
» y más
adelante: «ciertos sellos particulares que devienen de
la historia de la Madre Patria
».
Muy significativas, al efecto, son unas declaraciones de
Octavio Paz en 1990: «Iberoamérica no me gusta, porque
hubo una Iberia en Asia. Prefiero Hispanoamérica cuando
hablo de los escritores americanos en lengua española, y
para referirme al conjunto -los brasileños hablan
portugués y los haitianos francés-, entonces creo que
es mejor decir Latinoamérica. En general, me quedo con
hispanoamericano».
El norteamericano J.C. Cebrián, al rechazar la
denominación de América Latina y afirmar la
adjetivación española, alega que los países
hispanoamericanos son hijos legítimos de España, sin
intervención de Francia ni de Italia ni de ningún otro
país. «España sola alumbró esas nacionalidades,
descubrió aquellas tierras, las colonizó, perdió en
ello a sus hijos, gastó sus caudales, empleó su
inteligencia y sus métodos propios, censurables o no,
como tantas veces lo han considerado otros países.
España sola dotó a aquellos pueblos de una lengua
común, de unas leyes, usos, costumbres, vicios y
virtudes
Y una vez emancipados, todo el mundo los
continúo llamando países hispanoamericanos o
repúblicas hispanoamericanas».
En el Congreso de Academias de la Lengua, celebrado en
Bogotá se acordó que la denominación oficial fuese
Hispano América, lo que supuso el rechazo implícito de
otras que se habían propuesto: Amerindia,
Latinoamérica
El Diccionario, que publica la Real
Academia Española en su XXI edición, Madrid, 1992,
define hispanoamericano «perteneciente a españoles y
americanos
de los países de América en que se
habla español
, de los individuos de habla
española»; en tanto por latinoamericanos entiende el
«conjunto de los países de América colonizados por
naciones latinas:España, Portugal o Francia».
La gubernamental «Organización de Estados
Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la
Cultura» (OEI), de ámbito hispano-portugués-americano,
emplea solamente los vocablos
Iberoamerica/Iberoamericanos tanto en sus Estatutos como
en su Reglamento Orgánico. No hay una sola referencia a
lo latino ni a la latinidad.
«Pensamiento Iberoamericano, Revista de Economía
Política», es el título de una publicación
patrocinada por el ICI de España y la CEPAL de las
Naciones Unidas; en la misma hay una excesiva
proliferación de latinoamericanismos. Y el mismo ICI
(Instituto de Cooperación Iberoamericana edita desde
1948 «Cuadernos Hispanoamericanos», que acaba de
cumplir medio siglo con un número sobre «El 98 visto
desde América».
Sin una acusación expresa de rechazo, pero sí de
condena al utilizar las clásicas expresiones, hay
infinidad de personalidades, empezando por don Juan
Carlos, que siempre, en todos sus discursos pronunciados
en innumerables ocasiones, dentro y fuera de España,
emplea los términos Iberoamérica, Hispanoamérica, pero
nunca los de Latinoamérica o América Latina. El
Príncipe de Asturias, si bien alguna vez aludió a
Latinoamérica, en la mayor parte de sus intervenciones
sigue la línea hispana.
Esa es la actitud de la mayoría de los escritores
españoles, más respetuosos con la verdad histórica que
con las nuevas tendencias pseudoprogresistas. Hay otro
grupo de escritores que utilizan unas y otras
expresiones, sin atender a diferencias entre ellas, como
sinónimas. Y dentro del terreno oficial hay ejemplos.
Conviene recordar que por Ley de 31 de diciembre de 1945,
el primitivo «Consejo de la Hispanidad» fue
transformado en el «Instituto de Cultura Hispánica».
Pasó a llamarse «Centro Iberoamericano de
Cooperación» en 1977 y, desde 1979 ostenta la
denominación oficial de «Instituto de Cooperación
Iberoamericana». Es de desear y esperar que no se
«afrancese».
