Torcuato Luca de Tena nº 96

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Torcuato Luca de Tena nº 96

Por G.F.M.

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Torcuato Luca de Tena

Otoño de 1934: los socialistas acababan de protagonizar el primer acto de la guerra civil con su cruenta revolución de Asturias. Por entonces nos conocimos en el madrileño colegio de El Pilar. Era un adolescente impetuoso y de mente lúcida, ya consciente del alto destino que le imponía su genealogía. Consolidamos una entrañable amistad en el campamento de La Granja donde nos preparábamos para ser alféreces. En las horas libres comentábamos nuestras lecturas -las mías eran las obras de Unamuno y de Ortega- y, al cobijo de una acacia con las torres segovianas al fondo, recitábamos versos. El acababa de publicar en Chile su poemario Espuma, nube, viento.

El Tribunal aliado de Nüremberg dictó su sentencia contra los líderes políticos y militares del IIIReich y, no sin cierta soprendida repulsa, Torcuato escuchó mi tesis favorable a la idea del crimen de guerra. Me pidió un artículo con el que inicié mi colaboración en Abc (8-X-46). La portada de aquel número mostraba al caballeroso Spínola de la cortés rendición de Breda donde Velázquez inmortalizó la concepción de la guerra como noble deporte, como una suerte de honroso duelo colectivo. Era toda una réplica, estética pero rotunda, a mi tesis iusnaturalista, entonces incorrecta. Tuvo la liberalidad de acoger al discrepante con franquía y caballerosidad.

A mi regreso de un bienio en Alemania, me nombró jefe de colaboraciones del diario y tuve la oportunidad de incorporar a nuevas firmas como las de los filósofos Antonio Millán Puelles y Leopoldo Eulogio Palacios que había sido maestros míos. Cuando en septiembre de 1952, Torcuato, en plenitud de ilusiones y facultades, asumió la dirección de Abc, me pidió que le ayudara a interpretar la tradicional posición del periódico y me encomendó la página editorial. Cientos de columnas anónimas que redactábamos de madrugada. El duro esfuerzo se interrumpió cuando el ministro Arias Salgado, que además de lealísimo a Franco era un iluminado, destituyó a Torcuato por el incidente Beria. Aunque nuestra independencia desagradaba al ministro, creo que hubiera tenido que soportarnos, si no se le hubiese servido en bandeja el no baladí pretexto de una información inexacta sobre el chequista soviético. Aquel episodio condicionaría buena parte del futuro de Torcuato. Le vi entregarse sin reservas a la dirección de un rotativo, que era el más influyente, a gran distancia, de todos los demás. Retornó a la dirección del diario en 1976 hasta que los accionistas lo relevaron de su responsabilidad, ya para siempre. Fue un inmenso error que determinaría la pérdida del perfil españolista, señorial, honesto y veraz que habían imprimido al periódico su fundador y, luego, Juan Ignacio.

Había en Torcuato dos vocaciones siamesas, la política y la literatura, que encontraban en el periodismo su común cauce ideal. Fue candidato a concejal de Madrid y a diputado en la legislatura de 1977. Su obra escrita es mayoritariamente la de un narrador y en ella apenas se trasluce su firme concepción del mundo. Pero no era un escéptico, sino un escritor de convicciones muy firmes: católico, patriota, monárquico y liberal.

Su religiosidad no era beata, pero sí ortodoxa y de una intensidad que, en ocasiones, bordeaba un misticismo recatado, escondido incluso para los pocos íntimos.

Su patriotismo se refería a España como unidad, y con todo su pasado de grandeza y decadencia. Ese nacionalismo plenario ha estado ausente de nuestros medios de comunicación durante los críticos años en que la implantación del modelo autonómico se ha ido decantando hacia la desintegración. Por ese vacío, que Torcuato habría podido contribuir a colmar, España está pagando un leonino precio. Grave es la responsabilidad de los que le relegaron para imponer un miope resentimiento histórico ante el próximo pasado, y un dócil y acomplejado plegamiento a los tópicos oficiales.

Su monarquismo era dinástico y, en cierto modo, legitimista. En el fondo, nunca llegó a aceptar que se interrumpiera la línea sucesoria formal con la relegación del conde de Barcelona. Por eso, como procurador de las Cortes orgánicas libremente designado por Franco, votó contra la instauración. Era un monárquico a todo evento. «Con el rey se está con razón y sin razón» podría ser su lema institucional.

Y era un liberal no en el sentido de agnóstico, permisivo y oportunista, sino en la línea del liberalismo ético, el de los grandes doctrinarios que van desde Smith hasta Hayek. Liberalismo revestido de una virtud muy característica de Torcuato, la gallardía, es decir, continuidad en la actitud, tanto más coraje cuanto más riesgo, oportunidad al adversario, generosidad en el triunfo, juego limpio, y, sobre todo, nunca lanzadas al caido o al muerto, lo que siempre le situó en los antípodas de una especie que se ha multiplicado en los últimos años, la de los carroñeros, sólo agresivos con los inermes. Los perezosos mentales y los débiles morales identifican el liberalismo con el «todo vale». Nada más lejos del exigente y comprometido Torcuato.

Cuando la IIRestauración, por la que tanto había luchado, llevó a Torcuato al exilio político en el interior, optó por irse a Méjico y consumar incluso físicamente su destierro. Hubo de renunciar a influir en el destino de su país, y se refugió en la literatura: entre 1976 y 1999 publicó diez novelas -La mujer de otro había sido una cumbre-, tres comedias, y un patético libro, Poemas para después de muerto, el más conmovedor de los suyos. Su postrera comparecencia pública fue para, desde la silla de ruedas y ya desahuciado, leer, con firme voz y gran valor, la presentación de su última novela. Y estaba trabajando en otra. «Sólo pido unos meses más para terminarla», susurraba ya agónico a su esposa Blanca, cuando los torpes labios le impedían dictar el capítulo que bullía en su mente.

Conoció éxitos y halagos; pero también desengaños y traiciones, algunas punzantes. Pero era definitivamente generoso y desconocía el rencor. Cuando publicó el segundo volumen de sus memorias, anecdóticas y líricas, le pregunté si ya tenía en el telar un tercer tomo, y me respondió: «Nunca lo escribiré porque abarcaría una etapa que prefiero no contar». Se impuso el silencio para el periodo posterior a su segundo cese como director de Abc. Algún día, un testigo habrá de llenar ese penoso hueco autobiográfico.

España ha perdido a un gran narrador; pero también ha desaprovechado a uno de los pocos periodistas que podrían haber detenido esa desintegración española de la conciencia política y moral que no ha cesado de agudizarse desde 1976. En vez de los rutinarios ditirambos fúnebres, me gustaría ver un gesto contrito de quienes han puesto la luz bajo el celemín.escu Ilusión quizás vana.

Pertenecía a una especie en extinción, la del hidalgo español, hombre de honor y de palabra, enamorado de su patria y con una inalterable escala de valores. Buen vasallo...

Cascadas de recuerdos, que fueron luminosos y vivaces, se me aparecen ahora helados, aunque incorruptibles. Con la muerte de Torcuato una parte de mi mismo se ha convertido en ceniza yerta.



Gonzalo Fernández de la Mora



 

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