Franco. Una
interpretación metapolítica
1. PRENOTANDOS
«¿Puede haber algo más paradójico que el hecho de que
no fueran a la cárcel los ministros de Franco y vayan,
en cambio, los ministros socialistas demócratas?». El
interés de esta frase reside en que su autor no es un
socialista, sino un prócer local del Partido Popular1.
Imaginemos la escena: en 1977, el primer gobierno
democrático de la II Restauración, compuesto en su
mayoría por personas que han desempeñado cargos de
responsabilidad pública con Franco, y votado
mayoritariamente por una población que tampoco puede
presumir de haber escrito páginas de gloriosa
resistencia, decide encarcelar a sus antiguos superiores
en nombre de una legalidad que deriva directamente de la
aprobada por las Cortes orgánicas. La sugestiva
ocurrencia no deja de ser un delirio, pero es un delirio
elocuente: da testimonio no sólo de la dificultad del
discurso público de la España actual para integrar la
realidad anterior dentro de una explicación coherente de
la propia historia, sino, sobre todo, de la dificultad de
la derecha española para clarificar sus relaciones con
su propio pasado. Porque la era de Franco, se mire como
se mire, constituye la memoria histórica de la derecha
española; quizá no la memoria de sus actuales
políticos y partidos, pero sí la memoria de buena parte
de los españoles que se consideran «de derechas». Y
mientras esa memoria no sea adecuadamente digerida y
puesta en una perspectiva histórica, mientras siga
siendo «un pasado que no pasa» y que perpetuamente
arroja una sombra de ilegitimidad, la derecha española
será incapaz de entender su propia trayectoria.
¿Cómo se ve a Franco en la España actual? A juzgar por
ciertos testimonios, uno diría que la respuesta compete
más a los psicólogos que a los sociólogos o a los
historiadores. Ya hemos visto que hay quien quiere meter
en la cárcel a los ministros de Franco. Paul Preston,
por su parte, considera que Franco fue un dictador de
crueldad incomparable. Recientemente, a propósito del
cuarto centenario de Felipe II, no ha faltado quien haya
enriquecido la «leyenda negra» del monarca con el
imperdonable pecado de que su reinado fuera adoptado por
el régimen de Franco como figura emblemática. Por su
parte, el pintor surrealista Eugenio Granell salta a las
páginas de un diario de-derechas-de-toda-la-vida para
definir a Franco como «inculto y malvado» y sostener
que en la España de 1968 sólo circulaban en automóvil
las monjas y los militares2. Y hasta la gloria de los
pantanos se le disputa al general: en su último libro,
Juan Pablo Fusi reduce los 739 embalses de Franco a
«cerca de treinta»3. Estos testimonios, escogidos al
azar entre una variedad casi infinita, apuntan en una
misma dirección: la figura de Franco ha salido del
ámbito de la Historia, que es el terreno de los hechos,
para ir a instalarse en eso que los mitólogos llaman el
imaginario, esto es, el mundo emotivo, sentimental,
mítico de una determinada generación. La figura de
Franco no es hoy, en España, la de un militar, la de un
político, ni siquiera la de un dictador, sino que se ha
convertido en una figura mítica que desempeña el papel
del Mal. Esa ha sido su carga emotiva para buena parte de
una generación concreta -la que protagonizó la
transición-, y así ha pasado a incorporarse al conjunto
de tópicos que estructuran el acervo psicológico de la
cultura política y social española. Pero tal figura,
definida con trazos tan gruesos, resultará inverosímil
para cualquier observador que tome un poco de distancia y
busque una mínima objetividad: ¿Cómo explicar que un
«tirano inculto y malvado», detestable hasta el extremo
de ennegrecer la figura de Felipe II, cuyos ministros
fueron criminales que merecen ir a la cárcel, arbitrario
hasta el extremo de dar automóviles tan sólo a las
monjas y a los militares, e incapaz incluso de construir
una cifra razonable de embalses; cómo explicar que tal
personaje haya permanecido en el poder hasta el día de
su muerte y durante casi cuarenta años, que haya
fallecido en su cama, que durante su mandato no se
despertaran incontenibles olas de resistencia popular,
que la oposición política fuera casi imperceptible, que
el país se transformara hasta alcanzar una pujanza
industrial estimable, que el posterior régimen
democrático naciera precisamente de instituciones y
personas respectivamente creadas y designadas por el
dictador? Resulta inexplicable.
2. TEOLOGIA POLITICA
Aquí estamos ante un fenómeno que no tiene nada que ver
con la evaluación objetiva que uno pueda hacer sobre el
régimen de Franco. Hay en todo esto algo freudiano, como
si la invocación ritual de «los males del franquismo»
nos permitiera conjurar continuamente la figura de ese
Padre al que, según el genial charlatán de Viena, hemos
de matar para alcanzar la emancipación. Recordemos que
Freud, en Tótem y tabú, describe el nacimiento de la
civilización mediante un proceso de este género: en una
imaginaria horda primitiva, un tiránico viejo macho
disfruta de las mujeres y los bienes materiales
imponiendo su despótica voluntad sobre los machos
jóvenes; un día, sin embargo, los jóvenes se conjuran,
dan muerte al viejo macho y devoran ritualmente su cuerpo
en un banquete caníbal. Es sabido que Levi-Strauss
redujo a polvo las pretensiones científicas de la
teoría freudiana. Ahora bien, el relato de la muerte del
padre, aunque históricamente falso, guarda una relación
directa y profunda con la mitología política moderna:
aunque las cosas no hayan ocurrido verdaderamente de ese
modo, sí puede decirse que una parte del pensamiento
político moderno razona en esos términos. Por eso la
teoría freudiana, aunque científicamente falsa, aparece
como políticamente operativa en el mundo moderno. Es
evidente que podemos hallar rastros de esa teoría en el
mito liberal del estado de naturaleza y del contrato
social primigenio. Por ejemplo, Geoffrey Gorer pudo
explicar mediante el patrón freudiano la escena
fundacional de los Estados Unidos: «Los hijos se unen
para matar al padre-tirano. Después, temiendo que uno de
ellos ocupe el lugar del padre asesinado, hacen entre
ellos un contrato que instituye legalmente su mutua
igualdad, basada en la renuncia de cada uno a la
autoridad y a los privilegios del padre»4. Pues bien:
desde una perspectiva muy semejante podría explicarse la
psicología del antifranquismo. La memoria de Franco
estaría ocupando el lugar del viejo macho de la horda
primitiva, al que los jóvenes machos españoles han
matado para fundar su libertad. Con la importante
salvedad de que en la versión vernácula del drama el
viejo macho no fue asesinado, sino que nuestros jóvenes
más conformistas que los del mito freudiano- esperaron a
que muriera por sí mismo. Quizá por eso, porque su
muerte fue natural, la democracia española parece
obligada a matar continuamente al Padre5.
Pero en el antifranquismo contemporáneo también hay
algo litúrgico: la repetitiva abominación del Caudillo,
traducida en gestos rituales como la demonización de su
nombre o el desmantelamiento de sus estatuas, cumple una
función semejante a la que en la Edad Media desempeñaba
la renuncia a Satán y sus obras. Y esta alusión al
carácter religioso del antifranquismo contemporáneo no
es trivial: podemos invocar aquí el concepto de
«teología política», acuñado por Carl Schmitt en
1922, y levantado sobre la constatación de que todos los
conceptos de la teoría moderna del Estado son conceptos
teológicos secularizados. Y podemos proponer una
interpretación extensa del término: toda política se
convierte en teología cuando invade el terreno de lo
imaginario, del mito, y pretende otorgar un sentido
trascendente a las figuras que sustentan el propio relato
político. Hay una teología política que traduce las
relaciones entre política y religión en un contexto
temporal determinado: el que va desde la encarnación de
Dios en Cristo hasta el fin del mundo. Y el proceso de
secularización operado por la modernidad va a cambiar
los actores del drama, pero no su argumento: hay también
una teología política que va desde la Revolución hasta
el hegeliano fin de la Historia. Así aparece un Bien de
contornos poco definidos, pero radiante (la democracia);
un Mal (el fascismo); unos dogmas (los derechos humanos);
una liturgia (las elecciones) e incluso una Curia (el
Parlamento). El discurso público del Occidente
contemporáneo, crecientemente despolitizado, ha generado
su propia teología, menos política que moral: no tienen
otro sentido las incesantes conmemoraciones del
Holocausto, por ejemplo. Pues bien, en la variante
española de la teología política posmoderna, la figura
del Mal es Franco, el franquismo es el Averno,y la
transición, la Santa Transición.
Ahora bien, la teología política, tan útil en el
terreno de la historia de las mentalidades y en la
interpretación de las ideologías, tiende a vetarnos el
conocimiento real de los hechos. Esta nueva teología
política que hoy nos gastamos permite entender con gran
exactitud la cultura política de la España actual y las
ideas y sentimientos que mueven a sus gentes en la esfera
pública, pero no nos dice nada acerca de qué fue
exactamente el régimen anterior, ni nos permite entender
la figura de Franco al margen de los posteriores
prejuicios. Tampoco nos ilustra sobre la razón por la
cual cada generación de españoles guarda una imagen
diferente de aquella época: el recuerdo de quienes
vivieron la inmediata posguerra tiene poco que ver con el
de quienes vivieron la etapa del llamado «nacional
catolicismo» y, menos aún, con el de quienes vivimos
los años sesenta y setenta. Esas imágenes de la memoria
son tan diferentes que incluso se diría que estamos
hablando de tres países distintos. Si de verdad queremos
entender qué fue la era de Franco -porque fue
propiamente una era, como ha señalado Tamames-, hemos de
tratar de levantar ese telón que nos la muestra como un
fantasmal paréntesis de tiniebla en el radiante camino
del hombre hacia su felicidad e intentar aprehenderla con
conceptos significativos. Aunque no faltará quien juzgue
blasfema la operación, pues es sabido que quien se
aproxima al Mal, por científico que sea su propósito,
arriesga temerariamente su virtud.