En la Unión Europea suele distinguirse entre
Centroamérica y Latinoamérica como entidades distintas
e independientes. En el Parlamento se emplean unas y
otras denominaciones como sinónimas, si bien a la hora
de titular algunos Informes se hace mención a «El
Parlamento Europeo e Iberoamérica». Y cuando se dice
América Latina es para referirse a sus relaciones con el
Parlamento Latino-Americano, en el cual figuran las
Antillas Holandesas junto con las naciones
iberoamericanas; y con el Parlamento Andino, integrado
por Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. No
obstante, cuando se indicó a intérpretes y traductores
que fuesen fieles al uso de los términos
Hispanoamérica, Iberoamérica, etc. en su versión a los
demás idiomas, rechazaron la observación por
«improcedente».
Existe un último grupo de escritores, singularmente en
la rama del periodismo, para quienes es válido
únicamente el término Latinoamérica/América Latina.
Nunca suelen referirse a la América Hispana,
Iberoamérica, Hispanoamérica, que consideran términos
nefandos cuya invención atribuyen al franquismo; o,
cuando menos, obsoletos, impropios o simplemente, dotados
de una carga ideológica que rechazan frontalmente. Hay
constancia de ello en algunos actos y publicaciones
oficiales. En 1984, la Asociación de Periodistas
Europeos y el Instituto de Cooperación Iberoamericana
celebran un Seminario para estudiar los cambios en el
«Cono Sur de América Latina». En 1985, el Instituto de
Cooperación Iberoamericana, el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas y la Comunidad Autónoma de
Madrid crean un organismo que se denomina «Centro
Español de Estudios de América Latina» (CEDEAL), y su
Director, Juan Marichal, expresó en sus primeras
palabras «un muy sincero sentimiento de respeto ante
Latinoamérica». La Agencia Española de Cooperación
Internacional (AECI) convoca becas para el Curso 1997-98,
en cuyo programa se introduce por primera vez el vocablo
latinoamericano en sustitución de iberoamericano. La
misma Casa de América dependiente de la Secretaría de
Estado para Iberoamérica, emplea con demasiada
frecuencia las expresiones América
Latina/Latinoamérica; aunque hay que reconocer que a
veces se ve forzada por el título de las mismas
personalidades o instituciones que protagonizan sus
actividades. Si bien últimamente parece que, poco a
poco, van desapareciendo y se emplean las más correctas.
Y así no es de extrañar que muchas empresas públicas o
privadas, utilicen esas expresiones. La Compañía Iberia
anuncia que nos «acerca más a Latinoamérica» con sus
vuelos a Bogotá, Quito, Lima, Puerto Rico, Panamá,
Costa Rica, Guatemala, Nicaragua y La Habana». Y la
Telefónica participa el éxito de «su penetración en
Latinoamérica». Los Bancos Exterior de España y Bilbao
Vizcaya se felicitan por su «presencia en
Latinoamérica».
La obsesión por eliminar lo iberoamericano, lo
hispanoamericano, es patente en algunos medios de
expresión. Así, «El País», ya desde sus orígenes;
el 11 de julio de 1994 dice que la banda de «rock»
zaragozana llamada «Héroes del silencio» regresa de
unas actuaciones en México, Chile y Argentina, lo que
supuso «un triunfo en Latinoamérica». El 19 de octubre
de 1998 llama «Cumbre de países latinoamericanos» a la
celebrada en Oporto los días inmediatamente anteriores,
cuya denominación oficial era y es VIII Cumbre
Iberoamericana; si bien es de justicia señalar que en el
editorial del mismo día se respeta, como no podía ser
menos, la denominación oficial de la citada Cumbre. No
obstante, el día 22 siguiente, su colaboradora Maruja
Torres nos cuenta «las miradas de los líderes
latinoamericanos reunidos en Oporto». Y el 15 de
diciembre de 1998, señala que la Asociación de Ligas
Iberoamericanas contra el Cáncer» despliega su
actividad en Latinoamérica. También en «El Mundo» se
publican noticias como ésta: «dos latinoamericanos se
disputan la dirección de la OIT: el chileno Juan
Somavía y el argentino Héctor Bartolomei». ¿No
estarían mejor calificados como hispanoamericanos?
