Torcuato Luca de
Tena
Otoño
de 1934: los socialistas acababan de protagonizar el
primer acto de la guerra civil con su cruenta revolución
de Asturias. Por entonces nos conocimos en el madrileño
colegio de El Pilar. Era un adolescente impetuoso y de
mente lúcida, ya consciente del alto destino que le
imponía su genealogía. Consolidamos una entrañable
amistad en el campamento de La Granja donde nos
preparábamos para ser alféreces. En las horas libres
comentábamos nuestras lecturas -las mías eran las obras
de Unamuno y de Ortega- y, al cobijo de una acacia con
las torres segovianas al fondo, recitábamos versos. El
acababa de publicar en Chile su poemario Espuma, nube,
viento.
El Tribunal aliado de Nüremberg dictó su sentencia
contra los líderes políticos y militares del IIIReich
y, no sin cierta soprendida repulsa, Torcuato escuchó mi
tesis favorable a la idea del crimen de guerra. Me pidió
un artículo con el que inicié mi colaboración en Abc
(8-X-46). La portada de aquel número mostraba al
caballeroso Spínola de la cortés rendición de Breda
donde Velázquez inmortalizó la concepción de la guerra
como noble deporte, como una suerte de honroso duelo
colectivo. Era toda una réplica, estética pero rotunda,
a mi tesis iusnaturalista, entonces incorrecta. Tuvo la
liberalidad de acoger al discrepante con franquía y
caballerosidad.
A mi regreso de un bienio en Alemania, me nombró jefe de
colaboraciones del diario y tuve la oportunidad de
incorporar a nuevas firmas como las de los filósofos
Antonio Millán Puelles y Leopoldo Eulogio Palacios que
había sido maestros míos. Cuando en septiembre de 1952,
Torcuato, en plenitud de ilusiones y facultades, asumió
la dirección de Abc, me pidió que le ayudara a
interpretar la tradicional posición del periódico y me
encomendó la página editorial. Cientos de columnas
anónimas que redactábamos de madrugada. El duro
esfuerzo se interrumpió cuando el ministro Arias
Salgado, que además de lealísimo a Franco era un
iluminado, destituyó a Torcuato por el incidente Beria.
Aunque nuestra independencia desagradaba al ministro,
creo que hubiera tenido que soportarnos, si no se le
hubiese servido en bandeja el no baladí pretexto de una
información inexacta sobre el chequista soviético.
Aquel episodio condicionaría buena parte del futuro de
Torcuato. Le vi entregarse sin reservas a la dirección
de un rotativo, que era el más influyente, a gran
distancia, de todos los demás. Retornó a la dirección
del diario en 1976 hasta que los accionistas lo relevaron
de su responsabilidad, ya para siempre. Fue un inmenso
error que determinaría la pérdida del perfil
españolista, señorial, honesto y veraz que habían
imprimido al periódico su fundador y, luego, Juan
Ignacio.
Había en Torcuato dos vocaciones siamesas, la política
y la literatura, que encontraban en el periodismo su
común cauce ideal. Fue candidato a concejal de Madrid y
a diputado en la legislatura de 1977. Su obra escrita es
mayoritariamente la de un narrador y en ella apenas se
trasluce su firme concepción del mundo. Pero no era un
escéptico, sino un escritor de convicciones muy firmes:
católico, patriota, monárquico y liberal.
Su religiosidad no era beata, pero sí ortodoxa y de una
intensidad que, en ocasiones, bordeaba un misticismo
recatado, escondido incluso para los pocos íntimos.
Su patriotismo se refería a España como unidad, y con
todo su pasado de grandeza y decadencia. Ese nacionalismo
plenario ha estado ausente de nuestros medios de
comunicación durante los críticos años en que la
implantación del modelo autonómico se ha ido decantando
hacia la desintegración. Por ese vacío, que Torcuato
habría podido contribuir a colmar, España está pagando
un leonino precio. Grave es la responsabilidad de los que
le relegaron para imponer un miope resentimiento
histórico ante el próximo pasado, y un dócil y
acomplejado plegamiento a los tópicos oficiales.
Su monarquismo era dinástico y, en cierto modo,
legitimista. En el fondo, nunca llegó a aceptar que se
interrumpiera la línea sucesoria formal con la
relegación del conde de Barcelona. Por eso, como
procurador de las Cortes orgánicas libremente designado
por Franco, votó contra la instauración. Era un
monárquico a todo evento. «Con el rey se está con
razón y sin razón» podría ser su lema institucional.
Y era un liberal no en el sentido de agnóstico,
permisivo y oportunista, sino en la línea del
liberalismo ético, el de los grandes doctrinarios que
van desde Smith hasta Hayek. Liberalismo revestido de una
virtud muy característica de Torcuato, la gallardía, es
decir, continuidad en la actitud, tanto más coraje
cuanto más riesgo, oportunidad al adversario,
generosidad en el triunfo, juego limpio, y, sobre todo,
nunca lanzadas al caido o al muerto, lo que siempre le
situó en los antípodas de una especie que se ha
multiplicado en los últimos años, la de los
carroñeros, sólo agresivos con los inermes. Los
perezosos mentales y los débiles morales identifican el
liberalismo con el «todo vale». Nada más lejos del
exigente y comprometido Torcuato.
Cuando la IIRestauración, por la que tanto había
luchado, llevó a Torcuato al exilio político en el
interior, optó por irse a Méjico y consumar incluso
físicamente su destierro. Hubo de renunciar a influir en
el destino de su país, y se refugió en la literatura:
entre 1976 y 1999 publicó diez novelas -La mujer de otro
había sido una cumbre-, tres comedias, y un patético
libro, Poemas para después de muerto, el más conmovedor
de los suyos. Su postrera comparecencia pública fue
para, desde la silla de ruedas y ya desahuciado, leer,
con firme voz y gran valor, la presentación de su
última novela. Y estaba trabajando en otra. «Sólo pido
unos meses más para terminarla», susurraba ya agónico
a su esposa Blanca, cuando los torpes labios le impedían
dictar el capítulo que bullía en su mente.
Conoció éxitos y halagos; pero también desengaños y
traiciones, algunas punzantes. Pero era definitivamente
generoso y desconocía el rencor. Cuando publicó el
segundo volumen de sus memorias, anecdóticas y líricas,
le pregunté si ya tenía en el telar un tercer tomo, y
me respondió: «Nunca lo escribiré porque abarcaría
una etapa que prefiero no contar». Se impuso el silencio
para el periodo posterior a su segundo cese como director
de Abc. Algún día, un testigo habrá de llenar ese
penoso hueco autobiográfico.
España ha perdido a un gran narrador; pero también ha
desaprovechado a uno de los pocos periodistas que
podrían haber detenido esa desintegración española de
la conciencia política y moral que no ha cesado de
agudizarse desde 1976. En vez de los rutinarios
ditirambos fúnebres, me gustaría ver un gesto contrito
de quienes han puesto la luz bajo el celemín.escu
Ilusión quizás vana.
Pertenecía a una especie en extinción, la del hidalgo
español, hombre de honor y de palabra, enamorado de su
patria y con una inalterable escala de valores. Buen
vasallo...
Cascadas de recuerdos, que fueron luminosos y vivaces, se
me aparecen ahora helados, aunque incorruptibles. Con la
muerte de Torcuato una parte de mi mismo se ha convertido
en ceniza yerta.
Gonzalo Fernández de la Mora
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