LIBROS: La democracia. nº 96

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LIBROS: La democracia. nº 96

Comentarios de L. Flores al libro de R. Dahl

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LIBROS: La democracia

Dahl, Robert: La democracia, trad. esp. ed. Taurus, Madrid 1999, 248 págs.



Este catedrático de Yale es autor de un ensayo muy interesante,
Polyarchy (1971), al que muchos años después siguió un tratado apologético, Democracv and its critics (1989) que fracasó en su pretensión de refutar la sólida teoría elitista de la sociedad que fundamentaron Pareto, Mosca y Michels, entre otras grandes figuras de las ciencias sociales. Ahora, ya jubilado, Dahl ha publicado On democracy (1998) cuya traducción al español acaba de aparecer. Es una obrita sin pretensiones académicas, una especie de catecismo democrático para uso popular. En estas páginas, el autor asume muchos tópicos que son más propios del columnista político que del teórico.

Solo un ejemplo. «Los países -escribe Dahl- con gobiernos democráticos tienden a ser más prósperos que los países son gobiemos no democráticos» (pág. 72). Si el autor hubiese dedicado una mirada panorámica a la historia económica universal, inmediatamente habría comprobado que su afirmación es insostenible porque viene contradicha por multitud de hechos irrefragables.

¿Qué narra, por ejemplo, Rostovtzeff en su clásica y monumental Social and economic history of the hellenistic world (1941, 2ª ed. rev. 1953)? Pues cuenta que la Grecia depauperada del siglo IV registra una «ola de prosperidad» bajo el gobierno absoluto de Alejandro. Y, a su muerte, el Egipto de los primeros Tolomeos, reyes aún más absolutos, creó el emporio cultural y material de Alejandría cuya «nota predominante era el esplendor y progreso rápidos» (trad. esp. 1967, p. 160). Y la Siria de los también absolutos seleucidas registró «un avance económico general firme y rápido« (p. 509). Y concluye: «La burguesía se estableció firmemente en las viejas ciudades de Grecia a principios de la era helenística y, sin cesar creció en riqueza y en importancia. En el mismo periodo arraigó firmemente en las nuevas ciudades de los reinos helenístiscos y aumentó de manera contínua en número, asimilando los estratos superiores de la población indígen» (p. 1426). En suma, Alejandro y sus sucesores realizaron la más grande revolución socioeconómica del mundo antiguo, lo que no consiguió la breve y pseudodemocrática Atenas donde, según Rostovtzef, 113.000 ciudadanos libres explotaban a 146.000 metecos y esclavos (p. 84).

La república romana con sus comicios, sus cónsules elegidos, sus tribunos de la plebe, sus demagogos como Mario o Livio Druso y otras instituciones «democráticas» condujo a la gran crisis económica de la segunda mitad del siglo II, a la corrupción y extorsiones, y a la terrible guerra civil que se prologó durante casi un cuarto de siglo. como escribe Rostovtzeff en su también magistral Social and economic history of the Roman Empire (1925, 2ª ed. it. rev. 1933): «la guerra enconada y sangrienta produjo la ruina y devastación de la Italia central y particularmente de las florecientes comarcas del norte» (trad. esp. 1937, I, 59). Y ¿quiénes fueron protagonistas de lo que Rostovtzeff llama «reconstrucción»? El dictador César y su sobrino-nieto Augusto, fundador de un Imperio dinástico.

Una excursión retrospectiva, extendida a toda la Historia Antigua, media y moderna (la revolución de 1789 hundió económicamente a Francia), demuestra que las instituciones más o menos democráticas no producen siempre prosperidad; tampoco los gobiernos autoritarios. El progreso económico y el bienestar general dependen de factores distintos del democratismo o autoritarismo de los regímenes políticos.

Pero si, desde el pasado, detenemos la vista en el presente ¿cómo Dahl se olvida de lo que los politólogos denominan «dictaduras desarrollistas» y sobre las cuales existe una bibliografía copiosa? ¿cómo ignora la literatura y las experiencias contemporáneas sobre los condicionamientos socioeconómicos para que las democracias representativas con pluralidad de partidos pueden contribuir al incremento de las rentas por habitante?

La extensión de las instituciones democráticas a Africa ha producido depauperaciones masivas y conflictos atroces. La instauración de la democracia en Rusia ha conducido a un balance económico desastroso: el producto interior bruto de 1998 es casi la mitad del de 1990. En cambio, la dictadura china ha logrado entre 1979 y 1992 un crecimiento anual acumulativo del 10 por 100, y en 1993 del 15 por 100, el mayor del mundo, sólo comparable al de Japón antes de 1990.

Pero los españoles no tenemos que ir lejos. Durante las dos últimas décadas de la era de Franco el crecimiento del PIB sólo era superado por el del Japón, y en 1975 se alcanzó una convergencia real con Europa del 78 por 100. Durante veinte años de democracia representativa de partidos no sólo se ha interrumpido la aproximación, sino que se ha retrocedido: ahora esa convergencia es de sólo el 76 por 100. Dos décadas perdidas en la europeización económica real1.

El profesor Dahl ha escrito su catecismo democrático sin leer los manuales de Historia, y sin examinar las estadísticas del siglo XX que están incluso en Internet. Su entusiasmo por el sufragio universal y por la pluralidad de partidos es respetable; pero tal fe política no legitima sus generalizaciones, desmentidas por multitud de hechos de enorme relieve.



L. Flores



 

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