La
deshispanización
Hay una
tendencia muy fuerte al desgarramiento de la unidad
nacional, debida a los nacionalismos catalán y vasco.
Esa fuerza disgregadora es históricamente reciente, pues
sólo cobró impulso después del desastre del 98 y como
una de sus consecuencias. Cambó, que fue quien dio
verdadero impulso a aquel nacionalismo (aunque no lo
extremó) sacándolo de los cenáculos de la mesa de los
sabios y similares, dijo durante la guerra de Cuba que
él y los suyos se sentían «extranjeros en Cataluña»,
ante la indiferencia popular a sus prédicas. Pero «la
pérdida de las colonias provocó un inmenso desprestigio
del Estado», y «el rápido enriquecimiento de
Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que
se repatriaron de las perdidas colonias, dio a los
catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa
que les hizo propicios a la acción de nuestra
propaganda». Y añadió «Como en todos los grandes
movimientos colectivos, el rápido progreso del
catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas
exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado
siempre y siempre pasará, porque los cambios en los
sentimientos colectivos no se producen nunca a base de
juicios serenos y palabras justas y mesuradas». Algo
semejante ocurrió en el País Vasco.
Los separatismos fueron uno de los ingredientes clave con
que se cocinó la guerra civil, y han resurgido con
ímpetu después de la restauración. Ahora, en el
centenario de la derrota española ante Estados Unidos (a
cuya liberación del dominio inglés había contribuido
España significativamente), los citados nacionalismos
parecen considerar que su objetivo está cercano y se
empeñan por alcanzarlo, cada uno de ellos a su manera.
La situación no se entendería sin recordar que dichos
nacionalismos (e incluso el terrorismo de ETA) han
contado durante muchos años con el apoyo acrítico de
grandes fuerzas políticas españolas y la inhibición de
otras. Buena parte de la izquierda se manifestó durante
la transición casi tan «autodeterminadora» como el PNV
o CiU. La actitud, ahora mismo, de Izquierda Unida no es
más que una pervivencia de aquel espíritu. La defensa
de la nación española ha sido durante veinte años casi
nula, o rápidamente asfixiada tanto en el País Vasco
como en Cataluña. Los intelectuales y profesionales que
protestaron contra la política asimilacionista y
antiespañola de Pujol fueron acallados, incluso con
violencia y sin que casi nadie los defendiese. El diario
El País, colaboró resueltamente con los nacionalistas.
No se trata de hacer acusaciones, sino solo de explicar
cómo se ha llegado a lo que hoy vemos.
Teniendo esto en cuenta y, además, el influjo de los
nacionalistas vascos y catalanes sobre los medios de
masas, sobre la enseñanza pública o el poder económico
en sus propias regiones, teniendo en cuenta el lavado de
cerebro masivo que, sin excesivo respeto por la realidad
histórica, han practicado, lo que parece un milagro no
es que el antiespañolismo o el a-españolismo hayan
cundido tanto, sino que el sentimiento español siga tan
extendido, -aunque es verdad que con poco nervio- en
aquellas autonomías. La mayoría de la población se
sigue considerando allí española, y el separatismo solo
afecta -todavía- a una minoría de los vascos y los
catalanes.
Ello indica algo sobre las raíces de España. pues el
problema no es sólo político, sino, aún más
fundamentalmente, de cultura. Largos siglos de cultura
común no se borran en dos décadas, y de ahí el empeño
constante y fundamental de los nacionalistas por
presentar lo español como foráneo o marginal en sus
comunidades y por desprestigiarlo sistemáticamente.
A este respecto importa señalar el argumento principal
que se ha em-
pleado estos años contra el nacionalismo: lo acusaban de
anacrónico en una época de superestados, en que las
fronteras, al menos en Europa, desaparecen y la cultura
se hace global. Decían a los nacionalistas que no se
preocuparan, que su lucha era innecesaria porque, con el
paso de unos decenios, España misma se diluiría,
política y culturalmente en «Europa» o en el mundo.