En realidad, si las nuevas expresiones hacen referencia a
un ámbito estrictamente cultural, no parece que hay
inconveniente en su aceptación, si bien adecuadamente
precisados su alcance y su significado.Pero deben
rechazarse cuando se pretende aplicarlos a un territorio
geográfico determinado o a una época histórica, y,
sobre todo, siempre que pretendan sustituir a las
expresiones que venimos considerando como clásicas. Si
se dice América pre-hispánica y no pre-latina, lo
procedente es nominar a la época siguiente como América
hispana, y no América Latina.
La importancia de precisar todos y cada uno de estos
conceptos se observa si se tiene en cuenta que todo
francés, que deliberadamente dice América Latina y no
Iberoamérica para referirse al Nuevo Mundo, habla de
Africa francófona y no se le consentiría hablar de
Africa Latina que, en buena lógica, comprendería la
lusofonía y la francofonía, excelentes ejemplos de
latinidad. Es impensable un debate en la Asamblea
Nacional sobre Africa Latina. Pero no escandaliza que la
XX Cumbre franco-africana (¡no latinoafricana!) de
noviembre de 1998 reciba con los brazos abiertos al
presidente de la República Democrática del Congo
Laurent Kabila, denunciado por violación de derechos
humanos. Y es que, quiérase o no, Francia sigue
empeñada en hacer notar su presencia y su influencia en
las repúblicas hispanoamericanas. Revive sus nostalgias
del fracasado Imperio, y en las últimas décadas
reorienta su política exterior hacia aquellas tierras.
Recuérdense los viajes presidenciales: desde De Gaulle
en 1964 a todos los países del Continente, con su
uniforme de General. Y los de Giscard d'Estaing a Brasil
en 1978 y a México en 1979, a donde llegó procedente de
Quebec, a cuyos habitantes llamó francófonos, en tanto
a los mexicanos ofendió calificándolos de
latinoparlantes y no de hispanoparlantes. Y los de
Chirac, en marzo de 1997, visitando en ocho días Brasil,
Uruguay, Bolivia, Paraguay y Argentina; y proponiendo en
Brasil como original iniciativa personal suya, la
celebración de una Cumbre entre los Jefes de Estado y de
Gobierno Iberoamericanos y los de la Unión Europea,
ignorando olímpicamente que tal propuesta había sido
presentada con anterioridad por el Presidente Aznar, el
11 de noviembre de 1996, con ocasión de la VI Cumbre
Iberoamericana celebrada en Viñar del Mar.. Y aún más
recientemente, con ocasión de los desastres del huracán
«Mitch», que según las noticias asoló a
Centroamérica, no a Latinoamérica, el defensor de la
latinidad ha volado a Guatemala, en donde se ha dejado
retratar con Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, a
la que prometió ayuda para reconstruir el país.
Pero la obsesión de eliminar el componente hispano
continúa. En enero de 1985 se inaugura en Burdeos la
Maison des Pays Ibériques, que se encargará de
centralizar, informatizar y canalizar todos los trabajos
que se realicen en Francia relacionados con la Península
Ibérica y con el mundo hispanoamericano. Esta Casa
reagrupa a siete Centros e Instituciones dedicados a
estudios ibéricos, ya existentes en Francia, ninguno de
los cuales, por cierto, tiene el apellido de
latinoamericano.
Con ocasión de los trabajos preparatorios para el
ingreso de España a la Comunidad Económica Europea
nuestro país tomó la iniciativa, en mayo de ese mismo
año 1985, para liderar las relaciones con Iberoamérica.