3. IMPOTENCIA DE LA CIENCIA POLITICA
¿Cómo aprehender la era de Franco desde los conceptos
convencionales de la ciencia política? El empeño ha
frustrado a numerosos exploradores. Por ejemplo, aunque
hoy existe cierta abusiva tendencia a calificar como
«fascista» a cualquier régimen autoritario de
derechas, no se puede aplicar el término a nuestro caso.
El fascismo implica una deificación del Estado, pero
Franco nunca quiso hacer del Estado una religión; el
fascismo se basa en la existencia de un partido único
que actúa como vanguardia política y encarnación del
pueblo, pero el Movimiento resultante de la fusión de la
Falange y el Requeté jamás gozó, ni siquiera en la
primera época, de atribuciones de ese carácter; el
fascismo es un totalitarismo que pretende encauzar por
una sóla vía todas las manifestaciones de la vida
social, pero en la España de Franco siempre existió una
pluralidad (ciertamente, controlada) de «vías», desde
las asociaciones católicas hasta el Ejército y el
Movimiento, pasando por la burocracia del Estado o por
las corporaciones económicas; el fascismo, en fin, como
movimiento moderno que es, se asienta sobre una cultura
de la movilización absoluta y permanente de las masas,
pero el Movimiento rara vez buscó «movilizar» a masa
alguna, e incluso al contrario, se le ha reprochado
apoyarse sobre lo que Dionisio Ridruejo llamó «el
macizo inconmovible de la raza». Lo de Franco, en fin,
no fue un fascismo. Y sin embargo, es innegable que en su
etapa inicial adoptó alguno de sus formalismos.
También se ha intentado definir al sistema como una
dictadura militar. Ahora bien, el Ejército, aun
constituyendo uno de los pilares del régimen, no actuó
en la vida política como una fuerza autónoma y
decisiva, ni ocupó tampoco -ni siquiera durante la
guerra- los puestos de dirección del Estado, al
contrario de lo que ocurre en las dictaduras militares
dignas de esa calificación. El número de ministros
pertenecientes al Ejército fue relativamente limitado.
Tampoco puede decirse que la situación social y
económica de los militares fuera llamativamente superior
a la de los ciudadanos de otros estamentos. El de Franco,
pues, no fue un régimen militar. Y sin embargo, es
innegable que la era de Franco no puede entenderse sin
introducir el elemento militar dentro de sus rasgos
principales.
Se ha dicho también que el régimen fue un autoritarismo
de carácter confesional; es lo que se ha llamado
«nacional-catolicismo», término creado precisamente
para definir la imbricación de las esferas eclesiástica
y estatal. Con la fórmula nacional-catolicismo quiere
designarse una praxis política: la Iglesia se somete al
Estado y éste, a cambio, convierte el catolicismo en
piedra angular de su discurso político y social. Y es
verdad que la España de Franco fue un Estado
confesional, y que la Iglesia colaboró estrechamente con
el régimen hasta el extremo de llegar a controlar
territorios como el de la educación o la censura. Ahora
bien, no puede decirse que este nacional-catolicismo,
entendido como praxis política, fuera el rasgo esencial
del régimen de Franco: en primer lugar, porque sólo se
extendió durante un cierto periodo de ese régimen
(desde los años cuarenta hasta finales de los cincuenta,
aproximadamente), y además, porque ni el
Estado-institución ni la Iglesia-institución lo
suscribieron nunca de modo explícito. De manera que no
se puede definir el sistema de Franco como un régimen
nacional católico. Y, sin embargo, es innegable que
debió buena parte de su apoyo social -que lo hubo,
aunque hoy cueste reconocerlo- al hecho de identificarse
con la Iglesia, identificación que la propia Iglesia
confirmó de manera incesante.
Se han aportado otras muchas fórmulas para conceptuar el
modelo político de Franco. Por ejemplo, la del
«régimen personal», es decir, la autocracia. Pero
aunque el de Franco fue, ante todo, el régimen de una
persona, la verdad es que no fue un régimen
personalista: desde que se crearon las Cortes, en 1942,
hasta su muerte en 1975, Franco sólo ejerció ocho veces
su prerrogativa personal para dictar leyes. El poder
nunca dejó de estar bajo la sombra de Franco, pero no
residió completamente en él, sino que más bien
«flotó» entre una compleja constelación de órganos e
instituciones. Otra fórmula que se ha barajado para
definir el régimen es la de «dictadura del
desarrollo»6, inspirada en las experiencias políticas
del Tercer Mundo: esa elite que llega al poder con un
programa casi exclusivamente centrado en objetivos
económicos y en el poder se mantiene hasta que tales
objetivos se consideran cumplidos. Pero la de Franco
tampoco fue una dictadura del desarrollo, porque no
nació con ese objetivo, ni el desarrollo fue tampoco el
horizonte esencial de su política; es verdad que España
se desarrolló bajo Franco y que el propio régimen
sacrificó algunas de sus iniciales convicciones
políticas en provecho del crecimiento industrial, pero,
como en los casos anteriores, el desarrollo sólo es una
parte de su perfil.
Una de las fórmulas más elegantes, por su herencia
romana, que se ha aplicado al régimen es la de la
dictadura comisoria, es decir, ese caudillo que en una
situación de anarquía general se levanta y mantiene en
sus manos todo el poder hasta restablecer la legalidad
perdida. ¿Sería Franco un epígono de Tito Larcio
Flavio? Caudillo, desde luego, sí que fue considerado
por los suyos: así lo proclamó el ABC7 antes incluso de
que la Junta de Defensa Nacional le designara Jefe del
Estado. El problema es que el dictador comisorio romano
asumía el poder para devolverlo a los mismos que lo
ocupaban antes de que la legalidad fuera puesta en
suspenso, y eso, en el caso español, hubiera exigido
retornar a la legalidad republicana, algo que, según
parece, pretendía hacer Mola, pero en modo alguno
Franco. La dictadura de Franco sólo puede considerarse
comisoria -y con matices- desde el momento en que se
adopta la Ley de Sucesión de 1947, que prevé el retorno
de la monarquía, si bien no como restauración, sino
como instauración de una Corona con nuevo perfil. Por
otro lado, toda la teoría del caudillaje surgida en la
España de la posguerra insiste en el carácter
«singular» de la magistratura de Franco: tanto Elías
de Tejada como Francisco Javier Conde coincidían en que
el caudillaje de Franco carecía de plazos y en que su
autoridad revestía un carácter constituyente8
Así las cosas, no es posible definir eso que hoy se
llama impropiamente «franquismo» con un concepto
político clásico. Linz opta por la muy abierta etiqueta
de «régimen autoritario no fascista», que es una
fórmula correcta, pero tan elástica que hace
inaprehensible a su objeto. Tiene razón Fernández de la
Mora, a quien nadie negará conocimiento de causa, cuando
dice que no hay un «sistema franquista» en la historia
de las ideas políticas, aunque sí haya una «Era de
Franco» en la Historia de España. Aquel régimen no
sería un sistema, ni siquiera un modelo institucional,
sino que, sencillamente, Franco hizo una política que
aplicaba ideas vigentes en la órbita de la derecha
española desde antes de la guerra, y muy singularmente,
siempre según Fernández de la Mora, el catolicismo
doctrinal de Menéndez Pelayo y «Acción Española». Y
todo ello apoyado en una estructura de poder
completamente singular, nacida de una situación
excepcional.
Toda esta «desconstrucción» conceptual nos deja donde
estábamos: sabemos lo que el régimen no fue y, en el
mejor de los casos, sabemos lo que fue parcialmente, pero
seguimos sin saber cómo definirlo. No hay una fórmula
política clásica que permita dar razón de todo el
régimen de Franco. Pero si no hay fórmulas o conceptos,
quizá sí pueda haber imágenes, figuras que nos
permitan comprender. Unas figuras que no podrán
referirse al mundo de lo político, sino, más bien, al
de lo metapolítico.
4. EL SIGNIFICADO DE LA FIGURA
Aquí entendemos la noción de «figura» en el mismo
sentido en que la emplea Jünger cuando habla, por
ejemplo, de la figura (Gestalt) del Trabajador: una
construcción ideal que por sí misma da cuenta del
espíritu de un tiempo, una imagen que por su densidad
afectiva es capaz de expresar el aliento de los hombres
en una situación dada, y de hacer que los hombres se
reconozcan en ella9. La figura es una idea -en el sentido
platónico- que surge en la Historia, que brota del
espíritu del tiempo e imprime su sello al mundo
preñándolo de significado. La figura no es una persona
singular: Franco, por ejemplo, no fue una figura en este
sentido. Pero las «personas singulares» -y seguimos
moviéndonos en términos jüngerianos- tienden a
identificarse espontáneamente con una figura. Esta
figura, así entendida, no pertenece al orden de la
filosofía política: no implica un orden determinado, no
traduce una forma concreta de organización ni de
racionalización de un Estado, sino que su universo es
más bien el de los conceptos metapolíticos. Pero la
estructura material del Estado, así como el carácter de
las relaciones entre el poder y los ciudadanos, quedan
afectados por el espíritu de la figura cuando ésta se
manifiesta como tal. Tampoco la figura se corresponde con
una noción de «clase» en el sentido socioeconómico,
popularizado por el marxismo: personas de diferentes
clases pueden reconocerse en una misma figura, y más
aún, buena parte de su fuerza simbólica reside
precisamente en esa cualidad transversal a las
diferencias de posición o de fortuna. En cierto sentido,
podemos aproximar la idea jüngeriana de figura a la
noción de mito, según Gilbert Durand, un edificio
semántico que expresa el imaginario simbólico de una
cultura. La figura puede actuar como mito político e
histórico, pues se convierte en imagen de referencia
permanente para la vida social.
Por supuesto, la interpretación de la Historia a través
de figuras tiene sus limitaciones: al moverse en el
ámbito de las representaciones colectivas, su campo
semántico-político es necesariamente abierto, es decir,
que no existe una figura que dé cuenta única y
exclusivamente de, por ejemplo, la era de Franco, porque
ésta puede compartir la figura con otros regímenes y
con otras épocas que también la hayan abrazado; y
tampoco el conjunto de la era de Franco, que constituyó
una realidad política cambiante, se ajusta a una sola
figura. Pero, precisamente por tratarse de imágenes
abiertas, el concurso de las figuras puede ayudarnos a
aprehender quizá con mayor exactitud una situación
histórico-política que tan mal se adapta a los
conceptos académicos convencionales. Y aquí aspiramos,
precisamente, a proponer figuras que permitan aprehender
globalmente lo que la era de Franco significó en la
Historia de España.