En efecto, la tendencia disgregadora se completa con otra
no menos, sino probablemente más poderosa, a desplazar
la cultura española, no ya en el País Vasco o
Cataluña, sino en todo el territorio: a disolverla y
convertirla en un satélite de la cultura «global»
anglosajona. A nuestro alrededor se multiplican sus
manifestaciones, sin que aparentemente nadie les oponga
reparos, no digamos resistencia. Muchos incluso lo apoyan
como signo de modernidad y cosmopolitismo, en constraste
con el espíritu de campanario achacado al PNV y a CiU.
Así, el inglés se va imponiendo directamente como la
lengua de la actividad académica, expulsando o
debilitando a nuestro propio idioma. La misma palabra
España es sustituida crecientemente por «Spain» en
esos medios. Un ejemplo entre muchos: la página de
internet dedicada al cine español se titula Cine Spain.
En la universidad, diversas publicaciones científicas
(pagadas con el dinero público español) tienen títulos
como «Spanish Journal of Psychology». Etc. Esto es
mucho más profundo y decisivo que la ocultación de
España bajo el término «Estado español», caro a los
nacionalistas. Junto con ello, empresas españolas
prestan servicios con denominaciones en inglés («Open
bank», «Repshop»
) e incluso lo hacen inventos y
mercancías españolas. Se introducen, sobre todo en las
zonas turísticas, topónimos ingleses en urbanizaciones.
En la vía pública vemos con creciente frecuencia
anuncios en inglés, algunos de ellos de empresas
españolas. Desde la enseñanza primaria el inglés
aparece por todas partes, en los juguetes, las ropas, los
instrumentos de estudio, etc. Una campaña masiva y
obsesiva intenta convencer a la gente, en especial a los
jóvenes, de que su futuro profesional, o simplemente su
futuro, en la propia España, está ligado de forma
esencial a su capacidad para hablar inglés.
Ahora no se trata de un enriquecimiento de la cultura
española, como ha habido otros a lo largo de la
historia. Por el contrario se trata de una auténtica
relegación de nuestra cultura, satelizada y
fundamentalmente empobrecida, en progresión sumamente
rápida. Presentado como mundialismo, no deja de ser otra
forma de nacionalismo, esencialmente norteamericano, que
no pierde su carácter porque aparezcan ahora tantos
patriotas yanquis de nacionalidad española.
En general la cultura europea, y desde luego la
española, son desde hace bastantes décadas muy poco
productivas, tanto en lo que se refiere a la cultura
superior (literaria, científica artística etc.) como a
la cotidiana (música popular, formas de vestir,
televisión, comportamientos y actitudes, mundo infantil
).
Es en Estados Unidos donde surgen, se comercializan y
expanden los productos culturales o la mayoría de ellos.
Al lado de este hecho objetivo existe otro subjetivo, muy
similar al que durante muchos años (y aún ahora)
acompañó y abonó la expansión de los nacionalismos
periféricos: pasividad, resignación, incapacidad para
alzar una crítica o protesta clara. Tal y como ocurre
con respecto a dichos nacionalismos, frente a la ofensiva
anglosajona «global», el «españolismo» se presenta
en actitud vergonzante, sin apenas valor para expresarse.
Como en el País vasco o Cataluña, la resistencia es
meramente pasiva, sin nervio ni fuerza y en un estado de
sometimiento moral. Y, también como en el caso de
aquellos nacionalismos, existen muchas personas que ven
positivo el proceso y lo apoyan activa o pasivamente.
Además, es indudable que España pasa por un período
muy bajo en el terreno intelectual, aunque nunca ha
habido mayor autosatisfacción.
Esta es la situación: desgarramiento interno por una
parte, y desplazamiento, rebajamiento y finalmente,
disolución de la cultura hispana, al menos en sus
manifestaciones superiores (durante mucho tiempo, al
menos, el español seguirá siendo el vehículo principal
de la comunicación familiar y cotidiana en España y en
el ámbito hispano). Ante ello caben dos actitudes
básicas: colaborar a que se mantengan y desarrollen esas
tendencias u oponerse a ellas. Ambas actitudes admiten
gradaciones muy diversas.
Pío Moa
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