Se anticipó, así a una posible operación de corte
francés, que se hubiera beneficiado sin duda alguna de
la favorable circunstancia de que la Presidencia de la
Comisión y el Comisario de las Relaciones con
Sudamérica eran los franceses Jacques delors y Claude
Cheysson, respectivamente.
Todavía, en 1991, al constituirse la Conferencia
Iberoaméricana de Guadalajara, México, los franceses
fracasaron en su intento de que su denominación fuese
Latinoamericana. Prevaleció el parecer de quienes
entienden que el reflejo de lo que allí hicieron
españoles y portugueses se expresa con mayor acierto en
el término aceptado.
Y pocos meses más tarde, en marzo de 1992, Francia
apoyada por Gran Bretaña, vetaría la extensión de las
actividades crediticias del Banco Europeo de Inversiones
a las naciones Iberoamericanas de habla hispana, pese al
informe favorable presentado por la Comisión Europea y
el propio organismo bancario.
Asimismo, al aproximarse la celebración del V Centenario
del Descubrimiento, el Centro Georges Pompidou, de
París, organizó para esas fechas unas actividades con
el fin de exponer todo lo relativo a las artes, la
literatura, el cine y el teatro de todo el continente. Y
la relativa al arte se denominó Arte en América Latina
(1911-1968).
Aunque sea a título anecdótico, vale la pena recordar
que «Le Monde», al elogiar los éxitos del cantante
Julio Iglesias en 1992, le llama «caballero latino».
Por considerar erróneamente que las expresiones
tradicionales obedecen a consignas del régimen anterior,
hemos visto tambien cómo se intenta enviar al baúl de
los trastos otras palabras como Hispanidad o la más
entrañable expresión formada por dos términos
aparentemente contradictorios como es la Madre Patria.
La palabra Hispanidad, se debe al sacerdote español don
Zacarías de Vizcarra que en un artículo publicado en
«El Eco de España», en Buenos Aries para conmemorar el
«Día de la Raza», proponía llamar «Día de la
Hispanidad». La difusión del vocablo corrió a cargo
del propio Maeztu en su obra titulada, precisamente,
Defensa de la Hispanidad, en donde dice que hispánicos
son todos los pueblos que deben la civilización o el ser
a los pueblos hispanos de la Península. Hispanidad es el
concepto que a todos los abarca. Y aporta los testimonios
de Camoens: «Unha gente fortissima de Espaha llama en
«Os Lusiadas» (canto I, estrofa XXXI); del humanista
André de Resende, que dice «Hispani omnes sumus», en
frase que elogia Carolina Michaëlis de Vasconcelos. De
Almeida Garret cuando afirmaba: «Somos Hispanos, e
devemos chamar Hispanos a quantos habitamos a Peninsula
hispánica». Y el más expresivo de Ricardo Jorge, que
ha dicho: «Chámese Hispania a peninsula, hispano ao seu
habitante ondequer que demore, hispánico ao que he diz
respeito».
Más recientemente, el Director del Instituto Camoens en
Lisboa, con ocasión de una intervención en la Casa de
América, decía que Portugal forma parte de la
Lusofonía, con brasil y los cinco paises africanos más
Goa, y de la Hispanidad. La poetisa portuguesa Natalia
Correia, nacida en Azores, escribió un libro cuyo
título reza así: Todos somos españoles.
La Defensa de la Hispanidad de Maeztu, tiene en la
América Hispana aparte de la resonancia poética de
Rubén Darío o de Pablo Antonio Cuadra, el
acompañamiento de José Enrique Rodó, Barreda Laos,
Gustavo Kosting, Carlos Lacalle, Jaime Eizaguirre,
Enrique Corominas, Juan Carlos Goyeneche y Oswaldo Lira,
entre otros, para todos los cuales «la unidad
hispanoamericana procede de España y luego la comprende
con el nombre de Hispanidad».