No es ningún secreto que el régimen de Franco fue una
realidad política protéica, cambiante a lo largo del
tiempo, extraordinariamente maleable en función de las
circunstancias internas y externas. Precisamente por ese
dinamismo resulta tan difícil definir al régimen, hasta
el extremo de que entre 1936 y 1975 cabe hablar de tres
(o más) mundos sucesivos. Con alguna frecuencia se
tiende a explicar estos cambios acudiendo a argumentos
como el relevo de unas elites por otras, la rivalidad
entre distintos grupos de poder, la evolución de la
coyuntura internacional, etc. Pero tales explicaciones,
aunque levantan acta de una realidad visible,
proporcionan una idea incompleta de los hechos. Así,
según la tesis de la rivalidad entre familias, unos
grupos (por ejemplo, los militares o los falangistas) se
habrían enfrentado a otros (por ejemplo, los católicos
o los desarrollistas) y de esos enfrentamientos se
habría derivado la evolución del propio régimen. Ahora
bien, la supervivencia del régimen se basó precisamente
en personas que pertenecían simultáneamente a varias de
esas familias. El caso más claro es tal vez el del
almirante Carrero-Blanco, una personalidad decisiva en el
régimen, y en quien confluían el estamento militar, el
catolicismo político y el desarrollismo socioeconómico.
No es el único: otras muchas cabezas del régimen pueden
ser adscritas a diversas familias a la vez; pensemos, por
ejemplo, en Alfredo Sánchez Bella, falangista en la
guerra, propagandista católico y, después, ministro
adscrito a la familia desarrollista, y que aún hoy, en
los libros que historian aquella etapa, es identificado
con una u otra «familia» indistintamente. No puede
decirse que estos personajes cambiaran galdosianamente de
casaca en función de la dirección del viento; no lo
necesitaban. Más bien cabría pensar que su trayectoria
política y personal se movió con el régimen, al ritmo
de sus sucesivas transformaciones; unas transformaciones
que no obedecieron a causas exclusivamente políticas,
sino que hallan su sentido en una lógica de rango
superior, de rango histórico.
Y esta es la clave: si queremos acercarnos a lo que fue
la esencia de la era de Franco, y visto ya que esa
esencia no cabe en los conceptos convencionales de la
ciencia política, hemos de buscar elementos
metapolíticos, capaces de explicar la evolución del
régimen por encima de lo cotidiano y, más aún,
elementos que nos digan también por qué todos los
intentos continuistas concluyeron en fracaso; por qué el
régimen de Franco fue capaz de adaptarse a las
circunstancias durante tantos años, hasta el extremo de
mudar la piel del régimen, y por qué esa capacidad de
adaptación desapareció en cuanto se extinguió su
persona. Esos elementos metapolíticos pueden ser las
figuras. Tres de ellas dan cuenta de las diferentes
etapas de la trayectoria del régimen: son el Soldado, el
Misionero y el Desarrollista, que coinciden,
básicamente, con las fases descritas por Payne10. El
régimen no habría podido sobrevivir durante tanto
tiempo si la gente, de mayor o menor grado, no hubiera
aceptado irse identificando con esas tres figuras. Y hay
una cuarta figura que condensa todo lo que la propia
personalidad de Franco significó desde el punto de vista
histórico: es la figura del Eje Inmóvil, que hinca sus
raíces en el ideal político del Barroco español.
5. LA FIGURA DEL SOLDADO
No hay figura que exprese mejor la primera etapa del
régimen que la del Soldado. No el «combatiente»,
porque combatientes hubo en los dos lados, mientras que
la propaganda de guerra de la España nacional siempre
insistió en que ejército, lo que se dice ejército, con
toda la carga histórica, ética y política del
término, no había más que el del Gobierno de Burgos.
El Soldado tampoco es el «militar», porque el militar
es un profesional, miembro de un estamento, a veces de
una casta, pero la España de Franco tenía que integrar
a todo su pueblo, a ese pueblo que nunca fue militar,
pero sí soldado; en un país acostumbrado a que el
estamento militar se entrometiera en política, como
denunciaba Azaña, y en un contexto ideológico donde el
militar representaba «la columna vertebral de la
patria», como decía Calvo Sotelo, la guerra aporta la
novedad de que todo el país se convierte en Soldado sin
ser militar. El propio Franco, por otro lado, tiene poco
que ver con ese militar de casta que nace en el XIX
español: sus ambiciones sociales de presencia política
se limitan inicialmente a formar parte -y aun esto, de
manera sólo nominal- de la cámara de Alfonso XIII; del
mismo modo, Franco contempla desde la distancia la
«sanjurjada», e incluso dilata hasta el último momento
su incorporación a la conjura de 1936. Con esas
credenciales, Franco podía acaudillar mejor a los
soldados que a sus propios compañeros de armas, como, de
hecho, así ocurrió. Y el Soldado, en fin, tampoco es el
«militante», el soldado político, el falangista o el
requeté tal y como se presentaron el 18 de julio, con
sus obediencias fragmentarias y sus proyectos singulares;
ese soldado político que había aparecido en Italia con
los voluntarios fascistas, que en Alemania cobrará
dimensiones internacionales con las Waffen SS, y que en
España alcanzará una nítida expresión con la
División Azul. El soldado político, el militante, no es
el soldado de un ejército, ni tampoco el soldado de una
patria, sino que es el soldado de un partido que pretende
ser patria, pueblo y ejército a la vez -también los
brigadistas internacionales fueron soldados políticos-;
por el contrario, el Soldado de la España de Franco,
sobre todo tras el decreto de unificación, no va a tomar
las armas en nombre de un partido, sino en nombre de una
patria cuyos contornos son aún difusos, administrada por
una Junta Técnica relativamente «neutra», y lo hará a
las órdenes de militares profesionales y bajo la
inspiración doctrinal de la Iglesia.
El Soldado del que aquí hablamos, la Figura en la que se
va a reconocer la primera España de Franco, es el
atribulado huésped del célebre «piojo verde» que hizo
estragos en el frente, pero también presenta ese perfil
transido de gloria ultraterrena que retrata en sus
formidables carteles Sáenz de Tejada, sin duda el
artista que con mayor belleza supo captar -y sublimar- el
espíritu que se desplegaba sobre el país; el Soldado
está en ese séquito de siluetas, casi sombras, que
rodea a la armadura de un Franco hecho césar en el
excesivo mural de Meruvia; está también en esos racimos
de carne desnuda, sacrificada al dios de la guerra, que
compuso Santiago Padrós en la cúpula de Valle de los
Caídos. Este Soldado es, por supuesto, el militar
heróico de Raza (Sáenz de Heredia) y de Harka
(Arévalo), cintas ambas de 1941, pero también es, y
quizá sobre todo, el destripaterrones animoso y vivales
empujado al heroísmo en Los últimos de Filipinas
(Román, 1945) e incluso en Agustina de Aragón (Orduña,
1950). Y el Soldado es, por supuesto, el muchacho
prematuramente envejecido en Teruel, o el recluta en
alpargatas de servicio interminable, o el cadáver sin
nombre del Ebro; es el hombre-pueblo que, tras librar la
guerra de las trincheras, ha de acometer, ya sin armas,
la de la supervivencia; es el campesino que, tras jugarse
el pellejo cruzando las líneas enemigas, vuelve a
franquear fronteras prohibidas para obtener un poco de
aceite o un saco de azúcar.
Ese Soldado es una figura épica, pero no es -o, al
menos, no esencialmente- una figura ética: en su macuto
viajan el heroísmo y la entrega generosa de la propia
vida, pero también el mercado negro y la picaresca, como
corresponde a un espíritu en cuyo reino no caben las
reglas de la economía burguesa. Todo ello, vicios y
virtudes de un país hecho soldadesca, continuó vigente
cuando los frentes callaron. Porque la guerra,
anímicamente hablando, no terminó el 1 de abril de
1939; el 2 de abril, la guerra proseguía a través de la
represión11. Este es un rasgo que también anida en el
corazón de la figura: el Soldado despierta una aguda
mecánica de exclusión social, como forzosamente ha de
corresponder a quien se asienta sobre la lógica binaria
amigo/enemigo. El viejo tipo del combatiente, tal y como
se conoció en la guerra de 1914, aún podía lanzar
puentes de solidaridad a ambos lados de la trinchera: los
combatientes franceses y alemanes de Verdun o del Somme,
a pesar de todo el horror de aquella primera guerra
moderna, han seguido honrando juntos a todos sus muertos.
Por el contrario, el Soldado del bando nacional, como el
miliciano del bando republicano, no conocen ese
sentimiento: la victoria de uno había de traducirse
inevitablemente en la exclusión del otro. Lo mismo
ocurriría, bajo formas distintas, en Francia o Italia
después de 1945. La guerra civil lleva consigo la
semilla de la exclusión, al margen de cuál sea el bando
que se alce con la victoria.
