nº 96 Editorial. Razón y libertad

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Razón y libertad

Editorial. nº 96

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Editorial: Razón y libertad

Libertad es el vocablo sobre el que literatos y políticos han volcado mayor número de vaciedades, soflamas y sofismas, hasta convertirlo en fetiche ante el que sólo cabe prosternarse, o en ensalmo que se recita contra alguien, o en fármaco supremo para la angustia vital. Una síntesis de intuiciones vulgares la ofrece el liberal por excelencia, Stuart Mill, cuando, al comienzo de su popular ensayo, afirma que «la libertad consiste en hacer lo que se desea» («doing what one desires»). Tal apunte definitorio correlaciona dos especies de libertad tan diferentes que rara vez coinciden, la de obrar y la de querer.



Los filósofos, que son los únicos que han meditado seriamente sobre la cuestión, se han preguntado si los hombres tienen libertad de desear, o sus apetencias vienen impuestas por instintos y condicionamientos circunstanciales. Los deterministas, que son legión, creen que una inteligencia omnisciente podría prever los comportamientos de cualquier hombre: para quien conociese todos los datos, una vida individual sería tan calculable como una órbita planetaria. Niegan, por tanto, que exista una auténtica libertad de querer. Sin embargo, la experiencia interna demuestra que, aunque muy reducidos por pulsiones genéticas y limitaciones mentales, podemos ansiar esto o aquello, incluso lo imposible como la constante y plena felicidad terrenal. Tenemos la convicción íntima de ser libres para querer. Aunque fuera una ilusión invencible y universal, eso sería bastante para conceder la existencia subjetiva de una libertad de querer. Si la capacidad de ansiar bienes materiales y espirituales es ilimitada, una nota esencial del hombre sería la insaciabilidad. Tal carácter explicaría la insuperable desazón humana porque una infinita libertad de querer no se corresponde con una restricta libertad de hacer y de poseer.



El hombre con sus sentidos no puede ir más allá de ciertos umbrales, es ciego y sordo para infinidad de vibraciones exteriores. Su estructura somática le impide realizar por sí mismo multitud de acciones, como volar. Su condición mortal le lleva inexorablemente a las indeseadas vejez y muerte. Sus limitaciones mentales le obligan a situar sus conocimientos en el espacio y el tiempo, y a averiguar la estructura de lo real mediante laboriosos experimentos, hipótesis y raciocinios. Y hay nociones que no pude aprehender como el infinito o la nada, preguntas que no es capaz de responder como por qué hay algo, y cosas que no alcanza a demostrar empíricamente como la libertad.



Además de tan radicales barreras constitutivas, el hombre se encuentra con que los bienes existentes son limitados, y muchísimos le resultan inasequibles. Existe la economía porque las necesidades naturales y artificiales son superiores a las disponibilidades reales. Fácilmente se puede decretar la libertad universal de alojarse, pero no cabe proporcionar a todos su vivienda ideal.

La libertad de obrar no sólo viene limitada por constricciones propias y por la escasez fáctica, sino por los usos sociales que restringen el ámbito de autodeterminación personal para permitir que los demás conserven un área de acción protegida. El Derecho positivo o consuetudinario y la moral constriñen la libertad de hacer y penalizan las transgresiones. A un ciudadano civilizado el ordenamiento jurídico le permite hacer sólo algunas cosas.



Nos sentimos libres de querer; pero es limitadísima nuestra libertad de obrar. Esta contraposición es tan radical que la ética estoica y las derivadas de ella aconsejan desear con parsimonia para reducir desengaños y penas. La única libertad aparentemente total, la de ansiar, ha de ser cercenada so pena de infelicidad. Y la libertad de hacer se reduce, de hecho, a mínimos si se la compara con las pretensiones del hombre.



La tan exigida y proclamada libertad es un bien escasísimo. Ignorar este hecho primordial es fuente de desdicha, mientras que reconocerlo facilita un cierto equilibrio del ánimo. Los permisivos son profetas de dolor; los disciplinados son mayeutas de sosiego. Se han cometido crímenes en nombre de la libertad; pero lo más grave es que la utopía libertaria fomenta la dolorosa frustración y el desencanto.



Parece subjetivamente óptimo ser absolutamente libre de desear y de hacer; pero ni es así, ni lo será nunca. Al contrario, lo específico del hombre es el logos, y la razón es despótica porque dicta el bien y la certidumbre. Podemos asesinar; pero con tal acto rechazamos la moralidad, que es el ámbito distintivo del hombre; nos animalizaríamos. La libertad se subordina al deber y a la realidad. Nuestra grandeza es el imperativo de racionalidad, una coacción ética y lógica, la más noble servidumbre. Nacemos potencialmente libres; pero, de hecho, sólo por la virtud y la verdad, no por la licencia y el engaño, nos vamos liberando parcial y esforzadamente.



Libertad ¿para qué? se preguntaba Lenin. Para rendirse ante el logos y lo real.

Razón Española



 

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