LIBROS: El callejón del gato. Retratos al vitriolo. nº 96

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LIBROS: El callejón del gato. Retratos al vitriolo. nº 96

Comentarios de Noé de Callar al libro de J. Capmany

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LIBROS: El callejón del gato. Retratos al vitriolo

Capmany, Jaime: El callejón del gato. Retratos al vitriolo, ed. Espasa, Madrid, 226 págs.



La bien cortada pluma de Capmany ha trazado dos docenas de retratos españoles contemporáneos, la mayoría políticos de la II Restauración. Son unos perfiles más realistas que vitriólicos.

Inicia la serie Luis Yáñez, «el gafe de la Bética», cuya simple presencia era causa inexorable de naufragios, apagones y toda clase de catástrofes. Es uno de la larga serie de actuales políticos con mala sombra, encabezada por Leopoldo Calvo Sotelo que, al tomar posesión, desencadenó un golpe de Estado; todo un récord.

Le sigue Torcuato Fernández Miranda, autor del libreto de la transición como antes lo había sido de otros contradictorios entremeses institucionales, y que se murió de tristeza por lo que le había salido. Borboneado como el que más, la vigente censura ha impedido la publicación de sus conversaciones con Franco.

Jorge Semprún «cabeza de chorlito» según el autor que, en esta inicial definición, es generoso. Cuando falleció su padrecito Stalin, Semprún le dedicó una elegía que ruboriza a los más coriáceos:«Se nos ha muerto el padre, el Jefe, el Maestro, capitán, arquitecto…». A este demócrata lo hizo Felipe González ministro de Cultura. Según Capmany, fue «políticamente nefasto, literariamente irrelevante, y humanamente infame».

Javier Tusell es presentado como «el tonto intonso», encarnación de la ambivalente y acomplejada democracia cristiana. Al autor se le olvida que, en vísperas del hundimiento de la URSS, escribió un libro anunciando los progresos del comunismo, lo que le desacreditó como observador de la realidad, que es su profesión oficial. Así escribe sus historias.

Enrique Tierno Galván, el cínico, es el que poco antes de morir, acuñó la jaculatoria «Dios no abandona nunca a un buen marxista». A este marxista los socialistas lo hicieron alcalde de Madrid y le organizaron un entierro de película de Visconti.

Viene a continuación Luis Solana, «el tonto contemporáneo», el que trajo a España el negocio de los teléfonos pornográficos y pronunció la prodigiosa sentencia «La perfección es algo fascista» de donde deduce Capmany que «el antifascismo consistiría en producir desperfectos».

Hay otro Solana, Don Javier, quien siendo ministro de Cultura del Psoe confundió decimocuarto con catorceavo, lo que le hizo pasar al libro de los despropósitos. Se opuso a la NATO y ahora ordena los bombardeos sobre la exmarxista Serbia. Por cierto, que D. Javier se decía hijo de un republicano asesinado por los nacionales, cosa imposible porque nació en 1942 La verdad es que los rojos asesinaron a dos tíos de Solana y su padre logró huir del Madrid rojo para hacer la guerra a las órdenes de Franco.

Joaquín Ruiz-Giménez, otro democristiano, que pasó del colaboracionismo al anticolaboracionismo cuando fue cesado. A la muerte de Franco, fundó un partido que no obtuvo ni un sólo diputado. La anécdota personal que cuenta Capmany bordea la subnormalidad. Los socialistas le nombraron Defensor del Pueblo, y no hizo nada.

Adolfo Suárez, «el milagro de Santa Teresa», transmigró desde el falangismo azul hasta el centro izquierda democrático. Fue el inventor del funesto «café para todos», y el firmante de los Reales Decretos de las preautonomías, que están liquidando la unidad nacional. Aunque iletrado, está siendo colmado de doctorados honoríficos, y el Rey lo hizo duque.

Francisco Fernández Ordóñez, otro tránsfuga del franquismo al socialismo, pasando por el centrismo. ¿Hasta dónde habría llegado si alcanzara la longevidad? Cuando cambiaba de partido se presentaba como ex topo útil.

Y así llega Capmany a Fernando Alvarez de Miranda, nombrado por el falangista Suárez presidente de las Cortes para premiar su nominal participación en el contubernio de Munich. Su presidencia fue memorable: jamás acertaba con el apellido de un diputado, ni con el recuento de votos, ni con el tema del orden del día. Tan ignaro atolondramiento fue premiado con una embajada y, luego, con un cargo que se popularizó como «Indefensor del Pueblo».

La serie de políticos culmina en Fernando Morán, el hombre que acumuló más chistes peyorativos en la Historia universal. Venía del marxismo, pero el liberal régimen de Franco lo había nombrado Director General. Su triste legado fue rematar la operación iniciada por Marcelino Oreja y abrir la verja de Gibraltar con lo que el Peñón se convirtió en un pingüe negocio de contrabando para Inglaterra y en una fuente de humillaciones para España.

Este volumen se cierra con brillantes elogios de literatos de la era de Franco: Azorín, Gerardo Diego, Eugenio Montes, González-Ruano, García Serrano, Giménez-Caballero, Cela, etc. La generación siguiente, que es la actual, no sale favorecida con la comparación. El poeta socialista José Hierro, recientemente galardonado, acaba de declarar que no padeció por la censura y que no conoce que quedase inédita ninguna obra notable por culpa de los clérigos del lápiz rojo. Efectivamente, llevamos un cuarto de siglo esperando que aparezca una sola de esas supuestas genialidades amordazadas.

Los personajes retratados por Capmany no son una esperpéntica selección a la inversa; constituyen un elenco muy representativo de la clase política engendrada por la II Restauración. La cosa no ha dado más de sí. Los historiadores futuros tendrán que recurrir a esta jugosa fuente directa. En sucesivas entregas (faltan muchos), Capmany, por muy benévolo que se sienta, tendrá que seguir siendo crítico. Y serían muy ilustrativas unas biografías paralelas -más bien «contrastadas»- con los políticos de la era de Franco, para los que necesitaría, en lugar del deletéreo sulfúrico, el noble buril.

Páginas inteligentes, liberales, ricas en léxico e imágenes. El autor, de vez en cuando, cae en la inverecunda moda del vocablo soez o la expresión tabernaria. ¡Pero si eso, además de antiestético, es demasiado fácil!



Noé de Callar



 

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