GOTIA O ESPAÑA
El
nombre de Gotia se corresponde con la denominación que
el rey godo Ataulfo pensaba dar al territorio conquistado
al Imperio Romano de Occidente. Del inicial reino
visigodo de Tolosa del año 418, se pasó al reino
visigodo de Hispania a partir del año 526, con capital
en Barcelona, instalado definitivamente en Toledo el 567.
Este reino hispanovisigótico extendía sus límites
sobre la Península Ibérica y por territorios allende
los Pirineos como Occitania y la antigua Septimania.
Sobre el previsto nombre de Gotia predominó el de
Hispania, que era la denominación de la más occidental
de las provincias del Imperio Romano. Los españoles
somos descendientes de la base problacional
hispanorromana y de las migraciones visigodas de
genealogía germánica. Ortega ha señalado este último
carácter como constitutivo principal de nuestra
verdadera condición: «Yo no soy sólo mediterráneo
¿Por qué el español se obstina en vivir
anacrónicamente consigo mismo...? ¿Por qué se olvida
de su herencia germánica?»...
Hoy España es un nombre entrañable que nos identifica y
al que no podemos renunciar, pero para defender la
realidad y la esencia de España es obligado recurrir al
viejo nombre de Gotia. En él se encuentra nuestra
verdadera raíz; los que lo llevaban en su corazón
llegarían a conformar lo que más tarde sería España.
Nuestras actuales tendencias disgregadoras parten de un
error de hecho: confundir el momento de la consecución
de la unidad de España por los visigodos, con la
posterior reunificación en tiempos de los Reyes
Católicos, hecho indudablemente admirable y largamente
buscado, pero que sólo restauraba lo que ya existió. En
1492 España no se constituye, sino que recobra su
entidad.
Los separatistas de esta hora utilizan argumentos
manipulados de diferenciación, basados en la existencia
de los reinos medievales como origen de unas «naciones»
que ellos suponen y que se incluirían jurídicamente en
el Estado español. Pero quienes así se manifiestan
ignoran la realidad efectiva de aquellos reinos, y sobre
todo, la historia anterior, es decir, la «España
perdida»: la España que se perdió en el 711 con la
traición de algunos peninsulares y la invasión
musulmana. Esta España, el reino hispanovisigótico con
su capital en Toledo, fue una unidad política religiosa,
militar, cultural, geográfica y lingüística.
Política, a través de su cabeza visible, el rey y sus
administradores: magnates y «comes». Religiosa,
mediante el catolicismo, una vez que Recaredo I abjuró
del arrianismo en el año 587. Militar, a través de un
ejército organizado que fue vencido y luego se
reconstruyó e inició la Reconquista. Cultural, con
componentes germánicos y la amplia cultura de base
hispanorromana. Pensemos en San Isidoro y sus Laudes
Hispaniae, que es considerada como la primera reflexión
sobre una conciencia nacional. Recordemos también la
gran obra de los Concilios de Toledo. Geográfica,
configurada por los bien definidos territorios antes
señalados. Y lingüística. En un principio se hablaba
en latín; posteriormente, derivada de la lengua de Roma,
aparece una única lengua romance en toda la Península,
con matices según las zonas, pero homogénea. Después,
con las divisiones políticas de los reinos medievales
(nacidos de los diferentes núcleos reconquistadores) se
acentuaron diferencias.
Pero, ¿qué eran esos reinos medievales? ¿Naciones? En
absoluto. La única nación era la española.
Efectivamente, en tiempos del cisma de Occidente,
existiendo dos Papas, Benedicto XIII y Gregorio XII, se
precisó, para cerrar el cisma, un acuerdo en el Concilio
de Constanza de las cinco naciones: Inglaterra, Francia,
Italia, Alemania y España. La nación española estuvo
representada por enviados de todos los reinos españoles,
y todos tuvieron que estar presentes expresamente y votar
en el mismo sentido para que se produjera el acuerdo.
Así, el 11 de noviembre de 1417 fue elegido Papa Otón
Colonna, y se terminó con el cisma.
En la Edad Media existieron Reinos, pero Nación una
sola, la Española. Estas consideraciones no son
interpretaciones, son datos. Aduciré dos ejemplos de
cómo veían los monarcas españoles su acción dentro de
la Reconquista.
Alfonso VI de Castilla y León realiza un fuerte empuje
en la campaña militar. Reconquista Toledo en 1085 en una
larga estrategia que le permitió dominar esta
emblemática ciudad, cabeza de la España visigoda. Pero
antes, en 1085, el propio Alfonso VI realizó una entrada
militar en el reino de Sevilla y llegó hasta Tarifa.
Allí, en la punta de España, acompañado de sus
generales entró a caballo en la mar, queriendo indicar
con ello que tomaba posesión del último confín de
España. Un claro gesto de conciencia de la recuperación
de la España perdida. Otro ejemplo. Cuando Jaime I de
Aragón conquistó en 1238 Valencia, entró con gran
solemnidad en la ciudad, besó la tierra y señaló:
«Hoy hemos puesto muy alto el nombre de España».
España era una realidad superior y muy anterior en la
mente de sus monarcas medievales. Estos ejemplos muestran
claramente el permanente recuerdo, durante toda la Edad
Media, de la España perdida. La larga guerra medieval no
era sólo la lucha contra el moro, sino, sobre todo, la
reconquista del viejo reino visigodo.
En la Historia verdadera y no en las manipulaciones
espurias y las ignorancias culpables se encuentra nuestra
definición. En ella hallaremos los verdaderos orígenes
de España, que no están en el reinado de los Reyes
Católicos -ellos sólo restablecieron la unidad perdida-
sino en el Reino hispanovisigótico de Toledo.
Carlos Baltes
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