Pero la supervivencia del Soldado en la España de la
posguerra no se limitó a la represión; su figura
ilumina también con una luz fría la silueta de un país
hecho cuartel, la disciplina marcial en calles y
fábricas, la economía de guerra tanto en los hogares
como en el Estado. Toda España, también la que perdió,
fue ese Soldado. Y no es fácil saber hasta qué grado la
gente acogió de forma voluntaria el reinado de la nueva
figura, pero es un hecho que el estilo del Soldado
impregnó la vida nacional. Deja su huella, desde luego,
en la estética del nuevo Estado: la geometría dura y
simple del patio de armas y del barracón cuartelero se
aplica no sólo sobre los poblados reconstruidos, sino
también sobre los escenarios del poder. El estilo del
Soldado se plasma en la literatura a través de la que es
tal vez la mejor obra de aquellos años: La fiel
infantería, de García Serrano (1943). Trata de
impregnar también las formas civiles, los rituales
exteriores de la vida cotidiana, con esa marcialidad que
la Falange ha importado de los fascismos europeos. Pero
no nos equivoquemos: también la Rusia soviética ha
creado su propio ritual castrense; es el aire de los
tiempos. Y el estilo del Soldado tiñe la propia
mecánica de la autoridad, donde reproduce la escala
militar de mando: el estado de guerra proclamado el 28 de
julio de 1936 no se levantará hasta el 7 de abril de
1948; Franco, que hasta 1942 no creará las Cortes, ve
ampliados sus poderes como Jefe del Estado con la ley del
9 de agosto de 1939, y progresivamente se irá rodeando
de un Consejo Nacional del Movimiento, de un Consejo de
Ministros, de un Consejo de Estado, de un Consejo de
Economía Nacional, de un Consejo Nacional de
Educación... «Un proceso inspirado en la idea
tradicionalista del monarca con sus Consejos», dice
Fernández de la Mora12. Es verdad, pero también una
estructura calcada del jefe militar rodeado de sus
secciones de Estado Mayor. Un Estado Mayor cuya
política, destinada a organizar una tierra que, en buena
parte, la guerra había convertido en tierra quemada, se
parece mucho a la de una potencia militar lanzada a la
colonización de un territorio virgen: autarquía,
austeridad y sacrificio, pero también acumulación de
capital, salarios muy bajos y «mercado negro». Y una
dirección «desde arriba» de todas las facetas de la
vida económica, desde la industria hasta la explotación
agraria. La ley de colonización de grandes zonas es de
diciembre de 1939. La colonización física de nuevas
zonas rurales, mientras en las capitales aparece el
mercado negro, es quizás el mejor exponente de la
economía del Soldado.
No, no es fácil saber si todo el país abrazó la figura
del Soldado de forma deliberada. Pero lo que sí sabemos
es que ningún otro perfil humano (por ejemplo, el del
burgués) hubiera podido soportar las condiciones del
puchero de coles y la cartilla de racionamiento. En los
cinco primeros años de la posguerra hubo miles de
muertos a causa de la desnutrición y sus consecuentes
enfermedades. España se hizo Soldado, seguramente,
porque no tenía otro remedio. La figura no es algo que
un hombre o una elite impongan a los demás, sino que es
un producto del contexto histórico, brota de las
circunstancias como una respuesta del espíritu a los
desafíos que el tiempo le plantea. ¿Habría podido
sobrevivir la España de 1939 con otro estilo que no
fuera el del Soldado? Seguramente, no. Y no es difícil
imaginar que si la victoria hubiera caído del lado
republicano, el país habría adoptado igualmente esa
figura. Como Rusia en 1942.
6. LA FIGURA DEL MISIONERO
La figura del Soldado no podía durar eternamente. Un
país no puede ser siempre un cuartel; tampoco el poder
puede proponer a la gente la épica del Soldado durante
demasiado tiempo. Al contrario que otras figuras, como
las del Trabajador o el Burgués (o como el tipo del
«oficial prusiano», en el que Spengler veía la
encarnación de la Alemania guillermina), el Soldado, por
sus propias características, tiene un plazo de vida
limitado: el que viene definido por la fecha de la
desmovilización y el retorno a la paz. Los avances de la
reconstrucción económica, el final de la guerra
mundial, la conclusión de la depuración política en el
interior, y las nuevas exigencias del contexto exterior
van a hacer que el régimen de Franco cambie de figura.
Esta segunda figura será la del Misionero, que echa sus
raíces en la elevación de la religión católica al
rango de doctrina oficial. Pero no se trata sólo de un
giro de conveniencia: en la emergencia de la figura del
Misionero intervienen también profundas causas
anímicas, semejantes a las que mueven al hombre a volver
los ojos a Dios en momentos decisivos. En la justicia de
ese Dios -sobre todo, tal y como se veía a Dios en 1939-
se halla no sólo la causa de la esperanza, sino también
la razón del castigo.
Payne ha recuperado un elocuentísimo testimonio del
propio Franco en 1940: «No es un capricho el sufrimiento
de una nación en un punto de su historia; es el castigo
espiritual, castigo que Dios impone a una nación
torcida, a una historia no limpia»13. La causalidad
divina imprime un nuevo giro justificativo no sólo a la
depuración política, sino, sobre todo, al sufrimiento,
a la carestía, a la pobreza. Franco, por lo que de él
sabemos, no era un cínico: estas palabras deben
interpretarse como la sincera convicción de que España
debía purgar su culpa. España entraba en periodo de
penitencia. Así el Soldado deja paso al Misionero.
La figura del Misionero arraiga en la dimensión
religiosa de la guerra. Sobre esto conviene deshacer
malentendidos: los sublevados de 1936, aunque católicos,
no hablaban en nombre de la Iglesia, ni se levantaron
para restaurar los privilegios arrebatados al catolicismo
por la República. En los documentos que Mola y Franco
firman en 1936, a modo de justificación de la rebelión,
no hay ni una sola alusión a factores religiosos. Es la
propia Iglesia la que se adhiere al Alzamiento: el obispo
de Pamplona, Olaechea, y el de Zaragoza, Doménech, en
agosto de 1936; el de Salamanca, Pla y Deniel, en
septiembre de ese año; el cardenal Gomá, en noviembre.
Fue el obispo Doménech, luego secundado por los demás,
quien presenta la guerra civil como una «Cruzada» de la
fe católica contra sus enemigos. La Carta Colectiva de
los obispos españoles en julio de 1937 abunda en esa
toma de partido. El Vaticano, en la persona de Pío XI,
apoya a los sublevados desde septiembre de 1936; pocos
meses más tarde, en su encíclica Divini redemptoris, la
denuncia papal de los abusos comunistas viene a
justificar lo que en la España nacional se llama ya
«Cruzada». El término hará tanta fortuna que
Francisco Cambó, el fundador de la Liga de Cataluña, lo
emplea en octubre de 1937 para defender la causa de los
sublevados desde el diario bonaerense La Nación 14. Hoy
algunos relevantes eclesiásticos han querido pedir
perdón por tal actitud. Sin embargo, y en honor a los
hechos, es preciso reconocer que la República no había
dejado muchas más opciones: en 1931, en el momento de la
proclamación del régimen republicano, el episcopado
denunció la quema de casi un centenar de iglesias y
conventos; en 1934, la revolución de Octubre se saldó
con el asesinato de 34 religiosos y la destrucción de 58
templos; al finalizar la guerra, y a pesar de la tardía
reacción del gobiemo Negrín, habían sido ejecutados en
la zona republicana 13 obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365
religiosos y 283 religiosas15. No haremos ningún favor a
la verdad ocultando estos hechos en nombre de una
frívola «corrección política». Tampoco si callamos
sobre los móviles de tan feroz anticlericalismo: la
escasa sensibilidad social de aquella Iglesia en un país
cuyos problemas fundamentales eran, precisamente, de
naturaleza social. El propio Cambó, sin salir del campo
nacional, así lo reconocía: «Lo que ha pasado en
España ha sido posible porque el clero no cumplió su
deber; si la mitad de los que han sabido ser mártires
hubieran sabido ser apóstoles, la horrible catástrofe
no se habría producido»16. Esto no justifica los
crímenes, pero ayuda a situarlos en su contexto.
La transformación de la guerra en Cruzada había
preparado la transición desde la figura del Soldado a la
del Misionero. Decimos Misionero, y no cura, sacerdote o
creyente seglar, porque el espíritu de la nueva figura
es esencialmente un espíritu de misión. El cura, el
sacerdote, es un portavoz de la fe, un pastor de rebaños
locales, un administrador titulado de sacramentos; el
Misionero, por el contrario, carece de poder local, no es
un poder fáctico, sino que expande su credo hacia el
exterior con vocación universal. El cura, al menos a
priori, no nos sugiere una estampa heróica, mientras que
el Misionero, al riesgo del martirio, evoca el heroísmo.
Respecto al creyente seglar, sólo es una oveja en el
rebaño del Señor; un alma, por así decirlo, pasiva,
mientras que el Misionero es todo lo contrario, pues la
misión exige acción, implicación personal, entrega de
la propia vida. Pero el cura y el creyente seglar pueden
ascender un peldaño en la escala de la fe cuando abrazan
la figura del Misionero. Porque el Misionero está
llamado al martirio, un sacrificio como el que espera al
hermano sacerdote en Raza. Es interesante constatar que
en esta película, cuyo guión fue escrito por el propio
Franco, aparece ya la transición de una a otra Figura:
el Soldado hace la cruzada y el Misionero muere, mártir,
en ella; pero, al mismo tiempo, el Misionero es el
beneficiario directo de la cruzada, pues ésta ha
purificado la función sacerdotal en el seno de la
comunidad-nación. Tal y como se planteó la guerra
civil, la victoria nacionalista sólo podía conducir a
un desenlace de este género: cuando el Soldado se
eclipsa en la paz, la figura del Misionero emerge y se
sitúa en primer plano. Hay un personaje cinematográfico
que retrata con notable expresividad este cambio
interior: el film Balarrasa de Nieves Conde, en 1950.
Pero el Misionero, justamente porque está dispuesto a
entregar su vida, es también, como el Schatov de
Dostoievski, un integrista que exige la entrega de los
demás. Aquí empiezan los años del llamado
nacional-catolicismo. En 1945, el Fuero de los Españoles
margina cualquier ceremonia religiosa no católica. Los
triunfos políticos y sociales de la Iglesia son
incesantes, y en todos ellos se traduce ese sentimiento
fanático de la figura, que convierte a la España
culpable en tierra de misión: la enseñanza católica es
declarada obligatoria en todos los niveles, también en
el universitario, y encomendada a eclesiásticos;
clérigos serán igualmente los responsables de la
censura de libros y de espectáculos, y de la vigilancia
de la moral social, terreno en el que llegan a pretender
la prohibición del baile y a proclamar a las playas y al
turismo como amenazas para la integridad espiritual de
los españoles; la jerarquía episcopal es incorporada a
las Cortes, al Consejo de Regencia y al Consejo del
Reino; los obispos presionarán con éxito para retirar
el proyecto de leyes fundamentales del ministro Arrese, y
para que el ministro Castiella cese las negociaciones
entabladas con el Vaticano para que los españoles no
católicos (judíos, protestantes, etc.) puedan celebrar
sus cultos. Todo en España, hasta el último rincón de
la vida social, discurre por el cauce de la ortodoxia
religiosa. Es también la época de la presión sobre las
conciencias, que pesa aún, como rasgo mayor de una
infancia reprimida, en las miradas retrospectivas de
ciertas izquierdas. En el imaginario freudiano del
post-franquismo, el triunfo del Misionero representa un
segundo y decisivo momento: el viejo macho de la horda
primitiva, que con las armas del Soldado ha impuesto su
poder sobre los cuerpos, se impone ahora sobre las almas
sublimado en Misionero. Carlos Barral llamará a eso «el
retorno de los curas». El 17 de mayo de 1958, la Ley de
Principios Fundamentales se abre con una declaración de
fe: «La nación española considera como timbre de honor
el acatamiento de la ley de Dios, según la doctrina de
la santa, católica, apostólica Iglesia romana, única
verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional que
inspirará su legislación». En aquella época, la
Iglesia todavía habla de cruzada. Fernández de la Mora
señala: «La sumisión del Estado a la Iglesia en el
ámbito de la moral fue comparable a la del siglo XVI».
