Editorial:
Razón y libertad
Libertad
es el vocablo sobre el que literatos y políticos han
volcado mayor número de vaciedades, soflamas y sofismas,
hasta convertirlo en fetiche ante el que sólo cabe
prosternarse, o en ensalmo que se recita contra alguien,
o en fármaco supremo para la angustia vital. Una
síntesis de intuiciones vulgares la ofrece el liberal
por excelencia, Stuart Mill, cuando, al comienzo de su
popular ensayo, afirma que «la libertad consiste en
hacer lo que se desea» («doing what one desires»). Tal
apunte definitorio correlaciona dos especies de libertad
tan diferentes que rara vez coinciden, la de obrar y la
de querer.
Los filósofos, que son los únicos que han meditado
seriamente sobre la cuestión, se han preguntado si los
hombres tienen libertad de desear, o sus apetencias
vienen impuestas por instintos y condicionamientos
circunstanciales. Los deterministas, que son legión,
creen que una inteligencia omnisciente podría prever los
comportamientos de cualquier hombre: para quien conociese
todos los datos, una vida individual sería tan
calculable como una órbita planetaria. Niegan, por
tanto, que exista una auténtica libertad de querer. Sin
embargo, la experiencia interna demuestra que, aunque muy
reducidos por pulsiones genéticas y limitaciones
mentales, podemos ansiar esto o aquello, incluso lo
imposible como la constante y plena felicidad terrenal.
Tenemos la convicción íntima de ser libres para querer.
Aunque fuera una ilusión invencible y universal, eso
sería bastante para conceder la existencia subjetiva de
una libertad de querer. Si la capacidad de ansiar bienes
materiales y espirituales es ilimitada, una nota esencial
del hombre sería la insaciabilidad. Tal carácter
explicaría la insuperable desazón humana porque una
infinita libertad de querer no se corresponde con una
restricta libertad de hacer y de poseer.
El hombre con sus sentidos no puede ir más allá de
ciertos umbrales, es ciego y sordo para infinidad de
vibraciones exteriores. Su estructura somática le impide
realizar por sí mismo multitud de acciones, como volar.
Su condición mortal le lleva inexorablemente a las
indeseadas vejez y muerte. Sus limitaciones mentales le
obligan a situar sus conocimientos en el espacio y el
tiempo, y a averiguar la estructura de lo real mediante
laboriosos experimentos, hipótesis y raciocinios. Y hay
nociones que no pude aprehender como el infinito o la
nada, preguntas que no es capaz de responder como por
qué hay algo, y cosas que no alcanza a demostrar
empíricamente como la libertad.
Además de tan radicales barreras constitutivas, el
hombre se encuentra con que los bienes existentes son
limitados, y muchísimos le resultan inasequibles. Existe
la economía porque las necesidades naturales y
artificiales son superiores a las disponibilidades
reales. Fácilmente se puede decretar la libertad
universal de alojarse, pero no cabe proporcionar a todos
su vivienda ideal.
La libertad de obrar no sólo viene limitada por
constricciones propias y por la escasez fáctica, sino
por los usos sociales que restringen el ámbito de
autodeterminación personal para permitir que los demás
conserven un área de acción protegida. El Derecho
positivo o consuetudinario y la moral constriñen la
libertad de hacer y penalizan las transgresiones. A un
ciudadano civilizado el ordenamiento jurídico le permite
hacer sólo algunas cosas.
Nos sentimos libres de querer; pero es limitadísima
nuestra libertad de obrar. Esta contraposición es tan
radical que la ética estoica y las derivadas de ella
aconsejan desear con parsimonia para reducir desengaños
y penas. La única libertad aparentemente total, la de
ansiar, ha de ser cercenada so pena de infelicidad. Y la
libertad de hacer se reduce, de hecho, a mínimos si se
la compara con las pretensiones del hombre.
La tan exigida y proclamada libertad es un bien
escasísimo. Ignorar este hecho primordial es fuente de
desdicha, mientras que reconocerlo facilita un cierto
equilibrio del ánimo. Los permisivos son profetas de
dolor; los disciplinados son mayeutas de sosiego. Se han
cometido crímenes en nombre de la libertad; pero lo más
grave es que la utopía libertaria fomenta la dolorosa
frustración y el desencanto.
Parece subjetivamente óptimo ser absolutamente libre de
desear y de hacer; pero ni es así, ni lo será nunca. Al
contrario, lo específico del hombre es el logos, y la
razón es despótica porque dicta el bien y la
certidumbre. Podemos asesinar; pero con tal acto
rechazamos la moralidad, que es el ámbito distintivo del
hombre; nos animalizaríamos. La libertad se subordina al
deber y a la realidad. Nuestra grandeza es el imperativo
de racionalidad, una coacción ética y lógica, la más
noble servidumbre. Nacemos potencialmente libres; pero,
de hecho, sólo por la virtud y la verdad, no por la
licencia y el engaño, nos vamos liberando parcial y
esforzadamente.
Libertad ¿para qué? se preguntaba Lenin. Para rendirse
ante el logos y lo real.
Razón
Española
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