La deshispanización nº 96

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La deshispanización nº 96

Por Pío Moa

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La deshispanización

Hay una tendencia muy fuerte al desgarramiento de la unidad nacional, debida a los nacionalismos catalán y vasco. Esa fuerza disgregadora es históricamente reciente, pues sólo cobró impulso después del desastre del 98 y como una de sus consecuencias. Cambó, que fue quien dio verdadero impulso a aquel nacionalismo (aunque no lo extremó) sacándolo de los cenáculos de la mesa de los sabios y similares, dijo durante la guerra de Cuba que él y los suyos se sentían «extranjeros en Cataluña», ante la indiferencia popular a sus prédicas. Pero «la pérdida de las colonias provocó un inmenso desprestigio del Estado», y «el rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que se repatriaron de las perdidas colonias, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestra propaganda». Y añadió «Como en todos los grandes movimientos colectivos, el rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas». Algo semejante ocurrió en el País Vasco.

Los separatismos fueron uno de los ingredientes clave con que se cocinó la guerra civil, y han resurgido con ímpetu después de la restauración. Ahora, en el centenario de la derrota española ante Estados Unidos (a cuya liberación del dominio inglés había contribuido España significativamente), los citados nacionalismos parecen considerar que su objetivo está cercano y se empeñan por alcanzarlo, cada uno de ellos a su manera.

La situación no se entendería sin recordar que dichos nacionalismos (e incluso el terrorismo de ETA) han contado durante muchos años con el apoyo acrítico de grandes fuerzas políticas españolas y la inhibición de otras. Buena parte de la izquierda se manifestó durante la transición casi tan «autodeterminadora» como el PNV o CiU. La actitud, ahora mismo, de Izquierda Unida no es más que una pervivencia de aquel espíritu. La defensa de la nación española ha sido durante veinte años casi nula, o rápidamente asfixiada tanto en el País Vasco como en Cataluña. Los intelectuales y profesionales que protestaron contra la política asimilacionista y antiespañola de Pujol fueron acallados, incluso con violencia y sin que casi nadie los defendiese. El diario El País, colaboró resueltamente con los nacionalistas. No se trata de hacer acusaciones, sino solo de explicar cómo se ha llegado a lo que hoy vemos.

Teniendo esto en cuenta y, además, el influjo de los nacionalistas vascos y catalanes sobre los medios de masas, sobre la enseñanza pública o el poder económico en sus propias regiones, teniendo en cuenta el lavado de cerebro masivo que, sin excesivo respeto por la realidad histórica, han practicado, lo que parece un milagro no es que el antiespañolismo o el a-españolismo hayan cundido tanto, sino que el sentimiento español siga tan extendido, -aunque es verdad que con poco nervio- en aquellas autonomías. La mayoría de la población se sigue considerando allí española, y el separatismo solo afecta -todavía- a una minoría de los vascos y los catalanes.

Ello indica algo sobre las raíces de España. pues el problema no es sólo político, sino, aún más fundamentalmente, de cultura. Largos siglos de cultura común no se borran en dos décadas, y de ahí el empeño constante y fundamental de los nacionalistas por presentar lo español como foráneo o marginal en sus comunidades y por desprestigiarlo sistemáticamente.

A este respecto importa señalar el argumento principal que se ha em-
pleado estos años contra el nacionalismo: lo acusaban de anacrónico en una época de superestados, en que las fronteras, al menos en Europa, desaparecen y la cultura se hace global. Decían a los nacionalistas que no se preocuparan, que su lucha era innecesaria porque, con el paso de unos decenios, España misma se diluiría, política y culturalmente en «Europa» o en el mundo.

En efecto, la tendencia disgregadora se completa con otra no menos, sino probablemente más poderosa, a desplazar la cultura española, no ya en el País Vasco o Cataluña, sino en todo el territorio: a disolverla y convertirla en un satélite de la cultura «global» anglosajona. A nuestro alrededor se multiplican sus manifestaciones, sin que aparentemente nadie les oponga reparos, no digamos resistencia. Muchos incluso lo apoyan como signo de modernidad y cosmopolitismo, en constraste con el espíritu de campanario achacado al PNV y a CiU. Así, el inglés se va imponiendo directamente como la lengua de la actividad académica, expulsando o debilitando a nuestro propio idioma. La misma palabra España es sustituida crecientemente por «Spain» en esos medios. Un ejemplo entre muchos: la página de internet dedicada al cine español se titula Cine Spain. En la universidad, diversas publicaciones científicas (pagadas con el dinero público español) tienen títulos como «Spanish Journal of Psychology». Etc. Esto es mucho más profundo y decisivo que la ocultación de España bajo el término «Estado español», caro a los nacionalistas. Junto con ello, empresas españolas prestan servicios con denominaciones en inglés («Open bank», «Repshop»…) e incluso lo hacen inventos y mercancías españolas. Se introducen, sobre todo en las zonas turísticas, topónimos ingleses en urbanizaciones. En la vía pública vemos con creciente frecuencia anuncios en inglés, algunos de ellos de empresas españolas. Desde la enseñanza primaria el inglés aparece por todas partes, en los juguetes, las ropas, los instrumentos de estudio, etc. Una campaña masiva y obsesiva intenta convencer a la gente, en especial a los jóvenes, de que su futuro profesional, o simplemente su futuro, en la propia España, está ligado de forma esencial a su capacidad para hablar inglés.

Ahora no se trata de un enriquecimiento de la cultura española, como ha habido otros a lo largo de la historia. Por el contrario se trata de una auténtica relegación de nuestra cultura, satelizada y fundamentalmente empobrecida, en progresión sumamente rápida. Presentado como mundialismo, no deja de ser otra forma de nacionalismo, esencialmente norteamericano, que no pierde su carácter porque aparezcan ahora tantos patriotas yanquis de nacionalidad española.

En general la cultura europea, y desde luego la española, son desde hace bastantes décadas muy poco productivas, tanto en lo que se refiere a la cultura superior (literaria, científica artística etc.) como a la cotidiana (música popular, formas de vestir, televisión, comportamientos y actitudes, mundo infantil…). Es en Estados Unidos donde surgen, se comercializan y expanden los productos culturales o la mayoría de ellos.

Al lado de este hecho objetivo existe otro subjetivo, muy similar al que durante muchos años (y aún ahora) acompañó y abonó la expansión de los nacionalismos periféricos: pasividad, resignación, incapacidad para alzar una crítica o protesta clara. Tal y como ocurre con respecto a dichos nacionalismos, frente a la ofensiva anglosajona «global», el «españolismo» se presenta en actitud vergonzante, sin apenas valor para expresarse. Como en el País vasco o Cataluña, la resistencia es meramente pasiva, sin nervio ni fuerza y en un estado de sometimiento moral. Y, también como en el caso de aquellos nacionalismos, existen muchas personas que ven positivo el proceso y lo apoyan activa o pasivamente. Además, es indudable que España pasa por un período muy bajo en el terreno intelectual, aunque nunca ha habido mayor autosatisfacción.

Esta es la situación: desgarramiento interno por una parte, y desplazamiento, rebajamiento y finalmente, disolución de la cultura hispana, al menos en sus manifestaciones superiores (durante mucho tiempo, al menos, el español seguirá siendo el vehículo principal de la comunicación familiar y cotidiana en España y en el ámbito hispano). Ante ello caben dos actitudes básicas: colaborar a que se mantengan y desarrollen esas tendencias u oponerse a ellas. Ambas actitudes admiten gradaciones muy diversas.



Pío Moa



 

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