Con todo, lo que hace que podamos hablar del Misionero
como figura dominante de la época no es sólo el
creciente poder de la Iglesia, sino, muy especialmente,
el despertar de un progresivo fervor religioso entre los
españoles. La reconstrucción de iglesias, conventos y
seminarios, así como la creación de emisoras de radio
eclesiásticas (en torno a 47), fueron obra de un Estado
que se había identificado con la fe católica; el
formidable surgimiento de vocaciones religiosas, por muy
«inducida» que fuera alguna de ellas por la
conveniencia, es reflejo fiel de un claro sentimiento
colectivo. Las Misiones Populares, creadas en los años
cuarenta, se entregan a un trabajo de apostolado que
alcanza a más de tres millones de personas cada año.
Asociaciones seglares como Acción Católica y el Opus
Dei cobran una inmensa notoriedad. Antes de 1965, la
cifra de españoles (sólo varones) que ha hecho
ejercicios espirituales en retiro se sitúa en 1.100.000
personas, organizados en unos 30.000 grupos. España se
convierte en el país del mundo con mayor proporción de
vocaciones: en 1940 había 2.000 seminaristas mayores;
doce años después, un país con una población apenas
superior a los 25 millones de habitantes tenía 8.000
seminaristas, que serán mil más en los años sesenta
(hoy, con una población que roza los 40 millones, la
cifra no llega a los 2.000). El número de sacerdotes
diocesanos aumenta en un 25%; el de religiosos, en un
170%; el de religiosas, en un 60%; la cifra de monjas de
clausura asciende a 20.77817. Buena parte de ese esfuerzo
se encaminará hacia el exterior: la Obra de Cooperación
Sacerdotal Hispanoamericana enviará a América cerca de
1.500 sacerdotes diocesanos; hacia 1960, la cifra de
religiosos españoles en las misiones de todo el mundo se
sitúa en 11.000 sacerdotes y frailes, y 16.000 monjas.
La figura del Misionero reina de manera incontestable.
También la cultura popular ha dejado de girar en torno a
la guerra para empezar a hacerlo en torno a la fe. Se
vive una «recatequización» semejante a la que conoció
Europa en los últimos años del siglo XIX. Una de las
obras más características de aquel viejo «revival»
religioso, la novela del jesuita Luis Coloma Pequeñeces
(1891), es llevada al cine con singular éxito por
Orduña en 1950. Su argumento expresa una crítica social
a la inmoralidad de la «España de los señoritos», lo
cual explica su éxito, pero también reproduce con
elocuencia el ciclo del pecado, la culpa y el
arrepentimiento: esa historia de la dama de vida
licenciosa que purga su flaqueza en la muerte de su hijo,
y que retorna a la fe gracias a la providencial crueldad
de aquella tragedia, parece especialmente apta para ser
entendida por una España que purga en la penitencia
misionera la culpa trágica de la guerra civil. No es el
único testimonio cinematográfico del Misionero: Orduña
ha rodado también Misión blanca en 1948; Sáenz de
Heredia dirige La mies es mucha en 1949; una película
tan emblemática como Marcelino pan y vino, de Ladislao
Vajda, es de 1955.
En una España identificada por completo con el perfil
del Misionero puede entenderse que los cambios
experimentados por la Iglesia a partir del Concilio
Vaticano II afectaran de una manera tan honda a la
estructura del régimen. Es verdad que la jerarquía
eclesiástica, en general, nunca abandonó al Caudillo de
su cruzada, pero es igualmente innegable que desde las
parroquias de los barrios populares, ya entrados los
años sesenta, empezó a prepararse, si no la oposición,
sí la disidencia expresa, y esto lo podrán atestiguar
cuantos hayan vivido en barrios suburbanos durante
aquella época. De la Iglesia salió el primer
sindicalismo seriamente crítico, que fue el de
Comisiones Obreras; de la Iglesia saldrán las primeras
«células de barrio» donde alienta ya la oposición
política al régimen. En realidad, la Iglesia está
reproduciendo en su seno las mismas alteraciones que
Occidente ha vivido en los años sesenta, y cuya
expresión más gráfica es el mitificado Mayo del 68
francés. Y se puede imaginar el efecto de tales
alteraciones en un país donde la última verdad oficial
residía en el clero. Los analistas del siglo XX
deberían conceder mayor importancia a un hecho tan
decisivo como que el Concilio Vaticano se abriera a la
libertad religiosa. ¿Qué Misionero cabe aquí, cuando
la creencia del prójimo tiene tanto valor como la fe
propia? Franco ratificó su absoluta obediencia a Roma e
introdujo la libertad religiosa en la legislación. Pero,
en el fondo, lo que se estaba moviendo no era sólo
cuestión de formas; era, sobre todo, la constatación de
que el cristianismo había decretado su propia extinción
como filosofía de Estado.
Con todo, y por lo que respecta a España, a la figura
del Misionero no la desplazó la nueva generación de
eclesiásticos críticos, sino algo más prosaico: el
bienestar. Hay en ello una cierta lógica histórica. El
país había abrazado la fe en un contexto de penitencia
por aquella guerra que causó tanta miseria. En ese
sentido, ¿no era lógico pensar que la paulatina
superación de esas condiciones constituía un claro
indicio de que la penitencia había logrado su objetivo y
que la culpa había sido expiada? Por otra parte, tanto
el Soldado como el Misionero corresponden a esferas
espirituales pre-modernas, anteriores a los beneficios
masivos de la producción y del consumo. Y justamente
eso, una rápida modernización basada en el aumento de
la producción y del consumo, fue lo que se produjo a
partir de los últimos años cincuenta. Las viejas
figuras ya no pueden dar cuenta de la nueva realidad.
Surge así la tercera figura: el Desarrollista.
7. LA FIGURA DEL DESARROLLISTA
Es interesante constatar que los dos primeros decenios de
la era de Franco, en la mayor parte de los libros de
Historia, se ventilan con rápidos brochazos
impresionistas, como los que se emplean para referir los
oscuros siglos altomedievales, mientras que el retrato de
los siguientes veinte años del régimen se apoya siempre
en una avalancha de datos y cifras: déficit, inflación,
índice de crecimiento, capitalización, balanza de
pagos... Es también este tramo el que viene a encajar en
la definición de «Dictadura del desarrollo». Y es que
el Plan de Estabilización de 1959 abrió una etapa
completamente diferente en el devenir del país: los
objetivos del régimen dejaron de ser ideológicos para
hacerse esencialmente económicos.
Hasta esa fecha, la economía nacional se había regido
por principios aún demasiado vinculados a la figura del
Soldado: nacionalismo económico, política de controles
y reglamentos estatales, apelación a la autarquía,
difícil apertura exterior... Incluso después, en la
etapa inmediatamente posterior, que Velarde ha definido
como «industrialización nacionalista», los criterios
del Soldado seguían vigentes. Tal política dirigista
había sentado las bases del desarrollo industrial: tan
sólo en los seis años que van desde 1951 a 1957, el
producto nacional bruto por habitante va a crecer nada
menos que un 33%. Pero el nacionalismo económico
también había creado serios problemas financieros. Esta
era, no obstante, la doctrina económica del propio
Franco y, por supuesto, la de Carrero-Blanco, que a
finales de 1957, y ante la acuciante crisis de la balanza
de pagos, todavía proponía una intensificación de la
autarquía. Cuando Navarro Rubio presenta su plan de
liberalización y estabilización, que significa un
brusco giro respecto a la política anterior, Franco lo
acoge con dificultad. No obstante, terminará cediendo:
la naturaleza de la situación internacional, los
problemas sociales (las huelgas de 1958) y la propia
estructura económica previamente creada aconsejan ese
camino. La modernidad dicta sus propias leyes: un sistema
económico que aspire a los beneficios de la prosperidad
no puede seguir vinculado a figuras anteriores a la
modernidad. La prosperidad exige sus propias figuras. El
Desarrollista nace en este contexto.
Así como el Misionero o el Soldado estaban ya en germen
durante la guerra, el Desarrollista pertenece a un mundo
nuevo. Brota del espíritu del tiempo, de las
circunstancias, y lo hace de manera imprevista. Es verdad
que sus hombres proceden del ámbito de las viejas
Figuras: Navarro Rubio es un ex combatiente voluntario,
herido tres veces; los profesionales que van a
desarrollar el cambio, como Ullastres y López Rodó,
provienen de las asociaciones católicas y se
caracterizan por una profunda religiosidad personal. Pero
el Desarrollista aporta un rasgo eminentemente moderno:
al contrario que el Soldado o el Misionero, que
subordinan la economía a criterios políticos e
ideológicos, el Desarrollista representa la
emancipación de lo económico como categoría autónoma,
y en ese sentido ejecuta una de las aspiraciones
esenciales de la modernidad. La tradición literaria nos
brinda un excelente ejemplo en el «tercer» Fausto:
cuando el héroe de Goethe, tras vencer en una guerra
fratricida, se lanza a la urbanización racional de
grandes espacios conquistados al mar, está anticipando
la mentalidad y la praxis de la figura del Desarrollista.