En España, el doce de octubre de cada año se celebra el
Día de la Hispanidad.
Tambien se prescinde de la expresión Madre Patria por
extrañas razones, entre ellas la de que no gusta a los
americanos. Pues no desagrada, por lo menos, a Andrés
Bello, quien en su Resumen de la Historia de Venezuela
escribe: «Los conquistadores y los conquistados,
reunidos por una lengua y una religión en una sola
familia, vieron prosperar el sudor común con que regaban
en beneficio de la Madre patria una tierra tiranizada
hasta entonces por el monopolio de la Holanda». Y el
colombiano Liévano Aguirre, al narrar la reunión que
vencedores y vencidos celebraron tras la batalla de
Ayacucho, dice que en ella se puso de relieve el
verdadero vínculo que en el futuro habría de unir a la
Madre Patria y a sus hijos del Nuevo Mundo: la hidalguía
del carácter español, que los americanos llevaban en la
sangre.
El ex-Gobernador de Puerto Rico, Rafael hernández
Colón, recuerda en la Casa de América que José de
Diego, Presidente de la Cámara de Diputados de Puerto
Rico, pronunció una conferencia en el Ateneo de Madrid
en mayo de 1916, y en el diario ABC publicó un artículo
en el curso de cual afirmaba que él, hijo de un soldado
de Asturias, había cruzado el Océano por venir a la
Madre tierra de España.
Y César Leante, dice en «Cuadernos Hispanoamericanos»,
con referencia a Cuba que no siempre marchó todo sobre
ruedas en las relaciones culturales entre la Madre Patria
y su último retoño americano. Y en términos parecidos,
el norteamericano Alla J. Kuethe.
En julio de 1984 se celebró en la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo, de Santander un Seminario
sobre Iberoamérica y la crisis financiera internacional
y en su intervención, Hernán cubillos Sallato,
Vicepresidente del Banco de Crédito e Inversiones de
Chile, dijo: «Vengo de Chile, el país Iberoamericano
que geográficamente está más distante de esta Madre
Patria».
En conclusión, nos parecen muy atinadas las precisiones
que propone Guillermo Díaz Plaja, al distinguir:
LATINO-AMERICA comprende todas aquellas zonas pobladas
del Nuevo Continente cuya cultura proviene de la Europa
Latina, en lo que se distinguen de los que proceden de la
Europa Sajona. Así, dice, serán latinoamericanos los
habitantes del Canadá y la Guayana francesa, Haití y
algunos Estados de la Unión, como Luisiana, Texas,
California, etc. IBEROAMERICA comprende aquellos países
que, colonizados por España y Portugal, conservan
orgullosamente tal origen, aunque a veces renieguen de
él, pero sin aceptar la paternidad indígena; tales son
Brasil y los que hemos dado en llamar HISPANOAMERICA, con
cuya hermosa expresión, agradable para todo buen nacido
español, comprendemos el área restringida de los que,
descendientes de nuestros compatriotas, que emigraron,
hablan y rezan en nuestra lengua. En cualquier caso,
concluye Díaz Plaja, es más perdonable llamar hispano a
un portugués que decir que Argentina y Chile forman el
cono Sur de Latinoamerica.
Será difícil convencer a algunos extranjeros, franceses
especialmente, para que acepten que LATINOAMERICA,
IBEROAMERICA e HISPANOAMERICA no son vocablos sinónimos,
ya que cada uno de ellos tiene su propio significado y
alcance. Pero es de esperar que los españoles,
conociendo el origen de los mismos y, sobre todo, la
segunda intención de alguno de ellos, pongan un especial
interés en precisar su adecuado uso, dejando al margen
posiciones falsamente progresistas que, en el fondo,
muestran un evidente deseo de mostrarse como un
neoafrancesado cuando no un inexcusable ignorante de la
Historia.
Emilio Durán Corsanego
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