GOTIA O ESPAÑA

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GOTIA O ESPAÑA

Por Carlos Baltes

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GOTIA O ESPAÑA

El nombre de Gotia se corresponde con la denominación que el rey godo Ataulfo pensaba dar al territorio conquistado al Imperio Romano de Occidente. Del inicial reino visigodo de Tolosa del año 418, se pasó al reino visigodo de Hispania a partir del año 526, con capital en Barcelona, instalado definitivamente en Toledo el 567. Este reino hispanovisigótico extendía sus límites sobre la Península Ibérica y por territorios allende los Pirineos como Occitania y la antigua Septimania.

Sobre el previsto nombre de Gotia predominó el de Hispania, que era la denominación de la más occidental de las provincias del Imperio Romano. Los españoles somos descendientes de la base problacional hispanorromana y de las migraciones visigodas de genealogía germánica. Ortega ha señalado este último carácter como constitutivo principal de nuestra verdadera condición: «Yo no soy sólo mediterráneo ¿Por qué el español se obstina en vivir anacrónicamente consigo mismo...? ¿Por qué se olvida de su herencia germánica?»...

Hoy España es un nombre entrañable que nos identifica y al que no podemos renunciar, pero para defender la realidad y la esencia de España es obligado recurrir al viejo nombre de Gotia. En él se encuentra nuestra verdadera raíz; los que lo llevaban en su corazón llegarían a conformar lo que más tarde sería España.

Nuestras actuales tendencias disgregadoras parten de un error de hecho: confundir el momento de la consecución de la unidad de España por los visigodos, con la posterior reunificación en tiempos de los Reyes Católicos, hecho indudablemente admirable y largamente buscado, pero que sólo restauraba lo que ya existió. En 1492 España no se constituye, sino que recobra su entidad.

Los separatistas de esta hora utilizan argumentos manipulados de diferenciación, basados en la existencia de los reinos medievales como origen de unas «naciones» que ellos suponen y que se incluirían jurídicamente en el Estado español. Pero quienes así se manifiestan ignoran la realidad efectiva de aquellos reinos, y sobre todo, la historia anterior, es decir, la «España perdida»: la España que se perdió en el 711 con la traición de algunos peninsulares y la invasión musulmana. Esta España, el reino hispanovisigótico con su capital en Toledo, fue una unidad política religiosa, militar, cultural, geográfica y lingüística. Política, a través de su cabeza visible, el rey y sus administradores: magnates y «comes». Religiosa, mediante el catolicismo, una vez que Recaredo I abjuró del arrianismo en el año 587. Militar, a través de un ejército organizado que fue vencido y luego se reconstruyó e inició la Reconquista. Cultural, con componentes germánicos y la amplia cultura de base hispanorromana. Pensemos en San Isidoro y sus Laudes Hispaniae, que es considerada como la primera reflexión sobre una conciencia nacional. Recordemos también la gran obra de los Concilios de Toledo. Geográfica, configurada por los bien definidos territorios antes señalados. Y lingüística. En un principio se hablaba en latín; posteriormente, derivada de la lengua de Roma, aparece una única lengua romance en toda la Península, con matices según las zonas, pero homogénea. Después, con las divisiones políticas de los reinos medievales (nacidos de los diferentes núcleos reconquistadores) se acentuaron diferencias.

Pero, ¿qué eran esos reinos medievales? ¿Naciones? En absoluto. La única nación era la española. Efectivamente, en tiempos del cisma de Occidente, existiendo dos Papas, Benedicto XIII y Gregorio XII, se precisó, para cerrar el cisma, un acuerdo en el Concilio de Constanza de las cinco naciones: Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y España. La nación española estuvo representada por enviados de todos los reinos españoles, y todos tuvieron que estar presentes expresamente y votar en el mismo sentido para que se produjera el acuerdo. Así, el 11 de noviembre de 1417 fue elegido Papa Otón Colonna, y se terminó con el cisma.

En la Edad Media existieron Reinos, pero Nación una sola, la Española. Estas consideraciones no son interpretaciones, son datos. Aduciré dos ejemplos de cómo veían los monarcas españoles su acción dentro de la Reconquista.

Alfonso VI de Castilla y León realiza un fuerte empuje en la campaña militar. Reconquista Toledo en 1085 en una larga estrategia que le permitió dominar esta emblemática ciudad, cabeza de la España visigoda. Pero antes, en 1085, el propio Alfonso VI realizó una entrada militar en el reino de Sevilla y llegó hasta Tarifa. Allí, en la punta de España, acompañado de sus generales entró a caballo en la mar, queriendo indicar con ello que tomaba posesión del último confín de España. Un claro gesto de conciencia de la recuperación de la España perdida. Otro ejemplo. Cuando Jaime I de Aragón conquistó en 1238 Valencia, entró con gran solemnidad en la ciudad, besó la tierra y señaló: «Hoy hemos puesto muy alto el nombre de España».

España era una realidad superior y muy anterior en la mente de sus monarcas medievales. Estos ejemplos muestran claramente el permanente recuerdo, durante toda la Edad Media, de la España perdida. La larga guerra medieval no era sólo la lucha contra el moro, sino, sobre todo, la reconquista del viejo reino visigodo.

En la Historia verdadera y no en las manipulaciones espurias y las ignorancias culpables se encuentra nuestra definición. En ella hallaremos los verdaderos orígenes de España, que no están en el reinado de los Reyes Católicos -ellos sólo restablecieron la unidad perdida- sino en el Reino hispanovisigótico de Toledo.



Carlos Baltes



 

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