LIBROS: El
callejón del gato. Retratos al vitriolo
Capmany,
Jaime: El callejón del gato. Retratos al vitriolo, ed.
Espasa, Madrid, 226 págs.
La bien cortada pluma de Capmany ha trazado dos docenas
de retratos españoles contemporáneos, la mayoría
políticos de la II Restauración. Son unos perfiles más
realistas que vitriólicos.
Inicia la serie Luis Yáñez, «el gafe de la Bética»,
cuya simple presencia era causa inexorable de naufragios,
apagones y toda clase de catástrofes. Es uno de la larga
serie de actuales políticos con mala sombra, encabezada
por Leopoldo Calvo Sotelo que, al tomar posesión,
desencadenó un golpe de Estado; todo un récord.
Le sigue Torcuato Fernández Miranda, autor del libreto
de la transición como antes lo había sido de otros
contradictorios entremeses institucionales, y que se
murió de tristeza por lo que le había salido.
Borboneado como el que más, la vigente censura ha
impedido la publicación de sus conversaciones con
Franco.
Jorge Semprún «cabeza de chorlito» según el autor
que, en esta inicial definición, es generoso. Cuando
falleció su padrecito Stalin, Semprún le dedicó una
elegía que ruboriza a los más coriáceos:«Se nos ha
muerto el padre, el Jefe, el Maestro, capitán,
arquitecto
». A este demócrata lo hizo Felipe
González ministro de Cultura. Según Capmany, fue
«políticamente nefasto, literariamente irrelevante, y
humanamente infame».
Javier Tusell es presentado como «el tonto intonso»,
encarnación de la ambivalente y acomplejada democracia
cristiana. Al autor se le olvida que, en vísperas del
hundimiento de la URSS, escribió un libro anunciando los
progresos del comunismo, lo que le desacreditó como
observador de la realidad, que es su profesión oficial.
Así escribe sus historias.
Enrique Tierno Galván, el cínico, es el que poco antes
de morir, acuñó la jaculatoria «Dios no abandona nunca
a un buen marxista». A este marxista los socialistas lo
hicieron alcalde de Madrid y le organizaron un entierro
de película de Visconti.
Viene a continuación Luis Solana, «el tonto
contemporáneo», el que trajo a España el negocio de
los teléfonos pornográficos y pronunció la prodigiosa
sentencia «La perfección es algo fascista» de donde
deduce Capmany que «el antifascismo consistiría en
producir desperfectos».
Hay otro Solana, Don Javier, quien siendo ministro de
Cultura del Psoe confundió decimocuarto con catorceavo,
lo que le hizo pasar al libro de los despropósitos. Se
opuso a la NATO y ahora ordena los bombardeos sobre la
exmarxista Serbia. Por cierto, que D. Javier se decía
hijo de un republicano asesinado por los nacionales, cosa
imposible porque nació en 1942 La verdad es que los
rojos asesinaron a dos tíos de Solana y su padre logró
huir del Madrid rojo para hacer la guerra a las órdenes
de Franco.
Joaquín Ruiz-Giménez, otro democristiano, que pasó del
colaboracionismo al anticolaboracionismo cuando fue
cesado. A la muerte de Franco, fundó un partido que no
obtuvo ni un sólo diputado. La anécdota personal que
cuenta Capmany bordea la subnormalidad. Los socialistas
le nombraron Defensor del Pueblo, y no hizo nada.
Adolfo Suárez, «el milagro de Santa Teresa»,
transmigró desde el falangismo azul hasta el centro
izquierda democrático. Fue el inventor del funesto
«café para todos», y el firmante de los Reales
Decretos de las preautonomías, que están liquidando la
unidad nacional. Aunque iletrado, está siendo colmado de
doctorados honoríficos, y el Rey lo hizo duque.
Francisco Fernández Ordóñez, otro tránsfuga del
franquismo al socialismo, pasando por el centrismo.
¿Hasta dónde habría llegado si alcanzara la
longevidad? Cuando cambiaba de partido se presentaba como
ex topo útil.
Y así llega Capmany a Fernando Alvarez de Miranda,
nombrado por el falangista Suárez presidente de las
Cortes para premiar su nominal participación en el
contubernio de Munich. Su presidencia fue memorable:
jamás acertaba con el apellido de un diputado, ni con el
recuento de votos, ni con el tema del orden del día. Tan
ignaro atolondramiento fue premiado con una embajada y,
luego, con un cargo que se popularizó como «Indefensor
del Pueblo».
La serie de políticos culmina en Fernando Morán, el
hombre que acumuló más chistes peyorativos en la
Historia universal. Venía del marxismo, pero el liberal
régimen de Franco lo había nombrado Director General.
Su triste legado fue rematar la operación iniciada por
Marcelino Oreja y abrir la verja de Gibraltar con lo que
el Peñón se convirtió en un pingüe negocio de
contrabando para Inglaterra y en una fuente de
humillaciones para España.
Este volumen se cierra con brillantes elogios de
literatos de la era de Franco: Azorín, Gerardo Diego,
Eugenio Montes, González-Ruano, García Serrano,
Giménez-Caballero, Cela, etc. La generación siguiente,
que es la actual, no sale favorecida con la comparación.
El poeta socialista José Hierro, recientemente
galardonado, acaba de declarar que no padeció por la
censura y que no conoce que quedase inédita ninguna obra
notable por culpa de los clérigos del lápiz rojo.
Efectivamente, llevamos un cuarto de siglo esperando que
aparezca una sola de esas supuestas genialidades
amordazadas.
Los personajes retratados por Capmany no son una
esperpéntica selección a la inversa; constituyen un
elenco muy representativo de la clase política
engendrada por la II Restauración. La cosa no ha dado
más de sí. Los historiadores futuros tendrán que
recurrir a esta jugosa fuente directa. En sucesivas
entregas (faltan muchos), Capmany, por muy benévolo que
se sienta, tendrá que seguir siendo crítico. Y serían
muy ilustrativas unas biografías paralelas -más bien
«contrastadas»- con los políticos de la era de Franco,
para los que necesitaría, en lugar del deletéreo
sulfúrico, el noble buril.
Páginas inteligentes, liberales, ricas en léxico e
imágenes. El autor, de vez en cuando, cae en la
inverecunda moda del vocablo soez o la expresión
tabernaria. ¡Pero si eso, además de antiestético, es
demasiado fácil!
Noé de Callar
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