En esa figura no se reconocen sólo los españoles de la
época, sino también los técnicos que en Francia,
Alemania o Gran Bretaña han acometido la reconstrucción
de la posguerra.
El Desarrollista no es un mero tecnócrata, pero se le
parece mucho: no se inhibe, como éste, en materia de
objetivos sociales, sino que trata de mantenerse en el
interior de la estructura sociopolítica vigente; pero
está dispuesto a revisar esa estructura para ponerla al
servicio de los objetivos económicos, y con ello abre
una vía de inevitables cambios en todas las esferas de
la vida colectiva. Fernández Carvajal levanta acta de
una realidad evidente cuando, en su definición del
sistema de Franco, casa los términos «dictadura
constituyente» y «desarrollo»: la línea del
desarrollo económico exige una línea paralela de
acomodación institucional. Las fechas de la progresiva
transformación institucional del régimen son
elocuentes: sobre el Fuero del Trabajo de 1938, la Ley
Fundamental de 1942, el Fuero de los Españoles de 1945 y
la Ley de Sucesión de 1947, que definen lo esencial del
sistema bajo el imperio de las viejas figuras, se van
añadiendo en los años cincuenta una serie de
legislaciones específicas, en materia económica y
social, que otorgan al Estado un perfil cada vez más
adaptado a las exigencias del sistema económico y que
desembocan en la Ley Orgánica de 1967, en virtud de la
cual deja de existir oficialmente el Estado
nacional-sindicalista. Esta Ley, aprobada en referéndum
popular, consagra el triunfo del Desarrollista sobre las
figuras que guardaban la herencia de la victoria. Pero
para entonces ha transcurrido ya bastante tiempo desde la
victoria: un cuarto de siglo, una generación.
La génesis de la Ley Orgánica del Estado de 1967,
referida por sus dos principales autores, es sumamente
interesante, porque incide en este aspecto generacional
del Desarrollismo. Diez años antes, en 1957, con la
crisis económica en su punto álgido y tras un reajuste
ministerial que ha beneficiado al sector católico del
régimen, Carrero Blanco encarga a López Rodó un
proyecto de leyes fundamentales. López Rodó, eminencia
gris de Carrero, no pertenecía a la generación que hizo
la guerra: nacido en 1920, era un prestigioso
administrativista vinculado al Opus Dei y que había
alcanzado un poder notable como secretario general de la
Presidencia. Para realizar el encargo de Carrero, López
Rodó llama a un casi coetáneo suyo: Gonzalo Fernández
de la Mora, nacido en 1924, jurista y diplomático,
procedente del campo monárquico tradicional18. El fruto
fueron dos textos: la Ley de Principios del Movimiento y
la Ley Orgánica del Estado. La primera, de carácter
teórico y aún dependiente de las doctrinas de la guerra
civil, fue proclamada por Franco en 1958. Pero la
segunda, que regulaba las relaciones entre los poderes y
arbitraba la solución de continuidad monárquica del
régimen para planteamientos alejados de las ideas de
1936 lo que se llamó «instauracionismo», pues se
trataba de una monarquía de nuevo cuño, por oposición
al restauracionismo de los viejos monárquicos-, no
vería la luz hasta 1967. Casi una década de limbo
institucional; pero años en los que lo fundamental del
«salto adelante» económico, igualmente promovido por
ministros de una generación posterior a la guerra, ya
estaba dado: a finales de 1959, la cuenta de divisas de
España ya tenía superávit; las inversiones extranjeras
se multiplicaron por ocho en dos años; la cifra de
turistas comenzó a aumentar de manera incesante; en
1963, el sistema de Seguridad Social se «desfalangiza»
y pasa del sistema de capitalización al de reparto;
durante los primeros años sesenta se limita la
protección, se nacionaliza el Banco de España y se
estimula la competencia; el primer Plan de Desarrollo
aparece en 1963; un nuevo plan energético complementa
los recursos hidráulicos con centrales nucleares; entre
1961 y 1964, el Producto Nacional Bruto ha crecido al
fantástico ritmo del 8,7% anual, proporción sólo
superada por Japón; en 1973 la renta per cápita de
España superará a la de Irlanda, Grecia, Portugal y los
países de la Europa del Este; en 1975, la distribución
de la renta entre la población se equiparará con la del
resto de Europa. En 1966, una nueva ley de prensa
promulgada por un ministro de esa misma generación de
posguerra, Manuel Fraga, ha abierto el mercado de la
opinión, apertura imprescindible para que la
civilización burguesa se mueva con desenvoltura. El
Desarrollista, hijo inesperado de la victoria de 1939,
figura vinculada al aire de los tiempos, ha cambiado el
país. Con razón dirán los reformistas del régimen,
llegado el momento de la transición, que en España todo
era ya moderno menos el sistema institucional.
El reinado del Desarrollista va a imprimir también un
giro radical en la cultura popular. La nueva figura ya no
pide combatividad ni santidad, sino prosperidad y
crecimiento. Y, en consecuencia, nacen en el mundo social
arquetipos que trasladan las exigencias de la figura a la
vida cotidiana del ciudadano común. Porque el
Desarrollista no es sólo el ministro empeñado en una
tarea de transformación material, casi titánica, sino
que es también, por ejemplo, ese padre de familia
numerosa, pluriempleado y animoso, lanzado con igual
ahínco a la producción y a la reproducción, que nos
muestra Fernando Palacios en La gran familia (1962), una
película que no por azar constituyó un formidable
éxito. Era la España del «baby-boom», el mayor
impulso demográfico del siglo. Pero todo en esa España
tiene el aura de lo que está naciendo, tanto lo natural
como lo artificial. A partir de los años sesenta, hay
una imagen que se repite de manera insistente en todos
los testimonios gráficos de la época: el esqueleto de
algún edificio en obras, que se convierte en parte
natural del paisaje. Ese esqueleto es la bandera de un
país lanzado a la producción masiva. Las grandes
ciudades se llenan de barrios periféricos, destinados a
acoger a la numerosa inmigración que se incorpora al
proceso. La introducción de la televisión (1958) y de
los primeros automóviles populares (el «seiscientos»
empieza a fabricarse en masa entre 1957 y 1958) son los
signos distintivos de una etapa nueva, un periodo en el
que el lenguaje de los objetos de consumo se convierte en
nuevo idioma social. Aquí apenas cabe ya la épica,
salvo en las promociones institucionales del No-Do, y el
cine del momento va a abundar en retratos bastante
sarcásticos sobre ese nuevo mundo de objetos: El pisito
(1958) y El cochecito (1961), de Marco Ferreri, serán
sus mejores caricaturas.
Es natural suponer que el Desarrollista se considerara a
sí mismo como el continuador natural de la Era de Franco
y, en consecuencia, el genuino actualizador de su obra:
había nacido del régimen, pero sin hallarse vinculado a
la situación que lo generó; había llevado la economía
del país hasta unos niveles de prosperidad desconocidos;
había creado incluso una estructura institucional
propia, la de la Ley Orgánica del Estado, pensada
expresamente para el día después de la muerte del
Caudillo. Sin embargo, el Desarrollista, cuyo camino
había sido durante más de quince años una
ininterrumpida marcha triunfal, fracasó en ese último
envite: la España del posfranquismo, lejos de circular
por las vías de la corona instaurada, adoptó el modelo
europeo de la monarquía parlamentaria. Los protagonistas
del cambio, eso que luego se llamó «transición» no
fueron tampoco gentes del Desarrollismo, sino una
promoción nueva que venía precisamente de las viejas
familias del régimen, aquellas que el Desarrollista
había desplazado: el Movimiento Nacional, transformado
con el tiempo en una simple burocracia del poder; los
antiguos monárquicos, dispuestos a seguir a la dinastía
hasta donde hiciera falta; la Iglesia, que jugaba la
carta postconciliar de un «aggiornamento» entendido
como homologación con el resto de Occidente; el capital,
que tanta desconfianza inspiraba al Caudillo, y que por
naturaleza sueña con un orden carente de fronteras
políticas y sociales. Todos estos elementos, que habían
estado presentes en la victoria de 1939, pero que -a
excepción, quizá, de la Iglesia- nunca habían podido
desarrollar completamente sus proyectos propios,
reaparecían ahora, metamorfoseados, como agentes de la
transición. El Desarrollista aún intentó una última
baza: adaptarse a la nueva situación en las filas de un
partido conservador, la Alianza Popular de 1977. Pero
pocos le siguieron. Y aún peor: los más nostálgicos,
cuando hubieron de enarbolar las viejas banderas frente a
un país que se les iba de las manos, no recurrieron a la
figura del Desarrollista, sino que desempolvaron del
baúl de la Historia las otras figuras, mucho más
inadaptadas a la nueva realidad, del Soldado y el
Misionero.
¿Por qué fracasó el Desarrollista? En primer lugar,
porque trabajaba con un material altamente peligroso: la
técnica y la economía, en una civilización que es
precisamente tecnoeconómica, tienden por naturaleza a
emanciparse de cualquier control espiritual, o mejor
dicho, lo tiñen todo con su propio espíritu. Ningún
poder contemporáneo, ni siquiera el totalitarismo, ha
conseguido someter a la técnica. Franquear tal sumisión
exigiría ser capaz de imponer valores de contención y
subordinación del desarrollo, pero el desarrollo se
justifica por sí mismo, sin necesidad de una ética que
le dé sentido, e incluso tiende a emanciparse de
cualquier ética. Todo cuanto el mundo ha visto en el
siglo XX puede resumirse de este modo: a medida que la
técnica iba apoderándose de cualesquiera territorios,
la ética los iba abandonando. Y esto es así porque se
trata de criterios de diferente rango: la técnica, con
su obsesión por la eficacia, reposa sobre el beneficio,
mientras que la ética, en la medida en que exige
sumisión a normas, reposa sobre el sacrificio. Quien
abre un proceso de emancipación técnica no puede
pretender simultáneamente conservar un estado de
predominio ético. El beneficio y el sacrificio son
relativamente excluyentes. Esto lo explicó Max Weber
cuando describió la progresiva desespiritualización de
la economía a partir de la ética protestante: el
capitalismo nació como consecuencia de una cierta
ética, pero en breve plazo la ética pasó a segundo
plano y el capital pudo reinar sin constricción. Se
diría que ese es el orden natural del proceso.
