CRONICA: La
diplomacia
Durante
semanas, la OTAN ha demostrado su fuerza contundente.
Cientos de aviones, de misiles y de otros juguetes
semejantes. Como consecuencia: ni un puente vadeable, ni
un ferrocarril sin vías destrozadas, ni una carretera
viable, ni un pueblo chico o grande sin su ración de
explosivos. Y, sin embargo, algo chocaba: durante muchas
semanas siguió habiendo luz eléctrica y emisiones
regulares de radio y televisión. Si desde el principio
Yugoslavia se hubiese quedado sin luz, ni televisión, la
impresión hubiera sido más grande que llegar a ello
después de más de un mes de guerra. Claro es que los
hospitales se quedaban a oscuras, las incubadoras
infantiles sin energía... (Por cierto, nadie
reflexionaba sobre ello cuando se arrasaron ciudades
entera como Colonia, Varsovia, Frankfurt o Dresde).
El servicio de inteligencia no parece haber sido óptimo.
Como lo demuestra el ataque -no planeado- a la embajada
de la República Popular China, magnificado
estrepitosamente. Y no sólo por los chinos, empeñados
en demostrar que era un acto de perversa voluntad del
señor Clinton, aún a sabiendas de que en un barullo
como el existente en Belgrado la cosa tenía poca
importancia. Excepto, naturalmente, para los muertos y
sus familiares.
Los países que reciben los aluviones de desarrapados
también tienen que pensar en sí mismos. Está muy bien
ayudar a un kosovar, pero también hay que ayudar al que
lo aloja y acoge. Sobre todo cuando las cifras de
necesitados escalofrían. Como en Macedonia, donde el
número de los que ha recibido es tal que
proporcionalmente representa tanto como el desembarco en
Estados Unidos de treinta y cinco millones de
pordioseros. Ni a América, con todos sus recursos -que
no son los de Macedonia- podría no importarle tal
invasión desarmada.
Y Milosevich tan tranquilo. Pero un día inesperado, el
Tribunal de crímenes contra la humanidad lo denunció
-junto con cuatro de los suyos- como criminales de
guerra, impartiendo una orden de busca y captura para que
pueda sentarse en el banquillo del Tribunal en La Haya.
Era la primera vez en la Historia que un crimen semejante
se imputaba a un Jefe de Estado en ejercicio, sin esperar
que bajase del poder.
Lo curioso del caso es que la decisión de la alta
magistratura se ha lanzado contra un dictador encerrado
en un bunker. Y, ¿qué piensa hacer con el señor
Castro, tirano del Caribe, con todo un curriculum
profesional y criminal que ya lo querría para si el
tirano yugoslavo? Si se trata de números, Cuba con menor
población que Serbia ha dado más exiliados. No tuvieron
necesidad de atravesar montañas nevadas, senderos
encenagados, bosques de alimañas. Los cubanos tenían
bastante con hacer un balsón con dos neumáticos y
lanzarse a las aguas pobladas de tiburones.
Dejando de lado la comparación que ahora se plantea
entre tirano y tirano, las mentes bienpensantes se
aturrullaron con el dictamen judicial. Si estaba el
yugoslavo acusado de criminal, ¿con quien se iba a
negociar la paz? Estaba clarísimo: con el acusado,
mientras tenga alguna fuerza, alguna autoridad en casa. Y
cuando llegue la paz, dejar que la justicia siga su
curso. Que podría hacerlo, porque entre sus propios
compatriotas habrá muchos que, habiéndole perdido el
miedo o el respeto, querrán llevarlo ante el tribunal. A
él y a sus sicarios. Lo demás, ya no corresponde a la
NATO, ni a los países de Oriente. Será un pleito entre
unos presuntos delincuentes y un tribunal.
Pero en esta semana de tanto acontecer -ahí es nada, el
viaje del Papa a Palonia o el universal desinterés de
todos los países por las elecciones al Parlamento
Europeo- faltaba la guinda inesperada. El dictador de
Belgrado acepta las condiciones que le imponen los del
G-8. Los detalles de la aplicación de tales condiciones
son discutidos por los plenipotenciarios de ambas partes,
limadas y pulidas, pero acordadas. Así la NATO podrá,
en parte, retirar sus efectivos , cortar sus gastos y
jactarse de haber podido hacer doblar la cerviz al
«bárbaro sicambrio».
Las condiciones presentadas no hablan de cambio político
en el país, ni de renuncia de su Presidente, pero será
difícil que después de vapuleado pueda subsistir en el
Poder. Las derrotas tienen «la cola larga y apestosa»,
como decía el embajador Commines y ésta, aunque se
pretenda presentar como una victoria, no habrá manera de
esquivar sus consecuencias, ni agitando por las calles
banderas victoriosas. Una victoria, por lo demás, que ha
costado al país más del 50% de su renta nacional, con
las redes de transporte deshechas, sus depósitos de
carburantes en llamas, y pueblos y aldeas arrasados.
Habrá que acoger de nuevo a todos los huidos,
proporcionarles casa, comida, ropa, y todo antes de que
llegue el invierno de los Balcanes, donde todo es duro
desde hace siglos, incluyendo el clima.
Será necesario el apoyo de Occidente para reponer en pie
un país tan destrozado, algo así como un plan Marshall.
Claro que este plan cayó como lluvia de oro en países
con la experiencia y capacidad de trabajo que demostraron
tener. En Yugoslavia, está por ver. Sería oportuno
obligar al señor Milosevich, al parecer, riquísimo, a
empobrecerse un poco y ser el primero en contribuir a la
ayuda generosa que su pueblo necesita. Es difícil.
Un lado interpreta los hechos como una rendición
incondicional y el otro como un arreglo pactado. Más
duraron las negociaciones de paz tras la guerra de Corea
que, por cierto, terminaron en tablas. Ojalá no
constituya un precedente, pero Milosevich sabe cómo
estirar el hilo sin que se rompa.
Cese de los bombardeos. Sólo falta que los serbios
desalojen Kosovo y que vuelvan los refugiados kosovares.
Las cosas se harán, pero aún habrá muchos tropiezos.
Emilio Beladíez
Embajador de España.
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