La modernidad tecnoeconómica, en efecto, tiene sus
propias leyes. Y una de las principales es la mecánica
de satisfacción/frustración de expectativas, que es
algo así como el daimon del desarrollo. El mercado
funciona porque ofrece al consumidor una amplísima gama
de opciones de compra, es decir, un extenso mundo de
expectativas. Ahora bien, en la naturaleza del propio
sistema está que tales expectativas rara vez puedan
satisfacerse. Eso lleva al individuo-consumidor a una
búsqueda permanente que, a su vez, genera frustración,
porque en cada nuevo paso las expectativas aumentan. El
sistema funciona así: hace creer al sujeto que podrá
obtener todo cuanto se le muestra, lo cual estimula la
dinámica de la producción y del consumo; como esta
dinámica genera cada vez más bienes, es decir, cada vez
más expectativas, el proceso es imparable. Sorokin ya
explicó que la medida de la felicidad no reside en las
cosas que se poseen, sino en las cosas que se desean: una
sociedad de pobres que no aspiran a tener más, podrá
ser feliz; por el contrario, una sociedad de ricos que,
sin embargo, no dejan de aspirar a nuevas riquezas, está
condenada de antemano a la desdicha. Algo de esto hay en
el proceso de expectativas abierto por el Desarrollista:
éste abrió la caja y nos enseñó todo lo que había
dentro, con lo cual generó una potentísima dinámica de
trabajo y acción, pero también una interminable espiral
de expectativas insatisfechas. Esas expectativas no eran
sólo de orden económico, sino también, y quizá sobre
todo, de orden psicológico: la certidumbre de hallarse
en la cresta de la ola del progreso, la ambición
inagotable de libertad individual, la posesión de los
fetiches del bienestar... Alcanzar tales cosas sólo
está al alcance de una sociedad que sea capaz de
combinar un mercado absolutamente abierto con una
apariencia de libertad completa del individuo. Es esa
combinación la que hace soportable la permanente
frustración de expectativas sobre la que se asienta la
tiranía de lo tecnoeconómico. El efecto
psicológico-político de la sociedad de consumo ha sido
siempre el mismo en todas las latitudes: la abundancia de
objetos en circulación crea la impresión de que el
mundo se abre al individuo. En ese contexto, las
libertades burguesas son como ventanas abiertas que
permiten creer que ese mundo nuevo está al alcance del
sujeto. De manera que uno no puede abrir el mundo y,
simultáneamente, mantener cerradas las ventanas: la
civilización económica es sencillamente insoportable si
no viene acompañada por la conciencia, real o supuesta,
de libertad formal. Y el mundo del Desarrollista, con sus
libertades públicas limitadas, no era ese.
El Desarrollista, por otra parte, resultaba lejano de la
sensibilidad popular, y eso, en la era de las masas,
tiene su importancia. Las viejas figuras, el Soldado y el
Misionero, a pesar de su simplicidad -o quizá
precisamente a causa de ella- eran populares: nacían de
un pueblo que había vivido y sufrido la guerra y sus
consecuencias; eran figuras elementales que ofrecían
certidumbres sólidas y sencillas para un tiempo de
tribulación; podían, en fin, imponerse sobre la
psicología de las masas. El Desarrollista, por el
contrario, es un elitista: su ciencia exige pericia
profesional, conocimientos que no están al alcance de la
mayoría. Todo el mundo puede, con un poco de valor,
asaltar un parapeto enemigo o morir mártir en las
misiones, pero concebir un plan de electrificación rural
exige otro tipo de temperamento. Respecto a las masas, el
Desarrollista las ve con distancia, como un número: la
incorporación de las masas al proceso de la Historia no
representa, para él, sino la aparición de un elemento
humano pasivo susceptible de aumentar las cifras del
consumo. Ahora bien, esa perspectiva olvida que las
masas, para seguir comportándose de forma pasiva,
necesitan de la ilusión permanente de la participación,
pues cualquier otra cosa pondría de relieve el carácter
accesorio de las propias masas. Y no puede decirse que la
«democracia orgánica» definida por la Ley Orgánica
del Estado fuera un ejemplo de participación; pudo
haberlo sido, pero no llegó a ponerse en práctica con
la suficiente audacia.
Una tercera razón, en fin, es la precariedad ideológica
del Desarrollismo. Este trae consigo una nueva situación
en la que casan mal las viejas esferas ideológicas
falangista, tradicional o confesional. El Desarrollismo
hubiera necesitado no sólo contar con una doctrina
propia, sino, sobre todo, ser capaz de hacer que la
sociedad la aceptara como tal. El Desarrollista contó
con esa doctrina: la expuesta por Fernández de la Mora
en El crepúsculo de las ideologías y en Del Estado
ideal al Estado de razón, pero no se convirtió en
referencia doctrinal del régimen. El neoconservatismo
del Desarrollista, por otro lado, carece de ese tinte
emotivo que resulta imprescindible para conseguir la
adhesión sentimental de amplias mayorías. Y ello sin
tener en cuenta que el régimen de Franco, desde
principios de los años sesenta, estaba perdiendo a gran
velocidad la batalla de las ideas: en el mundo de la
cultura empezaban a circular a fuerte ritmo ideas que
provenían de las convulsiones occidentales de esa misma
época, sin que desde el régimen se tratara seriamente
de combatirlas. Y el proyecto desarrollista (el
instauracionismo) parecía agotado una vez culminada la
estructura jurídico-política. Por eso fue imposible que
en el Desarrollismo pudieran reconocerse de forma activa
extensos sectores de la opinión pública. Simplemente,
el régimen había perdido el paso.
Hay una última causa que explica el fracaso final del
Desarrollista, y es el contexto internacional. El Estado
de las Leyes Fundamentales, tal y como se había ido
definiendo en los años sesenta, representaba una vía
política autóctona, pero ninguna vía política
autóctona ha podido prosperar en el mundo tras los años
setenta: desde Nasser y Nehru hasta la Italia de los
años noventa, pasando por personalidades como De Gaulle
o Gorbachov, ninguno ha sido capaz de sacar adelante
vías propias, genuinas, de organización política y
social. Esto es algo que también late en el daimon del
desarrollo: la globalización no es el producto
episódico de una determinada coyuntura económica
internacional, sino que es el destino inevitable de todo
el orbe desarrollado y sometido a las leyes de la
civilización tecnoeconómica. El final del Desarrollista
estaba inscrito en su propia partida de nacimiento.
Echando la vista atrás, observamos que el Soldado, el
Misionero y el Desarrollista son tres figuras divergentes
que tienen poco en común. Por eso es tan sorprendente el
hecho de que hayan podido sucederse bajo un mismo
régimen. Esto conduce a una pregunta inevitable: ¿Qué
tuvo ese sistema para conseguir que tres figuras
distintas cupieran bajo una misma estructura de poder? O
en otros términos: ¿Qué tenía el régimen de Franco
para lograr que todo a su alrededor se moviera sin que el
centro del sistema experimentara la menor conmoción?
8. FRANCO, O EL EJE INMOVIL
En la teoría política barroca hay una imagen muy
sugestiva: la del soberano entendido como Centro o Eje
Inmóvil. Walter Benjamin lo explicó en su ensayo sobre
El origen del drama barroco alemán19: «El soberano es
el representante de la historia. Sostiene el acontecer
histórico en su mano como un cetro». Esta imagen
procede del debate jurídico-político de la
Contrarreforma, según el cual la función más
importante del príncipe consiste en ser capaz de evitar
el estado de excepción: «Quien manda -escribe Benjamin,
glosando la doctrina de la época- está ya predestinado
a detentar (sic) poderes dictatoriales, si es que la
guerra, la rebelión u otras catástrofes provocan el
estado de excepción (...) La dimensión despótica y
secular se emancipa de la rica sensibilidad vital del
Renacimiento a fin de desarrollar el ideal de una
estabilización plena, de una restauración tanto
eclesiástica como estatal con todas sus consecuencias. Y
una de ellas consiste en la exigencia de un tipo de
príncipes cuyo status constitucional garantice la
continuidad de una comunidad floreciente en las armas y
en las ciencias, en las artes y en la Iglesia».
En la base de esta concepción de la soberanía hallamos
la tensión catástrofe/restauración: ante una
catástrofe siempre posible, como la que se vivió en la
guerra de los Treinta Años -o en nuestra guerra civil-,
el príncipe actúa como potencia restauradora. La vida
es una catarata de cambios, un imparable devenir
frecuentemente trágico, y en ese caos el príncipe
representa el factor de estabilidad, de continuidad. Todo
puede girar: la cultura, la técnica, la economía, la
guerra, pero nada de ello alterará el orden si el
príncipe se mantiene firme. El ejemplo más gráfico de
ese Eje Inmóvil es la antigua representación del Sol, y
por eso la teoría política barroca es, en este sentido,
heliocéntrica: los planetas pueden girar mientras el Sol
se mantenga en su eje. «Sólo puede haber un príncipe y
un sol en el universo y en el reino», escribe Gryphius.
Lo cual, evidentemente, confiere al príncipe un poder
completamente singular. A través de la metáfora
heliocéntrica, la doctrina política del barroco
significa la consolidación jurídica del poder en el
seno del Estado. Y no creamos que nos hallamos lejos de
la imaginación española de los años de la posguerra:
es bien sabido que el ideal de la España de la
Contrarreforma, que Menéndez Pelayo había convertido en
imagen mítica del espíritu nacional, fue abrazado con
singular vehemencia por el bando victorioso en 1939.
Tampoco es un azar que la principal fuente moderna sobre
el ideal político de la Contrarreforma, la Teología
Política de Carl Schmitt, fuera vertida al español
precisamente en 1941 y, además, por un teórico como
Francisco Javier Conde, cuya relevancia en las primeras
formulaciones doctrinales del caudillaje de Franco está
fuera de duda20.
Por otro lado, la imagen barroca del soberano tiene una
fuente específicamente española que expresa de manera
aún más gráfica su carácter: se trata de Diego
Saavedra Fajardo y su obra Idea de un príncipe
político-cristiano, de 164021. Saavedra es un personaje
muy interesante: fue un notable diplomático al servicio
del Imperio, pero sus ideas políticas caminan más bien
hacia la consecución de un poder real fuerte y
centralizado, lejos del interminable expansionismo
imperial, y asentado en una reorganización económica
que hoy bien podrá parecer «desarrollista». En una de
las empresas de su Idea de un principe, la titulada
«Ferro et auro», leemos: «El mundo se gobierna con las
armas y riquezas (...) No hiere la espada que no tiene
los filos de oro, ni basta el valor sin la prudencia
económica, ni las armerías sin los erarios».
Saavedra no es un teórico, sino un práctico que pone al
servicio del soberano sus experiencias directas del
poder. Pero su imagen de ese poder sí se corresponde con
la representación barroca del Eje. La mencionada
empresa, «Ferro et auro», se abre con una estampa
significativa: sobre un globo terráqueo que flota en el
espacio, desciende de los cielos un brazo que empuña
simultáneamente la espada y un racimo de oro. Más allá
de una interpretación materialista centrada en la
presencia del oro22, la imagen nos proporciona una idea
elocuente acerca del espíritu barroco del poder. En ella
la esfera terrestre aparece ya marcada con la línea del
ecuador, una medida humana de racionalización del
espacio, paradigma del empeño por dominar lo mudable y
cambiante, pero no por ello deja la Tierra de ser un
elemento móvil y sometido a transformación; por el
contrario, el brazo del soberano aplica su poder sobre el
mundo desde fuera, desde la independencia que porporciona
el hallarse en un espacio exterior. El secreto del
soberano reside ahí: en su exterioridad respecto de los
cambios humanos que él mismo genera, condición
inexcusable para que el poder permanezca invariable sobre
un mundo empujado a la movilidad.
Así, Franco: identificado con la figura del soberano
desde su elevación a la jefatura del Estado, consolidado
en su posición por la victoria de las armas y por la
teoría del caudillaje singular, Franco se convierte en
Eje de su sistema. A su alrededor van a girar
sucesivamente la España del Soldado, la del Misionero y
la del Desarrollista; van a sucederse las querellas entre
las «familias» falangista, militar, monárquica y
católica, ninguna de las cuales logrará jamás imponer
completamente sus particulares criterios; va a crecer
exponencialmente la economía; va a mutar la sociedad e
incluso va a evolucionar el andamiaje institucional; pero
el Eje sigue imperturbable. Es esa imperturbabilidad la
que hace patéticos ciertos aspectos como el lenguaje
falangista de la «revolución»; Julio Cerón recordó
en su día, con notable humor, aquella soflama del
ministro Solís que empezaba diciendo: «Excelencia: Esta
revolución que Vuestra Excelencia encabeza...». Por
otro lado, la propia retórica oficial del régimen no va
a dejar de incidir en esa imagen: tópicos
propagandísticos como el «centinela de Occidente» o la
«lucecita de El Pardo» alcanzan su sentido precisamente
desde esa perspectiva de soberana inalterabilidad. Franco
es el que siempre está en su sitio. Aquella frase
dirigida a un literato y que tantas veces se atribuye al
Caudillo: «Haga usted como yo y no se meta en
política», sólo tiene sentido precisamente desde la
perspectiva del Eje. El Eje, en efecto, no puede meterse
en política, que es, por naturaleza, el escenario del
movimiento, del conflicto, de la estrategia, de la
negociación; el Eje ha de permanecer por encima de todas
esas cosas. Y Franco llevaría esa actitud hasta el
extremo de no salir de España: al contrario que De
Gaulle, que en 1968 cometió el error de desaparecer de
la escena, Franco mostrará una clara tendencia a no
abandonar el territorio nacional23. El Eje no puede
desplazarse, so pena de dejar de ser el eje.
La derecha española afecta al régimen, cuando ha tenido
que reprochar algo a Franco, suele aludir a esa
inamovilidad: Franco hubiera debido «retirarse a
tiempo», esto es, hubiera debido dejar el poder una vez
culminado el proceso institucional de la instauración de
la monarquía y en el punto máximo de la expansión
económica24. Ahora bien, desde este otro punto de vista,
desde la perspectiva barroca del Eje, tal opción no
tiene sentido: ¿Puede esperarse que el Sol se extinga
voluntariamente? El soberano barroco, por definición,
debe permanecer en su eje hasta que la muerte se lo
lleve. Y esta sería también una de las más claras
razones por las que después de 1975 no pudo existir un
franquismo sin Franco: desaparecido el eje, el sistema se
disgrega.
9. FRANCO, EN SU EPOCA
La era de Franco no es una doctrina, sino una sucesión
de tres figuras en el seno de una sóla imagen. No
podemos quedarnos exclusivamente con una u otra de las
figuras, olvidando o disminuyendo la importancia de las
demás: las tres forman parte de un todo, y ese todo es
la imagen del Eje soberano. Se trata de una imagen que
sólo tiene sentido dentro de una perspectiva de
tradicionalismo cultural, pero es que el espíritu del
sistema fue eso: un tradicionalismo cultural que
promovió una rápida modernización socioeconómica. No
es la única de sus paradojas, pero sí la más gráfica.
En la Historia de España, la era de Franco ha de
inscribirse en un contexto de largo plazo: el de los
siglos XIX y XX, esto es, el de nuestra lenta y
traumática modernización. Y en tal contexto, Franco
aparece no sólo como el vencedor de una guerra civil,
sino también como un elemento decisivo de la España
moderna: continuador y rectificador de la dictadura de
Primo de Rivera, institucionalizó el proceso del
reformismo autoritario y siguió los pasos marcados por
quienes desde el regeneracionismo pedían un «cirujano
de hierro». Lo hizo a sangre y fuego, como correspondía
al talante de la época más cruel de la Historia de
Europa. Esto no mitiga excesos, pero permite entenderlos;
como también permite entender el hecho decisivo, la
razón por la cual no puede existir un neofranquismo, a
saber: que cuando el programa reformador hubo terminado,
la propia existencia del Caudillo dejó de tener sentido.
Una última nota debería aludir a la actitud de la
derecha española hacia esta época histórica. Hoy la
derecha política, en sus manifestaciones públicas, se
sitúa expresamente contra Franco. También ella ha
sucumbido al deseo subconsciente de «matar al padre».
Pero la verdad es que aquel régimen no fue otra cosa que
la sucesiva aplicación de todas las doctrinas políticas
que la derecha española había alumbrado desde
principios del siglo XX. El actual antifranquismo de la
derecha española arraiga en una ilusión del espíritu,
a saber: la de que la II República encarnó el orden
liberal, orden que los sublevados de 1936 habrían
arrasado. Bajo esa ilusión se han emprendido tareas tan
extraordinarias como la recuperación «orientada» de la
persona de Azaña. Ahora bien, la realidad histórica es
que la II República jamás encarnó el orden liberal; en
el mejor de los casos, sólo logró tal cosa en el papel
que servía de soporte a los manifiestos retóricos de
1931, pero, después, la República sólo fue el
radicalismo infantiloide del primer bienio, la política
caciquil del gobierno de las derechas, y la revolución
soviética pura y dura en 1934 y en 1936. Es asombroso
que esto, que lo vieron con claridad personalidades como
Ortega y Unamuno, pretenda camuflarse hoy bajo miradas
retrospectivas más mitológicas que históricas.
Para no perder de vista estas cosas es preciso epocalizar
el régimen de Franco, entenderlo «en su época»,
según el esquema que Nolte ha propuesto para los
fascismos europeos. La guerra civil no puede entenderse
como una conspiración de ricos, militares y curas contra
la legalidad de una república pacífica y benéfica,
según se nos cuenta hoy. Tampoco, por supuesto, como un
levantamiento de la España del espíritu contra la
Antiespaña demente del crimen y la anarquía, según se
nos decía antes. La guerra civil nace como consecuencia
inevitable de los defectos de un país que no supo
organizar su convivencia al paso de los cambios que la
modernidad llevaba consigo. Unos defectos tan hondos que
nuestros predecesores prefirieron matarse entre sí antes
que buscar soluciones de otro género. Es un episodio
poco edificante. En ese contexto surge Franco, y el
resultado final de su régimen es que el país cambia por
completo. Por eso, y retóricas pasionales al margen,
carece de sentido pretender que la derecha española haya
de pedir perdón por los «cuarenta años», como
carecería de sentido pretender que la actual izquierda
española haya de disculparse por haberse arrojado en los
brazos de Stalin aun antes de la guerra civil. Y es que
ni la derecha ni la izquierda actuales pueden
identificarse con la izquierda y la derecha de entonces:
la España de 1936 y la de 1999 son, de hecho, países
distintos. Entender la circunstancia pasada nos exige ser
capaces de observarla con los ojos de entonces. No
podemos interpretar los hechos históricos desde una
perspectiva construida con criterios actuales; los hechos
han de ser entendidos en y desde su momento. En este
sentido, la derecha española se equivoca cuando se sube
al carro de un antifranquismo tópico, del mismo modo que
se equivocaba cuando adoptó un franquismo acrítico. La
palabra clave es, en efecto, epocalización: cada
acontecimiento ha de ser visto en su época.
Ahora bien, este esfuerzo de epocalización está llamado
al fracaso desde el momento en que la visión del objeto
aparece distorsionada por las pasiones subjetivistas, las
apreciaciones personales, los prejuicios inerciales y las
mitologías colectivas. Volvemos al paradigma freudiano:
la imagen del viejo macho de la horda primitiva seguirá
estando proscrita mientras quienes la representen sean
los jóvenes machos que le dieron muerte. Pero para una
generación posterior, una generación que ya no tiene
sobre su conciencia la «muerte del padre» (o, más
bien, que no ha de soportar la frustración de no haber
sido capaz de matarlo), ¿qué sentido puede tener la
abominación ritual de casi medio siglo de historia de
España? Ese imperativo de «superar el franquismo»,
tantas veces reiterado desde las fábricas de la opinión
pública, no puede consistir en hacerlo omnipresente,
sino que, más allá de posiciones sentimentales de uno u
otro signo, ha de acometerse mediante la operación
intelectual por excelencia: tratar de entender.
José Javier Esparza
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